El Padre CAFFAREL, profeta del matrimonio. Equipo ENS

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El Padre CAFFAREL, profeta del matrimonio

(Extracto de textos)

 

Sumario

 Página

Presentación de este libro sobre el Padre Caffarel……………………………. 3

Introducción

Henri Caffarel — La Génesis………………………………………………………………. 5

Capítulo 1

Cristo en el centro de nuestras vidas………………………………………………… 11

Capítulo 2

La oración: lugar privilegiado del encuentro con Cristo………………… 19

Capítulo 3

El matrimonio, sacramento de la alianza…………………………………………. 27

Capítulo 4

La espiritualidad conyugal………………………………………………………………… 35

Capítulo 5

Reunidos en nombre de Cristo en el camino hacia la santidad………. 41

Capítulo 6

No hay vida cristiana sin exigencia…………………………………………………… 49

Capítulo 7

Apóstoles, abiertos a las realidades del mundo……………………………….. 57

Capítulo 8

Bajo la protección de María……………………………………………………………… 65

Conclusión

El padre Caffarel, un profeta para nuestro tiempo………………………… 73

Bibliografía…………………………………………………………………………………………. 77

PRESENTACIÓN

 Presentación de este libro sobre el Padre Caffarel:

 ¿Por qué hemos querido transmitir esta colección de textos escogidos del padre Caffarel a los equipistas del mundo en- tero?:

  • Porque nuestra época tiene necesidad de hombres capa- ces de buscar el Amor de Dios sin olvidar el valor del Amor por el

El padre Caffarel creía de verdad en el amor humano, y en particular en el amor entre un hombre y una mujer. En ese amor de la pareja veía él reflejado el Amor de Dios.

  • Porque nuestra época tiene necesidad de creer que se puede alcanzar la santidad en la historia cotidiana de la vida de cada

El padre Caffarel no es un profeta para el mundo de hoy porque haya vivido acontecimientos excepcionales, sino por- que supo compaginar el rigor de las opciones de la fe, con la sencillez de las palabras y de los gestos que, partiendo ver- daderamente de la vida, llegan al corazón de los hombres.

 

  • Porque nuestra época no solamente tiene necesidad de maestros, sino también de testigos de la

El padre Caffarel no se nos presenta como teólogo, sino como un hombre que enseñaba a orar orando él mismo pro- fundamente y enseñaba a amar amando él mismo profunda- mente.

A través de esta selección de algunos de sus numerosos es- critos, no queremos solamente presentaros al padre Caffarel como fundador de nuestro Movimiento de los Equipos de Nuestra Señora, sino que deseamos llevaros a conocer al hombre, Henri Caffarel, cuya mirada estaba siempre puesta en Dios, y al mismo tiempo nunca se apartaba de los hom-

bres. Vivió su vocación sacerdotal caminando junto a aqué- llos que habían sido llamados a vivir la vocación conyugal. Vivió su vocación de sacerdote creyendo en la fuerza del amor sacramental entre un hombre y una mujer. Consagró a ello su vida y permanece todavía presente entre nosotros gracias a miles de matrimonios y de sacerdotes que, hoy, forman parte del Movimiento de los Equipos de Nuestra Se- ñora.

Estos textos que os proponemos son los escritos de un hom- bre servidor de Dios; nos gustaría que fueran meditados y orados por vosotros en pareja, en equipo y que os dieran el deseo de ir más lejos en el conocimiento de toda la obra del padre Caffarel.

Carlo y Maria-Carla Volpini.

Introducción Henri Caffarel – La Génesis

 l padre Henri Caffarel nació el 30 de julio de 1903 en Lyon. Fue bautizado el 2 de agosto de 1903 y ordena- do sacerdote el 19 de abril de 1930, en París. Murió el

18 de septiembre de 1996 en Troussures, en la diócesis de Beauvais, donde está enterrado.

“¡Ven y sígueme!”. Esta palabra del Señor está ins- crita sobre su tumba porque en marzo de 1923, se produjo el acontecimiento que orientó toda su vida:“A los veinte años, Jesucristo, en un instante, se convirtió en Al- guien para mí. ¡Oh! Nada espectacular. En este lejano día de marzo, supe que era amado y que amaba, y que en adelante, entre Él y yo, era para toda la vida. No había vuelta atrás”.

El joven Henri Caffarel encontró a “Alguien”. Y todo lo que fundó y organizó después se fue realizando poco a poco, conforme el Señor le iba mostrando. El Cardenal Jean-Marie Lustiger habla del padre Henri Caffarel como “de un profeta del siglo XX”. El mismo Caffarel era consciente de estar ha- ciendo “algo nuevo en la Iglesia”.

Henri Caffarel quedó tocado por el amor del Señor. Su ministerio sacerdotal estará al servicio del amor, “ser

 

amado, amar”. El amor del Señor es para él fuente de di- namismo y de vida. Esto le sitúa inmediatamente en armo- nía con las parejas deseosas de desarrollar su amor a la luz del Señor.

Cualquiera que sea la obra emprendida, el padre Caf- farel tendrá un sólo objetivo: que cada uno se encuentre con el Señor, origen de toda vocación.

Henri Caffarel concluye su testimonio: “No había vuelta atrás”. He aquí una conclusión que delata su estilo: no hay nada que discutir, se obedece, se trabaja, no se pre- sume de los servicios prestados, y, cuando la tarea se termi- na, uno desaparece…

Rigor, exigencia, precisión en los detalles, voluntad de ir hasta el final, mirada concreta sobre los acontecimien- tos y los seres, capacidad de dejar de lado todo lo que no va en la dirección de lo que se “ha visto”…: así es el padre Henri Caffarel.

La vida en tres períodos.

 

I.  Las fundaciones (1939-1949)

Henri Caffarel responde a la llamada de aquellas parejas que quieren vivir el sacramento del matrimonio. “La exigencia de santidad os concierne. Para responder a ello, tenéis un sa- cramento propio; el matrimonio.”

El número de Equipos y hogares aumenta. Aparece una orientación espiritual, cada vez más clara a medida que avanza el descubrimiento de la gracia del matrimonio.

Las publicaciones; “Carta a unos hogares jóvenes” (1942), primera denominación de lo que resultará “Carta de los Equipos de Nuestra Señora”, “El Anillo de oro” (1945), han marcado profundamente a numerosas parejas; su repercusión ha sobrepasado los Equipos. El padre Caffa- rel quería ser comprendido por todos para que la gracia del amor de Dios pudiera ser eficaz en todos. Deseaba que todos comprendieran la grandeza del matrimonio. La pro- puesta sigue siendo actual.

Un momento decisivo en la actividad del padre Caffarel fue la redacción y edición, en 1947, de “La Carta de los Equi- pos de Nuestra Señora”. Los medios que propone la Carta son exigentes. “Los puntos concretos de esfuerzo”, sobre todo “el deber de sentarse”, son características de la vida cotidiana de las parejas. “Habiendo captado el espíritu de los Equipos, no tendréis dificultad en llevar a cabo su discipli- na”, dice el padre Caffarel. Vivir el Evangelio en la vida de pareja, ese es “el camino de santidad”.

En aquellos años, dos fundaciones nuevas ven la luz: el Mo- vimiento de Viudas “Esperanza y Vida” y la “Fraternidad Nuestra Señora de la Resurrección”, Instituto secular de

viudas. Como siempre, “la idea” de crear estas fundaciones no es suya: vienen a verle, le exponen el deseo de vivir una vida santa; entonces discierne, anima y acompaña.

  1. El tiempo de la madurez (1950-1973)

Los Equipos de Nuestra Señora se desarrollan. Se va crean- do una organización. Grandes encuentros tienen lugar: Lourdes en 1954, Roma en 1959, Lourdes en 1965, Roma 1970… Son la ocasión de profundizar en la gracia y grandeza del matrimonio.

El Padre Caffarel insiste también sobre el enriquecimiento mutuo de los sacramentos del Orden y del Matrimonio; dos sacramentos “complementarios” para responder a la voca- ción del amor.

Los Equipos conocen grandes debates:

—¿Son un movimiento de iniciación o de perfección? La his- toria del Movimiento muestra que se llega a encontrar el equilibrio entre estos dos aspectos. Aquellos hogares que quieren avanzar todavía más en el misterio del matrimonio cristiano elegirán, iluminados por el padre Caffarel, una mayor exigencia: son las Fraternidades de José y María.

— Se presentan momentos de dificultad que ponen a prueba la unidad del Movimiento, la libertad de los laicos, su origi- nalidad y su personalidad. En este punto, el Padre Caffarel está siempre en armonía con la Iglesia, a veces de forma ejemplar y valiente. Envía a todos los equipistas a colaborar en sus parroquias, en sus diócesis, y a ser apóstoles en su profesión y en el mundo.

A los 70 años, deja su servicio al frente de los Equipos tras asegurar su sucesión.

  • La Profundización (1973-1996)

La fecundidad del Padre Caffarel ha quedado grabada en muchos corazones en esa relación única de cada uno con Dios. Son innumerables quienes encontraron al Señor en la Casa de Oración de Troussures. Su deseo más intenso fue siempre el de compartir la revelación que recibió a los veinte años. Sus últimos años en Troussures dan fe de esa fuente de donde brotaba todo para él.

Obras llenas de vida

  • Los Equipos de Nuestra Señora: Nacidos en 1939, cuentan actualmente con 60.000 hogares repartidos en 70 países.
  • Las Fraternidades Nuestra Señora de la Resurrección

nacidas en 1943, con más de 200 miembros.

  • Esperanza y Vida: movimiento de espiritualidad de viu- das.
  • Los Intercesores: que oran, ayunan y ofrecen su vida

El padre Henri Caffarel estuvo también en los comienzos de los Centros de Preparación al Matrimonio, con la ayuda del Padre Pierre Joly y del Padre d’Heilly.

La Casa de Oración de Troussures. Este Centro fue una ayuda inmensa para aquéllos que deseaban aprender a rezar. Esa obra continúa en las propuestas que hacen los Equipos de Nuestra Señora en la Casa de la Pareja, en Mas- sabielle (en Saint-Prix, Val d’Oise), y sobre todo en la impor- tancia que los ENS y las escuelas de oración vienen dando a la oración interior.

Cabe destacar la actualidad de los escritos publicados por el Padre Caffarel: en las revistas: “Ofertorio”, “Cuadernos

 

sobre la oración”… y sus numerosos libros: “Presencia de Dios”, “En las encrucijadas del amor”, “Cien cartas sobre la oración”, …

 

Capítulo 1 Cristo en el centro de nuestras vidas.

«No soy yo quien vive,

es Cristo quien vive en mí»

 

Meditación.

 racias a la Ley (que hizo que Cristo muriera) yo he dejado de vivir para la Ley a fin de vivir para Dios.

Con Cristo, yo estoy clavado a la cruz: yo vivo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí. Mi vida hoy en la condición humana, yo la vivo en la fe al Hijo de Dios que me ama y que se ha entregado por mí. (Gálatas 2, 19-20)

Introducción.

En el origen de la vocación del Padre Caffarel hay un en- cuentro. Su Encuentro con Cristo, un encuentro radical que hace bascular toda su vida, un encuentro por el que de in- mediato «no había vuelta atrás». Cristo está en el centro de la vida del Padre Caffarel, toda su vida será la acogida a la vida de Cristo en él. Se compromete a transmitir a cada per- sona la necesidad de esa acogida de Cristo, fundamento de la vida cristiana; es esto lo que está en el origen de su voca- ción de sacerdote y de su mensaje apostólico. Para Caffarel, esta necesidad se convierte en algo absoluto, incondicional y se traduce por una búsqueda (esta palabra aparece a menu- do en sus escritos) permanente de Cristo, por la escucha de su Palabra.

Desear a Dios, buscarlo en todo, es la actitud previa al Amor total, único, de Aquél que es todo él, Amor por el

hombre. El padre Caffarel, que vive de este amor de Cristo, no vacila en fustigar con vigor y energía nuestra pereza, nuestra falta de entusiasmo en alcanzar lo que él piensa que es el ideal cristiano. Nos recuerda sin cesar la necesidad de dialogar con Dios en la oración o en la meditación, de nutrir- se cada día de la Palabra, del Evangelio, de los textos sagra- dos: es el precio que hay que pagar para vivir de manera absoluta, sin concesiones, el ideal evangélico.

 Textos escogidos Texto del P. Caffarel

Si Cristo vive en nosotros, sin duda está rezando. Porque para Cristo la vida es oración. Uníos a él, aferraos a él, haced vuestra su oración. O más bien —ya que las expresio- nes que estoy utilizando acentúan demasiado vuestra propia actividad— dejad que esta oración os llene, os invada, os conduzca hacia el Padre.

No os prometo que lo vayáis a notar, solamente os pido creer y que durante la oración, renovéis vuestra plena adhesión. Cededle el sitio, todo el sitio. Que pueda tocar todas las fibras de vuestro ser, como el fuego penetra en la madera y la vuelve incandescente. Rezar es cumplir la peti- ción que Cristo nos hace: “préstame tu inteligencia, tu cora- zón, todo tu ser, todo lo que en el hombre puede convertirse en oración para que yo pueda hacer surgir de ti la gran ala- banza al Padre. ¿Acaso he venido yo para otra cosa que no sea para alumbrar el fuego sobre la tierra y que se extienda transformando todos los árboles del bosque en antorchas vivas? Ese fuego es mi oración. Acepta ese fuego”.

Cristo está presente tanto en un recién bautizado como en el gran místico. Pero la vida de Cristo en uno y otro no tiene el mismo grado de desarrollo. Si en el alma de un recién bautizado ya vibra la oración de Cristo, sólo está en germen, el germen de ese fuego. A lo largo de nuestra exis- tencia y en la medida que cooperemos, se intensificará y poco a poco penetrará todo nuestro ser.

