Citas seleccionadas del papa Francisco por
tema
Este documento del Departamento de Justicia, Paz y Desarrollo Humano de la USCCB es
una recopilación de citas y extractos útiles de discursos, mensajes, homilías y audiencias
del papa Francisco. Esta recopilación informal no es exhaustiva; no cubre todas las
cuestiones. Este documento es una obra en proceso y se actualizará periódicamente.
Cómo utilizar este documento:
Las citas están ordenadas por tema. Los temas están en orden alfabético. La lista por tema
que presenta abajo el Índice de contenido lleva a la sección correspondiente del documento.
Cada cita de este documento va seguida por una referencia entre paréntesis que indica la
fecha (por ejemplo, 5 de junio de 2013). Cada fecha corresponde a una comunicación oral o
escrita del papa Francisco que se produjo en esa fecha. Cuando se produjeron dos
comunicaciones en la misma fecha, la referencia entre paréntesis indica la fecha seguida
por el tema (por ejemplo, “28 de marzo de 2013, Misa Crismal” y “28 de marzo de 2013,
Centro Penitenciario para Menores”).
Una lista de las comunicaciones del papa Francisco ordenadas por fecha aparece en la
última página de este documento.
Ejemplo: la primera cita de la sección titulada “Pobreza” va seguida por una referencia
entre paréntesis que dice “(19 de marzo de 2013)”. Para determinar la fuente de la cita, el
lector que vaya a la última página del documento verá que 19 de marzo de 2013 se refiere a
la homilía del papa Francisco en la misa por el comienzo de su ministerio petrino, y puede
utilizar el vínculo proporcionado para acceder al texto íntegro del discurso.
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Índice de contenido
Los temas que presenta abajo el Índice de contenido llevan a la sección correspondiente de
este documento.
Alimentación/Hambre
Bien común
Caridad/Amor
Caridad/Servicio
Cuidado por la creación/Medio ambiente
Derechos y responsabilidades
Desarrollo
Diálogo cívico
Economía/Justicia económica/Desigualdad
Ecumenismo/Relaciones interconfesionales
Estructuras del pecado
Familia/Comunidad
Gobierno y líderes
Jóvenes
Libertad religiosa (internacional)
Migrantes y refugiados
Misericordia
Misión/Encuentro
Mujeres
Nueva Evangelización
Participación cívica/política
Paz
Pena de muerte/pena capital
Pobreza
Presos/Encarcelamiento
Sacramentos y justicia
Solidaridad y subsidiaridad
Tierra Santa
Trabajo/Empleo
Trata de personas
Vida sencilla/materialismo
Vida y dignidad
Vivienda
Miscelánea
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Alimentación/Hambre
Si en tantas partes del mundo hay niños que no tienen qué comer, eso no es noticia, parece
normal. ¡No puede ser así! (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
Esta cultura del descarte nos ha hecho insensibles también al derroche y al desperdicio de
alimentos, cosa aún más deplorable cuando en cualquier lugar del mundo,
lamentablemente, muchas personas y familias sufren hambre y malnutrición. (5 de junio de
2013, Medio ambiente)
El consumismo nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano
de alimento, al cual a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de
los meros parámetros económicos. ¡Pero recordemos bien que el alimento que se desecha es
como si se robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre! (5 de junio de 2013, Medio
ambiente)
Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y del desperdicio del alimento a
fin de identificar vías y modos que, afrontando seriamente tal problemática, sean vehículo
de solidaridad y de compartición con los más necesitados. (5 de junio de 2013, Medio
ambiente)
…cuando el alimento se comparte de modo equitativo, con solidaridad, nadie carece de lo
necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de las necesidades de los más pobres.
Ecología humana y ecología medioambiental caminan juntas. (5 de junio de 2013, Medio
ambiente)
Estamos llamados no sólo a respetar el medio ambiente natural, sino también a mostrar
respeto y solidaridad con todos los miembros de nuestra familia humana. Estas dos
dimensiones están estrechamente relacionadas; hoy estamos sufriendo de una crisis que no
sólo tiene que ver con la gestión equitativa de los recursos económicos, sino también con la
preocupación por los recursos humanos, por las necesidades de nuestros hermanos y
hermanas que viven en la extrema pobreza, y especialmente por los muchos niños de
nuestro mundo que carecen de una adecuada educación, atención de salud y nutrición. El
consumismo y una “cultura del descarte” han llevado a algunos de nosotros a tolerar el
desperdicio de recursos preciosos, incluso los alimentos, mientras que otros están,
literalmente, consumiéndose de hambre. Les pido a todos que reflexionen sobre este grave
problema ético en un espíritu de solidaridad basado en nuestra común responsabilidad por
la Tierra y por todos nuestros hermanos y hermanas de la familia humana. [Traducción no
oficial] (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
Somos conscientes de que uno de los primeros efectos de las graves crisis alimentarias, y
no sólo las causadas por desastres naturales o por conflictos sangrientos, es la erradicación
de su ambiente de personas, familias y comunidades. Es una dolorosa separación que no se
limita a la tierra natal, sino que se extiende al ámbito existencial y espiritual, amenazando y
a veces derrumbando las pocas certezas que se tenían. Este proceso, que ya se ha hecho
global, requiere que las relaciones internacionales restablezcan esa referencia a los
principios éticos que las regulan y redescubran el espíritu auténtico de solidaridad que
puede hacer incisiva toda la actividad de cooperación. (20 de junio de 2013)
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Es un escándalo que todavía haya hambre y malnutrición en el mundo. No se trata sólo de
responder a las emergencias inmediatas, sino de afrontar juntos, en todos los ámbitos, un
problema que interpela nuestra conciencia personal y social, para lograr una solución justa
y duradera. (16 de octubre de 2013)
Paradójicamente, en un momento en que la globalización permite conocer las situaciones
de necesidad en el mundo y multiplicar los intercambios y las relaciones humanas, parece
crecer la tendencia al individualismo y al encerrarse en sí mismos, lo que lleva a una cierta
actitud de indiferencia —a nivel personal, de las instituciones y de los estados— respecto a
quien muere de hambre o padece malnutrición, casi como si se tratara de un hecho
ineluctable. Pero el hambre y la desnutrición nunca pueden ser consideradas un hecho
normal al que hay que acostumbrarse, como si formara parte del sistema. (16 de octubre de
2013)
El tema elegido por la FAO para la celebración de este año habla de “sistemas alimentarios
sostenibles para la seguridad alimentaria y la nutrición”. Me parece leer en él una
invitación a repensar y renovar nuestros sistemas alimentarios desde una perspectiva de la
solidaridad, superando la lógica de la explotación salvaje de la creación y orientando mejor
nuestro compromiso de cultivar y cuidar el medio ambiente y sus recursos, para garantizar
la seguridad alimentaria y avanzar hacia una alimentación suficiente y sana para todos. Esto
comporta un serio interrogante sobre la necesidad de cambiar realmente nuestro estilo de
vida, incluido el alimentario, que en tantas áreas del planeta está marcado por el
consumismo, el desperdicio y el despilfarro de alimentos. (16 de octubre de 2013)
A este respecto, la persistente vergüenza del hambre en el mundo me lleva a compartir con
ustedes la pregunta: ¿cómo usamos los recursos de la tierra? Las sociedades actuales
deberían reflexionar sobre la jerarquía en las prioridades a las que se destina la producción.
De hecho, es un deber de obligado cumplimiento que se utilicen los recursos de la tierra de
modo que nadie pase hambre. (8 de diciembre de 2013)
Es de sobra sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, millones de
personas sufren y mueren de hambre, y eso constituye un verdadero escándalo. Es
necesario encontrar los modos para que todos se puedan beneficiar de los frutos de la tierra,
no sólo para evitar que se amplíe la brecha entre quien más tiene y quien se tiene que
conformar con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, de
equidad y de respeto hacia el ser humano. En este sentido, quisiera recordar a todos el
necesario destino universal de los bienes, que es uno de los principios clave de la doctrina
social de la Iglesia. Respetar este principio es la condición esencial para posibilitar un
efectivo y justo acceso a los bienes básicos y primarios que todo hombre necesita y a los
que tiene derecho. (8 de diciembre de 2013)
Hoy tengo el placer de anunciarles la “Campaña contra el hambre en el mundo”, lanzada
por nuestra Caritas Internationalis y comunicarles que es mi intención darle todo mi
apoyo. Esta Confederación, junto a sus 164 organizaciones miembros, está hoy
comprometida en 200 países y territorios del mundo y su labor está en el corazón de la
misión de la Iglesia y su atención hacia todos aquellos que sufren por ese escándalo del
hambre, con el que el Señor se identificó cuando dijo: “Tuve hambre y me disteis de
comer”. (9 de diciembre de 2013)
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Nos encontramos ante un escándalo mundial de casi mil millones de personas. Mil millones
de personas que todavía sufren hambre hoy, no podemos mirar a otra parte, fingiendo que
el problema no exista. … La parábola de la multiplicación de los panes y los peces nos
enseña precisamente eso: que cuando hay voluntad, lo que tenemos no se termina, incluso
sobra y no se pierde. Por eso, queridos hermanos y hermanas, les invito a que hagan un
lugar en su corazón para esta urgencia, respetando ese derecho que Dios concedió a todos,
de tener acceso a una alimentación adecuada. Compartamos lo que tenemos, con caridad
cristiana, con todos aquellos que se ven obligados a hacer frente a numerosos obstáculos
para satisfacer una necesidad tan primaria y, a la vez, seamos promotores de una auténtica
cooperación con los pobres, para que a través de los frutos de su trabajo y de nuestro
trabajo puedan vivir una vida digna. (9 de diciembre de 2013)
Invito a todas las instituciones del mundo, a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros, como
una sola familia humana, a dar voz a todas las personas que sufren silenciosamente el
hambre, para que esta voz se convierta en un rugido capaz de sacudir al mundo. Esta
campaña quiere ser también una invitación a todos nosotros, para que seamos conscientes
de la elección de nuestros alimentos, que con frecuencia significa desperdiciar la comida y
usar mal los recursos a nuestra disposición. Es también una exhortación para que dejemos
de pensar que nuestras acciones cotidianas no tienen repercusiones en la vida de quienes —
cerca o lejos de nosotros— sufren el hambre en su propia piel. (9 de diciembre de 2013)
Roguemos al Señor para que nos conceda la gracia de ver un mundo en el que nadie jamás
deba morir de hambre. Y pidiendo esta gracia, les doy mi bendición. (9 de diciembre de
2013)
Ayer Cáritas lanzó una campaña mundial contra el hambre y el despilfarro de alimentos,
con el lema: “Una sola familia humana, alimentos para todos”. El escándalo de los millones
de personas que sufren hambre no debe paralizarnos, sino más bien impulsarnos a actuar —
todos, individuos, familias, comunidades, instituciones, gobiernos— para eliminar esta
injusticia. El Evangelio de Jesús nos muestra el camino: confiar en la providencia del Padre
y compartir nuestro pan de cada día sin desperdiciarlo. Aliento a Cáritas a llevar adelante
este compromiso, e invito a todos a unirse a esta “ola” de solidaridad. (11 de diciembre de
2013)
La paz además se ve herida por cualquier negación de la dignidad humana, sobre todo por
la imposibilidad de alimentarse de modo suficiente. No nos pueden dejar indiferentes los
rostros de cuantos sufren el hambre, sobre todo los niños, si pensamos a la cantidad de
alimento que se desperdicia cada día en muchas partes del mundo, inmersas en la que he
definido en varias ocasiones como la “cultura del descarte”. Por desgracia, objeto de
descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos
seres humanos, que vienen “descartados” como si fueran “cosas no necesarias”. (13 de
enero de 2014, Cuerpo Diplomático)
Los que trabajan en estos sectores [políticos y económicos] tienen una responsabilidad
precisa para con los demás, especialmente con los más frágiles, débiles y vulnerables. Es
intolerable que todavía miles de personas mueran cada día de hambre, a pesar de las
grandes cantidades de alimentos disponibles y, a menudo, simplemente desperdiciados. (17
de enero de 2014)
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Defender a las comunidades rurales frente a las graves amenazas de la acción humana y de
los desastres naturales no debería ser sólo una estrategia, sino una acción permanente que
favorezca su participación en la toma de decisiones, que ponga a su alcance tecnologías
apropiadas y extienda su uso, respetando siempre el medio ambiente. Actuar así puede
modificar la forma de llevar a cabo la cooperación internacional y de ayudar a los que
pasan hambre o sufren desnutrición. (16 de octubre de 2014)
Para vencer el hambre no basta paliar las carencias de los más desafortunados o socorrer
con ayudas y donativos a aquellos que viven situaciones de emergencia. Es necesario,
además, cambiar el paradigma de las políticas de ayuda y de desarrollo, modificar las reglas
internacionales en materia de producción y comercialización de los productos agrarios,
garantizando a los países en los que la agricultura representa la base de su economía y
supervivencia la autodeterminación de su mercado agrícola. (16 de octubre de 2014)
¿Hasta cuándo se seguirán defendiendo sistemas de producción y de consumo que excluyen
a la mayor parte de la población mundial, incluso de las migajas que caen de las mesas de
los ricos? Ha llegado el momento de pensar y decidir a partir de cada persona y comunidad,
y no desde la situación de los mercados. En consecuencia, debería cambiar también el
modo de entender el trabajo, los objetivos y la actividad económica, la producción
alimentaria y la protección del ambiente. Quizás ésta es la única posibilidad de construir un
auténtico futuro de paz, que hoy se ve amenazado también por la inseguridad alimentaria.
(16 de octubre de 2014)
El hambre es criminal, la alimentación es un derecho inalienable. (28 de octubre de 2014)
En el mundo, incluso dentro de los países pertenecientes al G20, hay demasiadas mujeres y
hombres que sufren a causa de la desnutrición severa, por el aumento del número de
personas sin empleo, por el altísimo porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de
la exclusión social que puede conducir a favorecer la actividad criminal e, incluso, el
reclutamiento de terroristas. Además, se verifica una agresión constante al ambiente
natural, resultado de un consumismo desenfrenado; y todo ello producirá graves
consecuencias para la economía mundial. (6 de noviembre de 2014, Carta)
Ante la miseria de muchos de nuestros hermanos y hermanas, a veces pienso que el tema
del hambre y del desarrollo agrícola se ha convertido hoy en uno de los tantos problemas en
este tiempo de crisis. Y, sin embargo, vemos crecer por doquier el número de personas con
dificultades para acceder a comidas regulares y saludables… Debemos responder al
imperativo de que el acceso al alimento necesario es un derecho para todos. Los derechos
no permiten exclusions. (11 de junio de 2015)
¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del mundo! ¡Cuánto se viene
trabajando en estos primeros años del tercer milenio para sacar a las personas de la extrema
pobreza! Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer mucho más y que,
en momentos de crisis y de dificultad económica, no se puede perder el espíritu de
solidaridad internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar cuán cercanos a
nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza. También a estas personas
debemos ofrecerles esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida
constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan. Sé
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que gran parte del pueblo norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está
haciéndole frente a este problema. (24 de septiembre de 2015, Congreso)
El hambre hoy ha adquirido las dimensiones de una verdadero “escándalo” que amenaza la
vida y la dignidad de muchas personas —hombres, mujeres, niños y ancianos—. Todos los
días tenemos que enfrentar esta injusticia, me atrevo a decir, este pecado, en un mundo rico
en recursos alimenticios, gracias también a los enormes avances tecnológicos, demasiadas
personas no tienen lo necesario para sobrevivir; y esto no sólo en los países pobres, sino
cada vez más también en las sociedades ricas y desarrolladas. La situación se ve agravada
por el aumento de los flujos migratorios, que llevan a Europa miles de refugiados que
huyen de sus países y necesitan de todo. Frente a un problema tan inconmensurable,
resuenan las palabras de Jesús: “tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25:35). Vemos en
el Evangelio que el Señor, cuando se da cuenta de que las multitudes que vinieron a oírlo
tienen hambre, no ignora el problema, ni da un bello discurso sobre la lucha contra la
pobreza, sino que hace un gesto que deja sorprendidos a todos: toma lo poco que los
discípulos han traído consigo, lo bendice y multiplica los panes y los peces, tanto que al
final “recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos” (Mt 14:20). (3 de octubre de
2015, Banco de Alimentos)
Es Jesús mismo quien nos invita a hacer espacio en nuestro corazón a la urgencia de
“alimentar a los hambrientos”, y la Iglesia ha hecho de ello una de las obras de misericordia
corporales. Compartir lo que tenemos con los que no tienen los medios para satisfacer una
necesidad tan básica, nos educa en la caridad, que es un don desbordante de pasión por la
vida de los pobres que el Señor nos hace encontrar. (3 de octubre de 2015, Banco de
Alimentos)
Al compartir la necesidad del pan de cada día, encuentran ustedes cada día cientos de
personas. No olviden que son personas, no números, cada uno con su carga de dolor que a
veces parece imposible de soportar. Teniendo siempre esto presente, podrán mirarlos a la
cara, mirarlos a los ojos, darles la mano, ver en ellos la carne de Cristo, y también
ayudarlos a recuperar su dignidad y ponerse de pie nuevamente. (3 de octubre de 2015,
Banco de Alimentos)
Tantos hermanos nuestros…, no obstante los esfuerzos realizados, pasan hambre y
malnutrición, sobre todo por la distribución inicua de los frutos de la tierra, pero también
por la falta de desarrollo agrícola. Vivimos en una época donde la búsqueda afanosa del
beneficio, la concentración en intereses particulares y los efectos de políticas injustas
frenan iniciativas nacionales o impiden una cooperación eficaz en el seno de la comunidad
internacional. (16 de octubre de 2015)
Somos testigos, a menudo mudos y paralizados, de situaciones que no se pueden vincular
exclusivamente a fenómenos económicos, porque cada vez más la desigualdad es el
resultado de esa cultura que descarta y excluye a muchos de nuestros hermanos y hermanas
de la vida social, que no tiene en cuenta sus capacidades, llegando incluso a considerar
superflua su contribución a la vida de la familia humana. (16 de octubre de 2015)
Las condiciones de las personas hambrientas y malnutridas ponen de manifiesto que no es
suficiente ni podemos contentarnos con un llamado general a la cooperación o al bien
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común. Tal vez la pregunta sea otra: ¿Es aún posible concebir una sociedad en la que los
recursos queden en manos de unos pocos y los menos favorecidos se vean obligados a
recoger sólo las migajas? (16 de octubre de 2015)
Tener en cuenta los derechos de los hambrientos y acoger sus aspiraciones significa ante
todo una solidaridad transformada en gestos tangibles, que requiere compartir y no sólo una
mejor gestión de los riesgos sociales y económicos o una ayuda puntual con motivo de
catástrofes y crisis ambientales. (16 de octubre de 2015)
La protección social no puede limitarse al incremento de los beneficios, o quedar reducida a
la mera idea de invertir en medios para mejorar la productividad agrícola y la promoción de
un justo desarrollo económico. Se debe concretizar en ese “amor social” que es la clave de
un auténtico desarrollo (cf. ibíd., 231). Si se considera en su componente esencialmente
humana, la protección social podrá aumentar en los más desfavorecidos su capacidad de
resiliencia, de asumir y sobreponerse a las dificultades y contratiempos, y a todos hará
comprender el justo sentido del uso sostenible de los recursos naturales y del pleno respeto
de la casa común. Pienso, en particular, en la función que la protección social puede
desarrollar para favorecer la familia, en cuyo seno sus miembros aprenden desde el inicio lo
que significa compartir, ayudarse recíprocamente, protegerse los unos a los otros.
Garantizar la vida familiar significa promover el crecimiento económico de la mujer,
consolidando así su papel en la sociedad, como también apoyar el cuidado de los ancianos y
permitir a los jóvenes continuar su formación escolar y profesional, para que accedan bien
capacitados al mundo laboral. (16 de octubre de 2015)
La Iglesia no tiene la misión de tratar directamente estos problemas desde el punto de vista
técnico. Sin embargo, los aspectos humanos de estas situaciones no la dejan indiferente. La
creación y los frutos de la tierra son dones de Dios concedidos a todos los seres humanos,
que son al mismo tiempo custodios y beneficiarios. Por ello han de ser compartidos
justamente por todos. Esto exige una firme voluntad para afrontar las injusticias que nos
encontramos cada día, en particular las más graves, las que ofenden la dignidad humana y
afectan profundamente nuestra conciencia. Son hechos que no permiten a los cristianos
abstenerse de prestar su contribución activa y su profesionalidad, sobre todo a través de
diversas organizaciones, que tanto bien hacen en las zonas rurales. (16 de octubre de 2015)
Son muchos los rostros, las historias, las consecuencias evidentes en miles de personas que
la cultura del degrado y del descarte ha llevado a sacrificar bajo los ídolos de las ganancias
y del consumo. Debemos cuidarnos de un triste signo de la “globalización de la
indiferencia, que nos va ‘acostumbrando’ lentamente al sufrimiento de los otros, como si
fuera algo normal” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación 2013, 16 octubre
2013, 2), o peor aún, a resignarnos ante las formas extremas y escandalosas de “descarte” y
de exclusión social, como son las nuevas formas de esclavitud, el tráfico de personas, el
trabajo forzado, la prostitución, el tráfico de órganos. “Es trágico el aumento de los
migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental, que no son
reconocidos como refugiados en las convenciones internacionales y llevan el peso de sus
vidas abandonadas sin protección normativa alguna” (Carta enc. Laudato si’, 25). Son
muchas vidas, son muchas historias, son muchos sueños que naufragan en nuestro presente.
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No podemos permanecer indiferentes ante esto. No tenemos derecho. (26 de noviembre de
2015, U.N.O.N.)
Que hoy en pleno siglo XXI muchas personas sufran este flagelo, se debe a una egoísta y
mala distribución de recursos, a una “mercantilización” de los alimentos. La tierra,
maltratada y explotada, en muchas partes del mundo nos sigue dando sus frutos, nos sigue
brindando lo mejor de sí misma; los rostros hambrientos nos recuerdan que hemos
desvirtuado sus fines. Un don, que tiene finalidad universal, lo hemos convertido en
privilegio de unos pocos. Hemos hecho de los frutos de la tierra —don para la
humanidad— commodities de algunos, generando, de esta manera, exclusión. (13 de junio
de 2016)
Nos hará bien recordar que el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del
pobre, del que tiene hambre. Esta realidad nos pide reflexionar sobre el problema de la
pérdida y del desperdicio del alimento a fin de identificar vías y modos que, afrontando
seriamente tal problemática, sean vehículo de solidaridad y de compartición con los más
necesitados (cf. Catequesis [5 junio 2013]). (13 de junio de 2016)
Deseo que la lucha para erradicar el hambre y la sed de nuestros hermanos y con nuestros
hermanos siga interpelándonos, que no nos deje dormir y nos haga soñar, las dos cosas.
Que nos interpele a fin de buscar creativamente soluciones de cambio y de transformación.
(13 de junio de 2016)
Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y
cuida de cuantos le siguen. Y quiere hacer participes de esto a sus discípulos.
Efectivamente les dice: “dadles vosotros de comer” (v. 16). Y les demostró que los pocos
panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración, podían ser compartidos por
toda aquella gente. Jesús cumple un milagro, pero es el milagro de la fe, de la oración,
suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús “partiendo los panes, se los dio a los
discípulos y los discípulos a la gente” (v. 19). El Señor resuelve las necesidades de los
hombres, pero desea que cada uno de nosotros sea partícipe concretamente de su
compasión. (17 de agosto de 2016)
¿De qué tiene sed el Señor? Ciertamente de agua, elemento esencial para la vida. Pero
sobre todo de amor, elemento no menos esencial para vivir. Tiene sed de darnos el agua
viva de su amor, pero también de recibir nuestro amor. (20 de septiembre de 2016)
Es por eso que, entre las obras de misericordia, se encuentra la llamada del hambre y de la
sed: dar de comer a los hambrientos —hoy hay muchos— y de beber al sediento. Cuantas
veces los medios de comunicación nos informan sobre poblaciones que sufren la falta de
alimento y de agua, con graves consecuencias especialmente para los niños. (19 de octubre
de 2016)
En la Biblia, un Salmo dice que Dios es aquel que “da el alimento a todos los seres
vivientes” (136, 25). La experiencia del hambre es dura. Algo sabe quien ha vivido
periodos de guerra o carestía. Sin embargo esta experiencia se repite cada día y convive
junto a la abundancia y el desperdicio. Siempre son actuales las palabras del apóstol
Santiago: “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga tengo fe, si no tiene obras?
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¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están sin ropa y desprovistos del
alimento cotidiano y uno de vosotros les dice: ‘Iros en paz, calentaos y hartaos’, pero no les
dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está
realmente muerta” (2, 14-17) porque es incapaz de hacer obras, de hacer caridad, de amar.
Siempre hay alguien que tiene hambre y sed y me necesita. No lo puedo delegar a alguien.
Este pobre me necesita, necesita mi ayuda, mi palabra, mi compromiso. Esto nos afecta a
todos. (19 de octubre de 2016)
Una ojeada, incluso rápida, sobre la situación mundial revela la necesidad de un mayor
compromiso en favor del sector agrícola no sólo para mejorar los sistemas de producción y
comercialización, sino también y sobre todo, para acentúar el derecho de todo ser humano a
tener acceso a alimentos sanos y suficientes y a ser alimentado en la medida de sus
necesidades, participando en las decisiones y estrategias que se actúen. Es cada vez más
evidente la necesidad de situar en el centro de cada acción a la persona, sea ésta sujeto del
trabajo agrícola que comerciante o consumidor. Este enfoque, si se comparte como acicate
ideal y no como dato técnico, nos permite considerar la estrecha relación entre la
agricultura, el cuidado y la protección de la creación, el crecimiento económico, los niveles
de desarrollo y las necesidades actuales y futuras de la población mundial. (28 de marzo de
2017)
No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan
expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que
Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la
precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a
Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al
único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración
que se dice en plural: el pan que se pide es “nuestro”, y esto implica comunión,
preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de
superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación. (13 de
junio de 2017)
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Bien común
Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la
creación. (19 de marzo de 2013)
Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente
por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la
periferia de nuestro corazón. (19 de marzo de 2013)
A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta
mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio,
y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que
tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto,
rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y
acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más
débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al
hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-
46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar. (19 de marzo de 2013)
Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es
abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. (19 de
marzo de 2013)
La Iglesia, por su parte, siempre se esfuerza por el desarrollo integral de las personas. En
este sentido, insiste en que el bien común no debe ser un simple añadido, una simple idea
secundaria en un programa político. La Iglesia invita a los gobernantes a estar
verdaderamente al servicio del bien común de sus pueblos. (16 de mayo de 2013)
…”cultivar y custodiar” no comprende sólo la relación entre nosotros y el medio ambiente,
entre el hombre y la creación; se refiere también a las relaciones humanas. Los Papas han
hablado de ecología humana, estrechamente ligada a la ecología medioambiental. Nosotros
estamos viviendo un momento de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero sobre todo lo
vemos en el hombre. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
La persona humana está en peligro: esto es cierto, la persona humana hoy está en peligro;
¡he aquí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del
problema no es superficial, sino profunda: no es sólo una cuestión de economía, sino de
ética y de antropología. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
La vida humana, la persona, ya no es percibida como valor primario que hay que respetar y
tutelar, especialmente si es pobre o discapacitada, si no sirve todavía —como el nascituro—
o si ya no sirve —como el anciano—. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
La hermandad entre los hombres y la colaboración para construir una sociedad más justa no
son un sueño fantasioso sino el resultado de un esfuerzo concertado de todos hacia el bien
común. Los aliento en éste su compromiso por el bien común, que requiere por parte de
todos sabiduría, prudencia y generosidad. (27 de julio de 2013, Clase dirigente)
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La creación no es una propiedad, de la cual podemos disponer a nuestro gusto; ni, mucho
menos, es una propiedad sólo de algunos, de pocos: la creación es un don, es un don
maravilloso que Dios nos ha dado para que cuidemos de él y lo utilicemos en beneficio de
todos, siempre con gran respeto y gratitud. (21 de mayo de 2014)
La fe y el testimonio cristiano se enfrenta a desafíos tales, que sólo uniendo nuestros
esfuerzos podremos hacer un servicio efectivo a la familia humana y permitir a la luz de
Cristo llegar a todos los rincones oscuros de nuestro corazón y de nuestro mundo. Que el
camino de la reconciliación y la paz entre nuestras comunidades siga acercándonos, para
que, movidos por el Espíritu Santo, podamos traer vida a todos, y traerla en abundancia (cf.
