Arrepentíos y viviréis

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El arrepentimiento es una convicción. Una convicción de pecado. No es lo mismo sentir culpa y tener remordimientos (lo cual es la parte emocional del proceso de arrepentimiento), que sentirnos convictos en el espíritu y estar conscientes de haber hecho el mal (lo cual conduce al verdadero arrepentimiento).

Cuando hacemos lo malo o lastimamos a alguien, podemos sentir culpa y tomar nuestra responsabilidad, o podemos no sentir pesar alguno ni reconocer nuestra falta. En el segundo caso, la persona tiene el corazón endurecido, quizá por el orgullo o la amargura, y requerirá de una experiencia más profunda o traumática para ser confrontada con su pecado. Si somos testigos de alguien así, nuestro deber es orar por esa persona para que Dios le muestre su falta y le dé la oportunidad de arrepentirse a tiempo.

En el primer caso, no es suficiente con dolernos, sentirnos culpables, llorar amargamente y pedir perdón. Si bien, todo esto tiene que ocurrir durante el arrepentimiento y la reconciliación, es necesario que suceda el milagro (o el don) de un cambio de mentalidad que nos conduzca a no volver a pecar.

Jesús le dijo a la mujer adúltera:

“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”

(Juan 8:11).

Lo que le estaba diciendo era: “Es necesario que comprendas bien el mal que hiciste y no lo hagas más. Es necesario que cambies y abandones el pecado”. Cuando pecamos, previamente existió una tentación. La tentación no es pecado, pero caer en tentación sí lo es. Al arrepentirnos de corazón y confesar nuestra falta a Dios quedamos libres de culpa, es decir, somos perdonados. Pero el esfuerzo de no pecar debe ser nuestro, de nadie más.

No es suficiente vencer nuestra propia carne para no caer en tentación otra vez. Esto se convertirá en una lucha interna que a veces tendrá éxito y a veces fallará, llevándonos a más culpa y frustración. Es necesario pedir a Dios que nos ayude a volvernos hacia Él dándole la espalda al pecado de manera voluntaria, convencida y dedicada. Dice la Palabra de Dios:

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“Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarle; este culto conviene a criaturas que tienen juicio. No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino más bien transfórmense a partir de una renovación interior. Así sabrán distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto”.

Romanos 12:1-2

 

De modo que es la gracia de Dios, como un don perfecto, la que nos conduce a un verdadero arrepentimiento, al cambio y a la victoria sobre el pecado. Pidamos que la gracia divina venga sobre nosotros cuando nos hallemos en un momento de dolor o desesperación a causa de nuestro pecado, para que el diablo no gane terreno, sino el Espíritu del Señor.

 

“No te dejes vencer por el mal, más bien derrota al mal con el bien.”
Romanos 12:21

 

El emocionalismo del remordimiento conduce al perdón cuando hay arrepentimiento, pero no siempre conduce a la liberación y el abandono del pecado. En cambio, el arrepentimiento con convicción y modificaciones en la mentalidad, unidos al temor de Dios, traerá gran transformación en nuestro ser interior y obrará a favor de nuestro proceso de santificación.

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