Nuestra cooperación consiste en primer lugar en ad- herir lo más profundo de nuestra voluntad a la oración de Cristo en nosotros. Pero fijaos bien en el sentido último que le doy a la palabra adherir: no se refiere a un mero acuerdo, a una aceptación verbal sino a una entrega total, del mismo modo que la leña se deja consumir por la llama para conver- tirse en fuego.

Nuestra cooperación consiste también en buscar con toda nuestra inteligencia en qué consiste la oración de Cristo en nosotros, sus grandes componentes: alabanza, acción de gracias, ofrenda, intercesión… con el fin de hacerlas nues- tras cada vez más perfectamente.

Me pedíais temas de meditación. No conozco otro

mejor.

 

L’Anneau d’or; Mayo-Agosto 1967

 

LO ESENCIAL ES BUSCAR A CRISTO. Desgraciadamente, las palabras saben a poco; temo que la expresión “buscar a Cristo” no despierte en vosotros más que un débil eco.

Pero, he aquí algunos textos —o más bien— algunas in- terpelaciones de san Pablo que os van a mostrar lo que es buscar a Cristo y, habiéndole encontrado, pertenecerle.

San Pablo está poseído por la caridad: «El amor de Cris- to me persigue» (2 Cor 5,14). «¿Qué me separará del amor

de Cristo? ¿La tribulación? ¿El desamparo? ¿La persecución?

¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?…pues en todo esto somos vencedores» (Rom 8, 35-37).

A él le llega, como a todos nosotros, el momento de en- contrarse ante la alternativa: complacer a los hombres o complacer a Dios. Su decisión está tomada: «Si yo compla- ciera a los hombres, no sería el servidor de Cristo» (Gál 1,10). «Estamos locos por causa de Cristo» (1 Cor 4,10).

Cristo es el centro de su vida, pero no duda en sacrificar el consuelo de esa intimidad con Él para ir hacia sus herma- nos, a fin de que a su vez, ellos pertenezcan a su Maestro

«me siento atraído por los dos lados: yo querría morir para estar con Cristo, y con ser esto mucho mejor; por vuestra causa morar aquí abajo es preferible» (Fil 1,23).

No se libra de los sufrimientos, y sin duda conoce horas de angustia. Reacciona: «Yo sé de quien me he fiado» (2 Tim 1,2). ¿Os dais cuenta de todo lo que hay en estas pala- bras, de valentía heroica y de ternura entrañable? Su vida no tiene más que una razón de ser. Ser fiel hasta el martirio:

«Es necesario que Él reine» (1 Cor 15,25).

Sin duda estamos muy lejos de una santidad como ésta. Pero la cuestión es saber si queremos o no queremos que la misma pasión devoradora nos posea.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Novembre 1948

 PERO EN REALIDAD, ¿QUÉ ES LA FE? He aquí una de las mejores definiciones: «Participar en el conocimiento que Dios tiene de sí mismo», y, se debe añadir, en su conoci- miento de todas las cosas. Es precisamente este último as- pecto sobre el que quiero reflexionar un momento antes de invitaros a interrogaros sobre vuestra fe.

¿Conocéis lo que piensa Dios de todas las cosas? Lo que le gusta, lo que no le gusta, ¿pensáis como Él? Sin embargo no voy a detenerme en esta primera consideración, aunque habría muchas cosas que comentar. Mi intención hoy es la de llevaros a que os interroguéis: «Mi mirada interior ¿sabe ver a Dios presente en todas partes, actuando en todas par- tes y santificándolo todo? ¿Sabe discernir la dimensión divi- na de las personas que me rodean y de los acontecimien- tos?» Me explico con ejemplos: En el autobús o en el tren, ante esa muchedumbre sombría, agobiada, abrumada, ¿la miráis con la mirada de Cristo? ¿Surge en vuestros corazo- nes esa misma piedad que siente Cristo por ella? —Ese en- fermo, ese pobre, esa mujer abandonada que esperan vues- tro auxilio, ¿descubrís en su llamada el incomparable acento de la voz de Cristo? — Padres que contempláis a vuestro hijo pequeño, ¿percibís la Santa Trinidad presente en su alma? Se cuenta que el padre de Orígenes, por la noche, se acer- caba en silencio a su hijo dormido y besaba el pecho del niño, tabernáculo de su Dios.— En aquellos acontecimientos que alteran vuestros planes, ¿discernís la mano de Dios, como les gustaba decir a nuestros padres? Recordad la frase de Pascal: «Si Dios enviara maestros a los cuales hubiera que obedecer de corazón, es seguro que la necesidad y los acontecimientos se contarían entre ellos». —Y cuando los periódicos os informen de esos acontecimientos mundiales, crueles, desconcertantes, inquietantes, ¿os dice vuestra fe que Cristo es el vencedor, que conduce la historia con mano firme y que su amor irreprochable e infalible no lo pueden frustrar los hombres?

¿Deseáis conquistar esa mirada de fe y las reacciones que la acompañan? Permitidme sugeriros un medio. Decidid que hoy, desde la mañana hasta la noche, vais a ejercitaros muy especialmente en ver a todas las personas y todos los acontecimientos con los ojos de la fe. Inaugurad vuestra jor-

nada con esta plegaria inspirada de Ezequiel (11,9): «Señor, pon tu mirada en mi corazón.» Yo os garantizo que vuestra jornada no se parecerá a ninguna otra.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; décembre 1956

Testimonio.

Nuestro primer encuentro verdadero con el mensaje del padre Caffarel fue en el año 2000 cuando unos amigos nos hicieron un regalo: el libro de Jean Allemand “Henri Caffarel, un hombre cautivo de Dios”. Con la lectura de estas pági- nas, nos acercamos a este hombre maravilloso que dio su vida al servicio de Dios y de los hombres. Tomamos concien- cia de la importancia y significado de tener una verdadera vida de Oración.

La oración se ha convertido para nosotros en un mo- mento de encuentro personal con Dios, un tiempo durante el cual le hemos dado la posibilidad de hablarnos. El padre Caf- farel nos pide hacer diez o quince minutos diarios de silencio (en las Obligaciones de los Equipos). Él mismo dedicaba dos meses al año a encontrarse con el Señor. Así, tomaba las fuerzas necesarias para realizar sus tareas pastorales. No se contentaba con palabras: vivía, y después, transmitía.

Con la lectura de los escritos del padre Caffarel, to- mamos aún más conciencia de lo que la Oración significa en la vida del cristiano. No obstante, nos damos cuenta de que hay aún mucho “ruido” en la vida de los laicos en general. Dedicamos la mayoría de nuestro tiempo a buscar la felici- dad y a querer la felicidad de los que amamos. Pero intenta- mos hacerlo a nuestra manera. No nos damos cuenta de que nuestra felicidad se encuentra en este descubrimiento: Dios nos ama de una manera personal y tiene un plan para cada uno en este mundo. Si fuéramos capaces de descubrir el plan que Él ha establecido para cada uno de nosotros, sería-

mos plenamente felices y lograríamos la felicidad de los demás. La oración es la manera apropiada y privilegiada para llegar a este descubrimiento.

Éste es el mensaje central que nosotros hemos des- cubierto gracias al padre Caffarel: si vivimos motivados por la acción en el mundo, es necesario detenernos en el camino para retomar fuerzas para actuar más y mejor. Es impres- cindible “descansar” en los brazos cariñosos del Padre para encontrar la alegría y la paz. Es lo que el padre Caffarel llama la “oración silenciosa”. Se entra en el recogimiento, con el sentimiento de la suave presencia de nuestro Señor. Es un verdadero sentimiento en el fondo de nuestra alma saber que el AMOR, con mayúsculas —que Dios está en nos- otros— está presente y nos impulsa a seguir viviendo y transmitiendo su mensaje de amor, a pesar de las contradic- ciones de este mundo. Si nos encontramos de verdad con Dios, nuestra vida cambia para siempre y nos resulta impo- sible no comunicarlo.

Nosotros, los hombres, deberíamos aprender el silen- cio con el fin de permitir que “Dios hable en cada uno de nosotros”. Entonces, podríamos vivir en un mundo comple- tamente diferente.

María y Agustín Fragueiro (ENS Argentina).

 Oh Tú que has puesto Tu morada en el fondo de mi corazón, Déjame reunirme contigo en el fondo de mi corazón.

Capítulo 2

La oración: lugar privilegiado del encuentro con Cristo

 «Todo consiste en saber si es vital comer, todo consiste en saber si es vital orar.»

Meditación.

 cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres; en

verdad, os digo, ellos ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando quieras orar, entra en tu habitación, y habiendo cerrado tu puerta, ora a tu Padre que está presente en lo se- creto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te escuchará. En vuestras oraciones, no multipliquéis las palabras, como hacen los paganos, quienes se imaginan que serán atendi- dos a fuerza de palabras. No os asemejéis ya que vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad, antes de que se lo pidan. (Mt. 6, 5-8)

 Introducción

Para el padre Caffarel, la oración es el lugar privile- giado del encuentro con Dios, particularmente bajo la forma de la meditación. No solamente su vida cotidiana estuvo llena de esa presencia de Dios, sino que no cesó nunca de enseñar a orar, de transmitir lo que él vivía. Su pedagogía pasaba por la exigencia fundamental de poner la oración en el centro de nuestra vida. Para ello utiliza numerosos textos: escribe en la Carta de los equipos y en la revista El Anillo de Oro, también en los cuadernos sobre la Oración. Sobre todo fue en la segunda parte de su vida cuando esta pedagogía se orientó especialmente hacia los laicos activos en el

 

mundo. Desde la casa de Troussures, que convierte en cen- tro internacional de oración, anima semanas de oración, cursos por correspondencia sobre la oración y sesiones de formación. Crea el Movimiento de los Intercesores. Investiga las nuevas corrientes carismáticas que surgen en la Iglesia. Distintos libros surgidos al compás de su experiencia de acompañante espiritual son testigos de este período. El padre Caffarel vivía con exigencia su vida de oración; desea- ba con insistencia y empeño que cada uno de nosotros hicie- ra lo mismo.

 Textos escogidos

SUEÑO, TRABAJO, COMIDA. . . . ORACIÓN… Observad esta

norma. 96 divisiones: los 96 cuartos de hora de los que se compone una jornada. Contad a partir de la izquierda el nú- mero de horas que reserváis al sueño y haced un trazo ver- tical. Contad a continuación el número de horas de trabajo, profesional o doméstico: otro trazo; después las horas de las comidas, después el tiempo de desplazamientos, de la lectu- ra del periódico, etc.… Por fin, y partiendo de la derecha, el tiempo que consagráis a la oración. Y después, ¡comparad!

Me diréis: «Nada es más engañoso que esta clase de cálculos. Se comparan realidades que no son comparables. La oración no es un asunto de tiempo. No más que el amor: porque pase diez horas cada día en mi trabajo y muy poco tiempo hablando con mi mujer y mis niños no es que no los quiera, o que los quiera menos que a mi oficina. El amor no es asunto de tiempo.»

¡Pensad! Cuán a menudo el amor de los esposos, el afecto entre padres se debilita, precisamente porque se des- cuida cuidarlo y profundizarlo. Nuestros amores humanos exigen encuentros, intercambios, momentos de corazón a corazón. Es algo vital.

Lo mismo ocurre con el amor de Dios. Decae en el alma del cristiano que no dedica cada día algunos momentos al encuentro con su Señor, momentos de intercambio, de inti- midad, es decir, de oración. No es menos vital que lo anterior.

Y si alguien me replica: «Pero ¿dónde quiere que encuentre yo el tiempo de orar?» Siempre me siento desconcertado… O no ha comprendido el carácter vital de la oración para mantener la vida de fe, o bien parte de la irrealidad, es como si una madre de familia numerosa que sufriera una grave anemia le respondiera al médico: «¿Cómo quiere que encuentre el tiempo para comer, con ocho niños y todo lo que eso supone, los biberones, los pañales, los baños de los pequeños, los deberes de los mayores…?»

Todo consiste en saber si es vital comer, todo consis- te en saber si es vital orar.

Después de todo, somos nosotros los sacerdotes los que quizá hemos fallado y eso ha hecho que los cristianos no tengan fe en el valor de la oración: ¿les hemos advertido suficientemente de que la anemia espiritual les acecha? Cuando vienen a acusarse de cobardías, orgullo, impurezas, en vez de presionarles para que hagan un esfuerzo para no recaer, ¿por qué no les llamamos la atención sobre la causa de todo ello: ese estado de debilidad interior que les vuelve tan enormemente vulnerables? ¿Les recomendamos lo único que les permitirá adquirir una vitalidad espiritual, y en con- secuencia resistir las amenazas del exterior y el interior: la oración?

Creo poder decir con seguridad después de veinte años de ministerio, que el cristiano que no dedica cada día

de diez minutos a un cuarto de hora (la 96ava parte de su

jornada) a esta forma de plegaria que se llama oración o meditación, seguirá siendo un inmaduro, o tal vez se perde- rá. Conocerá graves crisis, de las que no saldrá vencedor, de las que quizá incluso no se recuperará en mucho tiempo.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Novembre 1952

 

DESPUÉS de TREINTA Y SEIS AÑOS DE VIDA  SACERDOTAL,

me parece cada vez más evidente que, si tantos cristianos están enfermos moral y psíquicamente, viven ansiosos, de- primidos o sobreexcitados — si tantas parejas no llegan a un

entendimiento, a la armonía, a la unión, a la alegría que ha- bían esperado— si el mundo cristiano se nos revela tan pro- fundamente dividido, tanto en el plano del pensamiento como en el plano de la acción, es porque se desconoce la importancia de la oración. Cuando los individuos o las socie- dades no se conectan ya a Dios por la oración, quedan a merced de las fuerzas de la desunión…

Mi experiencia no me deja lugar a dudas, la oración es vital para vosotros laicos tanto como para nosotros sacer- dotes. Entendedme bien, no hablo de esa rápida plegaria vocal de la mañana o de la noche, sino de lo que se llama oración, o mejor aún meditación…

Y mi alegría es grande cuando veo a algunos llegar, gra- cias a la oración diaria, a esa oración continua que San Pablo, como Cristo, recomendaba: “Rogad sin cesar. En toda condición permaneced en la acción de gracias” (1 Tes 5, 17-18).

