¿Nos aburriremos en el Cielo?

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    Cuando la hermana Carmen, en un programa en directo de Radio Católica Mundial con grabación en televisión, me hizo esta pregunta intercalada al tema del día, sólo tuve tiempo para decir un breve “tendremos toda una eternidad para conocer un Infinito”. Es como decir no tendremos tiempo para aburrirnos, pues jamás llegaremos a conocer del todo, todo lo que se nos será dado.

    Soy consciente de que la mayoría del auditorio y teleespectadores no pudieron comprender de una forma inmediata mi respuesta, pues la conversación seguía sin interrupción con preguntas y respuestas según el tema previsto.

    La pregunta de la simpática hermana Carmen estaba muy acertada y oportuna, pues es corriente, en este humor barato de hoy día, hacer chistes sobre lo aburrido del cielo y lo divertido del infierno. Aquel, como en un estado pseudo aletargado, de un místico más mustio que activo, de un encandilamiento pasivo; mientras que éste, lleno de vida y atractivo por recoger en su seno a los protagonistas de las juergas y placeres mundanos. Realmente ¿el cielo es aburrido? ¿Es tal como lo pintan los chistes?

    Buena pregunta. Y “una eternidad para un Infinito”. Si fuéramos matemáticos lo entenderíamos enseguida, y comprenderíamos que todavía nos faltaría tiempo si esa eternidad se contara por días, años y siglos. Pero resulta que la eternidad es estar siempre en presente. Un presente que nunca se nos acaba, disfrutando de ese presente llenos de energía y de los dones del Espíritu Santo, con ganas y capacidades para aprender y entender, y con la plenitud de todas aquellas ansias que teníamos en nuestra vida terrenal.

    ¿Y que venimos ansiando durante ese corto y fugaz período de tiempo en que estamos de paso? Nada más y nada menos que los atributos de Dios, de un Dios Infinito que nos creó a su imagen y semejanza. De ahí esas necesidades y también de nuestra dignidad como hombre, cosa que no son los otros seres creados. A imagen y semejanza de un Dios Infinito en amor, en paz, en luz, en alegría, en belleza, en verdad, en inteligencia, en sabiduría, de libertad, etc. Los hemos venido ansiando por haberlos perdido (en su mayor cuantía) cuando precisamente estábamos hechos para disfrutar de ellos en plenitud. San Agustín lo dirá de una forma clara al decir que su corazón no encontrará descanso hasta que no repose en Dios.

    ¿Como puede pensar alguien que se va a aburrir cuando tendrá a su disposición el poder disfrutar de todo esto y más en cada momento y avanzar hasta el Infinito?

    Si hablamos sólo de la belleza de un Dios sumamente bello que por un instante quiso dejarla saborear a sus tres discípulos más íntimos y éstos, al verle, ya no se querían mover del lugar: “Que bien se está aquí, podríamos hacer tres cabañas…” Y un Pedro que no sabía bien lo que decía pues su deseo era permanecer en aquella visión a toda costa.

    Dícese en una fábula, de un monje que deseaba saber como era la felicidad del cielo. Un día paseando por el bosque se quedó extasiado oyendo el canto de un pajarillo. Se sentó para escucharlo mejor y quedó como transportado a otro mundo. Cuando el pájaro terminó su canto, regresó muy feliz a su convento. Le abrió un monje nuevo que no le reconoció y preguntó que deseaba. Dijo que pertenecía a aquel convento pero ninguno de los hermanos le conocía, toda la Comunidad era nueva. Empezó a nombrar uno por uno a sus compañeros, al padre prior, a todos, y todos aquellos nombres les eran desconocidos. “No puede ser -exclamaba el pobre fraile- si hace apenas media hora que he salido a dar un paseo”. Buscaron y rebuscaron en los libros y encontraron que la Comunidad a que hacía referencia había vivido doscientos años atrás, cuando precisamente se dio por desaparecido a uno de sus frailes. Y así constaba en los anales del convento. Entonces el fraile cayó en la cuenta de que escuchando el canto del pájaro habían transcurrido dos siglos sin apercibirse. Dio gracias a Dios por la experiencia vivida y nunca más se le ocurrió pedirle que le mostrara como era la felicidad eterna.

    Me he parado un poco para hablar de la belleza, bien sea apreciada en verla u oírla. Podríamos hablar de cada una de esas ansias detalladas, pero tengo miedo de alargarnos demasiado en esta pequeña exposición, pues hay mucho que hablar de cada una de ellas, nosotros, aquí, metidos en lo mundano y lo físico. ¡Qué no será allí, en lo Infinito!

    Todos deseamos la verdad. La filosofía, la madre de todas las ciencias, busca la verdad. Decía Edith Stein que buscando la verdad encontró a Dios. Y no está sola. San Juan nos hablará de una “una muchedumbre inmensa que nadie podría contar que han blanqueado sus vestidos con la sangre del Cordero…” (Apocalipsis 7, 9-14).

    Cada uno de esta multitud tiene sus cosas para comentarnos, todas ellas historias interesantes de cómo encontraron la Verdad de Dios. Y esa Verdad nos hace libres.

    No nos gusta la oscuridad, sin luz no podemos avanzar. Nuestra inteligencia se bloquea y los conocimientos se estancan y se pierden. Necesitamos la luz de Dios, la necesitamos no sólo para no andar a oscuras, sino para hacernos espejos de Dios e irradiar su luz a nuestros hermanos. Mientras haya un alma que salvar, esta será una de las funciones que también la tendremos que hacer desde el cielo.

    La luz de Dios nos llenará de paz y la paz trae consigo la alegría. Sí, una alegría verdadera, no forzada con falsas carcajadas ni risitas por debajo de la nariz. Llenos de luz, de paz y de alegría con sede en el corazón; que quien ya lo disfruta ahora en este mundo, nada ni nadie se lo puede robar porque es un regalo de Dios.

    En todas las apariciones, empezando por la Transfiguración hasta nuestros días, bien sean reconocidas por la Iglesia, bien estén en trámite, en todas, la figuras celestiales aparecen llenas de una luz intensa pero que no deslumbra. Es algo sorprendente para nuestra óptica.

    Y todo esto viene envuelto con la palabra más maravillosa y que lo hace todo posible: amor. Vivir constantemente en la presencia amorosa de un Dios que ya nos amaba mucho antes de nuestra concepción y que por nuestra salvación, en su segunda persona, el Hijo, se hizo hombre, se dignó tomar nuestra naturaleza por medio de Mujer, nacer pobre en un establo, y pagar por todos los pecados del mundo con su sangre, su Pasión y muerte de cruz, vivir constantemente delante de un Ser que te ama tanto y quiere ser correspondido en ese amor, tiene que producir una felicidad tan intensa que no estaremos, exacto, no estaremos para otras cosas, sólo para Él.

    Creo que todos hemos experimentado en nuestra vida que cuando se está en presencia del ser querido, sobra todo y el tiempo pasa volando sin darse cuenta. ¿Podría decir una madre cuánto rato hace que tiene su bebé en sus brazos?

    Enrique Calicó (Moral y Luces)

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