Jn 10:10). (16 de febrero de 2015, Escocia)
Los bienes están destinados a todos, y aunque uno ostente su propiedad, que es lícito, pesa
sobre ellos una hipoteca social. Siempre. Se supera así el concepto económico de justicia,
basado en el principio de compraventa, con el concepto de justicia social, que defiende el
derecho fundamental de la persona a una vida digna. (7 de julio de 2015, Sociedad civil)
La migración, la concentración urbana, el consumismo, la crisis de la familia, la falta de
trabajo, las bolsas de pobreza producen incertidumbre y tensiones que constituyen una
amenaza a la convivencia social. Las normas y las leyes, así como los proyectos de la
comunidad civil, han de procurar la inclusión, abrir espacios de diálogo, espacios de
encuentro y así dejar en el doloroso recuerdo cualquier tipo de represión, el control
desmedido y la merma de libertades. La esperanza de un futuro mejor pasa por ofrecer
oportunidades reales a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes, creando empleo, con un
crecimiento económico que llegue a todos, y no se quede en las estadísticas
macroeconómicas, crear un desarrollo sostenible que genere un tejido social firme y bien
cohesionado. Si no hay solidaridad esto es imposible. (7 de julio de 2015, Sociedad civil)
Cada uno a su manera, todos los aquí presentes compartimos la vocación de trabajar por el
bien común. Ya hace 50 años, el Concilio Vaticano II definía el bien común como “el
conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de
sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección”. … Que este esfuerzo
ayude siempre a crecer en un mayor respeto a la persona humana en cuanto tal, con
derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral, a la paz social, es decir,
la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular
a la justicia distributiva (cf. Enc. Laudato si’, 157). Que la riqueza se distribuya, dicho
sencillamente. (8 de julio de 2015, Autoridades)
El bien común, en cambio, es algo más que la suma de intereses individuales; es un pasar
de lo que “es mejor para mí” a lo que “es mejor para todos”, e incluye todo aquello que da
cohesión a un pueblo: metas comunes, valores compartidos, ideales que ayudan a levantar
la mirada, más allá de los horizontes particulares. (8 de julio de 2015, Autoridades)
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es
un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata
de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los
bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad
anterior a la propiedad privada. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
13
Queridos amigos, en la voluntad de servicio y de trabajo por el bien común, los pobres y
necesitados han de ocupar un lugar prioritario. (10 de julio de 2015)
Los fieles laicos, llamados a animar las realidades temporales con el fermento evangélico,
no pueden abstenerse de trabajar también dentro de los procesos políticos dirigidos al bien
común. (12 de noviembre de 2015, Obispos)
No puede haber una renovación de nuestra relación con la naturaleza, sin una renovación de
la humanidad misma (cf. Laudato si’, 118). En la medida en que nuestras sociedades
experimentan divisiones, ya sea étnicas, religiosas o económicas, todos los hombres y
mujeres de buena voluntad están llamados a trabajar por la reconciliación y la paz, el
perdón y la sanación. La tarea de construir un orden democrático sólido, de fortalecer la
cohesión y la integración, la tolerancia y el respeto por los demás, está orientada
primordialmente a la búsqueda del bien común. La experiencia demuestra que la violencia,
los conflictos y el terrorismo que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación
nacen de la pobreza y la frustración. En última instancia, la lucha contra estos enemigos de
la paz y la prosperidad debe ser llevada a cabo por hombres y mujeres que creen en ella sin
temor, y dan testimonio creíble de los grandes valores espirituales y políticos que inspiraron
el nacimiento de la nación. (25 de noviembre de 2015)
Les animo a trabajar con integridad y transparencia por el bien común, y fomentar un
espíritu de solidaridad en todos los ámbitos de la sociedad. Yo les exhorto, en particular, a
preocuparse verdaderamente por las necesidades de los pobres, las aspiraciones de los
jóvenes y una justa distribución de los recursos naturales y humanos con que el Creador ha
bendecido a su país. (25 de noviembre de 2015)
Renuevo el propósito de esta Iglesia particular de contribuir cada vez más a la promoción
del bien común, especialmente a través de la búsqueda de la paz y la reconciliación. La
búsqueda de la paz y la reconciliación. No me cabe duda de que las autoridades
centroafricanas, actuales y futuras, se esforzarán sin descanso para garantizar a la Iglesia
unas condiciones favorables para el cumplimiento de su misión espiritual. Así podrá
contribuir todavía más a “promover a todos los hombres y a todo el hombre” (Populorum
progressio, 14), por usar la feliz expresión de mi predecesor, el beato Papa Pablo VI, que
hace casi 50 años fue el primer Papa de los últimos tiempos que vino a África, para
alentarla y confirmarla en el bien, en el alba de un nuevo amanecer. (28 de noviembre de
2015, Clase dirigente)
En el Evangelio de hoy hay una pregunta que se repite tres veces: “¿Qué cosa tenemos que
hacer?” (Lc 3:10, 12, 14). Se la dirigen a Juan el Bautista tres categorías de personas:
primero, la multitud en general; segundo, los publicanos, es decir los cobradores de
impuestos; y tercero, algunos soldados. Cada uno de estos grupos pregunta al profeta qué
debe hacer para realizar la conversión que él está predicando. A la pregunta de la multitud
Juan responde que compartan los bienes de primera necesidad. Al primer grupo, a la
multitud, le dice que compartan los bienes de primera necesidad, y dice así: “El que tenga
dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo” (v.
11). Después, al segundo grupo, al de los cobradores de los impuestos les dice que no
exijan nada más que la suma debida (cf. v. 13). ¿Qué quiere decir esto? No pedir sobornos.
Es claro el Bautista. Y al tercer grupo, a los soldados les pide no extorsionar a nadie y de
14
acontentarse con su salario (cf. v. 14). Son las respuestas a las tres preguntas de estos
grupos. Tres respuestas para un idéntico camino de conversión que se manifiesta en
compromisos concretos de justicia y de solidaridad. Es el camino que Jesús indica en toda
su predicación: el camino del amor real en favor del prójimo. (13 de diciembre de 2015)
La gracia de Cristo, que lleva a su cumplimiento la esperanza de la salvación, nos empuja a
cooperar con él en la construcción de un mundo más justo y fraterno, en el que todas las
personas y todas las criaturas puedan vivir en paz, en la armonía de la creación originaria
de Dios. (1 de enero de 2016, Santa María)
En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el
anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad,
la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz. (15 de
febrero de 2016, Homilía)
El lucro y el capital no son un bien por encima del hombre, están al servicio del bien
común. Y, cuando el bien común es forzado para estar al servicio del lucro, y el capital la
única ganancia posible, eso tiene un nombre, se llama exclusión, y así se va consolidando la
cultura del descarte: ¡Descartado! ¡Excluido! (17 de febrero de 2016, Mundo del trabajo)
La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles para el bien común, si
se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero cuando, como
ocurre con demasiada frecuencia, se viven como un privilegio, con egoísmo y prepotencia,
se transforman en instrumentos de corrupción y muerte. (24 de febrero de 2016)
A la concepción moderna del intelectual, empeñado en la realización de sí mismo y en
busca de reconocimiento personal, a menudo sin tener en cuenta el prójimo, es necesario
contraponer un modelo más solidario, que trabaje por el bien común y por la paz. Sólo así
el mundo intelectual se vuelve capaz de construir una sociedad más sana. Quien tiene el
don de poder estudiar tiene también una responsabilidad de servicio por el bien de la
humanidad. El saber es una vía privilegiada para el desarrollo integral de la sociedad; y el
ser estudiantes en un país distinto del propio, en otro horizonte cultural, permite aprender
nuevos idiomas, nuevos usos y costumbres. Permite mirar el mundo desde otra perspectiva
y abrirse sin temor al otro y al diferente. Esto lleva a los estudiantes, y a los que los acogen,
a volverse más tolerantes y hospitalarios. Al aumentar las habilidades sociales, crece la
confianza en uno mismo y en los otros, los horizontes se expanden, la visión del futuro se
amplía y nace el deseo de construir juntos el bien común. (1 de diciembre de 2016)
Aquello de lo que estamos hablando es del bien común de la humanidad, del derecho de
cada persona de tener parte de los recursos de este mundo y de tener las mismas
oportunidades para desarrollar su potencial, potencialidad que en un último análisis se basa
en la dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. Nuestro gran desafío es
el de responder a los niveles globales de injusticia promoviendo un sentido de
responsabilidad local, es más, personal, de manera que nadie quede excluido de la
participación social. Por lo tanto, la pregunta que debemos plantearnos es cuál es la mejor
manera de animarnos los unos a los otros y motivar a nuestras respectivas comunidades
para responder al sufrimiento y las necesidades que vemos, tanto lejos como entre nosotros.
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La renovación, la purificación y el refuerzo de sólidos modelos económicos depende de
nuestra personal conversión y generosidad hacia los necesitados. (3 de diciembre de 2016)
Se trata todavía de integrar la dimensión individual y la comunitaria. Es innegable que
seamos hijos de una cultura, por lo menos en el mundo occidental, que ha exaltado al
individuo hasta hacer como una isla, casi como si se pudiera ser felices solos. Por otra
parte, no faltan visiones ideológicas y poderes políticos que han aplastado a la persona, la
han masificado y privado de esa libertad sin la cual el hombre ya no se siente hombre. A tal
masificación están interesados también poderes económicos que quieren aprovechar la
globalización, en lugar de favorecer una mayor repartición entre los hombres, simplemente
para imponer un mercado global del cual son ellos mismos quienes dictan las reglas y
obtienen provecho. El yo y la comunidad no son competidores entre sí, pero el yo puede
madurar solo en presencia de relaciones interpersonales auténticas y la comunidad es
generadora cuando lo son todos y singularmente sus componentes. Esto vale aún más para
la familia, que es la primera célula de la sociedad y en la cual se aprende a vivir juntos. (4
de abril de 2017)
Como dice el conocido dicho egipcio: “Después de mí, el diluvio”. Es la tentación de los
egoístas que por el camino pierden la meta y, en vez de pensar en los demás, piensan sólo
en sí mismos, sin experimentar ningún tipo de vergüenza, más bien al contrario, se
justifican. La Iglesia es la comunidad de los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación
de un miembro está vinculada a la santidad de todos (cf. 1Co 12,12-27; Lumen gentium, 7).
El individualista es, en cambio, motivo de escándalo y de conflicto. (29 de abril de 2017,
Viaje apostólico)
16
Caridad/Amor
A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta
mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio,
y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que
tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto,
rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y
acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más
débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al
hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-
46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar. (19 de marzo de 2013)
Vosotros nos decís que amar a Dios y al prójimo no es algo abstracto, sino profundamente
concreto: quiere decir ver en cada persona el rostro del Señor que hay que servir, y servirle
concretamente. Y vosotros sois, queridos hermanos y hermanas, el rostro de Jesús. (21 de
mayo de 2013)
Para nosotros, cristianos, el amor al prójimo nace del amor de Dios y es de ello la más
límpida expresión. Aquí se busca amar al prójimo, pero también dejarse amar por el
prójimo. Estas dos actitudes caminan juntas; no puede haber una sin la otra. En el papel con
membrete de las Misioneras de la Caridad están impresas estas palabras de Jesús: “Todo lo
que hayáis hecho a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,
40). Amar a Dios en los hermanos y amar a los hermanos en Dios. (21 de mayo de 2013)
“Dios es amor”. No es un amor sentimental, emotivo, sino el amor del Padre que está en el
origen de cada vida, el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu
que renueva al hombre y el mundo. Pensar en que Dios es amor nos hace mucho bien,
porque nos enseña a amar, a darnos a los demás como Jesús se dio a nosotros, y camina con
nosotros. Jesús camina con nosotros en el camino de la vida. (26 de mayo de 2013)
Un Dios “que se hace cercano por amor —añadió— y camina con su pueblo. Y este
caminar llega a un punto inimaginable: jamás se podría pensar que el Señor mismo se hace
uno de nosotros y camina con nosotros, y permanece con nosotros, permanece en su Iglesia,
se queda en la Eucaristía, se queda en su Palabra, se queda en los pobres y se queda con
nosotros caminando. Esta es la cercanía. El pastor cercano a su rebaño, a sus ovejas, a las
que conoce una por una”. (7 de junio de 2013, Sagrado Corazón)
Jesús “quiso mostrarnos su corazón como el corazón que tanto amó. Por ello hoy hacemos
esta conmemoración. Sobre todo del amor de Dios. Dios nos ha amado, nos ha amado
mucho. Pienso en lo que nos decía san Ignacio; … nos indicó dos criterios sobre el amor.
Primero: el amor se manifiesta más en las obras que en las palabras. Segundo: el amor está
más en dar que en recibir”. (7 de junio de 2013, Sagrado Corazón)
Estos dos criterios son como pilares del verdadero amor: las obras y darse. (7 de junio de
2013, Sagrado Corazón)
¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo
según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo,
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que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único
Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando
divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto
camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu
Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos
o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno
del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas
guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas!
Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán
hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy
hagamos una cosa. (12 de junio de 2013)
La luz de la fe, unida a la verdad del amor, no es ajena al mundo material, porque el amor
se vive siempre en cuerpo y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la
vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en
ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio. (29 de junio de
2013, no. 34)
En el Evangelio leemos la parábola del Buen Samaritano, que habla de un hombre asaltado
por bandidos y abandonado medio muerto al borde del camino. La gente pasa, mira y no se
para, continúa indiferente el camino: no es asunto suyo. No se dejen robar la esperanza.
Cuántas veces decimos: no es mi problema. Cuántas veces miramos a otra parte y hacemos
como si no vemos. Sólo un samaritano, un desconocido, ve, se detiene, lo levanta, le tiende
la mano y lo cura (cf. Lc 10, 29-35). Queridos amigos, creo que aquí, en este hospital, se
hace concreta la parábola del Buen Samaritano. Aquí no existe indiferencia, sino atención,
no hay desinterés, sino amor. (24 de julio de 2013, Providencia)
Nuestras misiones tienen este objetivo: identificar las necesidades materiales e inmateriales
de las personas y buscar satisfacerlas como podamos. ¿Usted sabe qué es el “ágape”? Es el
amor por los demás, como nuestro Señor lo predicó. No es proselitismo, es amor. Amor por
el prójimo, levadura que sirve al bien común. (1 de octubre de 2013)
Una fe vivida de modo serio suscita comportamientos de caridad auténtica. (31 de octubre
de 2013)
El verdadero discípulo del Señor se compromete personalmente en un ministerio de la
caridad, que tiene como dimensión las multiformes e inagotables pobrezas del hombre. (31
de octubre de 2013)
Cada día estamos llamados todos a convertirnos en una “caricia de Dios” para aquellos que
tal vez han olvidado las primeras caricias, que tal vez jamás en su vida han sentido una
caricia. (31 de octubre de 2013)
Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los
demás, ya no entran los pobres. (24 de noviembre de 2013, no. 2)
Lo que cuenta es ante todo “la fe que se hace activa por la caridad” (Ga 5,6). Las obras de
amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu:
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“La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en
la fe que obra por el amor”. (24 de noviembre de 2013, no. 37)
El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en
los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en
ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta
respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la
Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor
peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos
doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje
correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener “olor a Evangelio”. (24 de
noviembre de 2013, no. 39)
En una civilización paradójicamente herida de anonimato, y a la vez obsesionada por los
detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la
Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro
cuantas veces sea necesario. (24 de noviembre de 2013, no. 169)
La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su
existencia. Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad,
compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y
espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres,
lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo.
(24 de noviembre de 2013, no. 269)
Benedicto XVI ha dicho que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en
ciegos ante Dios”, y que el amor es en el fondo la única luz que “ilumina constantemente a
un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”. Por lo tanto, cuando vivimos la
mística de acercarnos a los demás y de buscar su bien, ampliamos nuestro interior para
recibir los más hermosos regalos del Señor. Cada vez que nos encontramos con un ser
humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez
que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a
Dios. Como consecuencia de esto, si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos
dejar de ser misioneros. (24 de noviembre de 2013, no. 272)
“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo, en
cambio, os digo: ‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen’ (Mt 5, 43-
44). A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar
recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones
humanas, en las familias, en las comunidades y en el mundo. (23 de febrero de 2014)
“Sois templo de Dios…; santo es el templo de Dios, que sois vosotros” (1 Co 3, 16-17). En
este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del
perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como
profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay
cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra
puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo.
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Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y
destinada a otra cosa. (23 de febrero de 2014)
El don de piedad significa ser verdaderamente capaces de gozar con quien experimenta
alegría, llorar con quien llora, estar cerca de quien está solo o angustiado, corregir a quien
está en el error, consolar a quien está afligido, acoger y socorrer a quien pasa necesidad.
Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad
que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con
Dios, al servicio de los demás con mansedumbre. (4 de junio de 2014)
Dar el primado a Dios significa tener el valor de decir no al mal, no a la violencia, no a los
atropellos, para vivir una vida de servicio a los demás y en favor de la legalidad y del bien
común. Cuando una persona descubre a Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de
vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios. Quien llega a
ser amigo de Dios, ama a los hermanos, se compromete en salvaguardar su vida y su salud
incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza. (26 de julio de 2014, Homilía)
En su vida cristiana tendrán muchas veces la tentación, como los discípulos en la lectura del
Evangelio de hoy, de apartar al extranjero, al necesitado, al pobre y a quien tiene el corazón
destrozado. Estas personas siguen gritando como la mujer del Evangelio: “Señor,
socórreme”. La petición de la mujer cananea es el grito de toda persona que busca amor,
acogida y amistad con Cristo. Es el grito de tantas personas en nuestras ciudades anónimas,
de muchos de nuestros contemporáneos y de todos los mártires que aún hoy sufren
persecución y muerte en el nombre de Jesús: “Señor, socórreme”. Este mismo grito surge a
menudo en nuestros corazones: “Señor, socórreme”. No respondamos como aquellos que
rechazan a las personas que piden, como si atender a los necesitados estuviese reñido con
estar cerca del Señor. No, tenemos que ser como Cristo, que responde siempre a quien le
pide ayuda con amor, misericordia y compasión. (17 de agosto de 2014, Juventud)
En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los
demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a
Dios y al prójimo es el primero no porque está en la cima de la lista de los mandamientos.
Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo
debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia. (26 de octubre de 2014)
Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo,
comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más débiles, como el
extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús conduce hacia su realización esta
ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un
único misterio de amor. Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la
fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida de piedad
del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos
ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de
la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida
de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo
amo. Y la fe es el alma del amor. (26 de octubre de 2014)
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[Jesús] nos entrega dos rostros, es más, un solo rostro, el de Dios que se refleja en muchos
rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil,
indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. Y deberíamos
preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer
en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de hacer esto? De este modo Jesús ofrece a cada
hombre el criterio fundamental sobre el cual edificar la propia vida. Pero Él, sobre todo, nos
donó el Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón
libre y generoso. (26 de octubre de 2014)
La fe abre la puerta de la caridad haciéndonos que deseemos imitar a Jesús, nos insta al
bien, dándonos el valor para actuar siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano. (20 de
diciembre de 2014)
Jesús, que vino al mundo para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos
los hombres, muestra una predilección particular por quienes están heridos en el cuerpo y
en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados.
Así, Él se revela médico, tanto de las almas como de los cuerpos, buen samaritano del
hombre. Es el verdadero Salvador: Jesús salva, Jesús cura, Jesús sana. (8 de febrero de
2015)
Quien se nutre con fe de Cristo Pan vivo su amor lo impulsa a dar la vida por los hermanos,
a salir, a ir al encuentro de quien es marginado y despreciado. (4 de marzo de 2015,
Focolares)
La vocación cristiana es sobre todo una llamada de amor que atrae y que se refiere a algo
más allá de uno mismo, descentra a la persona, inicia un “camino permanente, como un
salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de
este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios”
(Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 6). (29 de marzo de 2015)
Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y
extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa
compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que
le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes
muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino
la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus
necesidades más reales. (11 de abril de 2015, no. 8)
Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para
indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace
visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su
misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se
verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros.
Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de
alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor
misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es
misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.
(11 de abril de 2015, no. 9)
21
Esto es lo que se me ocurre decirte. Que esto no sea para nosotros simple beneficencia, sino
que convierta nuestro corazón. Y esta inquietud que te da el Espíritu Santo para encontrar
caminos para ayudar, para promover a los hermanos y hermanas, esto te une a Jesucristo:
esto es penitencia, esto es cruz, pero esto es alegría. Una alegría grande, grande, grande que
te da el Espíritu cuando das esto. (30 de abril de 2015)
Lo que hace que un joven no se jubile es el deseo de amar, el deseo de dar lo más hermoso
que tiene el hombre, lo más hermoso que tiene Dios, porque la definición de Dios que da
san Juan es “Dios es amor”. Y cuando el joven ama, vive, crece, no se jubila. Crece, crece,
crece y da. (21 de junio de 2015, Jóvenes)
El amor tiene dos ejes sobre los que se mueve, y si una persona, un joven, no tiene estos
dos ejes, estas dos dimensiones del amor, no es amor. Ante todo, el amor está más en las
obras que en las palabras: el amor es concreto… El amor es concreto, está más en las
obras que en las palabras… El amor se da… Y la segunda dimensión, el segundo eje sobre
el que gira el amor, es que el amor siempre se comunica, es decir, el amor escucha y
responde, el amor se manifiesta en el diálogo, en la comunicación: se comunica. (21 de
junio de 2015, Jóvenes)
Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro,
esa proximidad del día a día, con sus miserias, porque las hay, las tenemos, y sus heroísmos
cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos
sino a partir del encuentro genuino entre personas. Necesitamos instaurar esta cultura del
encuentro, porque ni los conceptos ni las ideas se aman. Nadie ama un concepto, nadie ama
una idea; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres
y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros, rostros y nombres que
llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias
olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la
exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar
este mundo. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos
a los que “se vive”, se usa, se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de
servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien Él sirve. Su amor cura
nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo
políticamente correcto. (21 de septiembre de 2015, Homilía)
Dejémonos mirar por el Señor en la oración, en la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros
hermanos, especialmente en aquellos que se sienten dejados, más solos. Y aprendamos a
mirar como Él nos mira. Compartamos su ternura y su misericordia con los enfermos, los
presos, los ancianos, las familias en dificultad. Una y otra vez somos llamados a aprender
de Jesús que mira siempre lo más auténtico que vive en cada persona, que es precisamente
la imagen de su Padre. (21 de septiembre de 2015, Homilía)
Esa caridad que nace de la llamada de un Dios que sigue golpeando nuestra puerta, la
puerta de todos para invitarnos al amor, a la compasión, a la entrega de unos por otros.
Jesús sigue golpeando nuestras puertas, nuestra vida. No lo hace mágicamente, no lo hace
con artilugios o con carteles luminosos o con fuegos artificiales. Jesús sigue golpeando
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nuestra puerta en el rostro del hermano, en el rostro del vecino, en el rostro del que está a
nuestro lado. (24 de septiembre de 2015, Sintecho)
En la oración, todos aprendemos a decir Padre, papá, y cuando decimos Padre, papá, nos
encontramos como hermanos. En la oración, no hay ricos o pobres, hay hijos y hermanos.
En la oración no hay personas de primera o de segunda, hay fraternidad. En la oración es
donde nuestro corazón encuentra fuerza para no volverse insensible, frío ante las
situaciones de injusticias. En la oración, Dios nos sigue llamando y levantando a la caridad.
(24 de septiembre de 2015, Sintecho)
Jesús quiere ponernos en guardia también a nosotros, hoy, del pensar que la observancia
exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como entonces para los fariseos,
existe también para nosotros el peligro de creernos en lo correcto, o peor, mejores que los
demás por el solo hecho de observar las reglas, las costumbres, aunque no amemos al
prójimo, seamos duros de corazón, soberbios y orgullosos. La observancia literal de los
preceptos es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actitudes concretas:
abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra, buscar la justicia y la paz, socorrer a los
pobres, a los débiles, a los oprimidos. (30 de agosto de 2015)
Contemplando a la Familia de Nazaret, el hermano Charles se percató de la esterilidad del
afán por las riquezas y el poder; con el apostolado de la bondad se hizo todo para todos;
atraído por la vida eremítica, entendió que no se crece en el amor de Dios evitando la
servidumbre de las relaciones humanas, porque amando a los otros es como se aprende a
amar a Dios; inclinándose al prójimo es como nos elevamos hacia Dios. A través de la
cercanía fraterna y solidaria a los más pobres y abandonados entendió que, a fin de cuentas,
son precisamente ellos los que nos evangelizan, ayudándonos a crecer en humanidad. (3 de
octubre de 2015, Asamblea)
Descubrimos así, como dijo don Guanella, que “el amor al prójimo es el consuelo de la
vida”. (12 de noviembre de 2015, Familia)
Don Guanella, que recomendaba mirar a Jesús a partir de su corazón, nos invita a mirar con
la misma mirada del Señor: una mirada que infunde esperanza y alegría, capaz, a la vez, de
experimentar un “vivo sentimiento de compasión” hacia los que sufren. (12 de noviembre
de 2015, Familia)
La carestía más grande es la de la caridad: hacen falta sobre todo personas con ojos
renovados por el amor y miradas que infundan esperanza. Porque “el amor hará que se
encuentren maneras y discursos para confortar a quien es débil”, decía de nuevo vuestro
fundador. (12 de noviembre de 2015, Familia)
¿Que nos dirá Jesús para abrirnos las puertas del cielo? “Estaba hambriento y me diste de
comer; no tenía un techo y me has dado una casa; estaba enfermo y has venido a visitarme;
estaba en la cárcel y has venido a verme” (cf. Mt 25, 35-36). Jesús está en la humildad. (18
de diciembre de 2015)
El amor verdadero, en efecto, no es un acto exterior, no es dar algo de modo paternalista
para tranquilizar la conciencia, sino aceptar a quien necesita de nuestro tiempo, de nuestra
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amistad, de nuestra ayuda. Es vivir el servicio, venciendo la tentación de complacernos. (10
de febrero de 2016)
Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o
permitir que nos traten como objetos. (19 de marzo de 2016, no. 92)
En todo el texto se ve que Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento,
sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo “amar” en hebreo: es “hacer el
bien”. Como decía san Ignacio de Loyola, “el amor se debe poner más en las obras que en
las palabras”. Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la
felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin
reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir. (19 de marzo de 2016, no. 94)
El amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, “sin esperar nada a cambio”
(Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es “dar la vida” por los demás (Jn 15,13).