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Octobre 1966

 

ESTE DIOS INTERIOR NO ES UN DIOS SILENCIOSO, SINO

QUE HABLA; pero para oírlo es necesario hacer silencio. “El Padre dice una Palabra, es su Verbo, y es su Hijo. Él la dice en un eterno silencio, es en silencio donde el alma lo oye” (San Juan de la Cruz).

Hacer silencio es difícil en nuestro mundo terrible- mente ruidoso. No hablo de ruidos materiales sino de todos esos acontecimientos, noticias sensacionales, amenazas va- riadas que la publicidad, esta maga de los tiempos moder- nos, grita sobre los tejados, susurra a nuestros oídos. Todo eso viene a agitar nuestros sentidos, nuestra imaginación, nuestro pensamiento, nuestro corazón, todo eso se revuelve en nosotros en una loca zarabanda y perturba nuestra ora- ción. Sin embargo, el silencio interior es posible. Para conse- guirlo, es necesario ejercitarse con paciencia y dulzura. Los medios violentos nunca han sido buenos métodos de pacifi- cación. Y se trata precisamente de pacificar todas nuestras facultades para que se tornen disponibles a Dios, inmóviles,

a su escucha. Este último término menciona una determina- da calidad de silencio: el recogimiento. Se trata de una atención despierta, ávida de percibir la voz interior. «Muchos sabios, escribió Claudel, ya nos habían dicho que para oír sería suficiente con escuchar: ¡Qué gran verdad! Pero en este caso no es suficiente escuchar solamente con nuestro aparato auditivo, ni con la tensión de nuestra inteligencia puesta en guardia: sino que es con todo nuestro ser como escucharemos el latido del Ser con mayúscula.»

Y es posible que me digáis una vez más que os des- esperáis por no poder llegar al silencio interior, a ese recogi- miento sagrado. Es verdad que únicamente con vuestro es- fuerzo no es suficiente; es necesario que intervenga la gra- cia divina. ¿Y cómo iba Dios a negarnos su gracia? Al contra- rio, lo que desea es que el silencio se instaure en vuestra alma para que se haga posible el diálogo entre el Padre y sus hijos. Tened confianza, perseverad en la oración y Cristo pacificará y unificará vuestras facultades desperdigadas, como aquel pastor del que habla santa Teresa de Ávila, que durante la noche, tocaba la flauta para reunir a sus ovejas dispersas en los prados.

L’Anneau d’or; Mi-août 1957

 

NO BUSQUÉIS EN ESTAS PÁGINAS RECETAS DE EFICACIA GARANTIZADA; ESFORZÁOS MÁS BIEN EN CAPTAR EL ESPÍ-

RITU. Es tan cierto para la oración como para muchas otras actividades lo que sigue a continuación: lo importante es sobre todo conseguir un buen inicio. Pues de lo contrario, al cabo de cinco minutos, se asombra uno al descubrirse arrodi- llado en un reclinatorio: mientras que el cuerpo llegó a la ora- ción, el pensamiento permaneció en los asuntos temporales.

Os aconsejo, pues, vivamente velar por los gestos y las actitudes al principio de la oración. Una actitud clara y decidida de hombre despierto, presente a sí mismo y a Dios; una inclinación profunda o una señal de cruz, lenta, cargada de sentido. Lentitud y calma son de gran importancia para

romper el ritmo precipitado y tenso de una vida ocupada y apremiante. Algunos momentos de silencio: como un frena- zo, que contribuirá a introduciros en el ritmo de la oración y a operar la ruptura necesaria con las actividades anteriores. Puede ser bueno también recitar una oración vocal, muy lentamente, a media voz.

Tomad conciencia entonces, no digo de la presencia de Dios, sino de Dios presente: viviente, el Gran Viviente, que está allí, que os espera, os ve, os ama. Él tiene su idea sobre esta oración que comienza y os pide que estéis total- mente de acuerdo con lo que quiere de ella.

Velad por las actitudes interiores más aún que por las del cuerpo. Las actitudes fundamentales del hombre respec- to a Dios: dependencia y arrepentimiento.

Dependencia: no la vaga sumisión del que debe a veces renunciar a un proyecto para hacer la voluntad de Dios, sino una dependencia mucho más radical, la del torren- te (que desaparece si se le corta la fuente), la del sarmiento (que se seca y descompone cuando se le separa de la cepa), la del cuerpo humano (que no es ya un cuerpo sino un cadá- ver cuando se rompe el vínculo que lo ligaba al alma).

Arrepentimiento: ese sentido agudo de nuestra indig- nidad en presencia de la Santidad de Dios. Como San Pedro que repentinamente se humilla delante de Cristo: «Apártate de mi, que no soy más que un pecador.»

Estas dos actitudes son importantes para allanar los caminos del Señor.

Dispuesta el alma así, pedid la gracia de la oración, ya que como os dije, la oración es un don de Dios antes de ser una actividad del hombre. Llamad humildemente al Espí- ritu Santo, es nuestro Maestro de oración. Podéis entonces adoptar la actitud corporal más favorable a la libertad del alma.

Así preparada, la oración propiamente dicha puede comenzar. ¿Que esperáis de ella? Que Dios tome posesión

de vosotros. Y el único medio es el de poner en práctica esas tres grandes facultades sobrenaturales que el Señor nos ha dado precisamente para entrar en contacto, en comunión con Él (por eso se les llama las virtudes teologales): la fe, la esperanza, la caridad. Son el dinamismo sobrenatural que se pone a la obra cuando nos acercamos a Dios.

Ejercitad vuestra fe. No os pido teorizar sobre Dios, sino pensar en Él meditando lo que nos dice de sí mismo a través de la Creación —donde todo habla de sus perfeccio- nes —, de la Biblia, y, sobre todo y en primer lugar, a través de su Hijo que si se encarnó, si vivió, si murió, lo hizo sobre todo con el fin de revelarnos el amor infinito del Padre.

Pero lo importante no es pensar mucho, es amar mucho. La fe promueve la caridad, ponedla en práctica. De nuevo acabo de emplear el término “poner en práctica”. No os equivoquéis, no preconizo un voluntarismo a ultranza. El ejercicio de la fe y la caridad debería ser tan natural y flexi- ble como la respiración. Ejercer la caridad consistirá no tanto en hacer surgir en vosotros emociones, entusiasmos y sentimientos, como en adheriros con toda vuestra voluntad a Dios mismo, para hacer vuestros sus deseos e intereses.

Es también propio del amor aspirar a la unión con aquél que se ama — y a la felicidad que esa unión promete. Cuando se trata de Dios, esta aspiración se llama “esperan- za”. Ejerced pues también la esperanza…

…Añadiré una última observación antes de dejaros. De la misma manera que no se convierte uno en ebanista, músico, escritor, de la noche a la mañana, no se convierte uno en hombre de oración sin un concienzudo aprendizaje.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Septembre –Octobre 1970

 

Testimonio.

Retendré un único recuerdo del Padre Caffarel: hom- bre de oración.

Esas largas horas de oración y adoración silenciosas y diarias… pasara lo que pasase en su vida desbordante de actividades, sabía darle a Dios su lugar. Pero, es inexacto hablar así, ese encuentro diario era vital, natural, esencial. Era la consecuencia lógica de su amor surgido en el encuen- tro con Cristo en marzo de 1923. Encuentro que determinó toda su vida y, en particular, su vida de oración. Cuando uno ama y se sabe amado, se aspira simplemente a estar a solas con el Ser amado.

Me gusta recordarlo en la capilla de Troussures, sen- tado sobre su pequeño banco de oración, el cuerpo y la ca- beza bien derechos, los ojos generalmente cerrados, las manos bien abiertas sobre las rodillas, perfectamente inmó- vil, muy recogido, muy pendiente de Dios presente en lo más íntimo de sí mismo. No contaba ninguna otra cosa. Se podía decir que era a la vez todo él acogida y ofrenda, es- tando ante su Señor y su Dios como un paño desplegado al sol, imagen que le gustaba para hablar de la oración. No había nada amanerado ni cursi, sólo una paz, una estabili- dad, una fuerza emanaban de él.

Ofrecerse y recibir el Amor transformador de Dios con un abandono y una confianza inalterable. He aquí uno de los secretos, creo yo, de su oración. Secreto que se po- dría resumir en esta frase que Cristo dirigió a Santa Catalina de Siena: “Hazte capacidad y yo me haré torrente”; frase que le gustaba comentar así: “Hazte capacidad por la fe y el torrente de mi amor se verterá en tu corazón”.

¿No es ésta la fuente de toda la fecundidad de su Mi- nisterio?

Elisabeth Saleon Terras Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Déjame reunirme contigo en el fondo de mi corazón.

 

Capítulo 3 El matrimonio, sacramento

de la alianza

«Un verdadero hogar cristiano, es una gran obra de Dios, el resplandor del sacramento del matrimonio es el refle- jo de la inmensa ternura que une a Cristo con la Iglesia».

 Meditación.

aridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la IGLESIA y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del

agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplande- ciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie abo- rreció jamás su propia carne, antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a su Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respec- to a Cristo y su Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido. (Efesios, 5, 25-33)

 Introducción

Tras su encuentro con las parejas, el padre Caffarel deseó profundizar en el misterio del sacramento del matri- monio y aportar su reflexión teológica a la Iglesia. Basó siempre esa reflexión en la meditación de la Palabra y tam- bién en la observación, la escucha, el intercambio con las

parejas y en la colaboración de teólogos de prestigio. A par- tir de encuestas detalladas elaboró una visión renovada del matrimonio cristiano y de la sexualidad. El padre Caffarel participó concretamente en la renovación del pensamiento de la Iglesia sobre el matrimonio. Fue un protagonista decisivo por su participación en comisiones pontificias preparatorias del Concilio y por su preocupación por buscar más y conocer mejor el tema. El informe sobre «el matrimonio cristiano en la Iglesia de 1960», en el número del Anillo de Oro “Matrimo- nio y Concilio: una renovación del matrimonio para una reno- vación de la Iglesia” son testigos de ello. La validez de su pensamiento será afirmada por Juan XXIII en primer lugar y luego sobre todo por Pablo VI en los Encuentros de los Equi- pos de Nuestra Señora en Roma en 1959 y en 1970.

 Textos escogidos

 EL MUNDO DEL AMOR NOS LLEVA A CONOCER EL REINO DE

LA GRACIA. Los novios realizan en su juventud esa maravi- llosa experiencia. Los esposos la comprueban a lo largo de su vida, si consienten en dejarse guiar por Dios. Es Él quien les hace descubrir, poco a poco, los lugares de paso por donde esa frontera puede cruzarse.

El amor verdadero, lejos de encadenar los corazones, los libera y los dilata extraordinariamente. Aún diría más: novios y jóvenes casados conocen en cierta manera un esta- do de gracia, o al menos de apertura a la gracia. Es que, el amor, en cierto sentido, “cristianiza” la vida, hay una conti- nuidad, ya que “Dios es amor”…

El amor llama al amor. Ser amado predispone a amar. Surgen una admiración, una gratitud, una generosidad, im- pacientes por expresarse y que uno ignoraba que provenían de una fuente que estaba en nuestro interior.

L’Anneau d’or; Mai- Août 1964

¿CUÁL ES EL SENTIDO CRISTIANO DE LA SEXUALIDAD?

¿Cómo vivís vosotros cristianamente vuestra sexualidad?

Uno de los resultados de este estudio, ahora todo ha cambiado mucho, es que la mayoría de los hogares que res- pondieron tenían una enorme preocupación por respetar lo que llamaban la ley de la Iglesia. Lo conseguían con dificul- tad, a menudo con mucha impaciencia y, quizá, con rebeldía interna, sin embargo no se preocupaban de la calidad huma- na de la relación sexual, y he comprendido leyendo, estu- diando, meditando sobre estas respuestas, que no puede haber verdadera moralidad de la sexualidad si no hay cali- dad de la sexualidad…. Disculpad la expresión, antes la de- testaba, es un poco vulgar, pero creo que es importante, hablo de la manera de hacer bien el amor, de vivir bien la relación sexual. Y ocurre que los hogares cristianos, como los demás, viven una sexualidad de bárbaros,… Así pues, os lo digo como algo que está por hacer y como algo que se impone, es absolutamente necesario guiar a los hogares hacia la perfección humana y cristiana de la relación se- xual…

Y bien, con los Equipos de Nuestra Señora se afirma en la Iglesia que la sexualidad es un factor de santificación a condición de que sea asumida y evangelizada, que el placer es una realidad santa en el orden de Dios y no debe ser con- siderado sospechoso como en esas espiritualidades negati- vas tan frecuentes que todos hemos conocido. Y esto se re- fiere también a todo el conjunto de la vida del hombre en la tierra, los valores naturales no son despreciables, es necesa- rio asumirlos, siendo la sexualidad un valor de referencia. Es tan importante hoy comprender todo esto para salvar la se- xualidad de la superficialidad que la acecha actualmente y para salvar la sexualidad del erotismo.

Conférence du Père Henri Caffarel a la Rencontre des Responsables Régionaux Européens Chantilly, dimanche 3 Mai, 1987

LA COMUNIDAD CONYUGAL ES SÓLIDA, ya que la gracia trabaja poderosamente por esa unión. Y la hace, la repara, la consolida día tras día….

La fuente de esta gracia es el sacramento del matri- monio. Y este sacramento, al igual que otros, es el fruto de la Cruz. Como habíamos dicho, Dios está ya presente en el centro del simple amor natural, y los que le buscan le en- cuentran. Pero en los hogares cristianos fundados en el sa- cramento del matrimonio, su presencia es infinitamente más real y más eficaz.

No es que el amor en realidad se convierta en sacra- mento, el cual radica más en el compromiso y la unión que se sigue; sino que el amor, inspirador de ese compromiso y alma de esa unión, participa del sacramento; se puede decir de él que no es sólo santificado, sino también santificante.

