Un Proyecto natural: la ecología.

0
8

El hombre, la técnica y la naturaleza.

El tipo de progreso de nuestras sociedades post-industriales, basado en el consumismo y en el aumento rápido de beneficios, ha llevado a un grave desequilibrio ecológico en todos los sentidos: consumo excesivo de materias primas no renovables, contaminación sonora, visual y atmosférica; desaparición de especies… Por no hablar de los profundos desequilibrios sociales y económicos que todo esto lleva a cabo: riqueza del Norte y aparición en esa área de un cuarto mundo de pobreza, despojo y miseria del Sur, emigraciones forzosas…

Ciertamente que la vida del hombre sobre la tierra ha sido muy difícil y se ha visto rodeada de muchas hostilidades, que explican y justifican sus normales agresividades y su impulso de dominio. Ante un mundo hostil y difícil se han ido creando técnicas cada vez más sofisticadas para domesticarlo y hacerlo habitable. Pero la evolución técnica ha crecido tanto que ya constituye un mundo artificial. Así se ha creado una especie de sobrenaturaleza que en parte ha ayudado al hombre, pero también en parte le ha separado de su madre naturaleza.

Cuando la ciencia desemboca en tecnologías utilitarias se deshumaniza, y entonces la técnica se convierte en táctica de la vida, como lo proponía O. Spengler. La técnica es la destrucción de todo mito, es un antimito, que a su vez se ha convertido en otro mito más irracional y deshumanizante, ya que somete todo a una cosificación incondicional. Cuando la técnica moderna olvida lo que tiene de poesía y de creatividad y somete la naturaleza a objeto de posesión, de dominio y de manipulación se convierte en el gran peligro, como advirtió Heidegger.

El dogma del crecimiento incontrolado acompañado de un positivismo aldeano y tosco han convertido la naturaleza en un objeto de pura utilidad y explotación. Cuando la naturaleza se convierte en cómodo campo de ingeniería y en un banco de recursos fáciles se rompe la relación vital del hombre con el medio entorno y se crea un desequilibrio de incalculables consecuencias.

La armonía o desarmonía entre el hombre y la naturaleza depende de que aquél trate a ésta como un objeto útil simplemente o la interprete como un espacio vital y no reducible a utensilio ni manejable a capricho, pues la naturaleza no está ni ahí ni contra mí, sino conmigo. Y no hay pecado más cordial, es decir, falta de grandeza de corazón, que nuestras manías y cegueras en no reconocer el valor de lo que nos rodea, en usarlo a destiempo y en abusarlo en todo tiempo. Sólo un gran hermanamiento universal de los hombres, animales, plantas y cosas desplazará el engreimiento humano de ser rey déspota de la creación para transformarse en el gran hermano mayor de todos los seres creados.

La naturaleza, o el medio ambiente que nos rodea, no puede ser solamente el espacio de una ocupación pacífica o violenta, sino también objeto de una gran preocupación, ya que es la prolongación del hombre mismo, que vive en el mundo como el corazón en el cuerpo. Actualmente, desde todos los sectores humanos se oyen voces de alerta por el serio deterioro de la hermana naturaleza. Se habla incluso del terricidio o asesinato de la tierra. Es cierto que en esto, como en muchos otros temas dominantes en nuestra época, se dramatiza fácilmente. Pero también es cierto que los ríos, los mares, los bosques, los campos, las ciudades, los alimentos y la misma atmósfera están siendo víctimas de una ambición incontrolada de no pocos hombres. Por eso es necesario recurrir a todos los medios para humanizar la naturaleza y para que, a su vez, ella nos naturalice. Es un trato entre ambas partes.

Ante todo esto pueden surgir dos preguntas desde nuestra conciencia cristiana:

– ¿El hombre no puede tener otro tipo de relación con su entorno natural que no esté basado en el despojo?

– ¿La tradición cristiana puede aportar algo sobre este punto?

Francisco y la naturaleza

Existe en nuestra tradición cristiana un buen ejemplo de comportamiento respetuoso con la Creación en la persona de Francisco de Asís; no es el único ejemplo, pero sí el más chocante por su originalidad.