(19 de marzo de 2016, no. 102)
Esto me recuerda aquellas palabras de Martin Luther King, cuando volvía a optar por el
amor fraterno aun en medio de las peores persecuciones y humillaciones: “La persona que
más te odia, tiene algo bueno en él; incluso la nación que más odia, tiene algo bueno en
ella; incluso la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que
miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la ‘imagen
de Dios’, comienzas a amarlo ‘a pesar de’. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios
allí. Hay un elemento de bondad del que nunca puedes deshacerte…” (19 de marzo de 2016,
no. 118)
Si Dios ha llorado, también yo puedo llorar sabiendo que se me comprende. El llanto de
Jesús es el antídoto contra la indiferencia ante el sufrimiento de mis hermanos. Ese llanto
enseña a sentir como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del sufrimiento y las
dificultades de las personas que viven en las situaciones más dolorosas. (5 de mayo de
2016).
Vemos cuánta tristeza hay en muchos de los rostros que encontramos. Cuántas lágrimas se
derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman
como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas
son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado
violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños… Hay
ojos que a menudo se quedan mirando fijos la puesta del sol y que apenas consiguen ver el
alba de un nuevo día. Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del
Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el
consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos (cf. Is 25:8;
Ap 7:17; 21:4). (5 de mayo de 2016)
“Amor est in via”, recordaba San Bernardo, el amor está siempre en la calle, el amor está
siempre en el camino. Con Don Orione, yo también os exhorto a no permanecer encerrados
en vuestros ambientes, sino a salir “afuera”. Hay tanta necesidad de sacerdotes y religiosos
que no se detengan solo en las instituciones de la caridad —también necesarias— sino que
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sepan ir más allá de sus fronteras, para llevar a cada ambiente, incluso al más lejano, el
perfume de la caridad de Cristo. (27 de mayo de 2016)
No los cálculos ni los intereses, sino el amor humilde y generoso atrae la misericordia del
Padre, la bendición de Cristo y la abundancia del Espíritu Santo. (25 de junio de 2016,
Oración por la paz)
Jesús busca corazones abiertos y tiernos con los débiles, nunca duros. (30 de julio de 2016,
Homilía)
En esta tarde, queridos jóvenes, el Señor os invita de nuevo a que seáis protagonistas de
vuestro servicio; quiere hacer de vosotros una respuesta concreta a las necesidades y
sufrimientos de la humanidad; quiere que seáis un signo de su amor misericordioso para
nuestra época. Para cumplir esta misión, él os señala la vía del compromiso personal y del
sacrificio de sí mismo: es la vía de la cruz. La vía de la cruz es la vía de la felicidad de
seguir a Cristo hasta el final, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida
cotidiana; es la vía que no teme el fracaso, el aislamiento o la soledad, porque colma el
corazón del hombre de la plenitud de Cristo. La vía de la cruz es la vía de la vida y del
estilo de Dios, que Jesús manda recorrer a través también de los senderos de una sociedad a
veces dividida, injusta y corrupta. (29 de julio de 2016, Vía Crucis)
Mirando a nuestro alrededor, comprobamos que el hombre y la mujer de hoy, están
sedientos de Dios. Ellos son la carne viva de Cristo, que grita “tengo sed” de una palabra
auténtica y liberadora, de un gesto fraterno y de ternura… Cuanto más se salga a saciar la
sed del prójimo, tanto más seremos predicadores de verdad, de esa verdad anunciada por
amor y misericordia, de la que habla santa Catalina de Siena (cf. Libro della Divina
Dottrina, 35). (4 de agosto de 2016, Dominicos)
El amor de Dios nos sale al encuentro, como un río en crecida que nos arrolla pero sin
aniquilarnos… Cuanto más nos dejamos involucrar por este amor, tanto más se regenera
nuestra vida. (3 de septiembre de 2016)
El compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada
discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor. (4 de
septiembre de 2016)
A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos
reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver (cf. Jn 1, 18). (4 de septiembre de 2016)
[Madre Teresa] nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción
es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin
distinción de lengua, cultura, raza o religión. (4 de septiembre de 2016)
Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades. El
Señor nos lo pide hoy: ante los muchos Lázaros que vemos, estamos llamados a
inquietarnos, a buscar caminos para encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o
decir: “Te ayudaré mañana, hoy no tengo tiempo, te ayudaré mañana”. Y esto es un pecado.
El tiempo para ayudar es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es nuestro
tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra. (25 de septiembre de 2016)
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Nos sostiene en esto el amor que transformó la vida de los Apóstoles. Es el amor sin igual,
que el Señor ha encarnado: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus
amigos” (Jn 15,13); y que nos lo ha dado para que nos amemos unos a otros como él nos ha
amado (cf. Jn 15,12)… Realmente el amor del Señor nos eleva, porque nos permite
alzarnos por encima de las incomprensiones del pasado, de los cálculos del presente y de
los temores del futuro. (30 de septiembre de 2016, Discurso en Georgia)
En las próximas Catequesis nos detendremos sobre estas obras, que la Iglesia nos presenta
como el modo concreto de vivir la misericordia. En el curso de los siglos, muchas personas
simples las han puesto en práctica, dando así genuino testimonio de su fe. La Iglesia por
otra parte, fiel a su Señor, nutre un amor preferencial por los más débiles. A menudo son las
personas más cercanas a nosotros las que necesitan nuestra ayuda. No debemos ir en busca
de quién sabe cuáles empresas por realizar. Es mejor iniciar por las más simples, que el
Señor nos indica como las más urgentes. En un mundo desgraciadamente afectado por el
virus de la indiferencia, las obras de misericordia son el mejor antídoto. Nos educan,
efectivamente, a ocuparnos de las exigencias más elementales de nuestros “hermanos más
pequeños” (Mt 25, 40), en los cuales está presente Jesús. Siempre Jesús está presente allí.
Donde hay necesidad, una persona que tiene una necesidad, sea material que espiritual,
Jesús está ahí. Reconocer su rostro en el de quien se encuentra necesitado es un verdadero
desafío contra la indiferencia. (12 de octubre de 2016, Audiencia general)
Pedimos el mandamiento nuevo que Jesús nos dio: “Que os améis unos a otros; como yo os
he amado” (Jn 13,34); es lo que nosotros le imploramos que nos dé: su amor para ser
capaces de amar. Dios nos da de muchas maneras este amor; Dios siempre nos está dando
este amor y se hace presente en nuestra vida. Miramos al pasado y damos gracias por tantos
dones recibidos. (20 de octubre de 2016)
En esto [Jesús] es muy claro, no anda con vueltas ni eufemismos: Amen a sus enemigos,
hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los
difaman… Al enemigo, al que te odia, al que te maldice o difama: ámalo, hazle el bien,
bendícelo y ruega por él… El enemigo es alguien a quien debo amar. En el corazón de Dios
no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras y
clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para sacárselos de encima.
El amor de Dios tiene sabor a fidelidad con las personas, porque es amor de entrañas, un
amor maternal/paternal que no las deja abandonadas, incluso cuando se hayan equivocado.
Nuestro Padre no espera a amar al mundo cuando seamos buenos, no espera a amarnos
cuando seamos menos injustos o perfectos; nos ama porque eligió amarnos, nos ama porque
nos ha dado el estatuto de hijos. Nos ha amado incluso cuando éramos enemigos suyos (cf.
Rm 5,10). El amor incondicionado del Padre para con todos ha sido, y es, verdadera
exigencia de conversión para nuestro pobre corazón que tiende a juzgar, dividir, oponer y
condenar. Saber que Dios sigue amando incluso a quien lo rechaza es una fuente ilimitada
de confianza y estímulo para la misión. Ninguna mano sucia puede impedir que Dios ponga
en esa mano la Vida que quiere regalarnos. (19 de noviembre de 2016)
Como se puede ver, queridos hermanos y hermanas, estas dos obras de misericordia
tampoco están lejos de nuestra vida. Cada uno de nosotros puede esforzarse en vivirlas para
poner en práctica la palabra del Señor cuando dice que el misterio del amor de Dios no ha
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sido revelado a los sabios e inteligentes, sino a los pequeños (cf. Lc 10, 21; Mt 11. 25—26).
Por lo tanto, la enseñanza más profunda que estamos llamados a transmitir y la certeza más
segura para salir de la duda, es el amor de Dios con el cual hemos sido amados (cf. 1 Gv 4,
10). Un amor grande, gratuito y dado para siempre ¡Dios nunca da marcha atrás con su
amor! Sigue siempre hacia adelante y espera; dona su amor para siempre, del cual debemos
sentir una fuerte responsabilidad, para ser testimonios ofreciendo misericordia a nuestros
hermanos. (23 de noviembre de 2016)
Oh María, nuestra Madre Inmaculada,
en el día de tu fiesta vengo a ti, y no vengo solo:
Traigo conmigo a todos aquellos que tu Hijo me ha confiado,
en esta ciudad de Roma y en el mundo entero,
para que tú los bendigas y los salves de los peligros.
Te traigo, Madre, a los niños,
especialmente aquellos solos, abandonados,
que por ese motivo son engañados y explotados.
Te traigo, Madre, a las familias,
que llevan adelante la vida y la sociedad
con su compromiso cotidiano y escondido;
en modo particular a las familias que tienen más dificultades
por tantos problemas internos y externos.
Te traigo, Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres,
y te encomiendo especialmente a quien, por necesidad,
se esfuerza por desempeñar un trabajo indigno
y a quien el trabajo lo ha perdido o no puede encontrarlo.
Necesitamos tu mirada inmaculada,
para recuperar la capacidad de mirar a las personas y cosas
con respeto y reconocimiento
sin intereses egoístas o hipocresías.
Necesitamos de tu corazón inmaculado,
para amar en modo gratuito
sin segundos fines, sino buscando el bien del otro,
con sencillez y sinceridad, renunciando a máscaras y maquillajes.
Necesitamos tus manos inmaculadas,
para acariciar con ternura,
para tocar la carne de Jesús
en los hermanos pobres, enfermos, despreciados,
para levantar a los que se han caído y sostener a quien vacila.
Necesitamos de tus pies inmaculados,
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para ir al encuentro de quienes no saben dar el primer paso,
para caminar por los senderos de quien se ha perdido,
para ir a encontrar a las personas solas.
Te agradecemos, oh Madre, porque al mostrarte a nosotros libre de toda mancha de pecado,
nos recuerdas que ante todo está la gracia de Dios,
está el amor de Jesucristo que dio su vida por nosotros,
está la fortaleza del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.
Haz que no cedamos al desánimo,
sino que, confiando en tu ayuda constante,
trabajemos duro para renovarnos a nosotros mismos,
a esta ciudad y al mundo entero.
¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios! (8 de diciembre de 2016, Oración)
La cercanía y el calor de toda la Iglesia deben hacerse todavía más intensos y cariñosos, y
deben asumir la forma exquisita de la compasión, que no es tener lástima: la compasión es
padecer con el otro, sufrir con el otro, acercarme a quien sufre; una palabra, una caricia,
pero que venga del corazón; esta es la compasión. Para quien tiene necesidad del conforto y
la consolación. Esto es importante más que nunca: la esperanza cristiana no puede
prescindir de la caridad genuina y concreta. (8 de febrero de 2017)
El peligro es negar al prójimo y así, sin darnos cuenta, negar su humanidad, nuestra
humanidad, negarnos a nosotros mismos, y negar el más importante de los mandamientos
de Jesús. Esa es la deshumanización. Pero existe una oportunidad: que la luz del amor al
prójimo ilumine la Tierra con su brillo deslumbrante como un relámpago en la oscuridad,
que nos despierte y la verdadera humanidad brote con esa empecinada y fuerte resistencia
de lo auténtico. (10 de febrero de 2017)
Sabemos bien que el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es el de amar:
amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo
como a ti mismo (cf Mateo 22,37-39), es decir estamos llamados al amor, a la caridad: y
esta es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a esta está unida
también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de
llegar a encontrar el gran amor que es el Señor. (15 de marzo de 2017)
La hipocresía puede insinuarse en cualquier parte, también en nuestra forma de amar. Esto
se verifica cuando el nuestro es un amor interesado, movido por intereses personales; y
cuántos amores interesados hay… cuando los servicios caritativos en los que parece que nos
esforzamos se cumplen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos:
“¡Pero qué bueno soy!” ¡No, esto es hipocresía! O incluso cuando tendemos a cosas que
tengan “visibilidad” para hacer una demostración de nuestra inteligencia o de nuestras
capacidades. Detrás de todo esto hay una idea falsa, engañosa, es decir, que, si amamos, es
porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un
producto de nuestro corazón. La caridad, sin embargo, es sobre todo una gracia; un regalo;
poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y él lo da con gusto, si lo pedimos. La
caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos dona
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y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los otros
si antes no es generada del encuentro con el rostro manso y misericordioso de Jesús. (15 de
marzo de 2017)
Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirse
en instrumento de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el
corazón de Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con
nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él que nos
permite, aun en nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y
celebrar las maravillas de su amor. Y se entiende entonces que todo lo que podemos vivir y
hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa
haciendo por nosotros. Es más, es Dios mismo que, habitando en nuestro corazón y en
nuestra vida, continúa haciéndose cercano y sirviendo a todos aquellos que encontramos
cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales
Él, en primer lugar, se reconoce. (15 de marzo de 2017)
Esto significa que el Señor Jesús debe convertirse siempre cada vez más en nuestro modelo:
modelo de vida y que nosotros debemos aprender a comportarnos como Él se ha
comportado. Hacer lo que hacía Jesús. La esperanza que habita en nosotros, entonces, no
puede permanecer escondida dentro de nosotros, en nuestro corazón: pues, sería una
esperanza débil, que no tiene el valor de salir fuera y hacerse ver; sino nuestra esperanza,
como se observa en el Salmo 33 citado por Pedro, debe necesariamente salir fuera, tomando
la forma exquisita e inconfundible de la dulzura, del respeto, de la benevolencia hacia el
prójimo, llegando incluso a perdonar a quien nos hace daño. Una persona que no tiene
esperanza no consigue perdonar, no consigue dar la consolación del perdón y tener la
consolación de perdonar. Sí, porque así ha hecho Jesús, y así continúa haciendo a través de
quienes le dejan espacio en su corazón y en su vida, con la conciencia de que el mal no se
vence con el mal, sino con la humildad, la misericordia y la docilidad. (5 de abril de 2017,
Audiencia)
Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la
Última Cena. Dice: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su
hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que ha
nacido un hombre en el mundo” (Juan 16, 21). Así es: donar la vida, no poseerla. Y esto es
lo que hacen las madres: dan otra vida, sufren, pero después están alegres, felices porque
han dado a luz otra vida. Da alegría; el amor da a luz la vida y da incluso sentido al dolor.
El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor
que hace ir adelante nuestra esperanza. Y cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Amo?
¿He aprendido a amar? ¿Aprendo todos los días a amar más?”, porque el amor es el motor
que hace ir adelante nuestra esperanza. (12 de abril de 2017)
La herencia viva de los mártires nos dona hoy a nosotros paz y unidad. Estos nos enseñan
que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la
violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos rezar así:
Oh Señor, haznos dignos testigos del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre
la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la
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paz al mundo entero. A ti, Señor, la gloria y a nosotros, Señor, la vergüenza (cf. Daniel 9,
7). (22 de abril de 2017)
Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y sin embargo es
precisamente allí que el maligno “mete la pata” y nosotros a veces nos dejamos engañar. Y
quienes lo pagan son las personas espiritualmente más débiles. Cuántas de ellas —y
vosotros conocéis algunas— cuántas de ellas se han alejado porque no se han sentido
acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuántas personas se
han alejado, por ejemplo, de alguna parroquia o comunidad por el ambiente de chismorreos,
de celos, de envidias que han encontrado ahí. También para un cristiano saber amar no es
nunca un dato adquirido una vez para siempre; cada día se debe empezar de nuevo, se debe
ejercitar por que nuestro amor hacia los hermanos y las hermanas que encontramos se haga
maduro y purificado por esos límites o pecados que lo hacen parcial, egoísta, estéril e infiel.
Cada día se debe aprender el arte de amar. (21 de mayo de 2017)
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Caridad/Servicio
Pero también vosotros, ayudadnos: ayudadnos siempre. Los unos a los otros. Y así,
ayudándonos, nos haremos bien. (28 de marzo de 2013, Centro Penitenciario para Menores)
No debemos olvidar nunca que el verdadero poder, en cualquier nivel, es el servicio, que
tiene su vértice luminoso en la Cruz. Benedicto XVI, con gran sabiduría, ha recordado en
más de una ocasión a la Iglesia que si para el hombre, a menudo, la autoridad es sinónimo
de posesión, de dominio, de éxito, para Dios la autoridad es siempre sinónimo de servicio,
de humildad, de amor; quiere decir entrar en la lógica de Jesús que se abaja a lavar los pies
a los Apóstoles (cf. Ángelus, 29 de enero de 2012), y que dice a sus discípulos: “Sabéis que
los jefes de los pueblos los tiranizan… No será así entre vosotros —precisamente el lema de
vuestra Asamblea, “entre vosotros no será así”—, el que quiera ser grande entre vosotros,
que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro
esclavo” (Mt 20, 25-27). (8 de mayo de 2013)
Una oración que no conduce a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo,
necesitado de ayuda, el hermano en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero, del
mismo modo, cuando … no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre
el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito
resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: “ora et labora”, reza y
trabaja. Es de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor donde nace
en nosotros la capacidad de vivir y llevar el amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia
los demás. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad
en las obras de misericordia, nos lleva al Señor, porque nosotros vemos precisamente al
Señor en el hermano y en la hermana necesitados. (21 de julio de 2013)
La vida de Jesús es una vida para los demás, la vida de Jesús es una vida para los demás. Es
una vida de servicio. (28 de julio de 2013, JMJ)
Cuando los cardenales me eligieron como Obispo de Roma y Pastor universal de la Iglesia
católica, tomé el nombre de “Francisco”, un santo muy famoso, que amó profundamente a
Dios y a todo ser humano, hasta el punto de ser llamado “hermano universal”. Él amó,
ayudó y sirvió a los necesitados, a los enfermos y los pobres; tuvo también gran cuidado de
la creación. (10 de julio de 2013)
La sola acogida no basta. No basta con dar un bocadillo si no se acompaña de la posibilidad
de aprender a caminar con las propias piernas. La caridad que deja al pobre así como es, no
es suficiente. La misericordia verdadera, la que Dios nos dona y nos enseña, pide la justicia,
pide que el pobre encuentre el camino para ya no ser tal. Pide —y lo pide a nosotros,
Iglesia, a nosotros, ciudad de Roma, a las instituciones—, pide que nadie deba tener ya
necesidad de un comedor, de un alojamiento de emergencia, de un servicio de asistencia
legal para ver reconocido el propio derecho a vivir y a trabajar, a ser plenamente persona.
(10 de septiembre de 2013)
El aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. … [Los cristianos] ayudan a tanta
gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas
esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan
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en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de
comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que
muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre.
(24 de noviembre de 2013, no. 76)
La gratuidad debería ser una de las características del cristiano, que, consciente de haber
recibido todo de Dios gratuitamente, es decir, sin mérito alguno, aprende a donar a los
demás gratuitamente. Hoy, a menudo, la gratuidad no forma parte de la vida cotidiana,
donde todo se vende y se compra. Todo es cálculo y medida. La limosna nos ayuda a vivir
la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión del poseer, del miedo a perder lo que se
tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los demás el propio bienestar. (5 de
marzo de 2014, Ceniza)
El ejemplo de los mártires nos enseña también la importancia de la caridad en la vida de fe.
La autenticidad de su testimonio de Cristo, expresada en la aceptación de la igual dignidad
de todos los bautizados, fue lo que les llevó a una forma de vida fraterna que cuestionaba
las rígidas estructuras sociales de su época. Fue su negativa a separar el doble mandamiento
del amor a Dios y amor al prójimo lo que les llevó a una solicitud tan fuerte por las
necesidades de los hermanos. Su ejemplo tiene mucho que decirnos a nosotros, que vivimos
en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más
denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos
sigue llamando, pidiéndonos que le amemos y sirvamos tendiendo la mano a nuestros
hermanos necesitados. (16 de agosto de 2014, Beatificación)
En lugares como éste, todos confirmamos nuestra fe, se nos hace más fácil creer, porque
vemos la fe hecha caridad concreta. La vemos dar luz y esperanza a situaciones de gran
dificultad; vemos que se enciende de nuevo en el corazón de personas tocadas por el
Espíritu de Jesús, que decía: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a
mí” (Mc 9, 37). Esta fe que actúa en la caridad mueve las montañas de la indiferencia, de la
incredulidad y de la indolencia, y abre los corazones y las manos para hacer el bien y
difundirlo. La Buena Noticia de que Jesús ha resucitado y está vivo en medio de nosotros
pasa a través de gestos humildes y simples de servicio a los pequeños. (21 de septiembre de
2014, Niños)
En efecto, ¿de qué otro modo podríamos seguir al Señor, si no es comprometiéndonos
personalmente en el servicio a los enfermos, a los pobres, a los moribundos y a los
necesitados? De la fe en Cristo, nacida tras reconocer nuestra necesidad de Él, que vino a
curar nuestras heridas para enriquecernos, para darnos la vida, para alimentarnos, “brota la
preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad” (Evangelii
gaudium, n. 186). Os agradezco que estéis tan cerca de los enfermos y de todos los que
sufren, brindándoles la amorosa presencia de su pastor. (6 de noviembre de 2014)
La compasión evangélica, en cambio, es la que acompaña en el momento de la necesidad,
es decir, la del buen samaritano, que “ve”, “tiene compasión”, se acerca y ofrece ayuda
concreta (cf. Lc 10, 33). (15 de noviembre de 2014)
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Si creemos en la acción libre y generosa del Espíritu, podemos comprendernos bien unos a
otros y colaborar para servir mejor a la sociedad y contribuir de modo decidido a la paz. (1
de diciembre de 2014)
“La Iglesia ‘en salida’ es la comunidad de discípulos misioneros que toman la iniciativa,
que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan… La comunidad
evangelizadora experimenta que el Señor toma la iniciativa, la ha precedido en el amor (cf.
1 Jn 4, 10); y, por eso, ella sabe dar el primer paso, tomar la iniciativa sin miedo, salir al
encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los
excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado
la infinita misericordia del Padre” (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24). (12 de
diciembre de 2014)
Interesarse por las necesidades de los pobres, los que más sufren y los que están más solos,
porque quien escogió amar a Jesús, no puede no amar al prójimo. (18 de diciembre de
2014)
Admiro el trabajo que estáis haciendo, especialmente a través de Cáritas y con la ayuda de
otras organizaciones caritativas católicas de diferentes países, ayudando a todos sin
distinción. A través del testimonio de la caridad, ofrecéis el apoyo más valioso a la vida
social y también contribuís a la paz, de la que la Región está tan hambrienta como de pan.
Pero también en el ámbito de la educación está en juego el futuro de la sociedad. Qué
importante es la educación en la cultura del encuentro, del respeto de la dignidad de la
persona y del valor absoluto de todo ser humano. (21 de diciembre de 2014).
Damos gracias a Dios, que suscita en muchos el deseo de convertirse en prójimo y seguir
así la ley de la caridad, que es el corazón del Evangelio. Pero la caridad es aún más
verdadera e influyente cuando se la vive en comunión. La comunión testimonia que la
caridad no consiste sólo en ayudar al otro, sino también en una dimensión que impregna
toda la vida y rompe todas las barreras del individualismo que nos impiden encontrarnos.
La caridad es la vida íntima de la Iglesia y se manifiesta en la comunión eclesial. (10 de
enero de 2015)
Os pido a todos, especialmente a los que podéis hacer y dar más: Por favor, ¡haced más!
Por favor, ¡dad más! Qué distinto es todo cuando sois capaces de dar vuestro tiempo,
vuestros talentos y recursos a la multitud de personas que luchan y que viven en la
marginación. Hay una absoluta necesidad de este cambio, y por ello seréis abundantemente
recompensados por el Señor. (18 de enero de 2015)
El Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos
de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor
misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser “imitadores de Cristo” (cf. 1
Cor 11, 1) ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y
de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las
personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo
de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros
tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión…
Pero yo os pregunto: vosotros, ¿cuando ayudáis a los demás, los miráis a los ojos? ¿Los
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acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿cómo ayudáis?