L’Anneau d’or; Juillet, 1945

 El MATRIMONIO CRISTIANO NO ES SOLAMENTE LA DONA- CIÓN RECÍPROCA DEL HOMBRE Y DE LA MUJER; es también

el don de la pareja a Cristo. En adelante, en este matrimonio que, dándose, se abre a Él, Cristo está presente. Esta pre- sencia, es cierto, se hace real ya cuando dos o tres se unen en nombre de Cristo, pero, en el caso del matrimonio, hay más y mejor: un pacto, una alianza, en el sentido bíblico de la palabra, entre Cristo y el hogar. Lo que Yahvé decía antes:

«Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo», Cristo a su vez se lo dice a la pareja. Unido así a ese matrimonio, presente en su vida, Cristo aspira a dar gracias a su Padre, a interceder con y a través de los esposos por el mundo ente- ro…

Mientras no se llega a penetrar en esta idea, no se puede entender bien la oración conyugal. Su necesidad y su grandeza sólo se explican en la perspectiva del sacramento del matrimonio. En una palabra, cuando Cristo une sacra-

mentalmente a un hombre y a una mujer, es para fundar un santuario, ese santuario que es un hogar cristiano; allí, podrá celebrar con esa pareja, a través de esa pareja, el gran culto filial de alabanza, adoración e intercesión que vino a instaurar sobre la tierra.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Avril 1968

 El HOGAR CRISTIANO NO SE LIMITA A OFRECER SUS RI-

QUEZAS HUMANAS, a hacer entrever verdades capitales; re- gala a sus huéspedes las riquezas de esa gracia que le habi- ta y que debemos inventariar ahora brevemente.

Su gran riqueza espiritual es la presencia de Cristo que hace de esta comunidad familiar una «pequeña iglesia»,

«cuando dos o tres se reúnen en mi nombre allí estoy yo, en medio ellos», y Tertuliano añade: «Cuando dos están juntos, hay Iglesia». Y sin ninguna duda esta presencia de Cristo y de la Iglesia permanece como una realidad invisible. El mu- sulmán, el judío que visitan ese hogar, no lo saben, pero su ignorancia no impide que Cristo actúe sobre ellos. Los pro- pios cristianos, a menudo también los sacerdotes, comprue- ban el gran beneficio espiritual que reciben al frecuentar tal hogar. Escuchad este testimonio: «Un religioso que residió algún tiempo con una familia numerosa durante un período de descanso le dijo al irse al ama de casa: no se puede usted imaginar el consuelo, la sensación de paz que se puede obtener al contacto con una familia como la suya. Pienso que si un sacerdote atraviesa una crisis, que ocurre a veces en torno a los cuarenta años, no encontrará mejor medio de recuperar su equilibrio que participando durante algún tiempo en la vida de una familia cristiana.»

Después de este rápido inventario de vuestras rique- zas humanas y espirituales, comprenderéis que se pueda decir del hogar que es un «instrumento de apostolado ex- cepcionalmente eficaz». En él, la gracia y las riquezas divi- nas utilizan para comunicarse las realidades humanas más

modestas junto a las más evidentes: todas estas riquezas del amor de las que hablábamos hace un momento. En un cierto sentido ¡qué pobre es el apóstol solitario en compara- ción al hogar apóstol! Ciertamente el sacerdote que visita al enfermo, el que absuelve, dispone de poderes excepcionales para transmitir la gracia. ¡Pero qué sobrio es su rostro hu- mano! ¡Por el contrario qué atractivo es el rostro de la fami- lia cristiana! Uno de vosotros lo ha dicho en términos admi- rables: «El hogar cristiano, es la cara alegre y dulce de la Iglesia».

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Janvier 1962

 Testimonio.

Existe una división profunda en nuestras culturas sobre el tema del matrimonio y la sexualidad. El padre Caffarel contribuyó por sus enseñanzas y sus escritos a afrontar esta cuestión de siempre.

Las palabras de este sacerdote anciano son significativas: “Antes era más simple, las normas quedaban claras. Antes del ma- trimonio, ninguna relación sexual. ¡En el matrimonio, ninguna ob- jeción! No se discutía la enseñanza de la Iglesia. Nada de divorciar- se. Quedaba claro. Se trataba solamente de formar la conciencia de los fieles y de ser compasivo ante las faltas. Hoy los jóvenes no me parecen más malos que los de antes. La conciencia no ha des- aparecido, pero se han cambiado las modalidades de aplicación. Mi palabra de sacerdote era reconocida y respetada cuando expresaba la ley de Dios en materia sexual. Éste ya no es el caso hoy. Me siento ajeno a este mundo.“

La pregunta del padre Caffarel era “cómo humanizar la se- xualidad”. Sus respuestas no eran afirmaciones definitivas sino una invitación a interrogarse.

Propone un recorrido fascinante “de la sexualidad al amor”. La manera de vivir la sexualidad es muy importante para la huma- nización del hombre. La sexualidad bien vivida puede contribuir a construir al hombre y a la mujer. La sexualidad en las categorías

del Reino de Dios es indisociable de la fidelidad. Es un paso decisi- vo en la relación con Dios.

La ley de la sexualidad es el amor. El amor es diferencia, el amor es sacrificio, el amor se construye en la permanencia, a tra- vés de los éxitos y los fracasos. La pareja es el lugar en el cual se articulan las tres funciones de la sexualidad: la función de relación, la función de placer, la función de la fecundidad. La pareja se cons- truye integrando, de manera equilibrada, estas tres dimensiones.

El amor es un proceso. La pareja perfecta no existe. No se adquiere nunca una sexualidad en plenitud. Para los cristianos, es un don recibido del dinamismo misterioso del Espíritu de Dios que no confunde la santidad con la perfección.

El verdadero sentido, el valor sobre el cual debe medirse la sexualidad, es el hombre creado por Dios, liberado en Jesucristo, frente a su prójimo. El hombre, liberado por Cristo, debe vivir su sexualidad en la libertad, una libertad responsable. La sexualidad se libera en Jesucristo. Se vive en la relación con el prójimo y con Dios. Debe convertirse en un lenguaje de amor, de comunión y de vida.

Père Angelo EPIS (Conseiller Spirituel de l’Equipe Responsable Internationale)

 Oh Tú que has puesto Tu morada en el fondo de mi corazón, Glorifica tu santo nombre en el fondo de mi corazón.

Capítulo 4 La espiritualidad

conyugal

«Vuestro hogar; la unión de dos

buscadores de Dios.»

 Meditación

odo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardaréis

mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Pa- ráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora en vosotros y en vosotros está. (Jn 14, 13-17)

 Introducción.

Al mismo tiempo que renovaba la reflexión teológica sobre el matrimonio y que daba a los matrimonios el medio de profundizar en su sacramento gracias a los Equipos de Nuestra Señora, el padre Caffarel deseaba proponerles una espiritualidad específica a la que va a llamar espiritualidad conyugal. Esta espiritualidad se elabora no a partir de la vida monástica sino a partir del estado de vida conyugal, con todas sus exigencias, sus dificultades y sus gracias. Esta espiritualidad conyugal permite a los esposos vivir su amor conyugal y su Amor a Cristo a través de un solo y mismo amor, y les va conduciendo por un camino de santi- dad. La espiritualidad conyugal encuentra su fuente, para el padre Caffarel, en la búsqueda del pensamiento de Dios sobre toda la vida conyugal, familiar y en la apertura a la

vida social o apostólica. La pareja se apoyará para esta bús- queda en la práctica del encuentro con Cristo por medio de la oración conyugal.

 Textos escogidos

LA PALABRA “ESPIRITUALIDAD” PROVOCA EQUÍVOCOS.

Tiene que quedar claro lo que significa. Desde luego no es una huida de la realidad.

A quién os pregunte: «¿Qué es eso de los Equipos de Nuestra Señora a los que pertenecéis?» Responded sin dudar: «Grupos de espiritualidad». Las reacciones suscita- das por esta definición, lo habréis observado seguramente, son muy variadas. No todas demuestran ni mucho interés ni simpatía. A veces, es una simple sonrisa, condescendiente, aquélla que se concede a un loco inofensivo pero perfecta- mente inútil para sus semejantes, cuando confiesa que co- lecciona piedras antiguas, autógrafos, o escarabajos… A veces uno llega a escuchar: “¡Ni pensarlo!: estoy demasiado ocupado en mis tareas profesionales, familiares, sociales… como para ocuparme encima de la espiritualidad!” Y a veces, incluso la gente se escandaliza en serio: “¿Evadirse así de lo temporal, no es traicionarlo? Justo en un momento en el que tantas situaciones de sufrimiento requerirían nuestro com- promiso y cuando se está forjando una nueva civilización — que además se construirá contra nosotros, si no colabora- mos en ella.”

Estas reacciones revelan un desprecio que procede de la ignorancia. ¡Unos parecen asimilar la espiritualidad a un pasatiempo, a un adorno! Otros, concediéndole por una parte más aprecio, no ven en ella más que la ciencia de la oración y de la virtud: ni se les ocurriría que la espiritualidad pueda tener alguna relación con las responsabilidades fami-

liares, profesionales o cívicas… Unos y otros ignoran lo que es realmente la espiritualidad.

¿Cómo disipar los equívocos?

Sin duda es necesario precisar bien lo que designa la palabra espiritualidad. La espiritualidad es la ciencia que trata de la vida cristiana y de los medios que la conducen a su plenitud.

Ahora bien, la vida cristiana en su totalidad no es sólo adoración, alabanza, ascesis, esfuerzo de vida interior. Es también servir a Dios en el lugar en que Él nos ha coloca- do: familia, profesión, ciudad…

Del mismo modo, los hogares que se agrupan para iniciarse en la espiritualidad, lejos de buscar los medios para evadirse del mundo, se esfuerzan en aprender cómo pue- den servir a Dios, en toda su vida y en medio del mundo, a ejemplo de Cristo.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Juin 1950

 VUESTRO HOGAR DARÁ TESTIMONIO DE DIOS de una ma-

nera todavía más explícita si es la unión de dos “buscadores de Dios” según la admirable expresión de los salmos. Dos buscadores cuya inteligencia y corazón están ávidos de co- nocer, de encontrarse con Dios. Apasionados de Dios, impa- cientes por unirse a Él. Para quienes Dios es la gran reali- dad, a quienes Dios interesa más que ninguna otra cosa. En tal hogar, todo se ve y se concibe en función de Dios. Y no hablo en teoría. Conozco a muchos de vosotros, que son estos verdaderos buscadores de Dios, en quienes vibra una cuerda secreta cuando, ante ellos, se menciona el nombre de Dios. Tales hogares son un lugar de culto: marido y mujer son allí «adoradores en espíritu y en verdad, tal como lo quiere el Padre» (Jn. 4, 23).

«Querría saber comunicaros mi convicción de que un hogar de “buscadores de Dios”, en nuestro mundo que no cree en Dios, que no cree en el amor, es una “teofanía”, una manifestación de Dios, como lo fue para Moisés aquella zarza del desierto que ardía y no se consumía.»

Conférence: «Face à l’athéisme»; Rome, 5 mai 1970

  La ciencia y el arte de santificarse en y por el sacerdocio, es la espiritualidad sacerdotal, la CIENCIA Y EL ARTE DE SAN- TIFICARSE EN Y POR EL MATRIMONIO, ES LA ESPIRITUALI- DAD CONYUGAL….

Se trata de cristianizar toda la vida familiar. Y sobre todo de buscar el sentido cristiano de todas las realidades familiares, planteándose la cuestión: “Básicamente, ¿cuál es el pensamiento de Dios sobre el amor, sobre la paternidad y la maternidad, la sexualidad, la educación, sobre todas las grandes realidades del hogar?” Y no solamente descubrirlo, sino querer realizar ese pensamiento de Dios en todos estos ámbitos.

Y todavía más. Es necesario buscar lo que solemos comúnmente llamar un estilo cristiano de familia: el estilo cristiano de las relaciones entre las personas: entre los es- posos, entre padres e hijos, entre padres y abuelos, entre el hogar y los amigos; un estilo cristiano del ambiente familiar: casa, comidas, gastos; un estilo cristiano de las actividades diarias: el trabajo, el ocio, el momento de levantarse, de acostarse, las reuniones, la hospitalidad. ¿Cómo hacer para que todo eso sea cristiano, resulte cristiano, que todo esto refleje la gracia de Cristo? Un estilo cristiano de los días: el domingo no se vive como el sábado, el sábado como el jue- ves, ni el jueves como los otros días de la semana; un estilo cristiano de los grandes acontecimientos: el nacimiento, la

enfermedad, las pruebas, el matrimonio, la muerte… Vivir cristianamente estos acontecimientos. Y todo eso “para que Dios sea glorificado en todas las cosas”, como dicen los be- nedictinos.

Finalmente, como ningún hogar vive aislado en la ciudad y en la Iglesia, esta espiritualidad conyugal y familiar es también una espiritualidad del compromiso del hogar en las tareas humanas y en las tareas eclesiales.

L’anneau d’or n°84

 Testimonio.

Como amigos desde nuestra juventud, luego como novios y después como jóvenes esposos no teníamos, a pesar de los ejemplos que nos rodeaban y de una buena preparación al matrimonio, el sentimiento de que la parte espiritual de nuestro amor y nuestro matrimonio tenía y ten- dría tal importancia.

Hemos tardado algunos años en tomar conciencia de esta dimensión espiritual y de esta transcendencia de nues- tra unión conyugal, luego familiar.

Los Equipos de Nuestra Señora nos han iniciado, desde el principio de nuestra pertenencia a ellos, a esta es- piritualidad conyugal que brota de la docilidad misma al Es- píritu Santo que marca el ser de los esposos. Este Espíritu Santo “vuelve al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó” (Ibid 13).