Todos los relatos más antiguos sobre san Francisco coinciden en afirmar su “reconciliación universal con cada una de las criaturas”. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, atestigua cuatro años después de su muerte: “¿Quién podrá explicar la alegría que provocaba en su espíritu la belleza de las flores?, al contemplar la galanura de sus formas y aspirar la fragancia de sus aromas… al encontrarse en presencia de muchas flores, les predicaba, invitándolas a loar al Señor, como si gozaran del don de la razón. Y lo mismo hacía con las mieses y las viñas, con las piedras y las selvas, y con todo lo bello de los campos, las aguas de las fuentes, la frondosidad de los huertos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, invitándoles con ingenua pureza al amor divino y a una gustosa fidelidad. En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido a los demás, los secretos de las criaturas”.

Se trasluce en Francisco otro modo de estar en el mundo, ya no sobre las cosas, sino con ellas, sintiéndose hermano y hermana en la casa común regalada por el Padre. Por ello para Francisco las cosas no están al alcance de la mano posesiva del hombre, son animadas y personalizadas; existen lazos fraternos con ellas. Por la realidad de ser hermanas e hijas del mismo Padre, las cosas no pueden ser violadas, sino respetadas. San Francisco las utilizaba para vivir, pero no destruyéndolas. De hecho, él mandaba a los hermanos que cuando cortasen árboles no lo hicieran de raíz para que pudiesen volver a brotar, y en los huertos de los hermanos mandaba que existiese un rincón para las “malas hierbas”, pues, como Francisco decía, también ellas “pregonan la hermosura del Padre de todas las cosas”. En Francisco el trato con la naturaleza está en consonancia con el respeto y el trato que se le debe al ser humano.

La naturaleza, igual que el hombre, nace de las manos del Padre

La razón por la que Francisco llegó a esta simpatía con la creación fue, en primer lugar, por su alma de poeta; un poeta capaz de captar la profundidad y belleza de todas las criaturas. Este sentir poético le venía de su juventud en que compuso versos y canciones trovadorescas, en boga en su época; luego de su conversión, ya con los hermanos, se propuso que la primera fraternidad franciscana fuese un grupo de “juglares de Dios”. Pero el sentido poético no llega a explicar la profundidad del estar con las cosas como hermanos y hermanas. En la raíz de esta vivencia está la experiencia religiosa de la paternidad universal de Dios. Que Dios es Padre no era para Francisco un dogma frío al que haya que rendir el entendimiento, era más bien una experiencia afectiva profunda que implicaba una fusión cósmica del hombre con todos los elementos del universo salidos de las manos del Padre. No hay que olvidar que la paternidad de Dios es uno de los mensajes centrales de Jesucristo.

Francisco vive este mensaje de una manera horizontal: si todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos entre nosotros. Todos vivimos en la Casa Paterna. Existe una intimidad radical con todas las cosas; no hay enemigos ni amenazas. Estamos, de esta manera, en la atmósfera del cariño entre los hermanos y las hermanas de toda la Creación. Pero esta horizontalidad de Francisco no supone ni un panteísmo ni un olvido de la transcendencia del Creador, más bien al contrario; en esta horizontalidad, en la belleza de las cosas, descubre el amor y la suma bondad de Dios. Según relata Tomás de Celano, Francisco “en una obra cualquiera canta al Artífice de todas, en las cosas hermosas reconoce al Hermosísimo, cuanto hay de bueno le grita: ¡El que nos ha hecho es el mejor!”

Esta Fraternidad universal coloca a Francisco en el mismo nivel que las criaturas, no se define por las diferencias respecto a ellas. Se define por aquello que le une. Francisco no se llamará a sí mismo animal racional, señor de la naturaleza,
constituido rey sobre los seres. Más bien él se llamará hermano de todos y siervo humilde de cada criatura. Ama a la Creación, confraterniza con las criaturas y se une a ellas, formando la familia de hijos del Padre, hermanos de Jesucristo por el Espíritu. La experiencia profundamente espiritual de Francisco le lleva a intensificar el sentido del concepto de igualdad basado en la fraternidad.