¿A distancia, o con ternura, con cercanía? (15 de febrero de 2015, Ángelus)
Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de
misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia,
muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el
corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La
predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos
cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras demisericordia
corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger
al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos
las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no
sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia
las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. (11 de abril de 2015,
no. 15)
Se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones
es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de
personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la
pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a
quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la
violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con
nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y
hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se
hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga…
para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No
olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestras vidas, seremos
juzgados en el amor”. (11 de abril de 2015, no. 15)
El servicio es trabajo de humildes, hoy lo hemos escuchado en el Evangelio. Jesús vino a
servir, no a ser servido. Y la esperanza es virtud de los humildes. Creo que este puede ser el
camino. Te digo con sinceridad: no se me ocurre decirte otra cosa. Humildad y servicio:
estas dos cosas custodian la pequeña esperanza, la virtud más humilde, pero la que te da la
vida. (30 de abril de 2015)
Si el amor es respetuoso, si el amor está en las obras, si el amor está en la comunicación, el
amor se sacrifica por los demás… El amor es servicio. Es servir a los demás. Cuando
Jesús, después del lavatorio de los pies, explicó el gesto a los Apóstoles, enseñó que hemos
sido creados para servirnos unos a otros, y si digo que amo pero no sirvo al otro, no ayudo
al otro, no le permito ir adelante, no me sacrifico por el otro, esto no es amor. Habéis
llevado la cruz [la cruz de la Jornada mundial de la juventud]: allí está el signo del amor. La
historia de amor de Dios comprometido en las obras y en el diálogo, con respeto, con
perdón, con paciencia durante tantos siglos de historia con su pueblo, termina allí: su Hijo
en la cruz, el servicio más grande, que es dar la vida, sacrificarse, ayudar a los demás. No
es fácil hablar de amor, no es fácil vivir el amor. (21 de junio de 2015, Jóvenes)
Y esta es la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más
importante, quién sería seleccionado como el privilegiado —¡eran los discípulos, los más
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cercanos a Jesús, y discutían sobre eso!-, quién estaría exceptuado de la ley común, de la
norma general, para destacarse en un afán de superioridad sobre los demás. Quién escalaría
más pronto para ocupar los cargos que darían ciertas ventajas. Y Jesús les trastoca su lógica
diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el
prójimo. Es decir, sirviendo. (20 de septiembre de 2015, Misa)
La invitación al servicio posee una peculiaridad a la que debemos estar atentos. Servir
significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras
familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y
angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. Amor que se
plasma en acciones y decisiones. Amor que se manifiesta en las distintas tareas que como
ciudadanos estamos invitados a desarrollar. Son personas de carne y hueso, con su vida, su
historia y especialmente con su fragilidad, las que Jesús nos invita a defender, a cuidar y a
servir. Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la
dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es
invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la
mirada concreta de los más frágiles. (20 de septiembre de 2015, Misa)
Hay un “servicio” que sirve a los otros; pero tenemos que cuidarnos del otro servicio, de la
tentación del “servicio” que “se” sirve de los otros. Hay una forma de ejercer el servicio
que tiene como interés el beneficiar a los “míos”, en nombre de lo “nuestro”. Ese servicio
siempre deja a los “tuyos” por fuera, generando una dinámica de exclusión. Todos estamos
llamados por vocación cristiana al servicio que sirve y a ayudarnos mutuamente a no caer
en las tentaciones del “servicio que se sirve”. Todos estamos invitados, estimulados por
Jesús a hacernos cargo los unos de los otros por amor. Y esto sin mirar de costado para ver
lo que el vecino hace o ha dejado de hacer. (20 de septiembre de 2015, Misa)
Queridos amigos, a través de gestos sencillos, a través de acciones sencillas y generosas,
que honran a Cristo en sus hermanos y hermanas más pequeños, conseguimos que la fuerza
de su amor entre en el mundo y lo cambie realmente. (28 de noviembre de 2015, Casa de la
Caridad)
A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios,
también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y
esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza.
Pienso —por ejemplo— en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con los que
cargan minusvalías muy pesadas, con los enfermos más graves, con los moribundos, con
los que no son capaces de expresar gratitud. A todas estas realidades nosotros llevamos la
misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en
Cristo. Debemos siempre llevar esa caricia de Dios —porque Dios nos ha acariciado con su
misericordia—, llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que llevan
un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarse con esa caricia de Dios, que es la
misma que Él nos ha dado a nosotros. (20 de febrero de 2016)
El amor no son palabras, son obras y servicio; un servicio humilde, hecho en el silencio y
escondido, como Jesús mismo dijo: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu
derecha” (Mt 6, 3). Esto comporta poner a disposición los dones que el Espíritu Santo nos
ha dado, para que la comunidad pueda crecer (cf. 1 Cor 12, 4-11). Además se expresa en el
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compartir los bienes materiales, para que nadie tenga necesidad. Este gesto de compartir y
de dedicarse a los necesitados es un estilo de vida que Dios sugiere también a muchos no
cristianos, como un camino de auténtica humanidad. (12 de marzo de 2016)
El amor, la caridad es el servicio, ayudar a los demás, servir a los demás. (12 de marzo de
2016)
Es de importancia capital promover en la sociedad el aumento del nivel de empatía, de
modo que nadie permanezca indiferente a los gritos de auxilio del prójimo, incluso cuando
está afligido por una enfermedad rara. Sabemos que a veces no se pueden encontrar
soluciones rápidas a patologías complejas, pero siempre se puede responder con solicitud a
estas personas, que a menudo se sienten abandonadas y descuidadas. La sensibilidad
humana, sin embargo, debería ser universal, independiente de las creencias religiosas, de la
condición social o del contexto cultural. (29 de abril de 2016)
En África, demasiadas madres mueren durante el parto y demasiados niños no superan el
primer mes de vida por la malnutrición y las grandes endemias. Os aliento a permanecer
entre esta humanidad herida y que sufre: es Jesús. (7 de mayo de 2016)
El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está
disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que
nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo está abierto a la sorpresa,
a las sorpresas cotidianas de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus
espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de
interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece. (29 de mayo de 2016, Diáconos)
Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es
imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin
cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más
grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22:26). (29 de mayo de 2016, Diáconos)
Dios habita donde se ama, especialmente donde se atiende, con fuerza y compasión, a los
débiles y a los pobres. Hay mucha necesidad de esto: se necesitan cristianos que no se dejen
abatir por el cansancio y no se desanimen ante la adversidad, sino que estén disponibles y
abiertos, dispuestos a servir; se necesitan hombres de buena voluntad, que con hechos y no
sólo con palabras ayuden a los hermanos y hermanas en dificultad; se necesitan sociedades
más justas, en las que cada uno tenga una vida digna y ante todo un trabajo justamente
retribuido. (25 de junio de 2016, Homilía)
Una cuestión es hablar de misericordia, otra es vivir la misericordia. Parafraseando las
palabras de Santiago apóstol (cf. 2, 14-17) podríamos decir: la misericordia sin las obras
está muerta en sí misma. ¡Es precisamente así! Lo que hace viva la misericordia es su
constante dinamismo para ir al encuentro de las carencias y las necesidades de quienes
viven en pobreza espiritual y material. La misericordia tiene ojos para ver, oídos para
escuchar, manos para levantar… ¡Cuántos son los aspectos de la misericordia de Dios hacia
nosotros! Del mismo modo, cuántos rostros se dirigen a nosotros para obtener misericordia.
Quien ha experimentado en la propia vida la misericordia del Padre no puede permanecer
insensible ante las necesidades de los hermanos. La enseñanza de Jesús que hemos
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escuchado no admite vías de escape: Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me
disteis de beber; estaba desnudo, refugiado, enfermo, en la cárcel y me ayudasteis (cf. Mt
25, 35-36)… A causa de los cambios de nuestro mundo globalizado, algunas pobrezas
materiales y espirituales se han multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de
la caridad para encontrar nuevas modalidades de acción. (30 de junio de 2016)
Preguntémonos —cada uno de nosotros responda en su propio corazón—, preguntémonos:
¿Nuestra fe es fecunda? ¿Nuestra fe produce obras buenas? ¿O es más bien estéril, y por
tanto, está más muerta que viva? ¿Me hago prójimo o simplemente paso de lado? ¿Soy de
aquellos que seleccionan a la gente según su propio gusto? Está bien hacernos estas
preguntas y hacérnoslas frecuentemente, porque al final seremos juzgados sobre las obras
de misericordia. El Señor podrá decirnos: Pero tú, ¿te acuerdas aquella vez, por el camino
de Jerusalén a Jericó? Aquel hombre medio muerto era yo. ¿Te acuerdas? Aquel niño
hambriento era yo. ¿Te acuerdas? Aquel emigrante que tantos quieren echar era yo.
Aquellos abuelos solos, abandonados en las casas para ancianos, era yo. Aquel enfermo
solo en el hospital, al que nadie va a saludar, era yo. (10 de julio de 2016)
Ante el mal, el sufrimiento, el pecado, la única respuesta posible para el discípulo de Jesús
es el don de sí mismo, incluso de la vida, a imitación de Cristo; es la actitud de servicio. Si
uno, que se dice cristiano, no vive para servir, no sirve para vivir. Con su vida reniega de
Jesucristo. (29 de julio de 2016, Vía Crucis)
Jesús, por lo tanto, ha permitido a sus discípulos seguir su orden. De esta manera ellos
conocen la vía que hay que recorrer: dar de comer al pueblo y tenerlo unido; es decir, estar
al servicio de la vida y de la comunión. Invoquemos al Señor, para que haga siempre a su
Iglesia capaz de este santo servicio, y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento
de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos de
pertenencia, una señal visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en
soledad o con necesidad, para que descienda la comunión y la paz entre los hombres y la
comunión de los hombres con Dios, porque esta comunión es la vida para todos. (17 de
agosto de 2016)
En este momento, pienso con gratitud en los comedores donde tantos voluntarios ofrecen su
servicio, dando de comer a personas solas, necesitadas, sin trabajo o sin casa. Estos
comedores y otras obras de misericordia —como visitar a los enfermos, a los presos…—
son gimnasios de caridad que difunden la cultura de la gratuidad, porque todos los que
trabajan en ellas están impulsados por el amor de Dios e iluminados por la sabiduría del
Evangelio. De esta manera el servicio a los hermanos se convierte en testimonio de amor,
que hace creíble y visible el amor de Cristo. (28 de agosto de 2016)
La misericordia de Dios no es una idea bonita, sino una acción concreta. No hay
misericordia sin obras concretas. La misericordia no es hacer un bien “de paso”, es
implicarse allí donde está el mal, la enfermedad, el hambre, tanta explotación humana. (3
de septiembre de 2016)
Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos
en la fe. (4 de septiembre de 2016)
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El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere
radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y descartados de
la vida y ponerse a su servicio. (4 de septiembre de 2016)
“Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe
estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza”. (4 de
septiembre de 2016)
Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la
misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa
de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha
comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que “el no nacido es el
más débil, el más pequeño, el más pobre”. Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas,
que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les
había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus
culpas ante los crímenes —¡ante los crímenes!— de la pobreza creada por ellos mismos. La
misericordia ha sido para ella la “sal” que daba sabor a cada obra suya, y la “luz” que
iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y
sufrimiento. (4 de septiembre de 2016)
Las iniciativas caritativas son el fruto maduro de una Iglesia que sirve, que ofrece
esperanza y manifiesta la misericordia de Dios. Por lo tanto, queridos hermanos y
hermanas, tenéis una misión muy grande. Continuad viviendo la caridad en la Iglesia y
manifestándola en toda la sociedad, con el entusiasmo del amor que viene de Dios. (1 de
octubre de 2016, Saludo)
En el Evangelio, en efecto, el Señor pone las palabras sobre el servicio después de las
referidas al poder de la fe. Fe y servicio no se pueden separar, es más, están estrechamente
unidas, enlazadas entre ellas… Cuando a la fe se enlaza el servicio, el corazón se mantiene
abierto y joven, y se ensancha para hacer el bien. Entonces la fe, como dice Jesús en el
Evangelio, se hace fuerte y realiza maravillas. Si avanza por este camino, entonces madura
y se fortalece, a condición de que permanezca siempre unida al servicio. (2 de octubre de
2016, Homilía)
Por tanto, no estamos llamados a servir sólo para tener una recompensa, sino para imitar a
Dios, que se hizo siervo por amor nuestro. Y no estamos llamados a servir de vez en
cuando, sino a vivir sirviendo. El servicio es un estilo de vida, más aún, resume en sí todo el
estilo de vida cristiana: servir a Dios en la adoración y la oración; estar abiertos y
disponibles; amar concretamente al prójimo; trabajar con entusiasmo por el bien común. (2
de octubre de 2016, Homilía)
Contemplando la vida de Jesús y mirando la nuestra como peregrinos en este mundo, con
tantos desafíos, sentimos la necesidad de una profunda conversión y la urgencia de reavivar
nuestra fe en Él. Sólo entonces podremos servir a nuestro prójimo en la caridad. Todos los
días estamos llamados a renovar nuestra confianza en Cristo y encontrar inspiración en su
vida para cumplir con nuestra misión, porque “Jesús es ‘el primero y el más grande
evangelizador’”. (10 de octubre de 2016)
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Entonces ¿cómo podemos ser testigos de misericordia? No pensemos que se trata de
cumplir grandes esfuerzos o gestos sobrehumanos. No, no es así. El Señor nos indica una
vía mucho más simple, hecha de pequeños gestos que sin embargo ante sus ojos tienen un
gran valor, hasta tal punto que nos ha dicho que sobre estos seremos juzgados.
Efectivamente, una página entre las más bonitas del Evangelio de Mateo nos muestra a la
enseñanza que podremos considerar de alguna manera como el “testamento de Jesús” por
parte del evangelista, que experimentó directamente sobre él mismo la acción de la
Misericordia. Jesús dice que cada vez que damos de comer a quien tiene hambre y de beber
a quien tiene sed, que vestimos a una persona desnuda y acogemos a un forastero, que
visitamos a un enfermo o un encarcelado, se lo hacemos a Él (cf. Mt 25,31-46). La Iglesia
ha llamado estos gestos “obras de misericordia corporales”, porque socorren a las personas
en sus necesidades materiales. (12 de octubre de 2016, Audiencia general)
Las emergencias sociales actuales requieren que se ponga en marcha lo que san Juan Pablo
II definió como una “nueva imaginación de la caridad” que se concretiza no sólo en la
eficacia de las ayudas prestadas, sino sobre todo en la capacidad de hacerse prójimo,
acompañando con actitud de compartición fraternal a los más desfavorecidos. Se trata de
que resplandezcan la caridad y la justicia en el mundo con la luz del Evangelio y de la
enseñanza de la Iglesia, involucrando a los mismos pobres para que se conviertan en
protagonistas de su propio desarrollo. (17 de noviembre de 2016, Caritas Internationalis)
Os animo a… buscar vías cada vez más creativas para transformar las instituciones y las
estructuras económicas de manera que sepan responder a las necesidades de hoy y estén al
servicio de la persona humana, especialmente de los que están marginados y excluidos.
Ruego también para que podáis comprometer en vuestros esfuerzos a los que intentáis
ayudar; dadles voz, escuchad sus historias, aprended de sus experiencias y comprended sus
necesidades. Ved en ellos a un hermano y a una hermana, a un hijo y a una hija, a una
madre y a un padre. Entre los desafíos de hoy, mirad el rostro humano de aquellos que
sinceramente intentáis ayudar. (3 de diciembre de 2016)
Jesús lo dice de forma clara: “El que ama su vida, la pierde” (Juan 12, 25). Tú eres voraz,
buscas tener muchas cosas pero… perderás todo, también tu vida, es decir: quien ama lo
propio y vive por sus intereses se hincha solo de sí mismo y pierde. Quien acepta, sin
embargo, está disponible y sirve, vive a la forma de Dios: entonces es vencedor, se salva a
sí mismo y a los otros: se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bonito
ayudar a los otros, servir a los otros… ¡Quizá nos cansaremos! Pero la vida es así y el
corazón se llena de alegría y de esperanza. Esto es amor y esperanza juntos: servir y dar.
(12 de abril de 2017)
Un odre nuevo con esta concreción inclusiva nos lo regaló el Señor en el alma samaritana
que fue Madre Teresa. Él llamó y le dijo: “Tengo sed”, “pequeña mía, ven, llévame a los
agujeros de los pobres. Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. No me conocen, y por eso no me
quieren. Llévame hasta ellos”. Y ella, comenzando por uno concreto, con su sonrisa y su
modo de tocar con las manos las heridas, llevó la Buena Noticia a todos. El modo de tocar
las heridas con las manos: las caricias sacerdotales a los enfermos, a los desesperados. El
sacerdote hombre de la ternura. Concreción y ternura. (13 de abril de 2017, Misa Crismal)
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La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y
más humanos; es la que anima los corazones para llevarlos a amar a todos gratuitamente,
sin distinción y sin preferencias, es la que nos hace ver al otro no como a un enemigo para
derrotar, sino como a un hermano para amar, servir y ayudar; es la que nos lleva a difundir,
a defender y a vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; nos
da la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al
desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los
huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados (cf. Mt
25,31-45). La verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la
misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad,
cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la
conciencia de ser pequeño. (29 de abril de 2017, Misa)
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Cuidado por la creación/Medio ambiente
Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la
creación. (19 de marzo de 2013)
La vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una
dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar
toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como
nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el
entorno en el que vivimos. (19 de marzo de 2013)
Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito
económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos
“custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del
otro, del medio ambiente. (19 de marzo de 2013)
Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es
abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. (19 de
marzo de 2013)
Dejémonos renovar por la misericordia de Dios… y hagámonos instrumentos de esta
misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la
creación y hacer florecer la justicia y la paz. (31 de marzo de 2013)
El libro del Génesis narra que Dios creó al hombre y a la mujer confiándoles la tarea de
llenar la tierra y dominarla, lo que no significa explotarla, sino cultivarla y protegerla,
cuidar de ella con el propio trabajo. (1 de mayo de 2013)
…esta tarea que nos ha encomendado Dios Creador requiere percibir el ritmo y la lógica de
la creación. Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de
poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la
consideramos como un don gratuito que hay que cuidar. (5 de junio de 2013, Medio
ambiente)
Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no sólo al inicio de la
historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; quiere decir hacer crecer el
mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para
todos. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
Nosotros estamos viviendo un momento de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero
sobre todo lo vemos en el hombre. La persona humana está en peligro: esto es cierto, la
persona humana hoy está en peligro; ¡he aquí la urgencia de la ecología humana! Y el
peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profunda: no es sólo
una cuestión de economía, sino de ética y de antropología. La Iglesia lo ha subrayado varias
veces; y muchos dicen: sí, es justo, es verdad… Pero el sistema sigue como antes, pues lo
que domina son las dinámicas de una economía y de unas finanzas carentes de ética. …
Hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo: es la “cultura
del descarte”. … Al contrario, una bajada de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades
constituye una tragedia. Alguien que muere no es una noticia, ¡pero si bajan diez puntos las
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bolsas es una tragedia! Así las personas son descartadas, como si fueran residuos. (5 de
junio de 2013, Medio ambiente).
En otro tiempo nuestros abuelos cuidaban mucho que no se tirara nada de comida sobrante.
El consumismo nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano
de alimento, al cual a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de
los meros parámetros económicos. ¡Pero recordemos bien que el alimento que se desecha es
como si se robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre! Invito a todos a reflexionar
sobre el problema de la pérdida y del desperdicio del alimento a fin de identificar vías y
modos que, afrontando seriamente tal problemática, sean vehículo de solidaridad y de
compartición con los más necesitados. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
Y está este hecho de los doce cestos: ¿por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de
las tribus de Israel; representa simbólicamente a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando
el alimento se comparte de modo equitativo, con solidaridad, nadie carece de lo necesario,
cada comunidad puede ir al encuentro de las necesidades de los más pobres. Ecología
humana y ecología medioambiental caminan juntas. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
La fe, además, revelándonos el amor de Dios, nos hace respetar más la naturaleza, pues nos
hace reconocer en ella una gramática escrita por él y una morada que nos ha confiado para
cultivarla y salvaguardarla; nos invita a buscar modelos de desarrollo que no se basen sólo
en la utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don del que todos
somos deudores; nos enseña a identificar formas de gobierno justas, reconociendo que la
autoridad viene de Dios para estar al servicio del bien común. La fe afirma también la
posibilidad del perdón, que muchas veces necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y
compromiso. (29 de junio de 2013, no. 55)
El Santo de Asís da testimonio del respeto hacia todo lo que Dios ha creado y como Él lo
ha creado, sin experimentar con la creación para destruirla; ayudarla a crecer, a ser más
hermosa y más parecida a lo que Dios ha creado. Y sobre todo san Francisco es testigo del
respeto por todo, de que el hombre está llamado a custodiar al hombre, de que el hombre
está en el centro de la creación, en el puesto en el que Dios —el Creador— lo ha querido,
sin ser instrumento de los ídolos que nos creamos. (4 de octubre de 2013, Asís)
Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas.
Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos
rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos
lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación. No dejemos que a
nuestro paso queden signos de destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las
futuras generaciones. (24 de noviembre de 2013, no. 215)
Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de Asís, todos los cristianos
estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos. (24 de
noviembre de 2013, no. 216)
La familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La visión
cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones en
la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de obrar responsablemente, es decir,
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acatando aquella “gramática” que está inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en
beneficio de todos, respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y
su función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y
nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente. En cambio, a menudo nos
dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar, del tener, del manipular, del
explotar; no custodiamos la naturaleza, no la respetamos, no la consideramos un don
gratuito que tenemos que cuidar y poner al servicio de los hermanos, también de las
generaciones futuras. (8 de diciembre de 2013)
¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a
concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un
desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para
todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado.
(5 de agosto de 2013, Emigrante y refugiado)
La creación no es una propiedad, de la cual podemos disponer a nuestro gusto; ni, mucho
menos, es una propiedad sólo de algunos, de pocos: la creación es un don, es un don
maravilloso que Dios nos ha dado para que cuidemos de él y lo utilicemos en beneficio de
todos, siempre con gran respeto y gratitud. (21 de mayo de 2014)
Debemos custodiar la creación porque es un don que el Señor nos ha dado, es el regalo de
Dios a nosotros; nosotros somos custodios de la creación. Cuando explotamos la creación,
destruimos el signo del amor de Dios. Destruir la creación es decir a Dios: “no me gusta”.
Y esto no es bueno: he aquí el pecado. (21 de mayo de 2014)
Estamos profundamente convencidos de que el futuro de la familia humana depende
también de cómo salvaguardemos —con prudencia y compasión, a la vez que con justicia y
rectitud— el don de la creación, que nuestro Creador nos ha confiado. Por eso, constatamos
con dolor el ilícito maltrato de nuestro planeta, que constituye un pecado a los ojos de Dios.
Reafirmamos nuestra responsabilidad y obligación de cultivar un espíritu de humildad y
moderación de modo que todos puedan sentir la necesidad de respetar y preservar la
creación. Juntos, nos comprometemos a crear una mayor conciencia del cuidado de la
creación; hacemos un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad a buscar formas
de vida con menos derroche y más austeras, que no sean tanto expresión de codicia cuanto
de generosidad para la protección del mundo creado por Dios y el bien de su pueblo. (25 de
mayo de 2014, Declaración conjunta)
Este es uno de los desafíos más grandes de nuestra época: convertirnos a un desarrollo que
sepa respetar la creación. Lo veo en América, y también en mi patria: tantas selvas
despojadas, que se convierten en tierra que no se puede cultivar, que no puede dar vida.
Este es nuestro pecado: explotar la tierra y no dejar que nos dé lo que tiene dentro, con la
ayuda de nuestro cultivo. (5 de julio de 2014)
Me preocupa la erradicación de tantos hermanos campesinos que sufren el desarraigo, y no
por guerras o desastres naturales. El acaparamiento de tierras, la desforestación, la
apropiación del agua, los agrotóxicos inadecuados, son algunos de los males que arrancan
al hombre de su tierra natal. Esta dolorosa separación, que no es sólo física, sino existencial
y espiritual, porque hay una relación con la tierra que está poniendo a la comunidad rural y
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su peculiar modo de vida en notoria decadencia y hasta en riesgo de extinción. (28 de
octubre de 2014)
Todos los pueblos de la tierra, todos los hombres y mujeres de buena voluntad, tenemos
que alzar la voz en defensa de estos dos preciosos dones: la paz y la naturaleza. La hermana
madre tierra como la llamaba San Francisco de Asís. (28 de octubre de 2014)
Un sistema económico centrado en el dios dinero necesita también saquear la naturaleza,
saquear la naturaleza, para sostener el ritmo frenético de consumo que le es inherente. El
cambio climático, la pérdida de la biodiversidad, la desforestación ya están mostrando sus
efectos devastadores en los grandes cataclismos que vemos, y los que más sufren son
ustedes, los humildes, los que viven cerca de las costas en viviendas precarias o que son tan
vulnerables económicamente que frente a un desastre natural lo pierden todo. Hermanos y
hermanas: la creación no es una propiedad, de la cual podemos disponer a nuestro gusto; ni
mucho menos, es una propiedad sólo de algunos, de pocos: la creación es un don, es un
regalo, un don maravilloso que Dios nos ha dado para que cuidemos de él y lo utilicemos
en beneficio de todos, siempre con respeto y gratitud. (28 de octubre de 2014)
Esto lo hacemos: devastar la Creación, devastar la vida, devastar las culturas, devastar los
valores, devastar la esperanza. ¡Cuánta necesidad tenemos de la fuerza del Señor para que
nos selle con su amor y con su fuerza, para detener esta descabellada carrera de
destrucción! Destrucción de lo que Él nos ha dado, de las cosas más hermosas que Él hizo
por nosotros, para que nosotros las llevásemos adelante, las hiciésemos crecer, para dar
frutos. (1 de noviembre de 2014)
En el mundo, incluso dentro de los países pertenecientes al G20, hay demasiadas mujeres y
hombres que sufren a causa de la desnutrición severa, por el aumento del número de
personas sin empleo, por el altísimo porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de
la exclusión social que puede conducir a favorecer la actividad criminal e, incluso, el
reclutamiento de terroristas. Además, se verifica una agresión constante al ambiente
natural, resultado de un consumismo desenfrenado; y todo ello producirá graves
consecuencias para la economía mundial. (6 de noviembre de 2014, Carta).