Hemos descubierto y experimentado el testimonio de la caridad, de la unidad y de la fidelidad en las relaciones entre esposos, de su amor inquebrantable en medio de las pruebas y dificultades.

Hemos descubierto también de qué manera la vida espiritual del matrimonio mantiene, consolida y fortifica nuestra unión humana y espiritual conforme a la promesa de convertirnos en una sola carne, hecha en la alianza nup- cial.

Así, gracias al encuentro de esta espiritualidad con- yugal puesta de relieve por el padre Caffarel y los matrimo- nios que lo acompañaron, hemos podido construir esta co- munión íntima de cuerpo y espíritu que fructifica de manera responsable con la llegada de los hijos a los cuales intenta- mos transmitir una auténtica formación humana y cristiana.

Con la fuerza de Cristo intentamos vivir la fidelidad, el perdón y la reconciliación, el don de sí y el espíritu de sa- crificio, la convivencia y la paz, el respeto y el espíritu de amor.

Pero esto no se consigue sin ascesis y sin exigencia, como nos lo recordaba el mismo padre Caffarel una noche de diciembre de 1993 en su despacho de Troussures: «Sed exigentes, no os decepcionaréis jamás».

Gérard et Marie Christine de Roberty

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Quiero lo que tú quieres en el fondo de mi corazón

Capítulo 5

 Reunidos en nombre de Cristo en el camino hacia la santidad

 «Porque quieren que su amor santifi- cado por el matrimonio sea una alabanza a Dios, un testimonio para los hombres, han decidido formar equipo. Se viene al equipo por Dios, se permanece por Dios»

 Meditación

Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oracio- nes.Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2, 42-47)

El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realiza- ban muchos prodigios y señales.

Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno.

Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agre- gaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.

 Introducción.

En todas las obras del padre Caffarel y más concreta- mente en las referidas al matrimonio, se encuentra una di- mensión de investigación teológica, una segunda dimensión que facilita el encuentro con Dios, y finalmente una tercera

dimensión de acercamiento a los medios concretos por medio de los cuales vivir, y encarnar a diario la reflexión te- ológica, la espiritualidad definida por él. Es así como nacie- ron los Equipos de Nuestra Señora, movimiento que el padre Caffarel quiso no solamente al servicio de los matrimonios sino también al servicio de la Iglesia. Los Equipos han sido la gran obra del padre Caffarel de 1939 a 1973. Al hilo de estos años se elaboró, con el tanteo de la experiencia, la razón de ser de los equipos. El pensamiento del padre Caffa- rel sobre los Equipos, su evolución, se encuentra en la lectu- ra de los editoriales de la Carta de los Equipos, en los men- sajes que pudo comunicar en sus desplazamientos, en las conferencias magistrales de los Encuentros. Hay una refe- rencia constante a la misión de acompañar a cada pareja en su camino de santidad dentro del matrimonio y también en el camino de su relación con Cristo. Para el padre Caffarel el equipo, como el matrimonio, no era sólo experiencia de Iglesia sino también servicio a ésta y al mundo.

 Textos escogidos

FORMAMOS EQUIPO, porque Jesucristo, el último día, la últi- ma noche de su vida, durante la última cena con sus apósto- les, reveló su más secreto deseo: «Que todos sean uno… Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mi, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que los has amado a ellos como me has amado a mi» (Jn 17,21-23)”. Y nosotros, discípulos de Cristo, quere- mos responder a sus deseos.

FORMAMOS EQUIPO, porque creemos que Jesucristo está todavía en el mundo, que trabaja invisiblemente, misteriosa- mente, incansablemente, para conquistar, captar, atraerse a los hombres y a las cosas para realizar la obra que el Padre le encargó hacer: la gran Unidad de todas las criaturas en Él y queremos participar en ese empeño, cooperar a esa obra: “instaurarlo todo en Cristo” (Ef 1, 10).

FORMAMOS EQUIPO, porque creemos que no es suficiente con aspirar a la Unidad total, emocionarse con el pensa- miento de la reconciliación de los cristianos, esperar del pró- ximo Concilio que contribuya a ello, sino que debemos hacer la Unidad, realizar la unidad allí donde esté a nuestro alcan- ce, donde dependa directamente nosotros.

Esta realización es la fianza, la garantía de la calidad de nuestro deseo de una unidad más amplia.

FORMAMOS EQUIPO, porque creemos que soñar con el ecu- menismo y no comenzar por hacer la unidad verdadera entre marido y mujer, entre padres e hijos, es quedarse en las nubes y que, para realizar esta unidad en nuestro hogar, tenemos necesidad de las aportaciones y de la ayuda de otros hogares.

FORMAMOS EQUIPO, porque queremos ser, por todas partes donde vivimos —edificio, barrio, familia, parroquia…— obre- ros de unidad y tenemos que hacer el aprendizaje de esta unidad con hogares amigos y ser sostenidos por ellos en nuestro esfuerzo.

FORMAMOS EQUIPO, porque queremos que nuestros herma- nos sepan que Dios les ama, quiere salvarlos y que lo que les llevará a hacer este descubrimiento será el espectáculo de nuestra unidad, de nuestro amor fraternal, pues Cristo lo dijo: «Que sean uno para que el mundo crea que el Padre me envió.»

FORMAMOS EQUIPO, porque queremos que haya en el mundo un reflejo, modesto pero auténtico, de la más alta belleza, de la más alta santidad, del más alto amor, de la vida Trinitaria: hombres que sean uno en el Amor, en el Es- píritu Santo, como lo son el Padre y el Hijo en la unidad del Santo-Espíritu, por los siglos de los siglos.

Unidad entre marido y mujer, unidad entre padres e hijos, unidad entre hogares en el equipo, unidad de los equi- pos en el Movimiento supranacional, y eso porque aspiramos

con toda la energía de nuestra caridad a la unidad de todos los seres en Cristo: tal es esta mística de la unidad, alma de los Equipos de Nuestra Señora.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame, Octobre 1961

 OS SENTÍS RESPONSABLES DE LOS MIEMBROS DE VUES-

TRO EQUIPO, queréis ser responsables (por una parte) de su realización humana y cristiana, lo que os falta ahora es trabajar por ello. Para darles lo que necesitan. Para daros.

Por muy pobres que os sintáis, tenéis muchísimo que dar pues lo que necesitan los que nos rodean, en primer lugar, no son nuestros bienes, sino a nosotros mismos. Y eso es precisamente lo más difícil de poner en práctica. «Mi co- razón está atado a mí con una goma elástica; si estiro de ella para ofrecerlo, al cabo de un momento ha vuelto adonde estaba»: así se expresaba en la confesión un hombre que quería hacerme comprender su egoísmo. Darse, estar siem- pre disponible para los demás es difícil, es cansado. Disponi- ble para prestarles un servicio material y sobre todo disponi- ble para otro tipo de servicio, de un precio muy superior, que consiste en ofrecerles un corazón atento, comprensivo, alentador, que suscita confianza, que sabe decir la verdad, que se atreve a exigir.

Hay otro don más precioso aún. Son pocos los que lo comparten. Se trata de la vida de Dios en nosotros que es nuestra principal riqueza y de la que somos tan avaros. Ya sea por avaricia, por pudor, o por respeto humano, el caso es que esta vida permanece oculta en cada uno. “De ellos saldrán ríos de agua viva”, anunciaba Cristo hablando de sus futuros discípulos. Pero si los discípulos cierran las esclu- sas…. Numerosos equipos han adoptado durante un año o dos lo que llamamos el método de meditación del evangelio: muchos de ellos han reconocido que la unión del equipo se ha reforzado, gracias a que cada uno había sido invitado a compartir, en un ambiente fraternal, lo que, en la oración, había comprendido sobre la página de evangelio elegida.

El sacrificio es la perfección cristiana del don: «No hay mayor amor que el de dar su vida por aquéllos que uno ama». La vida de equipo exige a menudo que se sacrifiquen gustos, voluntades, preferencias personales. Volverse atrás ante la exigencia, es decaer en el amor. Es rechazar el mayor beneficio que podemos esperar del equipo: que nos haga morir a nosotros mismos — en el hombre que muere, Cristo surge. Un equipo se hunde cuando sus miembros pierden el espíritu de sacrificio.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame, Avril-Mai 1957

 ¡QUÉ DIVERSIDAD DE INTENCIONES EN EL FONDO DEL CO- RAZÓN DE LOS MIEMBROS DE ALGUNOS EQUIPOS! Alguno

viene más o menos traído por su cónyuge y para darle gusto; quizá esta nueva pareja, recién llegada a la ciudad, se alegra de conocer gente; otro se decidió “porque hay que hacer algo”; es frecuente el caso de la pareja que acude atraída por la esperanza de encontrar un determinado apoyo para su vida conyugal; y es posible que incluso en determi- nada ciudad esté bien visto formar parte de los Equipos.

Y luego están los que no tienen un motivo, y siguen por rutina, para no apenar a sus compañeros con su partida.

Ahora bien, ninguno de estos motivos justifica la pre- sencia en un equipo. Algunos no son malos, pero ninguno es el verdadero, no es el que corresponde a la razón de ser del Movimiento. Es normal que uno u otro de estos motivos acompañe al verdadero, pero ninguno debería ser el motivo determinante.

La única intención verdadera, aquélla que correspon- de a la finalidad de los Equipos, es la voluntad de conocer mejor a Dios, de amarle más y de servirle mejor. Se viene a los Equipos por Dios, se permanece por Dios. El motivo de la entrada, el motivo de la permanencia en el equipo es religio- so, es decir, relativo a Dios.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; décembre 1962

 

Testimonio.

Toda la atención que el Padre Caffarel prestaba al mundo y a los acontecimientos estaba polarizada por su pa- sión fundamental: conducir los hombres a Cristo.

Pero captaba con prontitud los gérmenes de futuro que apuntaban aquí o allí.

Ante la descristianización, se dirigió a los hogares de los Equipos de Nuestra Señora. En el Encuentro de Roma, en 1970, les hizo un llamamiento urgente para que se convir- tieran en testigos del Dios Vivo. Y, como experto que era, combinó esta llamada con medios concretos para conseguir- lo: la Palabra de Dios, la Oración y la ascesis. Añadidos éstos a los otros puntos concretos de esfuerzo, estaban en- caminados a consolidar la vida espiritual de los matrimonios y hacerles capaces de dar testimonio de su fe.

Pensaba que la expansión de los matrimonios cristia- nos era una gran gracia concedida por Cristo a su Iglesia en el Siglo XX, que los Equipos de Nuestra Señora jugaban un

«papel providencial en la Iglesia». Pero no puedo hacer otra cosa mejor que cederle la palabra citando lo que nos escri- bía, a Annick y a mí, como introducción a la recopilación de sus textos sobre los Equipos de Nuestra Señora. Para hacer- se entender, evocaba la aparición del franciscanismo en el siglo XII en una cristiandad portadora de la gangrena «del culto al dinero». «Fue, decía, como un gran viento soplando con fuerza sobre la cristiandad».

Y seguía; “En nuestro Siglo XX, ha surgido otro mal. Se insinúa por todas partes, pervirtiendo las mentalidades y las  costumbres. Recibe el nombre de  “liberación sexual”.

¡Qué ironía! En lugar de liberación, nuestras sociedades oc- cidentales se encuentran esclavizadas y minadas por este mal (y a la vez horrorizadas por la marea ascendente del SIDA). Dentro de poco, habrá tantas uniones libres como de hombres y mujeres casados, tantos divorcios como matri-

monios, tantos abortos como nacimientos. Y cuando las ter- mitas corroen una estructura…

¿No es la misión providencial de los Equipos de Nues- tra Señora, afirmada desde su fundación, la de agrupar ma- trimonios que tengan la audacia de vivir, sin rebajarlo, el ideal cristiano del amor, la sexualidad y el matrimonio?»

Y concluía; «¿No se puede pensar que también en- tonces veremos levantarse sobre el pueblo de Dios un gran viento purificador?»

Y los hombres y mujeres, al menos los más lúcidos, comprenderán que sólo Cristo puede curar las grandes reali- dades humanas —singularmente el matrimonio— y, a través de ello, salvar nuestra civilización a punto de naufragar.

¡Pero el tiempo apremia!»

J et A Allemand

 Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Que surja tu alegría en el fondo de mi corazón

Capítulo 6 No hay vida cristiana sin

exigencia

 «A título personal, como hogar, en vuestro amor y en vuestra misión: Sed exigentes, no desfallezcáis jamás!»

No penséis que he venido a traer paz a la tie- rra. No he venido a traer paz, sino espada.» (Mt 10,34)Meditación

«Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.» (Mt 6,24)

«Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.» (Mt 19,24)

«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de los Cielos.» (Lc 9,62)

«Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.» (Mt 8,22)

«Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo, y arrójalo fuera de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.» (Mt 5,29)

Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niégue- se a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.» (Lc 9,23)

«Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.» (Lc 14,33)

«¡Qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida; y pocos son los que lo encuentran!» (Mt 7,14)

(Citas del Evangelio seleccionadas por el Padre Caffarel)

Introducción.

 

Si hay una palabra que aparece frecuentemente en los escritos y en las charlas del padre Caffarel, es la palabra Exigencia. En numerosos textos recuerda su íntima convic- ción de que a ese amor total que es el de Dios para con el hombre, éste último debe responder con un mismo amor in- condicional. La vida cristiana es exigente, la Cruz está pre- sente. Requiere una disciplina personal, un entrenamiento permanente en la oración, en la meditación que el padre se impone y que desea que los cristianos adopten también, con la única intención de responder al inmenso Amor de Dios. En toda la obra del padre Caffarel se encuentra este denomina- dor común de la exigencia, la ascesis, el deber de obedien- cia. Eso hace que a veces pueda parecer una persona auste- ra, dura, pues utiliza un discurso voluntarista contra el laxis- mo del ambiente. Pero esta exigencia la vivía con una vida totalmente ofrecida, con un amor incondicional a Cristo. Ella se traducirá para los matrimonios de los Equipos de Nuestra Señora en la propuesta de la Carta y de las «obligaciones». Al padre Caffarel no le gustaba la pereza, la dulce pasividad, la autosatisfacción. Su preocupación por la oración, se tra- dujo en la escuela de oración de Troussures donde quería que los que participaban estuvieran animados de una volun- tad firme y de una decisión sin concesiones. Buscar a Cristo, que cada uno le descubriera vivo en su interior, tal era su obsesión que explica su firmeza.