Por ello, Francisco canta con todas las criaturas. No canta a través de ellas, sino con ellas. Sería egoísmo no reconocer la alabanza que éstas realizan al Señor. Por ello, Francisco canta con la cigarra o con la alondra, como cuenta Celano, o como relata san Buenaventura, cuando Francisco veía una bandada de pájaros que cantaban al Creador, también él invitaba a los hermanos a unirse a las aves y cantar y alabar a Dios.

a

El “Cántico del Hermano Sol”

El admirable testimonio de esta fraternidad cósmica es su “Cántico del hermano Sol”, que Francisco compone poco antes de morir, ya ciego y con fuertes dolores, y en el que con las Criaturas alaba al Creador. Es una pieza muy hermosa que relata la vivencia de la naturaleza en un cristiano:

ALTÍSIMO, OMNIPOTENTE Y BUEN SEÑOR,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A Ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de Ti mención.

¡Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente por el señor hermano Sol,
por quien nos das el día y nos alumbras,
y es bello y radiante con gran esplendor:
de Ti Altísimo, lleva significación!

¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las Estrellas:
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas!
¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube,
por el Cielo sereno y todo Tiempo: por ellos a tus criaturas das sustento!

¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua,
la cual es muy útil y humilde, preciosa y casta!

¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego:
por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte!

¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre Tierra,
que nos mantiene y sustenta,
y produce los variados frutos con las flores coloridas y las hierbas!

¡Alabado seas, mi Señor, por quienes perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad, tribulación:
bienaventurados quienes las soporten en paz,
porque de Ti, Altísimo, coronados serán!

¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal
de quien ningún hombre viviente puede escapar!
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
¡Bienaventurados los que encuentre cumpliendo tu santísima voluntad: pues la muerte segunda no les podrá hacer mal!

¡Alabad y bendecid a mi Señor y gracias dad,
y servidle con grande humildad!

Francisco no quiere colocarse sobre y por encima de los seres, de las cosas y de los animales, sino junto a ellos, con ellos y en compañía de ellos, porque sabe muy bien que su propia vida es un don tan gratuito como el don de la creación entera, a la que se une afectiva y fraternalmente. Canta al Altísimo por los seres, pero también lo hace con ellos y desde ellos como expresión de su talante peculiar de estar en el mundo y del modo de ser con las cosas.

Según Max Scheler, “se ha llevado a cabo en san Francisco una interpretación afectiva e intuitiva de la relación entre la naturaleza, el hombre y Dios no sólo gradual, sino esencial y cualitativamente distinta, no comparable con nada de lo que encontramos en Occidente desde los tiempos más antiguos del cristianismo, y que está en la más rigurosa oposición a todo el anterior sentimiento de la naturaleza en el cristianismo primitivo, la patrística e incluso en la Edad Media posterior”.

El mundo es nuestra casa

Para el franciscano el mundo no es inhóspito y carcelario, como aparece en no pocas místicas y filosofías, sino “la casa fabricada para el hombre”, como describe san Buenaventura. El concepto de casa siempre encierra un sentimiento familiar, referencial, acogedor y entrañable. El universo, si no se convierte en morada, se hace terrible, como muy bien decía M. Büber: “Sólo hay cosmos para el hombre si el universo se torna su morada”. Es que “la casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella, el hombre sería un ser disperso”, como bellamente escribe G. Bachelard. Y con ella adquiere el mejor modo de saber habitar y de librarse del miedo de sentirse extraño. El hombre en este mundo no es un ser extraño ni un ser arrojado, como se presenta en algunas filosofías de la existencia, sino un ser colocado en el cálido recinto del hogar. Y este hogar, como algo entrañablemente nuestro, debe ser defendido con primor y con pasión.

La teología franciscana implica una antropología y desemboca en una ecología, ya que todo es bueno, incluso la misma materia. Dios ha creado un mundo maravilloso, y el hombre no puede corregir la plana con recelo aldeano. El “someted la tierra” del Génesis no es un salvoconducto para explotar y destruir, sino el imperativo para humanizar la naturaleza y vincularse fecundamente con ella.

Actitudes ante el mundo

A lo largo de la historia humana el hombre ha cambiado muchas veces su manera de ver y de tratar el mundo. De modo esquemático, los siguientes puntos pueden representar las más significativas posturas:

1. Pánico ante el mundo natural, que se traducía en temor, pavor y adoración.

2. Asombro ante ese mismo mundo, produciendo en el hombre sorpresa, desconcierto y admiración.

3. Respeto al misterio del mundo, lleno de armonía y de belleza por ser reflejo del Creador.

4. Racionalización del mundo a través de la matematización y como reflejo del hombre.

5. Desencanto del mundo cuando se le ha reducido al modelo mecánico, se le ha interpretado desde el positivismo y desde la pura eficacia.