Nuestra época no puede desoír la cuestión ecológica, que es vital para la supervivencia del
hombre, ni reducirla a una cuestión meramente política: ella, en efecto, tiene una dimensión
moral que toca a todos, de modo que nadie puede desinteresarse de ello. Como discípulos
de Cristo, tenemos un motivo más para unirnos a todos los hombres de buena voluntad para
la conservación y la defensa de la naturaleza y del medio ambiente. La creación, en efecto,
es un don confiado a nosotros por las manos del Creador. Toda la naturaleza que nos rodea
es creación como nosotros, creación juntamente con nosotros, y en el destino común tiende
a encontrar en Dios mismo su realización y finalidad última —la Biblia dice “cielos nuevos
y tierra nueva” (cf. Is 65, 17; 2 P 3, 13; Ap 21, 1). Esta doctrina de nuestra fe es para
nosotros un estímulo aún más fuerte con vistas a una relación responsable y respetuosa con
la creación: en la naturaleza inanimada, en las plantas y en los animales reconocemos la
huella del Creador, y en nuestros semejantes su imagen. (8 de noviembre de 2014, Scouts)
Es necesario afirmar que la creación no es una propiedad de la que podemos disponer a
nuestro gusto, y menos aún es una propiedad sólo de pocos. La creación es un don
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maravilloso que Dios nos ha dado para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de
todos, con respeto. Os aliento, por lo tanto, a continuar en vuestro compromiso para que la
creación siga siendo un patrimonio de todos, que se ha de entregar en toda su belleza a las
generaciones futuras. (4 de diciembre de 2014)
El verbo “cultivar” llama a la mente el cuidado que el agricultor tiene por su tierra para que
dé fruto y éste sea compartido: ¡cuanta pasión, cuánta atención, cuánta dedicación en todo
esto! Se crea esa relación familiar y la tierra se convierte en la tierra “hermana”. (31 de
enero de 2015)
El trabajo de los que cultivan la tierra, dedicando generosamente tiempo y energías, se
presenta como una verdadera y propia vocación. Ella merece ser reconocida y valorada
adecuadamente, también en las decisiones políticas y económicas concretas. Se trata de
eliminar aquellos obstáculos que penalizan una actividad así de preciosa, que a menudo la
hacen aparecer poco apetecible a las nuevas generaciones, aun si las estadísticas registran
un aumento del número de estudiantes en las escuelas y en los institutos agrarios, que deja
prever un aumento de los trabajadores en el sector agrícola. (31 de enero de 2015)
Y de aquí viene también la propuesta: custodiar la tierra, haciendo alianza con ella, de
modo que pueda seguir siendo, como la quiere Dios, fuente de vida para la entera familia
humana. Esto va contra la explotación de la tierra, como si fuese una cosa sin relación con
nosotros —ya no la madre— y luego dejarla que se debilite y abandonarla porque no sirve a
nadie. (31 de enero de 2015)
La tierra nos da el fruto pero también tiene una cualidad para nosotros: la tierra custodia
nuestra salud, la tierra es hermana y madre que cura y que sana. (31 de enero de 2015)
La belleza de vuestra tierra es un don de Dios y un patrimonio que hay que conservar y
trasmitir en todo su esplendor a las futuras generaciones. Por lo tanto, es necesario el
compromiso valiente de todos, comenzando por las instituciones. (21 de febrero de 2015)
El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la
familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las
cosas pueden cambiar. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 13)
Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo
el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío
ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos. (24 de
mayo de 2015, Laudato Si’, no. 14)
El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo
relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso
científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante
calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado
acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo
con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse
una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. (24 de mayo de 2015,
Laudato Si’, no. 23)
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El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales,
económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para
la humanidad. Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre
los países en desarrollo. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 25)
No podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre
en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para
escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres. (24 de mayo de 2015,
Laudato Si’, no. 49)
El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia
el cual tengo el deber del cuidado y de la custodia, destruye mi relación interior conmigo
mismo, con los demás, con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son
descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida
está en peligro. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 70)
Todo está conectado. Por eso se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor
sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la
sociedad. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 91)
No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis
socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para
combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para
cuidar la naturaleza. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 139)
¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están
creciendo? (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 160)
La creación, es un don para ser compartido. Es el espacio que Dios nos da, para construir
con nosotros, para construir un nosotros. El mundo, la historia, el tiempo es el lugar donde
vamos construyendo ese nosotros con Dios, el nosotros con los demás, el nosotros con la
tierra. (7 de julio de 2015, Mundo de la enseñanza)
No sólo estamos invitados a ser parte de la obra creadora cultivándola, haciéndola crecer,
desarrollándola, sino que estamos también invitados a cuidarla, protegerla, custodiarla. Hoy
esta invitación se nos impone a la fuerza. Ya no como una mera recomendación, sino como
una exigencia que nace por el daño que provocamos a causa del uso irresponsable y del
abuso de los bienes que Dios ha puesto en la tierra. Hemos crecido pensado tan solo que
debíamos “cultivar”, que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados quizás a
expoliarla… por eso entre los pobres más abandonados y maltratados está nuestra oprimida
y devastada tierra (Enc. Laudato si’ 2). (7 de julio de 2015, Mundo de la enseñanza)
No podemos seguir dándole la espalda a nuestra realidad, a nuestros hermanos, a nuestra
madre la tierra. No nos es lícito ignorar lo que está sucediendo a nuestro alrededor como si
determinadas situaciones no existiesen o no tuvieran nada que ver con nuestra realidad. No
nos es lícito, más aún no es humano entrar en el juego de la cultura del descarte. (7 de julio
de 2015, Mundo de la enseñanza)
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El ambiente natural y el ambiente social, político y económico están íntimamente
relacionados. Nos urge poner las bases de una ecología integral —es problema de salud—
una ecología integral que incorpore claramente todas las dimensiones humanas en la
resolución de las graves cuestiones socioambientales de nuestros días. … Ecología
integral… supone ecología de la madre tierra, cuidar la madre tierra; ecología humana,
cuidarnos entre nosotros; y ecología social, forzada la palabra. (8 de julio de 2015)
El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el
pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la
comunidad científica acepta lo que desde hace ya mucho tiempo denuncian los humildes: se
están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la
Tierra, a los pueblos y a las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta
muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea —uno de los primeros
teólogos de la Iglesia— llamaba “el estiércol del diablo”, la ambición desenfrenada de
dinero que gobierna. Ese es “el estiércol del diablo”. El servicio para el bien común queda
relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres
humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la
sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana,
enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa
común, la hermana y madre tierra. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Cuidar el ambiente significa una actitud de ecología humana. O sea, no podemos decir: la
persona está aquí y el Creato, el ambiente, está allí. La ecología es total, es humana. Eso es
lo que quise expresar en la Encíclica “Laudato si’”: que no se puede separar al hombre del
resto, hay una relación de incidencia mutua, sea del ambiente sobre la persona, sea de la
persona en el modo como trata el ambiente; y también, el efecto de rebote contra el hombre
cuando el ambiente es maltratado. (21 de julio de 2015)
El cambio climático es un problema que no se puede dejar a la próxima generación. Con
respecto al cuidado de nuestra “casa común”, estamos viviendo en un momento crítico de la
historia. Todavía tenemos tiempo para hacer los cambios necesarios para lograr “un
desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar” (Laudato si’,
13). Estos cambios exigen que tomemos conciencia seria y responsablemente, no sólo del
tipo de mundo que podríamos estar dejando a nuestros hijos, sino también de los millones
de personas que viven bajo un sistema que les ha ignorado. Nuestra casa común ha formado
parte de este grupo de excluidos, que clama al cielo y afecta fuertemente a nuestros
hogares, nuestras ciudades y nuestras sociedades. Usando una frase significativa del
reverendo Martin Luther King, podríamos decir que hemos incumplido un pagaré y ahora
es el momento de saldarlo. (23 de septiembre de 2015, Bienvenida)
El justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones tecnológicas y la guía del
espíritu emprendedor son parte indispensable de una economía que busca ser moderna pero
especialmente solidaria y sustentable. “La actividad empresarial, que es una noble vocación
orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy
fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende
que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común”
(Laudato si’, 129). Y este bien común incluye también la tierra, tema central de la Encíclica
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que he escrito recientemente para “entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa
común” (ibíd., 3). “Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío
ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos” (ibíd.,
14). (24 de septiembre de 2015, Congreso)
En Laudato si’, aliento el esfuerzo valiente y responsable para “reorientar el rumbo” (ibíd.,
61) y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental
provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia
y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos —y este Congreso— están llamados a
tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para
implementar una “cultura del cuidado” (ibíd., 231) y una “aproximación integral para
combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para
cuidar la naturaleza” (ibíd., 139). (24 de septiembre de 2015, Congreso)
Existe un verdadero “derecho del ambiente” por un doble motivo. Primero, porque los seres
humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo
ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. …
Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. (25 de septiembre de
2015, Naciones Unidas)
Cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de
existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los
cristianos, junto con las otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de
una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la
creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar
de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. (25 de septiembre de 2015, Naciones
Unidas)
El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un
imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de
bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir
a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes
(discapacitados) o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos
adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y
social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los
derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados
por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados
a vivir del descarte y deben injustamente sufrir las consecuencias del abuso del ambiente.
Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada “cultura
del descarte”. (25 de septiembre de 2015, Naciones Unidas)
La grave crisis ambiental que afronta nuestro mundo exige cada vez más una mayor
sensibilidad por la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Tenemos la
responsabilidad de transmitir a las generaciones futuras la belleza de la naturaleza en su
integridad, y la obligación de administrar adecuadamente los dones que hemos recibido.
Estos valores están profundamente arraigados en el alma africana. En un mundo que, en vez
de proteger, sigue explotando nuestra casa común, estos valores deben inspirar los
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esfuerzos de los líderes nacionales para promover modelos responsables de desarrollo
económico. (25 de noviembre de 2015)
En este contexto internacional, donde se nos plantea la disyuntiva que no podemos ignorar
de mejorar o destruir el ambiente, cada iniciativa pequeña o grande, individual o colectiva,
para cuidar la creación indica el camino seguro para esa “generosa y digna creatividad, que
muestra lo mejor del ser humano”. (26 de noviembre de 2015, U.N.O.N)
“El clima es un bien común, de todos y para todos; […] el cambio climático es un problema
global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas,
y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad”, cuya respuesta “debe
incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los
más postergados”. Ya que “el abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, va
acompañado por un imparable proceso de exclusión” (Discurso a la ONU, 25 septiembre
2015). (26 de noviembre de 2015, U.N.O.N.)
Se está afirmando la “tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como
pueblo que habita una casa de todos” (Carta enc. Laudato si’, 164). (26 de noviembre de
2015, U.N.O.N.)
Me gustaría llamar la atención de todos, ciudadanos, autoridades del país, socios
internacionales y empresas multinacionales, acerca de la grave responsabilidad que les
corresponde en la explotación de los recursos medioambientales, en las opciones y
proyectos de desarrollo, que de una u otra manera afectan a todo el planeta. (28 de
noviembre de 2015, Clase dirigente)
La indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la
contaminación y las catástrofes naturales que desarraigan comunidades enteras de su
ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguridad, crea nuevas pobrezas,
nuevas situaciones de injusticia de consecuencias a menudo nefastas en términos de
seguridad y de paz social. ¿Cuántas guerras ha habido y cuántas se combatirán aún a causa
de la falta de recursos o para satisfacer a la insaciable demanda de recursos naturales? (8 de
diciembre de 2015, Paz)
Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a
expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se
manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire
y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está
nuestra oprimida y devastada tierra, que ‘gime y sufre dolores de parto’ (Rm 8,22)”
(Laudato si’, 2). El desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos impactan a
todos (cf. Laudato si’, 14) y nos interpelan. Ya no podemos hacernos los sordos frente a
una de las mayores crisis ambientales de la historia. (15 de febrero de 2016, Homilía)
Recuerdo en particular el problema de la falta de agua, con sus graves repercusiones
sociales económicas. Existe un amplio espacio para la colaboración entre las Iglesias a
favor del bien común y de la protección de la creación. (29 de febrero de 2016)
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Tampoco podemos olvidar la degeneración que el pecado introduce en la sociedad cuando
el ser humano se comporta como tirano ante la naturaleza, devastándola, usándola de modo
egoísta y hasta brutal. Las consecuencias son al mismo tiempo la desertificación del suelo
(cf. Gn 3,17-19) y los desequilibrios económicos y sociales, contra los cuales se levanta con
claridad la voz de los profetas, desde Elías (cf. 1 R 21) hasta llegar a las palabras que el
mismo Jesús pronuncia contra la injusticia (cf. Lc 12,13-21; 16,1-31). (19 de marzo de
2016, no. 26)
La creación es el espejo de Dios, es el espejo del Creador, es el espejo de la naturaleza, de
toda la naturaleza, es la vida de la naturaleza e incluso nuestro espejo. (1 de junio de 2016)
Gracias por todo lo que hacen en esta tarea y que permanezcan unidos en este ideal, en esta
tarea, en este trabajo para hacer que nuestra madre, nuestra hermana tierra esté custodiada;
en el conocimiento de que cuidar, proteger la creación, la Tierra, es cuidar y proteger a toda
la humanidad. (1 de junio de 2016)
Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe
extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia
insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por
Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que
conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación. (31 de octubre
de 2016, Oración)
Es cierto, toda la creación es una manifestación del inmenso amor de Dios para con
nosotros; por eso, también por medio de los dones de la naturaleza nosotros podemos
contemplar a Dios. Comparto tu consternación por los abusos que dañan nuestro planeta,
nuestra casa común, y que generan graves consecuencias también sobre el clima. Como
bien lo has recordado, los mayores impactos recaen a menudo sobre las personas más
vulnerables y con menos recursos, y son forzadas a emigrar para salvarse de los efectos de
los cambios climáticos. Como decimos en nuestra tierra, en mi tierra: “Al final, la gran
fiesta la terminan pagando los pobres”. Todos somos responsables de la preservación de la
creación, y de modo particular nosotros los cristianos. (31 de octubre de 2016, Discurso)
Me uno a los obispos a la hora de desear que la madre tierra sea siempre cultivada en modo
sostenible. La Iglesia está cerca del mundo agrícola al que mira con simpatía y
reconocimiento y exhorta a no olvidarse de cuántos, en muchas partes del mundo, están
privados de los bienes esenciales como el alimento y el agua. (13 de noviembre de 2016,
Ángelus)
En la encíclica Laudato sí’ he afirmado que “estamos llamados a ser los instrumentos del
Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto
de paz, belleza y plenitud” (n. 53). En la modernidad, hemos crecido pensando ser los
propietarios y los amos de la naturaleza, autorizados a saquear sin ninguna consideración de
sus potencialidades secretas y y leyes evolutivas, como si se tratara de un material inerte a
nuestra disposición, produciendo entre otras cosas una gravísima pérdida de biodiversidad.
En realidad, no somos los custodios de un museo y de sus obras maestras que debemos
desempolvar cada mañana, sino los colaboradores de la conservación y el desarrollo del ser
y de la biodiversidad del planeta, y de la vida humana en ella presente. La conversión
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ecológica capaz de apoyar el desarrollo sostenible incluye, de manera inseparable, tanto la
asunción plena de nuestra responsabilidad humana hacia la creación y sus recursos, como la
búsqueda de la justicia social y la superación de un sistema inicuo que produce miseria,
desigualdad y exclusión. (28 de noviembre de 2016)
Construir la paz significa también trabajar activamente para el cuidado de la Creación. El
Acuerdo de París sobre el clima, que ha entrado recientemente en vigor, es un signo
importante de nuestro compromiso común por dejar a los que vengan después de nosotros
un mundo hermoso y habitable. Espero que los esfuerzos realizados en los últimos tiempos
para abordar el cambio climático cuenten con una cooperación más amplia por parte de
todos, ya que la Tierra es nuestra casa común, y es necesario tener en cuenta que las
decisiones de cada uno repercuten sobre la vida de todos. (9 de enero de 2017)
Sé que ustedes han asumido el compromiso de luchar por la justicia social, defender la
hermana madre tierra y acompañar a los migrantes. Quiero reafirmarlos en su opción y
compartir dos reflexiones al respecto. La crisis ecológica es real. “Hay un consenso
científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante
calentamiento del sistema climático”[4]. La ciencia no es la única forma de conocimiento,
es cierto. La ciencia no es necesariamente “neutral”, también es cierto, muchas veces oculta
posiciones ideológicas o intereses económicos. Pero también sabemos qué pasa cuando
negamos la ciencia y desoímos la voz de la naturaleza. Me hago cargo de lo que nos toca a
los católicos. No caigamos en el negacionismo. El tiempo se agota. Actuemos. Les pido,
nuevamente, a ustedes, a los pueblos originarios, a los pastores, a los gobernantes, que
defendamos la Creación. (10 de febrero de 2017)
Por eso, la cuestión que ustedes tratan no es marginal, sino fundamental y muy urgente.
Fundamental, porque donde hay agua hay vida, y entonces puede surgir y avanzar la
sociedad. Y es urgente porque nuestra casa común necesita protección y, además, asumir
que no toda agua es vida: sólo el agua segura y de calidad. (24 de febrero de 2017)
Toda persona tiene derecho al acceso al agua potable y segura; este es un derecho humano
básico, y una de las cuestiones nodales en el mundo actual (cf. Enc. Laudato si’, 30; Enc.
Caritas in veritate, 27). Es doloroso cuando en la legislación de un país o de un grupo de
países no se considera al agua como un derecho humano. Más doloroso aun cuando se quita
lo que estaba escrito y se niega este derecho humano. Es un problema que afecta a todos y
hace que nuestra casa común sufra tanta miseria y clame por soluciones efectivas,
realmente capaces de superar los egoísmos que impiden la realización de este derecho vital
para todos los seres humanos. Es necesario otorgar al agua la centralidad que merece en el
marco de las políticas públicas. Nuestro derecho al agua es también un deber con el agua.
Del derecho que tenemos a ella se desprende una obligación que va unida y no puede
separarse. Es ineludible anunciar este derecho humano esencial y defenderlo —como se
hace—, pero también actuar de forma concreta, asegurando un compromiso político y
jurídico con el agua. (24 de febrero de 2017)
El derecho al agua es determinante para la sobrevivencia de las personas (cf. Laudato si’,
30) y decide el futuro de la humanidad. Es prioritario también educar a las próximas
generaciones sobre la gravedad de esta realidad. La formación de la conciencia es una tarea
ardua; precisa convicción y entrega. (24 de febrero de 2017)
51
Cada día mil niños mueren a causa de enfermedades relacionadas con el agua; millones de
personas consumen agua contaminada. Estos datos son muy graves; se debe frenar e
invertir esta situación. No es tarde, pero es urgente tomar conciencia de la necesidad del
agua y de su valor esencial para el bien de la humanidad. (24 de febrero de 2017)
El respeto del agua es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos (cf. ibíd.,
30). Si acatamos este derecho como fundamental, estaremos poniendo las bases para
proteger los demás derechos. Pero si nos saltamos este derecho básico, ¿cómo vamos a ser
capaces de velar y luchar por los demás? En este compromiso de dar al agua el puesto que
le corresponde, hace falta una cultura del cuidado (cf. ibíd., 231) —parece una cosa poética
y, bueno, la Creación es una “poiesis”, esta cultura del cuidado que es creativa— y además
fomentar una cultura del encuentro, en la que se unan en una causa común todas las fuerzas
necesarias de científicos y empresarios, gobernantes y políticos. Es preciso unir todas
nuestras voces en una misma causa; ya no serán voces individuales o aisladas, sino el grito
del hermano que clama a través nuestro, es el grito de la tierra que pide el respecto y el
compartir responsablemente de un bien, que es de todos. En esta cultura del encuentro, es
imprescindible la acción de cada Estado como garante del acceso universal al agua segura y
de calidad. (24 de febrero de 2017)
Como leemos en el libro del Génesis, “el Señor Dios tomó al hombre y le dejó en el jardín
de Edén, para que lo labrase y cuidase” (2,15). La cultura, de la que sois representantes
autorizados en el campo de las ciencias y de las tecnologías de la vida, lleva consigo la idea
de “cultivo”. Expresa muy bien la tensión para que crezca, florezca y fructifique, a través
del ingenio humano, lo que Dios ha puesto en el mundo. No podemos olvidar, sin embargo,
que el texto bíblico nos invita también a “custodiar” el jardín del mundo. Como he escrito
en la encíclica Laudato si’ “mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar”
significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de
reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza” (n. 67). Vuestra tarea no es
solamente la de promover el desarrollo armónico e integrado de la investigación científica y
tecnológica relacionada con los procesos biológicos de la vida vegetal, animal y humana;
también se os pide que preveáis y prevengáis las consecuencias negativas que puede causar
un uso distorsionado de los conocimientos y de las capacidades de manipulación de la vida.
(10 de abril de 2017)
52
Derechos y responsabilidades
La Iglesia renueva hoy su fuerte llamamiento para que se defienda siempre la dignidad y la
centralidad de toda persona, en el respeto de los derechos fundamentales, como destaca su
doctrina social, y pide que los derechos se extiendan realmente allí donde no se los
reconoce a millones de hombres y mujeres en todos los continentes. En un mundo en el que
se habla mucho de derechos, ¡cuántas veces se ultraja de hecho la dignidad humana! En un
mundo donde se habla tanto de derechos, parece que el dinero es el único que los tiene.
Queridos hermanos y hermanas, vivimos en un mundo donde manda el dinero. Vivimos en
un mundo, en una cultura donde reina el fetichismo del dinero. (24 de mayo de 2013)
Lo que estamos llamados a respetar en cada persona es ante todo su vida, su integridad
física, su dignidad y los derechos que de ella derivan, su reputación, su propiedad, su
identidad étnica y cultural, sus ideas y sus decisiones políticas. Estamos por ello llamados a
pensar, hablar y escribir del otro de modo respetuoso, no sólo en su presencia, sino siempre
y en todo lugar, evitando críticas injustas o difamaciones. Para alcanzar este objetivo, las
familias, las escuelas, la enseñanza religiosa y todo tipo de medios de comunicación social
tienen un papel que desarrollar. (10 de julio de 2013)
También quisiera decir que la Iglesia, “abogada de la justicia y defensora de los pobres ante
intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo” (Documento de
Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un
verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es
necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre
más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. Hambre de dignidad.
No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre,
cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes
inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y
promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración
social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con
el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la
persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana
convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer
partiendo del cambio del corazón humano. (25 de julio de 2013, Varginha)
Servir, acompañar, quiere decir también defender, quiere decir ponerse de lado de quien es
más débil. Cuántas veces alzamos la voz para defender nuestros derechos, pero cuántas
veces somos indiferentes hacia los derechos de los demás. Cuántas veces no sabemos o no
queremos dar voz a la voz de quien —como vosotros— ha sufrido y sufre, de quien ha visto
pisotear sus propios derechos, de quien ha vivido tanta violencia que ha sofocado incluso el
deseo de tener justicia. (10 de septiembre de 2013)
La Pacem in terris focaliza una consecuencia básica: el valor de la persona, la dignidad de
cada ser humano, que hay que promover, respetar y tutelar siempre. Y no son sólo los
principales derechos civiles y políticos los que deben ser garantizados —afirma el beato
Juan XXIII—, sino que se debe también ofrecer a cada uno la posibilidad de acceder
efectivamente a los medios esenciales de subsistencia, el alimento, el agua, la casa, la
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atención sanitaria, la educación y la posibilidad de formar y sostener a una familia. Estos
son los objetivos que tienen una prioridad inderogable en la acción nacional e internacional
y miden su bondad. (3 de octubre de 2013)
En el contexto amplio del carácter social del hombre, por lo que se refiere al delito y a la
pena, también hemos de pensar en las condiciones inhumanas de muchas cárceles, donde el
recluso a menudo queda reducido a un estado infrahumano y humillado en su dignidad
humana, impedido también de cualquier voluntad y expresión de redención. La Iglesia hace
mucho en todos estos ámbitos, la mayor parte de las veces en silencio. Exhorto y animo a
hacer cada vez más, con la esperanza de que dichas iniciativas, llevadas a cabo por muchos
hombres y mujeres audaces, sean cada vez más apoyadas leal y honestamente también por
los poderes civiles. (8 de diciembre de 2013)
Todo derecho civil se basa en el reconocimiento del primer y fundamental derecho, el de la
vida, que no está subordinado a alguna condición, ni cualitativa ni económica, ni mucho
menos ideológica. (11 de abril de 2014)
Hoy la tortura es una de los medios, casi diría ordinarios, que usan los servicios de
inteligencia, los procesos judiciales… Y la tortura es un pecado contra la humanidad, es un
delito contra la humanidad; y a los católicos les digo: torturar una persona es pecado
mortal, es pecado grave. Más todavía: es un pecado contra la humanidad. (18 de agosto de
2014)
Jesucristo espera siempre que lo reconozcamos en los emigrantes y en los desplazados, en
los refugiados y en los exiliados, y asimismo nos llama a compartir nuestros recursos, y en
ocasiones a renunciar a nuestro bienestar. Lo recordaba el Papa Pablo VI, diciendo que “los
más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor
liberalidad sus bienes al servicio de los demás” (Octogesima adveniens, 23). (3 de
septiembre de 2014)
Hoy vemos con tristeza cada vez más lejos de la mayoría: tierra, techo y trabajo. Es extraño
pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista. No se entiende que el
amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra, techo y trabajo, eso por lo que
ustedes luchan, son derechos sagrados. Reclamar esto no es nada raro, es la doctrina social
de la Iglesia. (28 de octubre de 2014)
Lo dije y lo repito: una casa para cada familia. Nunca hay que olvidarse que Jesús nació en
un establo porque en el hospedaje no había lugar, que su familia tuvo que abandonar su
hogar y escapar a Egipto, perseguida por Herodes. Hoy hay tantas familias sin vivienda, o
bien porque nunca la han tenido o bien porque la han perdido por diferentes motivos.
Familia y vivienda van de la mano. Pero, además, un techo, para que sea hogar, tiene una
dimensión comunitaria: y es el barrio… y es precisamente en el barrio donde se empieza a
construir esa gran familia de la humanidad, desde lo más inmediato, desde la convivencia
con los vecinos. Hoy vivimos en inmensas ciudades que se muestran modernas, orgullosas
y hasta vanidosas. Ciudades que ofrecen innumerables placeres y bienestar para una
minoría feliz… pero se le niega el techo a miles de vecinos y hermanos nuestros, incluso
niños, y se los llama, elegantemente, “personas en situación de calle”. (28 de octubre de
2014)
54
Sigamos trabajando para que todas las familias tengan una vivienda y para que todos los
barrios tengan una infraestructura adecuada (cloacas, luz, gas, asfalto, y sigo: escuelas,
hospitales o salas de primeros auxilios, club deportivo y todas las cosas que crean vínculos
y que unen, acceso a la salud —lo dije— y a la educación y a la seguridad en la tenencia).
(28 de octubre de 2014)
Las personas y los pueblos exigen que se ponga en práctica la justicia; no sólo la justicia
legal, sino también la contributiva y la distributiva. Por tanto, los planes de desarrollo y la
labor de las organizaciones internacionales deberían tener en cuenta el deseo, tan frecuente
entre la gente común, de ver que se respetan en todas las circunstancias los derechos
fundamentales de la persona humana y, en nuestro caso, la persona con hambre. (20 de
noviembre de 2014)
Quienes tienen la tarea de gobernar, de educar, pero diría todos los adultos, somos
responsables de los niños y de hacer cada uno lo que puede para cambiar esta situación. Me
refiero a la “pasión” de los niños. Cada niño marginado, abandonado, que vive en la calle
mendigando y con todo tipo de expedientes, sin escuela, sin atenciones médicas, es un grito
que se eleva a Dios y que acusa al sistema que nosotros adultos hemos construido. Y,
lamentablemente, estos niños son presa de los delincuentes, que los explotan para
vergonzosos tráficos o comercios, o adiestrándolos para la guerra y la violencia. Pero
también en los países así llamados ricos muchos niños viven dramas que los marcan de
modo significativo, a causa de la crisis de la familia, de los vacíos educativos y de
condiciones de vida a veces inhumanas. En cada caso son infancias violadas en el cuerpo y
en el alma. ¡Pero a ninguno de estos niños los olvida el Padre que está en los cielos!