 Textos escogidos

 LAS EXIGENCIAS DE CRISTO VAN TERRIBLEMENTE LEJOS

(véanse textos de meditación): ¿Podría ser que Cristo habla- se con la única intención de desalentar a las almas de buena voluntad?

Es verdad que, al presentarnos este ideal en toda su deslumbrante pureza, el padre Caffarel pretende que ajuste-

mos nuestra vida a él, pero quiere también, antes que nada, que confrontemos nuestra manera de pensar y vivir a esas exigencias, para que descubramos todo lo que en nosotros las rechaza, se les opone, para que, en una palabra, tome- mos conciencia de nuestra condición de pecadores.

¿Y no es eso en definitiva lo que más nos molesta?

¡Tenemos tanta necesidad de estar contentos con nosotros mismos, de poder enumerar nuestros logros! y sin embargo, si abrimos el evangelio, no tenemos más remedio que culpa- bilizarnos. A este sentimiento quiere enfrentarnos Cristo, pues la verdad es que no tenemos espontáneamente la acti- tud del publicano: «¡Dios mío, ten piedad de mí que soy pe- cador!» (Lc 18,13).

Descubrirnos pecadores y que no podemos librarnos de esa condición, por mucho que lo deseemos, y en conse- cuencia reconocer que necesitamos imperiosamente un salva- dor, he aquí la primera convicción que Cristo se propone des- pertar en todo hombre. Aquél que se niegue a ello, no puede pretender estar ya comprometido en el seguimiento de Cristo.

El ideal evangélico es difícil de realizar, es cierto; pero si lo aceptamos de entrada y nos adherimos a él, reco- nociendo cuán alejados nos encontramos, deseando con toda nuestra sinceridad conformar a él nuestra vida, enton- ces la gracia del Señor vendrá en nuestra ayuda. ¡Ella ha hecho otros muchos milagros! «Para Dios, no hay nada im- posible». Por ello no podemos tampoco aceptar el desánimo.

Pero claro, si uno no tiene la intención de renunciar al amor y a la estima de sí mismo, entonces, cuidado con abrir el evangelio. Es un libro pequeño terriblemente inquietante. Y digo esto porque se enfrenta a nuestra tranquilidad y la pone en tela de juicio.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Novembre 1963

 Encontraréis la CARTA de los EQUIPOS DE NUESTRA SEÑO- RA adjunta a esta carta. Es un gran acontecimiento en la

historia de nuestros grupos de matrimonios. No queremos decir que esta Carta, tal como se presenta, sea perfecta. Es- tamos convencidos de lo contrario. Pero responde al deseo de numerosos grupos, a menudo expresado estos últimos años, de recibir una dirección firme, orientaciones precisas y un marco robusto. Esto es lo que esta Carta les ofrece.

Continuad caminando; no se trata de teorizar, sino de vivir. La vida evidenciará las modificaciones que deben intro- ducirse en esta ley.

Muchos de vosotros pensaréis, quizá, leyéndola que no aporta nada nuevo. Afortunadamente. Eso prueba que recoge las experiencias que estáis viviendo — no es una elu- cubración mental hecha en la estratosfera.

Después de haberla leído y haberla meditado, aplica- dla. Es posible que entonces os parezca terriblemente exi- gente sin haberos dado esa sensación antes. No a causa de obligaciones extraordinarias, sino porque exige que todo lo que hasta ahora simplemente intentabais, lo hagáis a con- ciencia de ahora en adelante. ¿No se realiza la educación de los niños a través de las pequeñas cosas de la vida diaria? Del mismo modo, ajustándoos a cumplir exactamente las obligaciones propuestas en esta regla, es como os ayudaréis a vosotros mismos y ayudaréis a otras parejas amigas a vivir siempre con mayor perfección vuestra vocación de es- posos, padres y personas.

Si fuera más flexible, esta Carta habría convenido quizá a un mayor número. Y sin embargo, hemos renuncia- do deliberadamente a una devaluación de la mística y la dis- ciplina, ya que no hemos querido decepcionar a tantos ho- gares, sobre todo entre los jóvenes, que aspiran a una ley exigente que les ayude a vivir en un clima de virilidad cris- tiana.

No os comprometáis a la fuerza con esta Carta. No es deshonroso, para un hogar o para un grupo, retirarse. Pero los que la adopten, que lo hagan sin reticencia, con determi- nación.

Nosotros hemos asumido nuestra responsabilidad.

Orad, reflexionad, asumid la vuestra.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Janvier 1948.

  UNA REUNIÓN DE EQUIPO que no es desde el principio un esfuerzo en común para encontrar a Jesucristo, es otra cosa diferente a una reunión de los Equipos de Nuestra Señora.

Ser exigente, con una exigencia de amor, no es tanto obsesionarse en eliminar los defectos del otro (todo profesor lo sabe bien) como propiciar en el corazón, del mismo modo como se atiza una llama, el crecimiento de la generosidad hacia Dios y hacia el prójimo…

Finalmente, que vuestro amor sea paciente, con esta paciencia del labrador que confía en las estaciones. Así vuestra exigencia de amor dará frutos.

“Tu amor sin exigencia me disminuye; tu exigencia sin amor me rebela; tu exigencia sin paciencia me desalien- ta; tu amor exigente me hace crecer” —Cuando los hogares se ejercitan en el amor fraternal, poco a poco su corazón en- sancha su horizonte. Y progresivamente, su amor gana la casa, el barrio, el país… hasta llegar a las más alejadas ori- llas…

Dónde hay cristianos que se aman, allí está la Igle- sia. A condición, no obstante, de que cada pequeña comuni- dad quiera estar presente en la Iglesia, se entregue al servi- cio de la Iglesia.

El poder de intercesión de los cristianos cuando están unidos tiene una fuerza extraordinaria: “Si dos de entre vos- otros os ponéis de acuerdo sobre la tierra para pedir cual- quier cosa, en verdad, lo obtendréis de mi Padre que está en los cielos”.

El amor fraterno tiene una fecundidad excepcional. A su alrededor, el mal disminuye, el desierto comienza a florecer.

Una comunidad fraterna es un mensaje de Dios a los hom- bres. Su más importante mensaje, el que revela la vida ínti- ma de Dios, su vida trinitaria. No hay sobre Dios un discurso más elocuente y más persuasivo que el espectáculo de cris- tianos que “son uno” como el Padre y el Hijo son uno.

Que sea pues vuestra obsesión: Hacer de vuestro equipo un ejemplo de caridad.

L’Anneau d’Or; Mai – Août 1956 ;

Testimonio.

Os proponemos vivir en dos minutos, el electrochoc que nuestro joven equipo, recién salido de los dos años de iniciación al Movimiento, vivió en su año de estudio de los textos elegidos del Padre Caffarel. ¿Estáis listos? ¡Entonces, vamos allá!

Por lo que se refiere a la vida de equipo:

¿Estáis contentos de estar en los ENS?

—Quizá usted señora espera por fin poder hablar con su marido,

—Quizá usted señor ha aceptado entrar en un equipo por agradar a su esposa.

Pues bien, él, el Padre Caffarel nos dice: «La única intención verdadera, la que corresponde a la finalidad de los Equipos, es la voluntad de conocer mejor a Dios, de amarle mejor y de servirlo mejor. Se viene a los Equipos por Dios, se permanece por Dios.»

Por lo que se refiere a la oración:

Cuando llega la Participación en la reunión de equipo, uno siempre encuentra con la ayuda de sus compañeros, algún modo de excusarse que justifique lo difícil, por no decir imposible que les resulta a los laicos encontrar tiempo para orar regularmente, solos o en familia.

A esto el padre Caffarel contesta: «El que me argu- menta: “¿Pero dónde quiere que encuentre el tiempo para

hacer oración?”… me deja pensativo…. o no ha comprendido el carácter vital de la oración para mantener la vida religio- sa, o está indicando una tendencia a la irrealidad… Toda la cuestión consiste en saber si es vital comer, toda la cuestión es saber si es vital orar.»

Si tras estas palabras del padre Caffarel, continuáis contentos o satisfechos porque no os sentís interpelados por ellas, todavía os queda por escuchar otro mensaje: «Des- graciado es el hombre virtuoso, heroico, austero, lleno de celo, si está contento consigo mismo, satisfecho, si no se re- conoce pecador, si no espera, no llama al Salvador.»

Todas estas palabras del Padre Caffarel no dejaron insensible a nuestro equipo. Las reacciones fueron vivas, al- gunos se molestaron, se indignaron, se sintieron incómodos. Pero podemos dar testimonio de que los que se sintieron más interpelados, son los que hoy han sacado el mayor pro- vecho para su vida cristiana.

Si la exigencia del Padre Caffarel para los matrimo- nios nos impresiona, es porque es firme y sin concesiones, al igual que lo era la exigencia de Cristo con sus apóstoles.

Así que no vaciléis, dejaos interpelar por la radicali- dad, el entusiasmo y el amor del Padre Caffarel.

Hina et Olivier Lefrançois

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Yo me ofrezco a tu amor en el fondo de mi corazón.

Capítulo 7

Apóstoles, abiertos a las realidades del mundo

«Y luego, poneos manos a la obra, uníos a todos los que intentan cons- truir un mundo en el que la nueva

generación pueda respirar, vivir, sin dejarse dominar por los increíbles problemas que plantearán al hombre los progresos vertiginosos de la ciencia y la técnica».

 Meditación

ablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, es- cogido para el Evangelio de Dios, que había ya pro- metido por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muer- tos, Jesucristo Señor nuestro, por quien recibimos la gracia y el apostolado para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles, entre los cuales os contáis también vosotros, llamados de Jesucristo, a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por voca- ción, a vosotros gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre

y del Señor Jesucristo. (Rom 1, 1-7)

 Introducción.

La atención del padre Caffarel a Cristo presente en él, sólo encontraba su verdadero sentido en la atención a los otros, a los cristianos confiados a su Ministerio. Su primera reacción fue responder al interrogante de aquellas parejas jóvenes, creando los Equipos; luego a las viudas, creando las Fraternidades de Nuestra Señora de la Resurrección. Em- puja a los miembros de los Equipos a estar atentos al con- junto de los matrimonios del mundo, no sólo por la difusión de los ENS en numerosos países, sino también dedicándose

al campo de la preparación al matrimonio, del acompaña- miento de los padres, de los matrimonios, de los jóvenes en el ejercicio de su vida afectiva y sexual. Numerosos trabajos de encuestas, investigación y reflexión están ahí para dar testimonio. El padre Caffarel es verdaderamente misionero en el mundo al que pertenece y nos recuerda continuamente este deber apostólico, la inquietud que cada uno debe sen- tir. Su conocimiento del matrimonio lo convertirá en un in- terlocutor de peso en los trabajos conciliares del Vaticano II. No duda en hacer llegar ante Roma lo que ve, lo que experi- menta, sus inquietudes. La percepción de un mundo descris- tianizado, sin relación con su Dios, está en la base de la cre- ación de las escuelas de oración, de la casa de Troussures, del Movimiento de los intercesores. Habiendo comprendido muy pronto el papel futuro de los laicos en la vida de la Igle- sia, está atento no sólo a formarles espiritualmente sino también a recordarles, una y otra vez, la dimensión apostó- lica de su vida cristiana.

 Textos escogidos

NO OS HABLARÉ DEL DEBER DEL APOSTOLADO EN GENE-

RAL. Quiero simplemente invitaros a hacer todo lo posible durante este año que comienza, para que esta espiritualidad conyugal y familiar, de la que os alimentáis en los Equipos de Nuestra Señora, llegue a los hogares de vuestro entorno, consolide su unión que quizá se tambalea, reanime su amor, les revele las riquezas del sacramento de matrimonio. Hacedles entrever, también todo lo que aporta de alegría y fuerza la amistad fraternal entre hogares.

¿Os falta convicción? ¿Quizá no os dais cuenta hasta qué punto el ambiente en el que viven amenaza la vida cris- tiana y la unión de tantos hogares?

¡Ah! Sobre todo, no me digáis que no se puede hacer nada. Si amáis de verdad a todos estos hogares ame- nazados, “pobres” de amor y de gracia, sabréis inventar lo que es necesario y perseverar en vuestro esfuerzo. Inventi-

va, perseverancia, cualidades de los misioneros… (Cuántos misioneros sufren, anuncian, se entregan durante años sin resultado). Pues sí, sed los misioneros de esta espiritualidad conyugal que os hace vivir.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; Octobre 1950

 LOS HOGARES CRISTIANOS TIENEN DIFICULTADES PARA

RESPETAR LA LEY DE DIOS en el ámbito de la moral conyu- gal. No es nada sorprendente, teniendo presente tanto las exigencias de la ley como la fuerza del instinto sexual. Pero que un gran número (entre los mejores) estén hundidos en la angustia, eso ya no es normal. ¿De dónde viene esa an- gustia? — Esas parejas quieren respetar la ley moral pero también profundizar en su unión. Ahora bien, por una parte, infringir la ley es, se les dice, traicionar a Dios; por otra parte, abstenerse de relaciones conyugales es, piensan, com- prometer la estabilidad de su unión y la riqueza de su amor. Siendo a sus ojos tanto la ley de Dios como la profundización de su unión, riquezas insustituibles, ¿cómo no van a sentirse angustiados cuando a veces tiene que sacrificar una cosa a la otra? ¡Si al menos encontraran luz y apoyo en los sacerdotes! No es lo más frecuente, y las opiniones contradictorias que reciben no hacen más que empeorar su desasosiego.