6. Dominio y explotación del mundo como un campo de reservas ilimitadas para el hombre, que de un modo incontrolado ha ido gastando y malgastando.

7. Descubrimiento o redescubrimiento del encanto del mundo y nuestra vinculación a él. El mundo es nuestra entrañable morada; y el cuidado o deterioro de esta morada repercute inevitablemente en el inquilino que la habita.

A modo de conclusión

El futuro de nuestro hábitat depende, ciertamente, de los científicos, políticos, filósofos, teólogos, sociólogos y psicólogos; pero, también, de hacer más humanas las relaciones cotidianas de sus habitantes. Bergson decía que el cuerpo agrandado del hombre espera un suplemento de alma y que la mecánica (que es el “cuerpo agrandado”) exigiría una mística. Tal vez sería mejor afirmar que el hombre necesita descubrir su propio espíritu, que no es un suplemento, sino él mismo, y entonces estará preparado para habitar en el mundo natural y así podrá además ofrecer al mundo técnico un suplemento de humanidad y de ternura.

El hombre, participando con todos los seres del mundo, amplía el horizonte de sus posibilidades y transforma continuamente la naturaleza en cultura. Para ello necesita ver, descubrir y admirarse de las maravillas que nos rodean. Uno de los males que suele padecer el hombre es el daltonismo, la incapacidad para ver la realidad en su totalidad. El hombre daltónico ve sólo unos colores, algunos relieves, zonas parciales, pero juzga toda la realidad, toda la vida, desde la limitación de su perspectiva deformada.

Como escribía hace unos años Toynbee, “para mantener la biosfera habitable durante otros dos mil años, nosotros y nuestros descendientes tendremos que olvidarnos del ejemplo de Pietro Bernardone, mayorista de tejidos del siglo XIII, y de su bienestar material, y empezar a seguir el de Francisco, san Francisco, su hijo, el más grande entre los hombres que han existido en todo Occidente… El ejemplo dado por san Francisco es el que nosotros, los occidentales, deberíamos imitar de corazón, porque él es el único occidental de esta gloriosa asociación”. A esta gloriosa asociación pueden apuntarse todos los que creen en un futuro mejor del hombre y del mundo y se comprometen a trabajar por conseguirlo.

Punto y final

En Francisco hemos descubierto una forma distinta de relacionarse con la naturaleza plenamente enraizada en nuestra tradición cristiana, y que si la tuviésemos más en cuenta nos podría ayudar a vislumbrar caminos para solucionar muchos de los problemas ecológicos de nuestro tiempo. Además la propuesta de Francisco, aunque de raíces religiosas cristianas, no es propiedad de los cristianos ni de los que vivimos la espiritualidad por él comenzada, sino que está abierta a todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias.


Para la reflexión y el diálogo

La reflexión y el diálogo se puede realizar sobre cualquier aspecto que os haya llamado la atención o os haya parecido más importante. Si es difícil arrancar os ofrezco algunas preguntas que os ayuden:

– Francisco tiene un sentido marcado de la humildad (no en vano la palabra “humildad” viene del latín “humus” tierra). Esta virtud, vivida con profundidad, desmitifica los valores que deshumanizan y desnaturalizan la sociedad. ¿No te da la impresión que en nuestra sociedad nos estamos deshumanizando y desnaturalizando o, tal vez, ya lo estamos? ¿Qué signos indicarían tu respuesta?

– La actitud de la humildad conlleva la sencillez, el agradecimiento. Muy a menudo somos más conscientes de nuestras carencias que de la belleza, el gozo de vivir, la amistad y tantos y tantos dones que Dios nos ofrece. ¿No te parece que el saber mirar la vida y el mundo que nos rodea con agradecimiento es un aliciente para vivir con alegría? ¿Qué repercusiones podría tener esa visión en los demás con quienes compartes la vida: familia, compañeros, alumnos….?

– Puede parecer que en ciertos ambientes ecologistas se cuida más la naturaleza que al ser humano concreto, ¿qué relaciones intentas vivir con los demás? ¿cómo se traduce esa relación con la naturaleza?

– Por último, ¿cómo se podría concretar ese humanismo franciscano en nuestras relaciones cotidianas en el colegio?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here