CREADOR DE ECOSUMMA Un hombre tras la revolución del pitillo

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El cambio climático persiguió a Andrés Romero en todos sus trabajos. La primera vez fue a finales de los noventa, cuando entró a la Secretaría de Planeación Distrital en Bogotá, bajo la primera alcaldía de Enrique Peñalosa. “Ahí entendí que uno no puede planear el territorio si no conoce el tema ambiental”, cuenta este internacionalista y financiero graduado de la Universidad Externado.

Un par de años después, tras diseñar el POT de la capital, Romero se dedicó al negocio familiar. Estuvo de lleno en la finca de su padre, llamada San Marino, en Anolaima (Cundinamarca), “un sitio donde el agua salía de la tierra siendo potable”. Por entonces cultivaban tantas plantas ornamentales, las que robustecen los arreglos de flores, que coleccionaban requisitos para exportar a Europa y Estados Unidos. Era una época próspera, sus libros de venta solían registrar hasta US$35.000. Pero algo en el ambiente marchitó la producción.

Tenían dos pistas: que el problema no estaba en sus procesos de fertilización y cuidado de los cultivos y que, además, no eran los únicos en aprietos. La competencia había empezado a trasladarse a fincas sobre mayor altitud. Pasaron de alturas que iban de 1.800 metros sobre el nivel del mar a rozar alturas como la de Bogotá, mayor a 2.600.

Por eso supo que el asunto tenía nombre propio: el cambio climático. Lamentablemente, los costos agrícolas para mudarse sobre las montañas eran muy altos y terminó por volver al mundo público.

Volvió a planear. Primero abriendo sus horizontes en el Departamento de Planeación Nacional (DNP) y luego limitando sus fronteras a Cundinamarca. Sin embargo, esos años de manejo de regalías y construcción de acueductos sólo alimentaron una certeza: “Hay que cambiar el proceso racional del consumo. Cambiarlo desde las decisiones privadas, también”, asegura.

Por eso se consagró a una causa ambiental. Renunció para estudiar la Lista B.A.N. 2.0, un análisis de datos hecho en Estados Unidos sobre los plásticos que más contaminan y sus posibles alternativas. Porque “no se puede evitar la producción de basura, no. Pero sí se pueden usar servilletas con material reciclado. Es que las utilizarás sólo una vez para limpiarte la boca. Y sí, lo más barato, sin lugar a dudas, es el plástico, pero ¿vale la pena esa practicidad?”.

Con esa idea descartó, por rentabilidad, los cuatro productos más dañinos: los empaques de comida, las tapas de botella, los envases y las bolsas plásticas, en ese orden. Los quintos son los pitillos. Fue en este último producto cuando se le alumbró el bombillo. Si se tienen en cuenta iniciativas mundiales como Straw Wars (Guerra de Pitillos, en inglés), un movimiento contra el uso de pitillos de plásticos, luce como un buen negocio.

Así fue como el 10 de agosto de 2016, Romero constituyó Pitillos Ecológicos ECOsumma, una de las empresas pioneras en la lucha contra el plástico en el país. Los pitillos de papel que se vendían hace décadas fueron una inspiración para él, con una excepción. En aquel tiempo se fabricaban con parafina, un derivado de hidrocarburo. Así que “no se hacía mucho en términos de sostenibilidad, porque el papel no podía reintegrarse a la naturaleza”, explica el empresario.

Su innovación fue planeada. Primero, comprar papel colombiano a la empresa Carvajal, transformarlo en una fábrica, moldearlo con aceites vegetales, cortarlo en máquina y empacarlo en papel ecológico. ¿Al final? Un producto que en 60 días puede ser compostable, a un costo de $60.

El problema es que “toda la gente es ecológica hasta que se le toca el bolsillo. Pasar de pagar $14 a $60 no es tanto un lío para los gerentes, sino para los jefes de compra”, señala Romero.

De ahí que la apuesta del bogotano vaya más allá. Según él, “la ley que reguló el uso de bolsas plásticas se quedó corta. Tuvo que haber sido un proyecto que pensara en otros desechos igual de dañinos”, concluye el empresario, quien vende en Carulla como producto exclusivo, restaurantes como Buffalo Wings y Casa Vieja, y almacenes grandes como Makro. No obstante, se queja: “Aún nuestras ventas no generan ningún efecto en el medio ambiente”. Pareciera que, como su vida laboral, falta que el mundo público se entrometa.

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