¡Ninguna de sus lágrimas se pierde! Como tampoco se pierde nuestra responsabilidad, la
responsabilidad social de las personas, de cada uno de nosotros, y de los países. (8 de abril
de 2015)
Es indispensable que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley y su aplicación,
independientemente de su origen étnico, religioso y geográfico: así todos y cada uno se
sentirán plenamente participes de la vida pública y, disfrutando de los mismos derechos,
podrán dar su contribución específica al bien común. (6 de junio de 2015, Autoridades)
La libertad es un regalo que nos da Dios, pero hay que saber recibirlo, hay que saber tener
el corazón libre, porque todos sabemos que en el mundo hay tantos lazos que nos atan el
corazón y no dejan que el corazón sea libre. La explotación, la falta de medios para
sobrevivir, la drogadicción, la tristeza, todas esas cosas nos quitan la libertad. (12 de julio
de 2015, Jóvenes)
La Declaración de Independencia proclamó que todos los hombres y mujeres fueron
creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, y que
los gobiernos existen para proteger y defender esos derechos. Esas palabras siguen
resonando e inspirándonos hoy, como lo han hecho con personas de todo el mundo, para
luchar por la libertad de vivir de acuerdo con su dignidad. (26 de septiembre de 2015,
Libertad religiosa)
El orden moral y el social imponen que todos los seres humanos puedan gozar de los
derechos fundamentales y deban responder a los propios deberes. Sobre esta base es posible
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construir una convivencia pacífica, en que las diversas culturas y tradiciones custodien sus
respectivos valores en una actitud no de cerrazón y contraposición, sino de diálogo e
integración. (26 de octubre de 2015, Pueblo gitano)
La instrucción ofrece a los pequeños refugiados un camino para descubrir su auténtica
vocación, desarrollando sus potencialidades. Sin embargo, demasiados niños y jóvenes
refugiados no reciben una educación de calidad. El acceso a la educación es limitado,
especialmente para las chicas y para la escuela secundaria. (14 de noviembre de 2015)
También nos recuerdan que, a pesar de nuestros diferentes credos y convicciones, todos
estamos llamados a buscar la verdad, a trabajar por la justicia y la reconciliación, y a
respetarnos, protegernos y ayudarnos unos a otros como miembros de una única familia
humana. Estos altos ideales son especialmente importantes en hombres y mujeres, como
ustedes, que han de garantizar una buena y transparente gestión pública, un desarrollo
humano integral, una amplia participación en la vida nacional, así como una distribución
racional y justa de los bienes que el Creador ha otorgado con abundancia a estas tierras. (27
de noviembre de 2015, Autoridades)
Los fieles laicos, llamados a animar las realidades temporales con el fermento evangélico,
no pueden abstenerse de trabajar también dentro de los procesos políticos dirigidos al bien
común. (12 de noviembre de 2015, Obispos)
Son muchos los rostros, las historias, las consecuencias evidentes en miles de personas que
la cultura del degrado y del descarte ha llevado a sacrificar bajo los ídolos de las ganancias
y del consumo. Debemos cuidarnos de un triste signo de la “globalización de la
indiferencia, que nos va ‘acostumbrando’ lentamente al sufrimiento de los otros, como si
fuera algo normal” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación 2013, 16 octubre
2013, 2), o peor aún, a resignarnos ante las formas extremas y escandalosas de “descarte” y
de exclusión social, como son las nuevas formas de esclavitud, el tráfico de personas, el
trabajo forzado, la prostitución, el tráfico de órganos. “Es trágico el aumento de los
migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental, que no son
reconocidos como refugiados en las convenciones internacionales y llevan el peso de sus
vidas abandonadas sin protección normativa alguna” (Carta enc. Laudato si’, 25). Son
muchas vidas, son muchas historias, son muchos sueños que naufragan en nuestro presente.
No podemos permanecer indiferentes ante esto. No tenemos derecho. (26 de noviembre de
2015, U.N.O.N.)
La deuda social, la deuda ambiental con los pobres de las ciudades se paga haciendo
efectivo el derecho sagrado de las “tres T”: tierra, techo y trabajo. Esto no es filantropía, es
una obligación moral de todos. (27 de noviembre de 2015, Suburbio)
Quiero llamar a todos los cristianos, en particular a los pastores, a renovar el impulso
misionero, a tomar la iniciativa frente a tantas injusticias, a involucrarse con los problemas
de los vecinos, a acompañarlos en sus luchas, a cuidar los frutos de su trabajo comunitario y
celebrar juntos cada pequeña o gran victoria. Sé que hacen mucho pero les pido que
recuerden que no es una tarea más, sino tal vez la más importante, porque “los pobres son
los destinatarios privilegiados del Evangelio” (Benedicto XVI, Discurso en el encuentro
con el Episcopado brasileño, 11 mayo 2007, 3). (27 de noviembre de 2015, Suburbio)
56
A los dirigentes de la vida social, cultural y política, les corresponde de modo especial
trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su
propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad
humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales
indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva,
un ambiente sano y de paz. (13 de febrero de 2016, Autoridades)
En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el
anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad,
la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz. (15 de
febrero de 2016, Homilía)
El viaje apostólico que realicé los días pasados a México fue una experiencia de
transfiguración. ¿Por qué? Porque el Señor nos mostró la luz de su gloria a través del
cuerpo de su Iglesia, de su Pueblo santo que vive en esa tierra. Un cuerpo muchas veces
herido, un Pueblo tantas veces oprimido, despreciado, violado en su dignidad. De hecho los
diversos encuentros vividos en México estuvieron llenos de luz: la luz de la fe que
transfigura los rostros e ilumina el camino. El “baricentro” espiritual de la peregrinación
fue el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Quedarme en silencio frente a la imagen
de la Madre era lo que me había propuesto antes de todo. Y agradezco a Dios que me lo
concedió. Contemplé y me dejé mirar por Aquella que lleva impresos en sus ojos las
miradas de todos sus hijos y recoge los dolores por las violencias, los secuestros, los
asesinatos, los abusos en detrimento de muchas personas pobres y de tantas mujeres.
Guadalupe es el santuario mariano más frecuentado del mundo. De toda América van allí a
rezar donde la Virgen Morenita se mostró al indio san Juan Diego, dando inicio a la
evangelización del continente y a su nueva civilización, fruto del encuentro entre diversas
culturas. (21 de febrero de 2016)
“La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía.
Es un deber moral”. Si queremos entender nuestra sociedad de un modo diferente,
necesitamos crear puestos de trabajo digno y bien remunerado, especialmente para nuestros
jóvenes. (6 de mayo de 2016)
La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a comprometernos en los acontecimientos
cotidianos para ser fermento de comunión, de consolación y de misericordia. En esta
misión, nos sostiene la fuerza que el Espíritu Santo nos dona: ella cura la carne de la
humanidad herida por la injusticia, por los abusos, por el odio y la avidez. (22 de mayo de
2016)
He estado en Auschwitz, en Birkenau, para recordar los dolores de hace 70 años. ¡Cuánto
dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de
Dios, seamos capaces de hacer estas cosas? Se han cometido estas. No quisiera
entristeceros, pero debo decir la verdad. La crueldad no ha terminado en Auschwitz, en
Birkenau: también hoy, hoy se tortura a la gente; tantos presos son torturados,
inmediatamente, para hacerlos hablar. Es terrible. Hoy, hombres y mujeres están en las
cárceles superpobladas; viven ―perdonadme― como animales. Hoy se da esta crueldad.
Nosotros decimos: Sí, hemos visto la crueldad de hace 70 años, cómo morían fusilados, o
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ahorcados, o con el gas. Pero hoy, en tantos lugares del mundo, donde hay guerra, sucede lo
mismo. (29 de julio de 2016, Saludos)
Siempre debe prevalecer el derecho al consentimiento previo e informado, según exige el
artículo 32 de la Declaración sobre los derechos de los pueblos indígenas. Solo así se puede
garantizar una cooperación pacífica entre las autoridades gubernamentales y los pueblos
indígenas que supere contradicciones y conflictos. (15 de febrero de 2017)
Un segundo aspecto se refiere a la elaboración de directrices y proyectos que tengan en
cuenta la identidad indígena, que presten una atención especial hacia los jóvenes y las
mujeres. Inclusión y no consideración solamente. Esto implica que los gobiernos
reconozcan que las comunidades indígenas son una parte de la población que debe ser
valorada y consultada, y que se ha de fomentar su plena participación a nivel local y
nacional. No se puede permitir una marginación o una calificación de clases, primera clase,
segunda clase… Integración con plena participación. (15 de febrero de 2017)
[Dios] nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en
el estado de vida de cada uno. Al “pedir” y “exigir” de cada uno de nosotros el
cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de
1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa
indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una
esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. (13
de mayo de 2017, Santa Misa)
58
Desarrollo
También quisiera decir que la Iglesia, “abogada de la justicia y defensora de los pobres ante
intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo” (Documento de
Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un
verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es
necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre
más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. Hambre de dignidad.
No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre,
cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes
inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y
promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración
social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con
el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la
persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana
convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer
partiendo del cambio del corazón humano. (25 de julio de 2013, Varginha)
¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a
concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un
desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para
todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado.
(5 de agosto de 2013, Emigrante y refugiado)
No se puede reducir el desarrollo al mero crecimiento económico, obtenido con frecuencia
sin tener en cuenta a las personas más débiles e indefensas. El mundo sólo puede mejorar si
la atención primaria está dirigida a la persona, si la promoción de la persona es integral, en
todas sus dimensiones, incluida la espiritual; si no se abandona a nadie, comprendidos los
pobres, los enfermos, los presos, los necesitados, los forasteros (cf. Mt 25,31-46); si somos
capaces de pasar de una cultura del rechazo a una cultura del encuentro y de la acogida. (5
de agosto de 2013, Emigrante y refugiado)
El Reino que se anticipa y crece entre nosotros lo toca todo y nos recuerda aquel principio
de discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero desarrollo: “Todos los
hombres y todo el hombre”. (24 de noviembre de 2013, no. 181)
De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la
preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. (24 de
noviembre de 2013, no. 186)
Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la
liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la
sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y
socorrerlo. (24 de noviembre de 2013, no. 187)
Necesitamos crecer en una solidaridad que “debe permitir a todos los pueblos llegar a ser
por sí mismos artífices de su destino”, así como “cada hombre está llamado a
desarrollarse”. (24 de noviembre de 2013, no. 190)
59
Este es uno de los desafíos más grandes de nuestra época: convertirnos a un desarrollo que
sepa respetar la creación. Lo veo en América, y también en mi patria: tantas selvas
despojadas, que se convierten en tierra que no se puede cultivar, que no puede dar vida.
Este es nuestro pecado: explotar la tierra y no dejar que nos dé lo que tiene dentro, con la
ayuda de nuestro cultivo. (5 de julio de 2014)
Donde está Jesús se aman los hermanos, se comprometen en salvaguardar su vida y su
salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza. Esta es la esperanza que nunca
defrauda, la que nos da Jesús. Esto es particularmente importante en esta vuestra hermosa
tierra que requiere ser tutelada y preservada, requiere tener el valor de decir no a toda forma
de corrupción y de ilegalidad —todos conocemos el nombre de estas formas de corrupción
y de ilegalidad—, pide a todos ser servidores de la verdad y asumir en cada situación el
estilo de vida evangélico, que se manifiesta en la entrega de sí y en la atención al pobre y al
excluido. ¡Dedicarse al pobre y al excluido! La Biblia está llena de estas exhortaciones. El
Señor dice: vosotros hacéis esto y esto otro, a mí no me interesa, a mí me interesa que el
huérfano esté atendido, que la viuda esté atendida, que el excluido sea acogido, que se
proteja la creación. ¡Esto es el reino de Dios! (26 de julio de 2014, Homilía)
En un mundo que tiende a la globalización económica y cultural, es necesario esforzarse
para que el crecimiento y el desarrollo estén a disposición de todos y no sólo de una parte
de la población. Además, el desarrollo no será auténtico si no es también sostenible y ecuo,
es decir, si no tiene en cuenta los derechos de los pobres y no respeta el ambiente. A la
globalización de los mercados es necesario que corresponda la globalización de la
solidaridad; el crecimiento económico ha de estar acompañado por un mayor respeto de la
creación; junto a los derechos individuales hay que tutelar los de las realidades intermedias
entre el individuo y el Estado, en primer lugar la familia. (21 de septiembre de 2014,
Autoridades)
Ustedes saben que en las barriadas populares donde muchos de ustedes viven subsisten
valores ya olvidados en los centros enriquecidos. Los asentamientos están bendecidos con
una rica cultura popular: allí el espacio público no es un mero lugar de tránsito sino una
extensión del propio hogar, un lugar donde generar vínculos con los vecinos. Qué hermosas
son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes y que
hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo. Qué lindas son las ciudades que,
aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan,
favorecen el reconocimiento del otro. (28 de octubre de 2014)
La idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas,
financistas y tecnólogos… supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del
planeta, que lleva a “estrujarlo” hasta el límite y más allá del límite. (24 de mayo de 2015,
Laudato Si’, no. 106)
Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida
integralmente superior no puede considerarse progreso. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’,
no. 194)
Dejar de invertir en las personas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal
negocio para la sociedad. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 128)
60
El inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser
humano en responsabilidad, valores, conciencia. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no.
105)
A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo
humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la “Patria Grande” y otras
latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas. A veces, es el poder
anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados “de
libre comercio” y la imposición de medidas de “austeridad” que siempre ajustan el cinturón
de los trabajadores y los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total
claridad en el documento de Aparecida cuando se afirma que “las instituciones financieras
y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales,
sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar
adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones” (V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano [2007], Documento Conclusivo, Aparecida, 66). En otras
ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el
terrorismo —graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional
coordinada—, vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la
resolución de esas problemáticas y muchas veces empeoran las cosas. (9 de julio de 2015,
Movimientos Populares)
Los esfuerzos realizados recientemente para reparar relaciones rotas y abrir nuevas puertas
a la cooperación dentro de nuestra familia humana constituyen pasos positivos en el camino
de la reconciliación, la justicia y la libertad. Me gustaría que todos los hombres y mujeres
de buena voluntad de esta gran Nación apoyaran las iniciativas de la comunidad
internacional para proteger a los más vulnerables de nuestro mundo y para suscitar modelos
integrales e inclusivos de desarrollo, para que nuestros hermanos y hermanas en todas
partes gocen de la bendición de la paz y la prosperidad que Dios quiere para todos sus hijos.
(23 de septiembre de 2015, Bienvenida)
Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que
permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno
ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y
desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una
justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana —
amigos, comunidades, aldeas municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias,
naciones—. (25 de septiembre de 2015, Naciones Unidas)
Queridos vecinos, queridos hermanos. Recemos, trabajemos y comprometámonos juntos
para que toda familia tenga un techo digno, tenga acceso al agua potable, tenga un baño,
tenga energía segura para iluminarse, cocinar, para que puedan mejorar sus viviendas…
para que todo barrio tenga caminos, plazas, escuelas, hospitales, espacios deportivos,
recreativos y artísticos; para que los servicios básicos lleguen a cada uno de ustedes; para
que se escuchen sus reclamos y su clamor de oportunidades; para que todos puedan gozar
de la paz y la seguridad que se merecen conforme a su infinita dignidad humana. (27 de
noviembre de 2015, Suburbio)
61
En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium señalé el valor del progreso de la
humanidad en este momento histórico, por ejemplo en el ámbito de la salud, de la
educación y de la comunicación. Sin embargo, también afirmé con fuerza que hay que
combatir una economía de la exclusión y de la desigualdad que siembra víctimas cuando el
mecanismo de ganancia prevalece sobre el valor de la vida humana. Esta es la razón por la
cual a la globalización de la indiferencia es necesario contraponer la globalización de la
empatía. Por lo tanto, estamos llamados a dar a conocer el problema de las enfermedades
raras a escala mundial, a invertir en la formación más adecuada, a aumentar los recursos
para la investigación, a promover la adecuación legislativa, y el cambio del paradigma
económico para privilegiar a la persona. Entonces, gracias al compromiso coordinado en
varios niveles y en diversos sectores, será posible no sólo encontrar las soluciones a los
sufrimientos que afligen a nuestros hermanos y hermanas enfermos, sino también
garantizarles el acceso a las curas. (29 de abril de 2016)
La salud, sobre todo la de base, se niega —¡se niega!— en diversas partes del mundo y en
muchas regiones de África. No es un derecho para todos, sino más bien es aún un privilegio
para pocos, para aquellos que se lo pueden permitir. (7 de mayo de 2016)
Alguien se comporta con la corrupción como con las drogas: piensa poderla usar y dejarla
cuando quiera. Se empieza con poco: una propina por aquí, un soborno por allá… Y entre
esta y aquella lentamente se pierde la propia libertad. También la corrupción produce
adicción, y genera pobreza, explotación, sufrimiento. Y ¡cuántas víctimas hay hoy por el
mundo! Cuántas víctimas de esta difusa corrupción. Cuando en cambio intentamos seguir la
lógica evangélica de la integridad, de la transparencia, en las intenciones y en los
comportamientos, de la fraternidad, nosotros nos convertimos en artesanos de justicia y
abrimos horizontes de esperanza para la humanidad. (18 de septiembre de 2016)
El desarrollo no es el resultado de un conjunto de técnicas productivas, sino que abarca a
todo el ser humano: la dignidad de su trabajo, condiciones de vida adecuadas, la posibilidad
de acceder a la enseñanza y a los necesarios cuidados médicos. “El desarrollo es el nuevo
nombre de la paz”, afirmaba Pablo VI, puesto que no existe verdadera paz cuando hay
personas marginadas y forzadas a vivir en la miseria. No hay paz allí donde falta el trabajo
o la expectativa de un salario digno. No hay paz en las periferias de nuestras ciudades,
donde abunda la droga y la violencia. (24 de marzo de 2017)
Todos los esfuerzos deben orientarse, en primer lugar, a que cada país aumente sus propios
recursos para alcanzar la autosuficiencia alimentaria, pensando en nuevos modelos de
desarrollo y de consumo, facilitando formas de organización comunitaria que valoricen a
los pequeños productores y preserven los ecosistemas locales y biodiversidad (cf. Enc. Lett.
Laudato si’ 129, 180), así como adoptando políticas de cooperación que no agraven la
situación de los pueblos menos avanzados, o su dependencia externa. (28 de marzo de
2017)
Se trata, además, de integrar en el desarrollo todos los elementos que lo hacen
verdaderamente tal. Los diferentes sistemas: la economía, la finanza, el trabajo, la cultura,
la vida familiar, la religión son, cada uno en su especificidad, un momento irrenunciable de
este crecimiento. Ninguno de ellos puede monopolizar y ninguno de ellos puede ser
excluido de una concepción de desarrollo humano integral, es decir, que tenga en cuenta
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que la vida humana es como una orquesta que suena bien si los diferentes instrumentos se
afinan y siguen una partitura compartida por todos. (4 de abril de 2017)
El desarrollo no se reduce a un simple crecimiento económico; el desarrollo no consiste en
el tener a disposición cada vez más bienes, para un bienestar solamente material. Integrar
cuerpo y alma significa además que ninguna obra de desarrollo podrá llegar
verdaderamente a su fin si no respeta ese lugar en el cual Dios está presente para nosotros y
habla a nuestro corazón. Dios se ha hecho conocer plenamente en Jesucristo: en Él Dios y
el hombre no están divididos y separados entre ellos. Dios se ha hecho hombre para hacer
de la vida humana, tanto personal como social, una concreta vía de salvación. Así la
manifestación de Dios en Cristo —incluidos sus gestos de sanación, de liberación, de
reconciliación que hoy estamos llamados a volver a proponer a los muchos heridos a un
lado de la carretera— indica el camino y la modalidad del servicio que la Iglesia pretende
ofrecer al mundo: desde esta perspectiva se puede comprender qué cosa signifique un
desarrollo “integral”, que no perjudica ni a Dios ni al hombre, porque asume toda la
consistencia de ambos. (4 de abril de 2017)
El desarrollo, la prosperidad y la paz son bienes irrenunciables por los que vale la pena
cualquier sacrificio. Son también metas que requieren trabajo serio, compromiso seguro,
metodología adecuada y, sobre todo, respeto incondicionado a los derechos inalienables del
hombre, como la igualdad entre todos los ciudadanos, la libertad religiosa y de expresión,
sin distinción alguna. (28 de abril de 2017, Autoridades)
El verdadero desarrollo se mide por la solicitud hacia el hombre —corazón de todo
desarrollo—, a su educación, a su salud y a su dignidad; de hecho, la grandeza de cualquier
nación se revela en el cuidado con que atiende a los más débiles de la sociedad: las mujeres,
los niños, los ancianos, los enfermos, los discapacitados, las minorías, para que nadie, ni
ningún grupo social, quede excluido o marginado. (28 de abril de 2017, Autoridades)
Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un
desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a
sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en
nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la
pobreza evangélica que llevan impresa en su vida. (13 de junio de 2017)
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Diálogo cívico
Somos en efecto una sola familia humana que, en la multiplicidad de sus diferencias,
camina hacia la unidad, valorando la solidaridad y el diálogo entre los pueblos. (24 de
mayo de 2013)
Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta siempre es
la misma: Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una
sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del
encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos
pueden recibir algo bueno en cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando
sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Esta actitud abierta,
disponible y sin prejuicios, yo la definiría como humildad social, que es la que favorece el
diálogo. Sólo así puede prosperar un buen entendimiento entre las culturas y las religiones,
la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas y en clima de respeto de los
derechos de cada una. Hoy, o se apuesta por el diálogo, o se apuesta por la cultura del
encuentro, o todos perdemos, todos perdemos. Por aquí va el camino fecundo. (27 de julio
de 2013, Clase dirigente)
No se puede tener paz sin diálogo. Todas las guerras, todas las luchas, todos los problemas
que no se resuelven, con los cuales nos encontramos, se dan por falta de diálogo. Cuando
existe un problema, diálogo: esto construye la paz. (21 de agosto de 2013)
No es el enfrentamiento lo que ofrece perspectivas de esperanza para resolver los
problemas, sino que es la capacidad de encuentro y de diálogo. (25 de agosto de 2013)
Lo repito alto y fuerte: no es la cultura de la confrontación, la cultura del conflicto, la que
construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino ésta: la cultura del
encuentro, la cultura del diálogo; éste es el único camino para la paz. (1 de septiembre de
2013)
Que cada uno mire dentro de su propia conciencia y escuche la palabra que dice: Sal de tus
intereses que atrofian tu corazón, supera la indiferencia hacia el otro que hace insensible tu
corazón, vence tus razones de muerte y ábrete al diálogo, a la reconciliación. (7 de
septiembre de 2013)
Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y
a aprender los unos de los otros. Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de
diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro
requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. (24 de
enero de 2014)
Es necesario retomar siempre con audacia y sin cansarse el camino del diálogo, de la
reconciliación y de la paz. No hay otro camino. (25 de mayo de 2014, Tel Aviv)
Un auténtico diálogo requiere también capacidad de empatía. Para que haya diálogo tiene
que darse esta empatía. Se trata de escuchar no sólo las palabras que pronuncia el otro, sino
también la comunicación no verbal de sus experiencias, de sus esperanzas, de sus
aspiraciones, de sus dificultades y de lo que realmente le importa. Esta empatía debe ser
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fruto de nuestro discernimiento espiritual y de nuestra experiencia personal, que nos hacen
ver a los otros como hermanos y hermanas, y “escuchar”, en sus palabras y sus obras, y más
allá de ellas, lo que sus corazones quieren decir. En este sentido, el diálogo requiere por
nuestra parte un auténtico espíritu “contemplativo”: espíritu contemplativo de apertura y
acogida del otro. No puedo dialogar si estoy cerrado al otro. ¿Apertura? Más: ¡Acogida!
Ven a mi casa, tú, a mi corazón. Mi corazón te acoge. Quiere escucharte. Esta capacidad de
empatía posibilita un verdadero diálogo humano, en el que las palabras, ideas y preguntas
surgen de una experiencia de fraternidad y de humanidad compartida. (17 de agosto de
2014, Obispos)
La familia puede ser una escuela de comunicación como bendición. Y esto también allí
donde pareceque prevalece inevitablemente el odio y la violencia, cuando las familias están
separadas entre ellas por muros de piedra o por los muros no menos impenetrables del
prejuicio y del resentimiento, cuando parece que hay buenas razones para decir “ahora
basta”; el único modo para romper la espiral del mal, para testimoniar que el bien es
siempre posible, para educar a los hijos en la fraternidad. (23 de enero de 2015)
Jesús nos mostró que el amor de Dios se realiza en el amor al prójimo. Ambos van juntos.
… Por lo tanto, esta Palabra del Señor nos llama a amarnos unos a otros, incluso si no
siempre nos entendemos y no siempre estamos de acuerdo… pero es precisamente allí
donde se ve el amor cristiano. Un amor que también se manifiesta si existen diferencias de
opinión o de carácter, ¡pero el amor es más grande que estas diferencias! (10 de mayo de
2015)
Tenemos necesidad de comunicarnos, de descubrir las riquezas de cada uno, de valorar lo
que nos une y ver las diferencias como oportunidades de crecimiento en el respeto de todos.
(6 de junio de 2015, Autoridades)
En todos los ámbitos de la sociedad, pero especialmente en la actividad pública, se ha de
potenciar el diálogo como medio privilegiado para favorecer el bien común, sobre la base
de la cultura del encuentro, del respeto y del reconocimiento de las legítimas diferencias y
opiniones de los demás. (10 de julio de 2015)
Además, el diálogo presupone y nos exige buscar esa cultura del encuentro. Es decir, un
encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria. (11 de julio
de 2015)
El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestras diferencias,
dándoles posibilidad siempre a nuevas alternativas. Es decir, busca algo nuevo. Siempre,
cuando hay verdadero diálogo, se termina —permítanme la palabra pero la digo
noblemente— en un acuerdo nuevo, donde todos nos pusimos de acuerdo en algo…
Dialogar no es negociar… Es buscar el bien común. (11 de julio de 2015)
El diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia sino por fidelidad a Aquel que nunca
se cansa de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta la undécima hora para
proponer su amorosa invitación (cf. Mt 20,1-16). (23 de septiembre de 2015, Obispos)
Por tanto, la vía es el diálogo: diálogo entre ustedes, diálogo en sus Presbiterios, diálogo
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con los laicos, diálogo con las familias, diálogo con la sociedad. No me cansaré de
animarlos a dialogar sin miedo. (23 de septiembre de 2015, Obispos)
No tengan miedo de emprender el éxodo necesario en todo diálogo auténtico. De lo
contrario no se puede entender las razones de los demás, ni comprender plenamente que el
hermano al que llegar y rescatar, con la fuerza y la cercanía del amor, cuenta más que las
posiciones que consideramos lejanas de nuestras certezas, aunque sean auténticas. El
lenguaje duro y belicoso de la división no es propio del Pastor, no tiene derecho de
ciudadanía en su corazón y, aunque parezca por un momento asegurar una hegemonía
aparente, sólo el atractivo duradero de la bondad y del amor es realmente convincente. (23
de septiembre de 2015, Obispos)
Este servicio a la unidad es particularmente importante para su amada nación, cuyos
vastísimos recursos materiales y espirituales, culturales y políticos, históricos y humanos,
científicos y tecnológicos requieren responsabilidades morales no indiferentes en un mundo
abrumado y que busca con afán nuevos equilibrios de paz, prosperidad e integración. Por
tanto, una parte esencial de su misión es ofrecer a los Estados Unidos de América la
levadura humilde y poderosa de la comunión. Que la humanidad sepa que contar con el
“sacramento de unidad” (Lumen gentium, 1) es garantía de que su destino no es el
abandono y la disgregación. (23 de septiembre de 2015, Obispos)
Puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: el
reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la
expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en
tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden
dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior
podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. (24 de septiembre de
2015, Congreso)
El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta
atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de
que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo
ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de
índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de
una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la
libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el
que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos
de prestar especial atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y
malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con
sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las
polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. (24 de septiembre de 2015,
Congreso)
Os recomiendo también, de forma especial, la capacidad de diálogo y de encuentro.