Es inconcebible que unos hijos de Dios llenos de buena voluntad vivan en la angustia. Si esto sucede, es que demasiados sacerdotes tienen una concepción legalista, ex- trínseca, estática de la moral. En cambio, si esos principios se presentan con vistas a una moral deliberadamente evan- gélica y si se ayuda a las parejas a ponerlos en práctica en una vida cristiana leal y gradual, se revelan singularmente beneficiosos, factores de progreso en el amor y en la cari- dad. Cierto que a veces, se perciben como carga, pero para el que vive en la amistad de Dios, la “carga es ligera”.

Es necesario también que el sacerdote que aconseja al hogar haya reflexionado sobre el sentido cristiano de la sexualidad y sobre las etapas psico-fisiológicas de su madu-

ración. Y lo que es verdadero para los sacerdotes lo es tam- bién, evidentemente, para los laicos casados, que el Papa invita expresamente a ayudar a otros hogares en búsqueda o en dificultad.

¡Por favor! Que el Magisterio se apresure a dar a los sacerdotes y a los fieles las grandes líneas de una pedagogía pastoral que ayude a adoptar y a observar, con una concien- cia leal y pacificada, los principios recordados por la Huma- næ Vitæ.

Si así fuera, quizá llegara el momento en que se viera que Pablo VI, al defender la moral conyugal en su integri- dad, había contribuido muy eficazmente a la promoción del matrimonio, a la instauración de una civilización verdadera- mente humana, al pleno desarrollo de las gracias del sacra- mento del matrimonio en el pueblo cristiano.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame; supplément octobre 1968

 ES URGENTE QUE LOS ADULTOS CRISTIANOS INTENTEN

COMPRENDER A LOS JÓVENES. No quiero decir que es nece- sario aceptar ,“a priori”, todas sus ideas, ni aplaudir todo lo que hacen. Lo importante es buscar esas profundidades del ser de las que surgen sus aspiraciones, sus reacciones, sus pensamientos, sus dudas… Y preguntarles sobre nuestros comportamientos que, tan a menudo, les indignan. Es sin duda prueba de debilidad moral y espiritual pasar tu tiempo poniendo en cuestión todos los valores heredados, negando toda certeza. Pero en el sentido opuesto, también es dar prueba de una gran atrofia de la inteligencia y del corazón el hecho de negarse a revisar pensamientos y actitudes de vida que acostumbramos a tener que no son en realidad más que subproductos muy discutibles de una civilización concreta o de un medio social.

Es verdad que es difícil comprender a los otros, y, en particular, a la nueva generación. Y además se tiene dema- siado miedo a que el suelo se hunda bajo los pies. Pero eso que hemos construido y que tememos ver hundirse, ¿es en

realidad tan vulnerable? Y si lo es, ¿no será eso la prueba de que carece de fundamento sólido?

Por otra parte, para comprender, es necesario amar mucho. Es evidente que lo primero es el amor hacia aquéllos a los que uno quiere comprender. Pero no los amaremos de verdad a no ser que estemos ya unidos por el amor a una esposa, a un amigo, a un equipo verdadero. Quien no es amado, ni ama ni comprende. Y sobre todo, es necesario sa- berse amado por Dios; sólo esta certeza permite no sentirse perturbado por las teorías o los acontecimientos, por muy desconcertantes que sean, ya que nuestro Dios es estable, y quien se basa en Él lo es también…

Podéis contribuir enormemente a crear alrededor de vosotros una mentalidad de comprensión respecto a la ge- neración siguiente. Los medios no os faltan. Aprended a in- tervenir ante los que manejan los medios de comunicación. Vuestras cartas son más eficaces de lo que os imagináis. Es- cribid en las publicaciones a las que podéis llegar, tomad la iniciativa en las reuniones…

Y luego, poneos manos a la obra, uníos a todos los que intentan construir un mundo donde la nueva generación pueda respirar, vivir sin dejarse dominar por los problemas increibles que plantearán al hombre los progresos vertigino- sos de la ciencia y la técnica.

Los adultos sólo son dignos de aprecio si trabajan por el verdadero bien de la generación siguiente, y no para la comodidad de su propia generación. Es un gran escándalo el olvido general de esta ley por los hombres políticos, por los economistas, por los sindicatos… porque es el gran pecado de los adultos contra el amor a los niños. Quien no tiene una mentalidad de padre o madre, no es en realidad adulto. La alternativa es implacable: o se sacrifica a los niños, o los pa- dres se sacrifican por los niños…

No huyáis de vuestras responsabilidades, pero, no obstante, no os abruméis por ellas. Asumidlas con confian- za. Esa “fuerza de lo alto” que Cristo, antes de dejar a sus

discípulos les prometió, os está garantizada. ¡Ah! Si hubiera en el mundo muchos matrimonios enamorados de verdad, felices de verdad, cristianos de verdad, el rostro de este mundo cambiaría realmente.

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame, Mai–Juin 1971

  

Testimonio.

 En Francia, uno de cada cuatro hogares es el de una viuda. Es peor en los países pobres. Yo era una joven mima- da. Pero mi esposo murió cuando tenía 35 años. En mi des- amparo, hice un descubrimiento existencial: imposible llevar mi vida adelante sola. Pero para Dios todo es posible. Al principio de mi viudez, tuve la gracia de conocer la Fraterni- dad de Nuestra Señora de la Resurrección, fundada en Fran- cia en 1943 por algunas viudas jóvenes, bajo la tutela inspi- rada del Padre Caffarel. ….. María-Françoise de Bouchemain y otras seis viudas jóvenes oyeron la llamada de Dios y le expresaron cada una, por separado, su deseo de consagrar- se a Cristo, luego fueron a la Gruta (de Lourdes) a confiar este deseo a Nuestra Señora.

El padre Caffarel supo descubrir en esta coincidencia una llamada del Espíritu Santo. Las animó vivamente a em- prender una reflexión y las guió a lo largo de los años en el carisma de su vocación. Medio siglo antes de la gran crisis de la familia, con una intuición verdaderamente profética, querían ofrecer a Dios el sacrificio de su amor humano y de cualquier otra maternidad, para que los hogares pudieran vivir un amor auténticamente conyugal y para que fueran generosos en acoger la vida. En 1948 el Cardenal Suhard autentificaba su llamada debido al “carácter conyugal de vuestra vocación”, decía él, ese `misterio de la viudedad‘ que deseáis vivir, ese amor más fuerte que la muerte que os guía, esa ofrenda de vuestra vida por los matrimonios”. Asombrosa misión para jóvenes viudas: rogar y ofrecer su vida a Dios para que crezca su Reino en los hogares y las fa-

 

milias. Nueva y misteriosa fecundidad para su hogar apa- rentemente roto.

El padre Caffarel guió la Fraternidad durante 35

años.

 

O Macchi

(Fraternité Notre Dame de Résurrection )

  

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Reúne el universo en el fondo de mi corazón.

 

Capítulo 8 Bajo la protección de María

 

«¡No temas tomar contigo a María,

tu esposa !»

 Meditación

por obra del Espíritu Santo.a generación de Jesucristo fue  de  esta  manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta

Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evi- dencia, resolvió repudiarla en secreto. Asi lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

«José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa

«Dios con nosotros.» Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús. (Mt 1,18-25)

 Introducción.

El padre Caffarel encontró en María un modelo, el modelo del encuentro entre Cristo y el hombre, el modelo de la santidad perfecta; esto le conducirá a una devoción a la

Virgen muy especial, no una devoción sentimental, sino más bien la que se debe al modelo del Sí a Dios, del Sí absoluto y voluntario, denominador común de toda su vida. Veneraba también a María, porque ella estaba casada con José. Para él, los dos eran el ejemplo perfecto del Sí conyugal diario, del Sí de la fidelidad en todo momento. A partir de un libro sobre el matrimonio de José y Maria, los sitúa como guía y ejemplo de santidad. Este estudio teológico del Padre Caffa- rel sobre este matrimonio único, renovó el pensamiento de la Iglesia. A partir de esta constatación, propondrá la nueva intuición de que el matrimonio es camino de santidad por la gracia del sacramento.

La consagración de los Equipos a Nuestra Señora, también la de otros Movimientos que acompañó, es la prue- ba, la señal de la importancia que tuvo la Virgen en su vida espiritual. María es para él la Madre, la solicitud perfecta, el Sí perfecto, la relación perfecta y santa con Cristo.

 Textos escogidos

Y POR ESTA RAZÓN NUESTROS EQUIPOS SON LOS

“EQUIPOS DE NUESTRA SEÑORA”. Me apenaría que esta apelación pareciera una elección banal, del mismo modo que no se busca una intención mística en nombres tales como “Librería Notre-Dame”, “Hotel Notre-Dame”, “Garaje Notre- Dame” que proliferan por todas partes en nuestras ciudades de Francia.

Os reunís en equipo para buscar a Cristo, para imi- tarlo, para servirlo. Pero no lo conseguiríais sin una guía, y no hay ninguna mejor que la Virgen. Me gustaría que en nuestros equipos creyeran en la topoderosa ternura de la Virgen, que cada matrimonio sintiera esa confianza y esa seguridad que existe en el corazón de los niños pequeños cuando su madre está con ellos. Querría que ésta fuera una de nuestras notas características. El futuro estaría así segu- rado.

“Y ella los había tomado bajo su amparo.

Y bajo su tutela para la eternidad”. (Péguy)

Los Equipos se verán así protegidos contra el intelec- tualismo y el espíritu crítico —éste es uno de los primeros beneficios de la intimidad del cristiano con la Virgen—. Los corazones permanecerán en la humildad: ¿qué podría hacer el maligno ante Nuestra Señora? El amor fraternal reinará: siempre ocurre eso cuando una madre está en medio de sus hijos… ¡La fuente de la alegría no se agotará, puesto que la “Causa de nuestra alegría” estará con nosotros!

Pienso que hay entre vosotros quienes me siguen con desconcierto, los que no han comprendido el lugar tan ex- cepcional que tiene la Virgen en el catolicismo (no se ruega a Dios todopoderoso recitando un Padrenuestro, sin a conti- nuación dirigirse a esta maravillosa muchacha para decirle un Ave María). Os preocupa esta devoción, ¿no corre el ries- go de ser más sentimentalismo, que racional? ¡No tengo la pretensión de convenceros con estas pocas palabras! De todas formas permitidme contaros el mejor sermón sobre la Virgen que jamás he escuchado.

Conocí a un hombre de negocios, que dirigía pros- pecciones de petróleo en Marruecos, en Arabia, etc., que tenía fábricas por todas partes. Profundamente cristiano, acababa de explicarme la gran importancia que la Virgen tenía en su vida. Quise comprender el porqué y le pregunté:

«¿Qué es pues para usted, la Virgen?» Cuál no fue mi sor- presa — y mi desconcierto — al ver a este hombre tan viril perturbarse, llenársele sus ojos de lágrimas mientras balbu- ceaba: «¡Mi Madre!». Inmediatamente, desvié la conversa- ción, avergonzado como aquél que, sin quererlo, ha sor- prendido un secreto de amor, feliz por haber encontrado por qué nuestros bárbaros antepasados de la Edad Media tenían tal veneración para María.

Que el conjunto de nuestros Equipos sea una catedral a la gloria de Nuestra Señora. ¡Pongámonos a trabajar con el vigoroso entusiasmo de los constructores de la Edad Media!

Lettre mensuelle des Equipes Notre Dame, Mai 1949

 

TODA LA VIDA DE LA VIRGEN, NUESTRA MADRE, INICIADA

POR EL SÍ DE LA ANUNCIACIÓN, fue un continuo crecimien- to en el amor. Por eso es bueno que los hogares cristianos aprendan a pronunciar el sí, esta gran palabra de su amor, ante Ella, para toda su vida. María es la humilde servidora del consentimiento, la que enseña a cada alma como se re- pite y cómo se vive cada día el sí inicial; cómo, en el silencio del amor —ya que María “conservaba todas estas cosas en su corazón” —, la brillante llama del primer sí, continúa es- tando viva. Esa llama exigente que no acepta las cenizas, sino que más bien las devora, con el fin de ser más ardiente y más potente. El amor sólo es verdadero si persevera. Más aún: sólo es cierto si crece, si se vuelve más puro y más ab- soluto. Su perfección no está en la alegría de este sí prima- veral que los labios pronunciaron la primera vez; está en la plenitud sobrecargada de frutos, al acabar la estación, des- pués de bastantes trabajos, dolores y cansancios. Es el sí de la vejez, en el ocaso de una vida de fidelidad, el que expresa el consentimiento perfecto de dos seres y perfecciona esta unión que es su obra y recompensa…

La Virgen no sólo enseñará a los esposos a vivir este misterio del sí, de un sí cada vez más pleno, sino que les re- velará en primer lugar que ninguno puede decir sí de verdad a otro, si en primer lugar no dijo sí a Dios. Ya que el que está de acuerdo con Dios, recibe en respuesta toda la poten- cia del amor divino y puede decir con toda sinceridad: «La fuerza por la cual te amo no es diferente de aquélla por la cual tú existes» (Claudel). Es el amor de Dios mismo el que pasa por su corazón para unirse a otro corazón. Si consiente más plenamente, si se abre más ampliamente, el amor divi- no será una fuente que brotará, inagotable…

Cada uno de los esposos, debe decir sí a Dios… La Virgen ha engendrado al Maestro, el hogar engendra a los miembros. El hogar conoce con admiración que al unir su sí al de María, colabora con ella y contribuye a dar Cristo al Padre y a los hombres…

Propongo a los hogares invocar a Nuestra Señora del Sí. Ella, esta madre que acepta, les enseñará a decir sí y velará por su amor si la quieren tener íntimamente presente en su casa…

L’Anneau d’or; Mai 1956

  EL HOGAR DE NAZARET ES EL EJEMPLO QUE SE PROPONE A

CADA HOGAR fundado por Cristo, sobre Cristo. Este ejemplo es al mismo tiempo un mensaje de esperanza. Si los espo- sos cristianos no eluden la pedagogía divina actuando en sus vidas como ocurrió en el hogar de María y José, Dios les conducirá “con mano segura y brazo extendido” hasta esta tierra prometida donde Él les espera. El matrimonio habrá sido para ellos un camino de santidad.