Dialogar no es negociar. Negociar es tratar de llevarse la propia “tajada” de la tarta común.
No es eso lo que quiero decir. Sino que es buscar el bien común para todos. Discutir juntos,
me atrevería a decir enfadarse juntos, pensar en soluciones mejores para todos. Muchas
veces el encuentro se complica con el conflicto. En el diálogo tiene lugar el conflicto: es
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lógico y previsible que sea así. Y no debemos temerle ni ignorarlo, sino aceptarlo. “Aceptar
sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso” (Evangelii
gaudium, 227). (10 de noviembre de 2015, Iglesia italiana)
Acordaos, además, de que el mejor modo para dialogar no es el de hablar y discutir, sino
hacer algo juntos, construir juntos, hacer proyectos: no sólo entre católicos, sino juntamente
con todos los que tienen buena voluntad. Y sin miedo de realizar el éxodo necesario en todo
diálogo auténtico. De otro modo no es posible comprender las razones del otro, ni
comprender totalmente que el hermano es más importante que las posiciones que juzgamos
lejanas de las nuestras, incluso auténticas certezas. Es hermano. (10 de noviembre de 2015,
Iglesia italiana)
Es necesario un diálogo sincero abierto, con la cooperación responsable de todos:
autoridades políticas, comunidad científica, empresas y sociedad civil. No faltan ejemplos
positivos que nos demuestran cómo una verdadera colaboración entre la política, la ciencia
y la economía es capaz de lograr importantes resultados. (26 de noviembre de 2015,
U.N.O.N.)
Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y
los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las
palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de
las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que
llevan a expresarse con mensajes de odio. La palabra del cristiano, sin embargo, se propone
hacer crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no
romper nunca la relación y la comunicación. (24 de enero de 2016, Comunicaciones)
Quisiera, por tanto, invitar a las personas de buena voluntad a descubrir el poder de la
misericordia de sanar las relaciones dañadas y de volver a llevar paz y armonía a las
familias y a las comunidades. Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los
resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y
reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos. En todos estos casos
la misericordia es capaz de activar un nuevo modo de hablar y dialogar. (24 de enero de
2016, Comunicaciones)
Es deseable que también el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la
misericordia, que nunca da nada por perdido. Hago un llamamiento sobre todo a cuantos
tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que
estén siempre atentos al modo de expresase cuando se refieren a quien piensa o actúa de
forma distinta, o a quienes han cometido errores. Es fácil ceder a la tentación de aprovechar
estas situaciones y alimentar de ese modo las llamas de la desconfianza, del miedo, del
odio. Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de
reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas
soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera…
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”
(Mt 5,7-9) (24 de enero de 2016, Comunicaciones)
Que el estilo de nuestra comunicación sea tal, que supere la lógica que separa netamente los
pecadores de los justos. Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado —
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violencia, corrupción, explotación, etc.—, pero no podemos juzgar a las personas, porque
sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se
equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de
liberar a las víctimas y de levantar al caído. El evangelio de Juan nos recuerda que “la
verdad os hará libres” (Jn 8,32). Esta verdad es, en definitiva, Cristo mismo, cuya dulce
misericordia es el modelo para nuestro modo de anunciar la verdad y condenar la injusticia.
Nuestra primordial tarea es afirmar la verdad con amor (cf. Ef 4,15). Sólo palabras
pronunciadas con amor y acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los
corazones de quienes somos pecadores. Palabras y gestos duros y moralistas corren el
riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando
su sentido de negación y de defensa. (24 de enero de 2016, Comunicaciones)
El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir,
tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. Pido que el Año Jubilar vivido en
la misericordia “nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor;
elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de
discriminación” (Misericordiae vultus, 23). (24 de enero de 2016, Comunicaciones)
El encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que
genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra. En un
mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir
a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad.
(24 de enero de 2016, Comunicaciones)
El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos
factores más, pueden condicionar la comunicación. Además, siempre es necesario
desarrollar algunas actitudes que son expresión de amor y hacen posible el diálogo
auténtico. (19 de marzo de 2016, no. 136)
Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta
que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a
hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay
que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. Esto implica hacer un
silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente. (19 de marzo de
2016, no. 137)
Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de
reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera autónoma y a ser feliz. Nunca hay
que restarle importancia a lo que diga o reclame, aunque sea necesario expresar el propio
punto de vista. Subyace aquí la convicción de que todos tienen algo que aportar, porque
tienen otra experiencia de la vida, porque miran desde otro punto de vista, porque han
desarrollado otras preocupaciones y tienen otras habilidades e intuiciones. Es posible
reconocer la verdad del otro, el valor de sus preocupaciones más hondas y el trasfondo de
lo que dice, incluso detrás de palabras agresivas. Para ello hay que tratar de ponerse en su
lugar e interpretar el fondo de su corazón, detectar lo que le apasiona, y tomar esa pasión
como punto de partida para profundizar en el diálogo. (19 de marzo de 2016, no. 138)
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Amplitud mental, para no encerrarse con obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para
poder modificar o completar las propias opiniones. Es posible que, de mi pensamiento y del
pensamiento del otro pueda surgir una nueva síntesis que nos enriquezca a los dos. La
unidad a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino una “unidad en la diversidad”, o
una “diversidad reconciliada”. En ese estilo enriquecedor de comunión fraterna, los
diferentes se encuentran, se respetan y se valoran, pero manteniendo diversos matices y
acentos que enriquecen el bien común. Hace falta liberarse de la obligación de ser iguales.
También se necesita astucia para advertir a tiempo las “interferencias” que puedan
aparecer, de manera que no destruyan un proceso de diálogo. (19 de marzo de 2016, no.
139)
Reconocer los malos sentimientos que vayan surgiendo y relativizarlos para que no
perjudiquen la comunicación. Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin
lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o
tolerado por el otro, aunque el contenido sea exigente; plantear los propios reclamos pero
sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo
busque agredir, ironizar, culpar, herir. (19 de marzo de 2016, no. 139)
Cuando se puede amar a alguien, o cuando nos sentimos amados por él, logramos entender
mejor lo que quiere expresar y hacernos entender. Superar la fragilidad que nos lleva a
tenerle miedo al otro, como si fuera un “competidor”. Es muy importante fundar la propia
seguridad en opciones profundas, convicciones o valores, y no en ganar una discusión o en
que nos den la razón. (19 de marzo de 2016, no. 140)
Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta cansarnos es esta: diálogo. Estamos
invitados a promover una cultura del diálogo, tratando por todos los medios de crear
instancias para que esto sea posible y nos permita reconstruir el tejido social. La cultura del
diálogo implica un auténtico aprendizaje, una ascesis que nos permita reconocer al otro
como un interlocutor válido; que nos permita mirar al extranjero, al emigrante, al que
pertenece a otra cultura como sujeto digno de ser escuchado. (6 de mayo de 2016)
En la capacidad de escucha está la raíz de la paz. (17 de julio de 2016)
La cooperación fructífera en el ámbito internacional y la consideración recíproca maduran
mediante la toma de conciencia y el respeto de la identidad propia y de los demás. No
puede haber diálogo si cada uno no parte de su propia identidad. (27 de julio de 2016,
Autoridades)
El diálogo permite a las personas conocerse y comprender las exigencias los unos de los
otros. Sobre todo, es una señal de gran respeto, porque pone a las personas en actitud de
escucha y en la condición de acoger los mejores aspectos del interlocutor. En segundo
lugar, el diálogo es expresión de caridad, porque, aun no ignorando las diferencias, puede
ayudar a buscar y a compartir el bien común. Además, el diálogo invita a ponernos ante el
otro viéndolo como un don de Dios, que nos interpela y nos pide ser reconocido. (22 de
octubre de 2016, Audiencia Jubilar)
Para concluir, todas las formas de diálogo son expresiones de la gran exigencia de amor de
Dios, que sale al encuentro de todos y en cada uno pone una semilla de su bondad, para que
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pueda colaborar en su obra creadora. El diálogo derriba los muros de las divisiones y de las
incomprensiones; crea puentes de comunicación y no permite que nadie se aísle,
encerrándose en su pequeño mundo. No os olvidéis: dialogar es escuchar lo que me dice el
otro y decir con docilidad lo que pienso yo. Si las cosas van así, la familia, el barrio, el
puesto de trabajo serán mejores. Pero si yo no dejo que el otro diga todo lo que tiene en el
corazón y empiezo a gritar —hoy se grita mucho— no llegará a buen fin esta relación entre
nosotros; no llegará a buen fin la relación entre marido y mujer, entre padres e hijos.
Escuchar, explicar, con docilidad, no chillar al otro, no gritar al otro, sino tener un corazón
abierto. (22 de octubre de 2016, Audiencia Jubilar)
Es importante distinguir la llamada llena de sabiduría que Dios nos dirige cada día del
clamor de los que utilizan el nombre de Dios para asustar, alimentar divisiones y temores.
(13 de noviembre de 2016, Personas excluidas)
En el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros,
construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para
sacárselos de encima. El amor de Dios tiene sabor a fidelidad con las personas, porque es
amor de entrañas, un amor maternal/paternal que no las deja abandonadas, incluso cuando
se hayan equivocado. Nuestro Padre no espera a amar al mundo cuando seamos buenos, no
espera a amarnos cuando seamos menos injustos o perfectos; nos ama porque eligió
amarnos, nos ama porque nos ha dado el estatuto de hijos. Nos ha amado incluso cuando
éramos enemigos suyos (cf. Rm 5,10). El amor incondicionado del Padre para con todos ha
sido, y es, verdadera exigencia de conversión para nuestro pobre corazón que tiende a
juzgar, dividir, oponer y condenar. (19 de noviembre de 2016)
Las peculiaridades no deben asustar, ni se puede pensar que la unidad se preserva con la
uniformidad. Esa unidad es más bien la armonía de una comunidad. (24 de marzo de 2017)
Con alegría os doy la bienvenida. Me gusta pensar que el trabajo más importante que
tenemos que hacer hoy, entre nosotros, en la humanidad, es un trabajo “de oreja”:
escucharnos. Escucharnos, sin prisas para responder. Aceptar la palabra del hermano, de la
hermana y, luego, pensar en pronunciar la mía. La capacidad de escuchar, es muy
importante. Es interesante: cuando las personas tienen esta capacidad de escuchar, hablan
en tono bajo, tranquilo… En cambio, cuando no la tienen, hablan en voz alta y también
gritan. Entre hermanos, todos nosotros debemos hablar, escucharnos y hablar lentamente,
tranquilos, buscar juntos el camino. Y cuando se escucha y se habla, ya se está en camino.
(5 de abril de 2017, Discurso)
En medio de tantos motivos para desanimarse, de numerosos profetas de destrucción y de
condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sed una fuerza positiva, sed la luz y la
sal de esta sociedad, la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la
meta, sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de
concordia. (29 de abril de 2017, Viaje apostólico)
La riqueza se encuentra en la diversidad y en la unicidad de cada uno de nosotros.
Compararnos con los que están mejor nos lleva con frecuencia a caer en el resentimiento,
compararnos con los que están peor, nos lleva, a menudo, a caer en la soberbia y en la
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pereza. Quien tiende siempre a compararse con los demás termina paralizado. (29 de abril
de 2017, Viaje apostólico)
El mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo,
variado y unido: la Iglesia universal. Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a
evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto
ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos
endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros
particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Son
los así llamados “custodios de la verdad”. Entonces se escoge la parte, no el todo, el
pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos “seguidores”
partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de “derechas o
de izquierdas” antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del
futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad
sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin
embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer
todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo
una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, “donde está el Espíritu
del Señor, hay libertad” (2 Co 3,17). (4 de junio de 2017)
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Economía/Justicia económica/Desigualdad
Pienso en las dificultades que, en varios países, encuentra el mundo del trabajo y de la
empresa; pienso en cuantos, y no sólo los jóvenes, están desempleados, muchas veces por
causa de una concepción economicista de la sociedad, que busca el beneficio egoísta, al
margen de los parámetros de la justicia social. (1 de mayo de 2013)
Hay que luchar para vivir, y a menudo, para vivir sin dignidad. Una de las causas de esta
situación, en mi opinión, se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero,
aceptando su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. (16 de mayo de 2013)
…la crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda
crisis antropológica. ¡La negación de la primacía del hombre! Hemos creado nuevos ídolos.
La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en
el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y un objetivo
verdaderamente humano. (16 de mayo de 2013)
La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus
desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica, que reduce
al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor todavía, hoy se considera al
ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. (16 de
mayo de 2013)
Mientras las ganancias de unos pocos van creciendo exponencialmente, las de la mayoría
disminuyen. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta
de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados,
encargados de velar por el bien común. (16 de mayo de 2013)
Animo a los expertos financieros y a los gobernantes de sus Países a considerar las palabras
de San Juan Crisóstomo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y
quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. (16 de mayo de
2013)
El Papa exhorta a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas
a la ética en favor del hombre. (16 de mayo de 2013)
La Iglesia invita a los gobernantes a estar verdaderamente al servicio del bien común de sus
pueblos. Exhorta a los poderes financieros a tener en cuenta la ética y la solidaridad. ¿Y por
qué no acudir a Dios para que inspire los propios planes? Se formará una nueva mentalidad
política y económica que ayudará a transformar la dicotomía absoluta entre la esfera
económica y social en una sana convivencia. (16 de mayo de 2013)
Debemos recuperar todos el sentido del don, de la gratuidad, de la solidaridad. Un
capitalismo salvaje ha enseñado la lógica del beneficio a cualquier precio; de dar para
obtener; de la explotación sin contemplar a las personas… y los resultados los vemos en la
crisis que estamos viviendo. Esta Casa es un lugar que educa en la caridad, una “escuela”
de caridad que enseña a ir al encuentro de cada persona, no por beneficio, sino por amor.
(21 de mayo de 2013)
72
La crisis actual no es sólo económica y financiera, sino que hunde las raíces en una crisis
ética y antropológica. Seguir los ídolos del poder, del beneficio, del dinero, por encima del
valor de la persona humana, se ha convertido en norma fundamental de funcionamiento y
criterio decisivo de organización. Se ha olvidado y se olvida aún hoy que por encima de los
asuntos de la lógica y de los parámetros de mercado está el ser humano, y hay algo que se
debe al hombre en cuanto hombre, en virtud de su dignidad profunda: ofrecerle la
posibilidad de vivir dignamente y participar activamente en el bien común. Benedicto XVI
nos recordó que toda actividad humana, incluso aquella económica, precisamente porque es
humana, debe estar articulada e institucionalizada éticamente (cf. Carta enc. Caritas in
veritate, 36). Debemos volver a la centralidad del hombre, a una visión más ética de la
actividad y de las relaciones humanas, sin el temor de perder algo. (25 de mayo de 2013)
Lo que manda hoy no es el hombre: es el dinero, el dinero; la moneda manda. Y la tarea de
custodiar la tierra, Dios Nuestro Padre la ha dado no al dinero, sino a nosotros: a los
hombres y a las mujeres, ¡nosotros tenemos este deber! En cambio hombres y mujeres son
sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo: es la “cultura del descarte”. (5 de
junio de 2013, Medio ambiente)
…hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo: es la
“cultura del descarte”. Si se estropea un computer es una tragedia, pero la pobreza, las
necesidades, los dramas de tantas personas acaban por entrar en la normalidad. (5 de junio
de 2013, Medio ambiente)
…estas cosas entran en la normalidad: que algunas personas sin techo mueren de frío en la
calle no es noticia. Al contrario, una bajada de diez puntos en las bolsas de algunas
ciudades constituye una tragedia. Alguien que muere no es una noticia, ¡pero si bajan diez
puntos las bolsas es una tragedia! Así las personas son descartadas, como si fueran
residuos. (5 de junio de 2013, Medio ambiente)
Es bien sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, hay millones de
personas que sufren y mueren de hambre: esto, queridos amigos, constituye un verdadero
escándalo. Es necesario, pues, encontrar la manera de que todos puedan beneficiarse de los
frutos de la tierra, no sólo para evitar que aumente la diferencia entre los que más tienen y
los que tienen que conformarse con las migajas, sino también, y sobre todo, por una
exigencia de justicia, equidad y respeto a todo ser humano. (20 de junio de 2013)
La persona y la dignidad humana corren el riesgo de convertirse en una abstracción ante
cuestiones como el uso de la fuerza, la guerra, la desnutrición, la marginación, la violencia,
la violación de las libertades fundamentales o la especulación financiera, que en este
momento condiciona el precio de los alimentos, tratándolos como cualquier otra mercancía
y olvidando su destino primario. Nuestro cometido consiste en proponer de nuevo, en el
contexto internacional actual, la persona y la dignidad humana no como un simple reclamo,
sino más bien como los pilares sobre los cuales construir reglas compartidas y estructuras
que, superando el pragmatismo o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las
divisiones y colmar las diferencias existentes. En este sentido, es necesario contraponerse a
los intereses económicos miopes y a la lógica del poder de unos pocos, que excluyen a la
mayoría de la población mundial y generan pobreza y marginación, causando disgregación
73
en la sociedad, así como combatir esa corrupción que produce privilegios para algunos e
injusticias para muchos. (20 de junio de 2013)
La economía mundial podrá desarrollarse realmente en la medida en que sea capaz de
permitir una vida digna a todos los seres humanos, desde los más ancianos hasta los niños
aún en el seno materno, no sólo a los ciudadanos de los países miembros del G20, sino a
todo habitante de la tierra, hasta quienes se encuentran en las situaciones sociales más
difíciles o en los lugares más perdidos. En esta perspectiva, parece claro que en la vida de
los pueblos los conflictos armados constituyen siempre la deliberada negación de toda
posible concordia internacional, creando divisiones profundas y heridas lacerantes que
requieren muchos años para cicatrizar. Las guerras constituyen el rechazo práctico a
comprometerse para alcanzar esas grandes metas económicas y sociales que la comunidad
internacional se ha dado, como son, por ejemplo, los Millennium Development Goals.
Lamentablemente, los muchos conflictos armados que aún hoy afligen el mundo nos
presentan, cada día, una dramática imagen de miseria, hambre, enfermedades y muerte. En
efecto, sin paz no hay ningún tipo de desarrollo económico. La violencia no lleva jamás a la
paz, condición necesaria para tal desarrollo. (4 de septiembre de 2013)
Dios ha querido que en el centro del mundo no haya un ídolo, sino que esté el hombre, el
hombre y la mujer, que saquen adelante, con su propio trabajo, el mundo. Pero ahora, en
este sistema sin ética, en el centro hay un ídolo y el mundo se ha vuelto idólatra de este
“dios-dinero”. Manda el dinero. Manda el dinero. Mandan todas estas cosas que le sirven a
él, a este ídolo. ¿Y qué ocurre? Para defender a este ídolo se amontonan todos en el centro y
caen los extremos, caen los ancianos porque en este mundo no hay sitio para ellos. (22 de
septiembre de 2013, Mundo laboral)
Debemos decir: “¡Queremos un sistema justo! un sistema que nos haga salir a todos
adelante”. Debemos decir: “Nosotros no queremos este sistema económico globalizado, que
nos daña tanto”. En el centro debe estar el hombre y la mujer, como Dios quiere, y no el
dinero. (22 de septiembre de 2013, Mundo laboral)
Volver a poner en el centro a la persona y el trabajo. La crisis económica tiene una
dimensión europea y global; pero la crisis no es sólo económica, es también ética, espiritual
y humana. En la raíz hay una traición al bien común, tanto por parte de los individuos como
de los grupos de poder. Así que es necesario quitar centralidad a la ley del beneficio y del
rédito y volver a situar en el centro a la persona y el bien común. Y un factor muy
importante para la dignidad de la persona es precisamente el trabajo; para que haya una
auténtica promoción de la persona hay que garantizar el trabajo. Esta es una tarea que
pertenece a la sociedad entera. (22 de septiembre de 2013, Mundo laboral)
Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la
vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”.
Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en
situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No
se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es
inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte,
donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes
74
masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.
(24 de noviembre de 2013, no. 53)
Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y
luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no
se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo:
con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se
vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los
excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes”. (24 de noviembre de 2013, no.
53)
En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del “derrame”, que suponen que
todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí
mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido
confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes
detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico
imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de
vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha
desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos
incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama
de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no
nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado
ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta
de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera. (24 de
noviembre de 2013, no. 54)
La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda
crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! … La crisis mundial, que
afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la
grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus
necesidades: el consumo. (24 de noviembre de 2013, no. 55)
Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se
quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. (24 de noviembre de 2013, no.
56)
Animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras
de un sabio de la antigüedad: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y
quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. [San Juan
Crisóstomo, De Lazaro Concio II, 6: PG 48, 992D.] (24 de noviembre de 2013, no. 57)
¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la
obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres,
respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la
economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano. (24 de noviembre de 2013, no.
58)
75
Respetando la independencia y la cultura de cada nación, hay que recordar siempre que el
planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber
nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas
personas vivan con menor dignidad. Hay que repetir que “los más favorecidos deben
renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio
de los demás”. (24 de noviembre de 2013, no. 190)
El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso
común. (24 de noviembre de 2013, no. 192)
La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un
sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su
esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo. (24
de noviembre de 2013, no. 203)
Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El
crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone;
requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una
mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción
integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. (24 de noviembre de 2013, no.
204)
Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el
todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De
hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes
contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si
realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de
la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las
naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos. (24
de noviembre de 2013, no. 206)
La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de
algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados,
es necesaria una voz profética. (24 de noviembre de 2013, no. 218)
Además, si por una parte se da una reducción de la pobreza absoluta, por otra parte no
podemos dejar de reconocer un grave aumento de la pobreza relativa, es decir, de las
desigualdades entre personas y grupos que conviven en una determinada región o en un
determinado contexto histórico-cultural. En este sentido, se necesitan también políticas
eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas —iguales
en su dignidad y en sus derechos fundamentales— el acceso a los “capitales”, a los
servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la
oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente
como personas. (8 de diciembre de 2013)
También se necesitan políticas dirigidas a atenuar una excesiva desigualdad de la renta. No
podemos olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre la llamada hipoteca social, según la cual,
aunque es lícito, como dice Santo Tomás de Aquino, e incluso necesario, “que el hombre
76
posea cosas propias”, en cuanto al uso, no las tiene “como exclusivamente suyas, sino
también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también
a los demás”. (8 de diciembre de 2013)
Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de
una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se
conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir. (26 de diciembre de
2013, Cuaresma)
Hace falta, por lo tanto, un renovado, profundo y amplio sentido de responsabilidad por
parte de todos. “La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje
interpelar por un sentido más amplio de la vida” (Evangelii Gaudium , 203). De este modo,
los hombres y las mujeres pueden servir más eficazmente al bien común y hacer que los
bienes del mundo sean más accesibles para todos. Sin embargo, el crecimiento de la
igualdad requiere algo más que el crecimiento económico, aunque si lo presupone. Se
requiere, en primer lugar, “una visión trascendente de la persona” (Benedicto XVI, Caritas
in veritate, 11), porque “sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este
mundo se queda sin aliento” (ibíd). Además, necesita decisiones, mecanismos y procesos
encaminados a una mejor distribución de la riqueza, la creación de fuentes de empleo y la
promoción integral del pobre, que va más allá de una simple mentalidad de asistencia. (17
de enero de 2014)
Estoy convencido que una apertura tal a lo trascendente puede dar forma a una nueva
mentalidad política y económica, capaz de reconducir toda la actividad económica y
financiera dentro de un enfoque ético que sea verdaderamente humano. La comunidad
económica internacional puede contar con muchos hombres y mujeres de gran honestidad e
integridad personal, cuya labor se inspira y guía por nobles ideales de justicia, generosidad
y atención por el auténtico desarrollo de la familia humana. Os exhorto a aprovechar estos
grandes recursos humanos y morales, y a haceros cargo de este desafío con determinación y
visión de futuro. Sin ignorar, por supuesto, los requisitos específicos, científicos y
profesionales, de cada sector, os pido que os esforcéis para que la humanidad se sirva de la
riqueza y no sea gobernada por ella. (17 de enero de 2014)
Si la globalización acrecentó notablemente la riqueza global del conjunto y de muchos
Estados concretos, ella también aumentó las diferencias entre los diversos grupos sociales,
creando desigualdades y nuevas pobrezas en los mismos países considerados más ricos. (2
de octubre de 2014)
El crecimiento de las desigualdades y las pobrezas ponen en riesgo la democracia inclusiva
y participativa, la cual presupone siempre una economía y un mercado que no excluyen y
que son justos. Se trata, entonces, de vencer las causas estructurales de las desigualdades y
de la pobreza. En la exhortación apostólica Evangelii gaudium he querido señalar tres
instrumentos fundamentales para la inclusión social de los más necesitados, como la
educación, el acceso a la asistencia sanitaria y el trabajo para todos (cf. n. 192). (2 de
octubre de 2014)
77
Hay sistemas económicos que para sobrevivir deben hacer la guerra. Un sistema económico
centrado en el dios dinero necesita también saquear la naturaleza, saquear la naturaleza,
para sostener el ritmo frenético de consumo que le es inherente. (28 de octubre de 2014)
Hoy, al fenómeno de la explotación y de la opresión se le suma una nueva dimensión, un
matiz gráfico y duro de la injusticia social; los que no se pueden integrar, los excluidos son
desechos, “sobrantes”. Esta es la cultura del descarte y sobre esto quisiera ampliar algo que
no tengo escrito pero se me ocurre recordarlo ahora. Esto sucede cuando al centro de un
sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. Sí, al centro de
todo sistema social o económico tiene que estar la persona, imagen de Dios, creada para
que fuera el dominador del universo. Cuando la persona es desplazada y viene el dios
dinero sucede esta trastocación de valores. (28 de octubre de 2014)
Porque en este sistema se ha sacado al hombre, a la persona humana, del centro y se lo ha
reemplazado por otra cosa. Porque se rinde un culto idolátrico al dinero. Porque se ha
globalizado la indiferencia, se ha globalizado la indiferencia: a mí ¿qué me importa lo que
les pasa a otros mientras yo defienda lo mío? Porque el mundo se ha olvidado de Dios, que
es Padre; se ha vuelto huérfano porque dejó a Dios de lado. (28 de octubre de 2014)
Se requiere que todos, especialmente cuantos ejercen una profesión que tiene que ver con el
buen funcionamiento de la vida económica de un país, desempeñen un papel positivo,
constructivo, en la realización diaria del propio trabajo, sabiendo que detrás de cada
documento hay una historia, hay rostros. En dicho compromiso que, como decíamos,
requiere la cooperación de todos, el profesional cristiano saca cada día de la oración y de la
Palabra de Dios la fuerza, ante todo, para hacer bien su propio deber, con competencia y
sabiduría; y después, para “ir más allá”, que significa ir al encuentro de las personas con
dificultades; ejercitar la creatividad que le permita encontrar soluciones en situaciones
bloqueadas; hacer valer las razones de la dignidad humana frente a la rigidez de la
burocracia. (14 de noviembre de 2014)
La economía y las finanzas son dimensiones de la actividad humana y pueden ser ocasiones
de encuentros, de diálogo, de cooperación, de reconocimiento de derechos y de prestación
de servicios, de afianzamiento de la dignidad en el trabajo. Pero para esto es necesario
poner siempre en el centro al hombre con su dignidad, contrastando las dinámicas que
tienden a homologar todo y anteponen el dinero. Cuando el dinero llega a ser un fin en sí
mismo y la razón de toda actividad, de toda iniciativa, entonces prevalecen la visión
utilitarista y las lógicas salvajes del beneficio, que no respetan a las personas, con la
consiguiente y generalizada caída de los valores de la solidaridad y del respeto por la
persona humana. Cuantos actúan de diversas maneras en la economía y en las finanzas,
están llamados a hacer elecciones que favorezcan el bienestar social y económico de toda la
humanidad, ofreciendo a todos la oportunidad de realizar el propio desarrollo. (14 de
noviembre de 2014)
Os animo a trabajar siempre responsablemente, favoreciendo relaciones leales, de justicia y,
en la medida de lo posible, de fraternidad, afrontando con valentía sobre todo los problemas
de los más débiles y los más pobres. No basta con dar respuestas concretas a cuestiones
económicas y materiales; es preciso suscitar y cultivar una ética de la economía, de las
finanzas y del trabajo; es preciso mantener vivo el valor de la solidaridad —esta palabra
78
que hoy corre el riesgo de ser borrada del diccionario—, la solidaridad como actitud moral,
expresión de la atención al otro en todas sus exigencias legítimas. (14 de noviembre de
2014)
“Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la
vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’”
(Evangelii gaudium, 53). (20 de marzo de 2015)
Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta
a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. … Es también la
lógica interna de quien dice: “Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la
economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños
inevitables”. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 122-123)
La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a
eventuales consecuencias negativas para el ser humano. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’,
no. 109)
La Iglesia siempre ha reconocido, apreciado y alentado la experiencia de cooperativismo.