Pero he aquí, que al escribir estas páginas surge en mí el pensamiento de tantos hogares donde el amor está enfermo, la unión hecha pedazos, los corazones rotos. ¿Es- tarán más lejos de lo que se imaginan de los esposos de Na- zaret? No, son unos pobres niños enfermos; que creen ser menos amados porque son menos afortunados, porque son más pecadores quizá. Si reconocen humildemente su pobre- za: no es imposible que María — o José—, volviéndose hacia sus hijos, les haga darse cuenta como en Caná: “No tienen más vino, ya agotaron su provisión de amor”.

Durante diez siglos, volviendo de nuevo sin cesar al matrimonio de José y María, la teología buscó, y finalmente encontró, los fundamentos de la doctrina cristiana del matri- monio, muy novedosa en relación a cualquier otra teoría sobre el matrimonio. ¿Por qué no se le pide aún hoy las nue- vas luces que reclaman los nuevos problemas?

¿Cómo puede ser que la espiritualidad conyugal y fa- miliar —si se entiende por ello un arte de vivir cristianamen- te y de santificarse en y por el matrimonio— no aclare sus principales directrices a partir de la vida de los esposos de Nazaret?

De todas maneras, que los esposos cristianos no se contenten con una imitación servil: sólo la reflexión a la luz de la fe les hará encontrar los comportamientos justos y la acción conveniente.

¡Felices los hogares que son lo bastante humildes para decidir no perder de vista este hogar donde Cristo cre- ció!

Prends chez Toi Marie, ton épouse. p176-177

  Testimonio.

“Santa María, Madre de Dios, vinimos a Lourdes para decirte, en unión a todos nuestros hermanos cristianos, nuestra gran alegría y nuestro gran orgullo por el maravillo- so privilegio de tu concepción inmaculada, declarada hace cien años.

Deseábamos también venir a expresarte el reconoci- miento de nuestra generación, a quien esta gracia inmensa ha hecho tomar conciencia de la grandeza del matrimonio cristiano. Sabemos que todas las gracias vienen de Cristo muerto y resucitado por nosotros. Por eso, es a Él en primer lugar a quien nos dirigimos con gratitud. Pero sabemos muy bien que también tú estabas presente en el Calvario, asociada a su sacrificio, ofreciendo a tu Hijo por nosotros y por nuestros hijos; es justo que en nuestro reconocimiento no te separemos de aquél al que estás siempre unida.

Nuestro viaje tiene otro objetivo profundo. Hace siete años, el abad Caffarel nos confió a tu patrocinio, igual que hacen los padres cristianos depositando a sus bebés sobre el altar después del bautismo. Hemos tardado en ratificar esta consagración y ha llegado el momento. Nosotros, todos los presentes, en nuestro nombre y en nombre de todos los miembros de los Equipos de Nuestra Señora que no pudie-

ron unirse a nosotros, te damos sin reserva ni condición nuestro Movimiento y todos los hogares que lo componen, en homenaje de amor y confianza. Te pertenecen. Nos tie- nes a la entera disposición para la gloria de tu Hijo. Y pode- mos decir por adelantado que estamos de acuerdo con todo lo que nos pidas y hagas.

San Juan, después de haber oído la palabra de Jesús: “Hijo, ahí tienes a tu madre”, te tomó en su casa. Todos los hogares de nuestros Equipos se abren a ti, María: vive en nuestra casa. Muéstranos a tu Hijo. Enséñanos a amarle y a imitarle. Vela por nuestros niños, y haz nacer numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas. Que tu oración procure a nuestras familias, como lo procuró a los apóstoles reuni- dos en el Cenáculo, la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Y que en adelante nos sea imposible no ir, como los apóstoles, a anunciar las «magnalia Dei», las maravillas de Dios, y muy especialmente las maravillas del sacramento del matrimonio, a los que las ignoran.

Fórmula de consagración de los Equipos en Lourdes Pentecostés 1954 leída por Constantin Sipsom.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Alabado seas Tú, Señor, en el fondo de mi corazón.

 

Conclusión El padre Caffarel, profeta para

nuestro tiempo

 

Paul-Dominique Marcovits, o.p.- Postulateur

 Les dice Jesús:

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.

¿No decís vosotros: “Cuatro meses más y llega la siega”?

 Fuerza, paz de Jesús. Vino a hacer la voluntad del Padre. Toda su vida, su aliento, era llevar a término las obras de su Padre. Pronto se realizarán. Los Sa-

maritanos, primicias de las naciones paganas, van creer en él y a confesar: “Él es de verdad el salvador del mundo.”

Calor, vigor del padre Caffarel. Luz de su presencia: él, pequeño, frágil, su alimento es hacer la voluntad de Dios. Sin ella, perece. Cuando el cardenal Lustiger le llama “profe- ta de nuestro tiempo”, no quiere decir que el padre Caffarel adivinase el futuro. No. Un profeta es el que busca la volun- tad de Dios, cuya pasión es descubrir el designio de Dios re- alizándose en los corazones y en los acontecimientos de los hombres. Un profeta es también el que hace todo para favo- recer la realización de ese designio de Dios en el mundo. Así era el padre Caffarel.

Todos los que le conocieron y que acompañó en su camino espiritual, hablan de lo penetrante que era su mira- da, no una mirada indiscreta sino una mirada llena de un in- terés profundo y respetuoso: buscaba a Dios en cada perso- na. Su alegría se basaba en esto y también la de aquél o aquélla que encontraba así la paz. El padre Caffarel ayudaba a cada uno a ponerse ante Dios y a acoger su voluntad. Res- petaba así la libertad. Quería dar a cada uno un alimento

que no se agota. A alguien cuya vida se trastornó por una prueba terrible, le dijo simplemente: “La misa, todas las mañanas.” Esta persona así lo hizo y pudo superar todas las tormentas de su vida: volvió a Dios gracias al padre Caffa- rel. A otro, le aconsejó cómo hacer oración: desde hace treinta años, esta persona, fiel a la oración, ha visto como su serenidad se mantenía, a pesar de las pruebas, a lo largo de su vida. Profeta, el padre Caffarel muestra a cada uno lo que Dios espera de él.

  1. Los primeros matrimonios vienen a ver al padre Caffarel para que les ayude a encontrar un camino de santidad en el matrimonio. Respuesta: “Busquemos juntos.” El profeta es un hombre, en primer lugar, pragmático: son los acontecimientos los que le alumbran; percibe en ellos el modo en que la gracia de Dios se abre camino y le facilita en todo momento su expansión. El padre Caffarel es un prag- mático que piensa, reflexiona, reacciona cuando se enfrenta a un acontecimiento, a una petición concreta. Percibe la gra- cia que se manifiesta: por ello surgieron los Equipos de Nuestra Señora, el Movimiento de las Viudas, la Fraternidad Nuestra Señora de la Resurrección. Su alimento es hacer la voluntad del que lo ha enviado. Si el padre Caffarel era exi- gente, hasta en los detalles, lo era gracias a su aptitud para discernir desde la fe: veía lo que Dios quería y por tanto lo cumplía. Un profeta es siempre un poco molesto para aqué- llos que se acomodan con facilidad “a un más o menos”: él va a lo esencial, sin concesiones. Al mismo tiempo, el padre Caffarel era humilde ante lo que él había hecho, ya que para él todo viene de Dios. Sólo en 1987, más de cuarenta años después de la fundación de los Equipos de Nuestra Señora es cuando se atreve a hablar del “carisma fundador”. «¿Un carisma fundador? Es algo más que una buena idea, más que una idea edificante, es una inspiración del Espíritu Santo. Una inspiración del Espíritu Santo que será como un dinamismo que conducirá a la institución a lo largo de su desarrollo y le permitirá cumplir su misión.» (Conferencia de

CONCLUSIÓN – EL PADRE CAFFAREL, PROFETA DE NUESTRO TIEMPO

 Chantilly, 3 de mayo de 1987). El padre Caffarel admira la obra de Dios que se despliega en este mundo.

Los profetas no pasan de moda. Como no predicen el futuro sino que son servidores enviados para ir delante y preparar los caminos del Señor, su palabra es siempre ac- tual. El padre Caffarel ha hecho mucho por la Iglesia y ha realizado obras magníficas. Sin embargo una “nueva carre- ra” le espera… Va a vivir cada vez más en la vida de los hombres y mujeres que quieren orar y amar. Sus textos no han envejecido. Sus conferencias o sus conversaciones en la radio, nos impresionan: nos sitúan en la presencia de Dios.

¿Magia del lenguaje o imágenes acertadas? Nada de eso. Sino la adecuación de su palabra a la verdad de nuestras búsquedas, de nuestras dudas, de nuestras esperanzas. La gracia de Dios pasa a través de su servidor y nos penetra ín- timamente. Haced la experiencia de leer en voz alta un texto del padre Caffarel: está allí y nos habla. Los que no lo cono- cen se entusiasman… Sin embargo su palabra es precisa, sin adjetivos inútiles. Dice lo esencial y nada más. El padre Caf- farel sigue vivo.

El misterio de un hombre es el secreto de Dios. Sin embargo, todo comenzó, lo dijo a menudo, cuando tenía veinte años, en marzo de 1923. Relato de su “vocación pro- fética”: «Jesucristo, en un momento se convirtió en Alguien para mi. ¡Oh! Nada espectacular. En este lejano día de marzo, supe que era amado y que amaba, y que en adelan- te entre él y yo sería para toda la vida. No había vuelta atrás.» Él hizo la experiencia del amor. Dos fuentes podían entonces surgir de su Ministerio: el amor de Dios y para Dios en el rezo y la oración y el amor de Dios y para Dios en el matrimonio, en la viudez, en la vocación sacerdotal. Dios, muy pronto, le preparó para ser un maestro en ese camino del amor. A pesar de lo cual, el propio padre Caffarel era una persona hermética, reservada, casi solitaria… Es normal: Dios actúa siempre a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades.

¡Que el padre Caffarel nos guíe también hoy en el descubrimiento de la voluntad de Dios! Dios quiere siempre que podamos vivir en su presencia, siguiendo a Cristo, en comunión con el Espíritu Santo.

La esperanza nos invade: basta observar los campos que se doran cuando se acerca la cosecha.

Paul-Dominique Marcovits, o.p.

Postulador

 BIBLIOGRAFÍA DEL PADRE CAFFAREL

 

  • L’amour plus fort que la mort, avec A.-M. CARRE, L. LOCHET, -M. RO- GUET, Paris, Cerf, Coll. Foi Vivante, 1958
  • Amour, qui es-tu ? Grandes pages sur l’amour d’écrivains contemporains présentées par Henri Caffarel, Paris, Feu Nouveau, 1971
  • Aux carrefours de l’amour, Paris, Feu Nouveau, 1980 et Paris, Parole et Silence, 2001
  • Camille C. ou l’emprise de Dieu, Paris, Feu Nouveau, 1982
  • Cinq soirées sur la prière intérieure, Paris, Feu Nouveau, 1980 et Paris, Parole et Silence, 2003
  • Dieu, ce nom le plus trahi, Anthologie, Paris, Feu Nouveau, 1980
  • Lettres sur la prière, Paris, Feu Nouveau, 1960
  • Nouvelles lettres sur la prière, Paris, Feu Nouveau, 1975 et Paris, Parole et Silence, 2006
  • L’oraison. Jalons sur la route, Paris, Parole et Silence, 2006 (réédition d’une brochure des Editions du Feu Nouveau)
  • La pensée de Paul VI sur Sexualité, Mariage, Amour, Introduction et notes du Chanoine H. Caffarel, Texte intégral du discours du Pape aux Equipes Notre-Dame le 4 mai 1970, Paris, Feu Nouveau, 1970
  • Le portrait spirituel de Camille C., Paris, Feu Nouveau, 1982
  • « Prends chez toi Marie, ton épouse », Paris, Feu Nouveau, 1983 et Paris, Parole et Silence, 2005
  • Présence à Dieu. Cent lettres sur la prière, Paris, Feu Nouveau, 1967 et Paris, Parole et Silence, 2000
  • Propos sur l’amour et la grâce, Paris, Feu Nouveau, 1954
  • Le renouveau charismatique interpellé. Etudes et Documents, avec J.-R. BOUCHET, Paris, Feu Nouveau, 1976
  • Introduction à : O. de LA BROSSE, Saint François de Sales, Paris, Cerf, 1967
  • Introduction à : Th.R. KELLY, Mon expérience de Dieu, Paris, Feu Nou- veau, 1970

Jean ALLEMAND :

  • Les équipes Notre-Dame. Essor et mission des couples chrétiens, Paris, Equipes Notre-Dame, 1988
  • Henri Caffarel. Un homme saisi par Dieu, Paris, Equipes Notre-Dame, 1997
  • Prier 15 jours avec le Père Caffarel, fondateur des Equipes Notre-Dame, Paris, Nouvelle Cité, 2001

Gérard et Marie-Christine de ROBERTY :

A la rencontre, Père Henri Caffarel, Mesnil Saint-Loup, Editions Le Livre Ouvert, Coll. Paroles de Vie, 2007

 

¡OH, TÚ!

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Déjame reunirme contigo en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Yo te adoro, Señor, en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Alabado seas Tú, Señor, en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Yo me ofrezco a tu amor en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Que surja tu alegría en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Guárdame de todo mal en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Hazme vivir de ti en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Quiero lo que tú quieres en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto Tu casa en el fondo de mi corazón, Reúne el universo en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Ábreme sobre el mundo en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú que has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Glorifica tu santo nombre en el fondo de mi corazón.

 

Oh Tú has puesto tu morada en el fondo de mi corazón, Abismo de luz en el fondo de mi corazón.

 

  1. Henri Caffarel

 

 

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