Lo leemos en los documentos del Magisterio. Recordemos el grito lanzado en 1891, con la
Rerum novarum, por el Papa León XIII: “Todos propietarios y no todos proletarios”. Y son
ciertamente también conocidas las páginas de la encíclica Caritas in veritate, donde
Benedicto XVI se expresa a favor de la cooperación en el crédito y en el consumo (cf. nn.
65-66), destacando la importancia de la economía de comunión y del sector non profit (cf.
n. 41), para afirmar que el dios-beneficio no es una divinidad, sino que es sólo una brújula y
un metro de valoración de la actividad empresarial. (28 de febrero de 2015)
Este gran salto hacia adelante que nos proponemos que realice el cooperativismo, os
confirmará que todo lo que ya habéis hecho no sólo es positivo y vital, sino que sigue
siendo profético. Por ello tenéis que seguir inventando —esta es la palabra: inventar—
nuevas formas de cooperación. (28 de febrero de 2015)
Las cooperativas tienen que seguir siendo el motor que levanta y desarrolla la parte más
débil de nuestras comunidades locales y de la sociedad civil. De esto no es capaz el
sentimiento. Para ello es necesario poner en primer lugar la fundación de nuevas empresas
cooperativas, junto al desarrollo ulterior de las que ya existen, para crear sobre todo nuevas
posibilidades de trabajo que hoy no existen. (28 de febrero de 2015)
El movimiento cooperativo puede ejercer un papel importante para sostener, facilitar y
también alentar la vida de las familias. Realizar la conciliación, o tal vez mejor la
armonización entre trabajo y familia, es una tarea que habéis ya iniciado y que debéis
realizar cada vez más. Hacer esto significa también ayudar a las mujeres a realizarse
plenamente en la propia vocación y a fructificar sus propios talentos. Mujeres libres de ser
cada vez más protagonistas, tanto en las empresas como en las familias. Sé bien que las
cooperativas ya proponen muchos servicios y muchas fórmulas organizativas, como la
mutual; que salen al encuentro de las exigencias de todos, de los niños y los ancianos en
especial, desde las guarderías hasta la asistencia en los domicilios. Este es nuestro modo de
79
gestionar los bienes comunes, esos bienes que no deben ser sólo la propiedad de pocos y
no deben perseguir fines especulativos. (28 de febrero de 2015)
Es una auténtica misión que nos pide fantasía creativa para encontrar formas, métodos,
actitudes e instrumentos, para combatir la “cultura del descarte”, la que hoy vivimos, la
“cultura del descarte” cultivada por los poderes que rigen las políticas económicofinancieras
del mundo globalizado, donde en el centro está el dios dinero. (28 de febrero de
2015)
Globalizar la solidaridad —¡esto se debe globalizar, la solidaridad!— hoy significa pensar
en el aumento vertiginoso de los desempleados, las lágrimas incesantes de los pobres, la
necesidad de retomar un desarrollo que sea un verdadero progreso integral de la persona
que necesita ciertamente un ingreso, pero no sólo el ingreso. Pensemos en las necesidades
de la salud, que los sistemas de bienestar tradicional ya no logran satisfacer; en las
exigencias apremiantes de la solidaridad, poniendo de nuevo en el centro de la economía
mundial la dignidad de la persona humana, como lo habéis dicho vosotros. Como diría
también hoy el Papa León XIII: para globalizar la solidaridad “es admirable y varia la
fuerza de las doctrinas cristianas” (28 de febrero de 2015)
Debe promover la economía de la honradez. Una economía saneada en el mar insidioso de
la economía global. Una verdadera economía promovida por personas que tienen en el
corazón y en la mente sólo el bien común. (28 de febrero de 2015)
Se sabe que un cierto liberalismo cree que sea necesario antes producir riqueza, y no
importa cómo, para luego promover alguna política redistributiva por parte del Estado.
Primero llenar el vaso y luego dar a los demás. Otros piensan que es la misma empresa
quien debe dar las migajas de la riqueza acumulada, absolviendo de este modo la propia y
así llamada “responsabilidad social”. Se corre el riesgo de ilusionarse con hacer el bien
mientras que, lamentablemente, se sigue sólo haciendo marketing, sin salir del circuito fatal
del egoísmo de las personas y de las empresas que tienen como centro el dios dinero. En
cambio, nosotros sabemos que realizando una calidad nueva de economía se crea la
capacidad de hacer crecer a las personas en todas sus potencialidades. (28 de febrero de
2015)
La primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos: Los seres humanos y la
naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos “NO” a una economía de
exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa
economía excluye. Esa economía destruye la madre tierra. (9 de julio de 2015,
Movimientos Populares)
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración
de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los
bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso
sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a las “tres T” por
las que ustedes luchan. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una
infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos
80
derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es
una economía donde el ser humano, en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema
de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno
encuentren un cauce adecuado en el ser social. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también es posible. No es una utopía ni
una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos
disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la
creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de “todos los hombres y de
todo el hombre”. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es
un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata
de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los
bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad
anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos
naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas
necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando los
pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden
ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca
podrían sustituir la verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo,
participativo y solidario. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Un desarrollo económico que no tiene en cuenta a los más débiles y desafortunados no es
verdadero desarrollo. La medida del modelo económico ha de ser la dignidad integral de la
persona, especialmente la persona más vulnerable e indefensa. (10 de julio de 2015)
Las personas cuya vocación es ayudar al desarrollo económico tienen la tarea de velar para
que éste siempre tenga rostro humano. El desarrollo económico tiene que tener rostro
humano. (11 de julio de 2015)
La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre
una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las
pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos
presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y —a la vez— grandes sectores indefensos,
víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: el ambiente natural y el vasto mundo de
mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones
políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por
eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y
acabando con la exclusión. (25 de septiembre de 2015, Naciones Unidas)
Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias,
me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi
grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que
anhelan soluciones urgentes y efectivas. (25 de septiembre de 2015, Naciones Unidas)
No basta con ofrecer asistencia, no basta con ofrecer un poco de beneficencia, eso no basta,
eso es quizás el primer paso. Es necesario dirigir la actividad económica en sentido
81
evangélico, es decir, al servicio de la persona y del bien común. En esta perspectiva,
ustedes están llamados a trabajar juntos para hacer crecer un espíritu empresarial de
subsidiariedad, para afrontar juntos los desafíos éticos y del mercado, sobre todo el desafío
de crear buenas oportunidades de empleo. (31 de octubre de 2015)
¡Piensen en los jóvenes, pero sean creativos en la creación de oportunidades de empleo que
vayan adelante y den trabajo, porque una persona sin trabajo no sólo no lleva el pan a casa
sino que pierde la dignidad! Y para trazar este camino también contribuyen las iniciativas
de compartición y de estudio que ustedes crean en el territorio. (31 de octubre de 2015)
Este contexto de indiferencia y hostilidad que sufren los barrios populares se agrava cuando
la violencia se generaliza y las organizaciones criminales, al servicio de intereses
económicos o políticos, utilizan a niños y jóvenes como “carne de cañón” para sus negocios
ensangrentados. También conozco los padecimientos de las mujeres que luchan
heroicamente para proteger a sus hijos e hijas de estos peligros. (27 de noviembre de 2015,
Suburbio)
El lucro y el capital no son un bien por encima del hombre, están al servicio del bien
común. Y, cuando el bien común es forzado para estar al servicio del lucro, y el capital la
única ganancia posible, eso tiene un nombre, se llama exclusión, y así se va consolidando la
cultura del descarte: ¡Descartado! ¡Excluido! (17 de febrero de 2016, Mundo del trabajo)
La forma de combatir esta precariedad y aislamiento, que nos deja vulnerables a tantas
aparentes soluciones… se tiene que dar a diversos niveles. Una es por medio de
legislaciones que protejan y garanticen los mínimos necesarios para que cada hogar y para
que cada persona pueda desarrollarse por medio del estudio y un trabajo digno. (15 de
febrero de 2016, Familias)
Como san Juan Pablo II destacó en varias ocasiones, la actividad económica no puede ser
llevada a cabo con un vacío institucional y político (Carta encíclica Centesimus annus, 48),
pero posee un componente ético esencial; debe, además, ponerse siempre al servicio de la
persona humana y del bien común. (13 de mayo de 2016)
Jesús, en la parábola del administrador injusto, exhorta a hacerse de amigos con las
riquezas de iniquidad, para poder ser recibidos en las moradas eternas (cf. Lc 16, 9-15).
Todos los Padres de la Iglesia han interpretado estas palabras en el sentido de que las
riquezas son buenas cuando se ponen al servicio del prójimo, de lo contrario son inicuas
(cf. Catena Aurea: Evangelio según san Lucas, 16, 8-13). Por tanto, el dinero debe servir,
en vez de gobernar. Es un principio clave: el dinero debe servir en vez de gobernar. (17 de
noviembre de 2016, Empresarios)
El dinero debe servir en vez de gobernar. El dinero es sólo un instrumento técnico de
intermediación, de comparación de valores y derechos, de cumplimiento de las
obligaciones y de ahorro. Como toda técnica, el dinero no tiene un valor neutro, sino que
adquiere valor según la finalidad y las circunstancias en que se usa. Cuando se afirma la
neutralidad del dinero, se está cayendo en su poder. Las empresas no deben existir para
ganar dinero, aunque el dinero sirva para medir su funcionamiento. Las empresas existen
para servir. (17 de noviembre de 2016, Empresarios)
82
Es urgente recuperar el sentido social de la actividad financiera y bancaria, con la mejor
inteligencia e inventiva de los empresarios. Esto supone asumir el riesgo de complicarse la
vida, teniendo que renunciar a ciertas ganancias económicas. El crédito debe ser accesible
para la vivienda de las familias, para las pequeñas y medianas empresas, para los
campesinos, para las actividades educativas, especialmente a nivel primario, para la sanidad
general, para el mejoramiento y la integración de los núcleos urbanos más pobres. Una
lógica crematística del mercado hace que el crédito sea más accesible y más barato para
quien posee más recursos; y más caro y difícil para quien tiene menos, hasta el punto de
dejar las franjas más pobres de la población en manos de usureros sin escrúpulos. De igual
modo, a nivel internacional, el financiamiento de los países más pobres se convierte
fácilmente en una actividad usurera. Este es uno de los grandes desafíos para el sector
empresarial y para los economistas en general, que está llamado a conseguir un flujo
estable y suficiente de crédito que no excluya a ninguno y que pueda ser amortizable en
condiciones justas y accesibles. (17 de noviembre de 2016, Empresarios)
Hay un segundo riesgo que debe ser asumido por los empresarios. El riesgo de la
honestidad. La corrupción es la peor plaga social. Es la mentira de buscar el provecho
personal o del propio grupo bajo las apariencias de un servicio a la sociedad. Es la
destrucción del tejido social bajo las apariencias del cumplimiento de la ley. Es la ley de la
selva disfrazada de aparente racionalidad social. Es el engaño y la explotación de los más
débiles o menos informados. Es el más craso egoísmo, oculto detrás de una aparente
generosidad. La corrupción está generada por la adoración del dinero y vuelve al corrupto,
prisionero de esa misma adoración. La corrupción es un fraude a la democracia, y abre las
puertas a otros males terribles como la droga, la prostitución y la trata de personas, la
esclavitud, el comercio de órganos, el tráfico de armas, etc. La corrupción es hacerse
seguidor del diablo, padre de la mentira. (17 de noviembre de 2016, Empresarios)
Nuestro mundo hoy está marcado por una gran inquietud. La desigualdad entre los pueblos
sigue creciendo y muchas comunidades están afectadas directamente por la guerra y la
pobreza o por la partida forzada de los migrantes y refugiados. La gente quiere hacer oír su
voz y expresar sus propias preocupaciones y miedos. Quiere dar su legítima contribución a
las comunidades locales y a la más amplia parte de la sociedad, y beneficiarse de los
recursos y del desarrollo muy a menudo reservados a unos pocos. Y eso, mientras puede
crear conflictos y dejar al descubierto los muchos sufrimientos de nuestro mundo, también
nos permite comprender que estamos viviendo un momento de esperanza. Porque cuando
reconocemos finalmente el mal entre nosotros, podemos intentar sanarlo aplicando la cura
adecuada… Esta estrategia de renovación y esperanza requiere una conversión institucional
y personal; un cambio del corazón que confiere el primado a las más profundas expresiones
de nuestra común humanidad, de nuestras culturas, de nuestras convicciones religiosas y de
nuestras tradiciones. (3 de diciembre de 2016)
En la encíclica Populorum Progressio, que este año celebra su cincuenta aniversario, el
beato Pablo VI recordó cómo estas desigualdades provocan discordias. “El camino de la
paz pasa por el desarrollo” que las autoridades públicas tienen la obligación de estimular y
fomentar, creando las condiciones para una distribución más equitativa de los recursos e
incentivando oportunidades de trabajo, sobre todo para los más jóvenes. En el mundo hay
todavía muchas personas, especialmente niños, que aún sufren por causa de una pobreza
83
endémica y viven en situaciones de inseguridad alimentaria ―más bien, de hambre―
mientras que los recursos naturales son objeto de la ávida explotación de unos pocos,
desperdiciándose cada día enormes cantidades de alimentos. (9 de enero de 2017)
En primer lugar quisiera reiterar que es inaceptable, porque es inhumano, un sistema
económico mundial que descarta a hombres, mujeres y niños, por el hecho de que no
parezcan útiles según los criterios de rentabilidad de las empresas u otras organizaciones.
Precisamente este descartar a las personas comporta la regresión y la deshumanización de
cualquier sistema político y económico: los que causan o permiten el descarte de los demás
—los refugiados, los niños abusados o esclavos, los pobres que mueren en la calle cuando
hace frío— se convierten en máquinas sin alma, aceptando implícitamente el principio de
que ellos también, tarde o temprano, serán descartados. ¡Esto es un boomerang! Pero es
verdad: antes o después ellos serán descartados, cuando ya no sean útiles a una sociedad
que ha puesto en el centro al dios dinero. (14 de enero de 2017)
En 1991, san Juan Pablo II, frente a la caída de los sistemas políticos opresivos y a la
integración gradual de los mercados que ahora habitualmente llamamos globalización,
advertía del riesgo de propagación por todos lados de la ideología capitalista. Esta habría
llevado aparejada la poca o nula consideración por los fenómenos de la marginación, de la
explotación y de la alienación humana, ignorando a las multitudes que siguen viviendo en
la pobreza material y moral, y confiando ciegamente la solución únicamente al libre
desarrollo de las fuerzas del mercado. Mi predecesor, preguntándose si tal sistema
económico era el modelo a proponer a los que estaban buscando el camino del verdadero
progreso económico y social, llegó a una respuesta claramente negativa. Este no es el
camino (cf. Centesimus annus, 42). (14 de enero de 2017)
En la Biblia, los pobres, los huérfanos, las viudas, los “descartados” de la sociedad de ese
tiempo eran ayudados con el diezmo y la recogida del grano. Pero la gran parte del pueblo
permanecía pobre, esas ayudas no eran suficientes para quitar el hambre y cuidar a todos.
Los “descartados” de la sociedad eran muchos. Hoy hemos inventado otros modos de
cuidar, quitar el hambre, educar a los pobres, y algunas de las semillas de la Biblia han
florecido en instituciones más eficaces que aquellas antiguas. La razón de los impuestos
está también en esta solidaridad, que es negada por la evasión fiscal, que, antes de ser actos
ilegales son actos que niegan la ley básica de la vida: el socorro recíproco. (4 de febrero de
2017)
Al introducir dentro de la economía el buen germen de la comunión, habéis iniciado un
cambio profundo en el modo de ver y vivir la empresa. La empresa no sólo puede no
destruir la comunión entre las personas, sino que puede edificarla, puede promoverla. Con
vuestra vida mostráis que economía y comunión se hacen más bellas cuando están una
junto a la otra. Más bella la economía, ciertamente, pero más bella también la comunión,
porque la comunión espiritual de los corazones es aún más plena cuando se convierte en
comunión de bienes, de talentos, de beneficios. (4 de febrero de 2017)
Es muy importante que en el centro de la economía de comunión esté la comunión de
vuestras ganancias. La economía de comunión es también comunión de los provechos,
expresión de la comunión de la vida. Muchas veces he hablado del dinero como ídolo. La
Biblia nos lo dice de distintas maneras. No es casualidad que la primera acción pública de
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Jesús, en el Evangelio de Juan, sea la expulsión de los mercaderes del templo (cf 2, 13-21).
No se puede comprender el nuevo Reino traído por Jesús si no nos liberamos de los ídolos,
de los cuales uno de los más poderosos es el dinero. ¿Cómo poder ser de los mercaderes
que Jesús no expulsa? El dinero es importante, sobre todo cuando no hay y de eso depende
la comida, la escuela, el futuro de los hijos. Pero se convierte en ídolo cuando se convierte
en el fin. La avaricia, que no es por casualidad un pecado capital, es pecado de idolatría
porque la acumulación de dinero en sí se convierte en el fin del propio actuar. Ha sido
Jesús, precisamente Él, quien dio categoría de “señor” al dinero: “Nadie puede servir a dos
señores, dos patrones”. Son dos: Dios o el dinero, el anti-dios, el ídolo. Esto lo ha dicho
Jesús. Al mismo nivel de opción. Pensad en esto. (4 de febrero de 2017)
Cuando el capitalismo hace de la búsqueda del beneficio su único fin, corre el riesgo de
convertirse en una estructura idolátrica, una forma de culto. La “dea fortuna” es cada vez
más la nueva divinidad de una cierta finanza y de todo ese sistema del juego que está
destruyendo millones de familias del mundo, y a lo que vosotros os oponéis justamente.
Este culto idolátrico es un sustituto de la vida eterna. Los productos (los coches, los
teléfonos…) envejecen y se consumen, pero si tengo el dinero o el crédito puedo adquirir
inmediatamente otros, con la ilusión de vencer a la muerte. (4 de febrero de 2017)
Se entiende, entonces, el valor ético y espiritual de vuestra elección de poner los beneficios
en común. La mejor forma y más concreta para no hacer del dinero un ídolo es compartirlo,
compartirlo con otros, sobre todo con los pobres, o para hacer estudiar y trabajar a los
jóvenes, venciendo a la tentación idolátrica con la comunión. Cuando compartís y donáis
vuestros beneficios, estáis haciendo un acto de alta espiritualidad, diciendo con los hechos
al dinero: ¡tú no eres Dios, tú no eres señor, tú no eres patrón! Y no olvidar tampoco esa
alta filosofía y esa alta teología que hacía decir a nuestras abuelas: “El diablo entra por el
bolsillo”. ¡No olvidéis esto! (4 de febrero de 2017)
La comunión no es sólo división sino también multiplicación de los bienes, creación de
nuevo pan, de nuevos bienes, de nuevo Bien con mayúscula. El principio del Evangelio
permanece activo sólo si lo regalamos, porque es amor, y el amor es activo cuando
amamos, no cuando escribimos novelas o cuando vemos telenovelas. Sin embargo, si lo
tenemos celosamente todo y sólo para nosotros, se enmohece y muere. Y el Evangelio
puede enmohecerse. La economía de comunión tendrá futuro si la regaláis a todos y no
permanece sólo dentro de vuestra “casa”. ¡Regaladla a todos, y primero a los pobres y a los
jóvenes, que son los que más la necesitan y saben hacer fructificar el don recibido! Para
tener vida en abundancia es necesario aprender a regalar: no sólo los beneficios de las
empresas, sino vosotros mismos. El primer regalo del empresario es la propia persona:
vuestro dinero, aunque también importante, es demasiado poco. El dinero no salva si no
está acompañado del don de la persona. La economía de hoy, los pobres, los jóvenes
necesitan antes que nada vuestra alma, vuestra fraternidad respetuosa y humilde, de
vuestras ganas de vivir y sólo después vuestro dinero. El capitalismo conoce la filantropía,
no la comunión. (4 de febrero de 2017)
Pero podéis compartir más los beneficios para combatir la idolatría, cambiar las estructuras
para prevenir la creación de las víctimas y de los descartados; donar más vuestra levadura
para fermentar el pan de muchos. Que el “no” a una economía que mata se convierta en un
85
“sí” y a una economía que hace vivir, porque comparte, incluye a los pobres, usa los
beneficios para crear comunión. (4 de febrero de 2017)
Ya no son sostenibles las inaceptables desigualdades económicas, que impiden poner en
práctica el principio de la destinación universal de los bienes de la tierra. Estamos todos
llamados a emprender procesos de compartir respetuoso, responsable e inspirados en los
dictados de la justicia distributiva. “Es necesario encontrar los modos para que todos se
puedan beneficiar de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que se amplíe la brecha entre
quien más tiene y quien se tiene que conformar con las migajas, sino también, y sobre todo,
por una exigencia de justicia, de equidad y de respeto hacia el ser humano”[9]. No puede un
grupito de individuos controlar los recursos de medio mundo. No pueden personas y
pueblos enteros tener derecho a recoger solo las migajas. Y nadie puede sentirse tranquilo y
dispensado de los imperativos morales que derivan de la corresponsabilidad en la gestión
del planeta, una corresponsabildad varias veces reafirmada por la comunidad política
internacional, así como también por el Magisterio[10]. Tal corresponsabilidad hay que
interpretarla en acuerdo con el principio de subsidariedad “que otorga libertad para el
desarrollo de las capacidades presentes en todos los niveles, pero al mismo tiempo exige
más responsabilidad por el bien común a quien detenta más poder”[11]. Hacer justicia
significa también reconciliar la historia con el presente globalizado, sin perpetuar lógicas de
explotación de personas y territorios, que responden al más cínico uso del mercado, para
incrementar el bienestar de pocos. Como afirmó el Papa Benedicto, el proceso de
descolonización fue retrasado “tanto por nuevas formas de colonialismo y dependencia de
antiguos y nuevos países hegemónicos, como por graves irresponsabilidades internas en los
propios países que se han independizado”[12]. Todo esto se necesita reparar. (21 de febrero
de 2017)
Expreso mi aprecio por vuestros esfuerzos en el buscar formas alternativas de comprensión
de la economía, el desarrollo y el comercio, para responder a los desafíos éticos planteados
por la imposición de nuevos paradigmas y formas de poder derivadas de la tecnología, de la
cultura del descarte y de los estilos de vida que ignoran a los pobres y desprecian a los
débiles (cf Enc. Laudato si’, 16). Muchas personas se comprometen para unir la familia
humana en la búsqueda común de un desarrollo sostenible e integral, ya que sabemos que
las cosas pueden cambiar (cf ibid., 13). (20 de mayo de 2017)
El capitalismo de nuestro tiempo no comprende el valor del sindicato, porque se ha
olvidado de la naturaleza social de la economía, de la empresa. Este es uno de los pecados
más graves. Economía de mercado: no. Digamos economía social de mercado, como
enseñaba san Juan Pablo II: economía social de mercado. La economía ha olvidado la
naturaleza social que tiene como vocación, la naturaleza social de la empresa, de la vida, de
los vínculos, de los pactos. (28 de junio de 2017, Discurso)
86
Ecumenismo/Relaciones interconfesionales
La Iglesia … también es consciente de la responsabilidad que todos tenemos respecto a este
mundo nuestro, respecto a toda la creación, a la que debemos amar y custodiar. Y podemos
hacer mucho por el bien de quien es más pobre, débil o sufre, para fomentar la justicia,
promover la reconciliación y construir la paz. Pero, sobre todo, debemos mantener viva en
el mundo la sed de lo absoluto, sin permitir que prevalezca una visión de la persona
humana unidimensional, según la cual el hombre se reduce a aquello que produce y a
aquello que consume. Ésta es una de las insidias más peligrosas para nuestro tiempo. (20 de
mayo de 2013)
Sabemos cuánta violencia ha causado en la historia reciente el intento de eliminar a Dios y
lo divino del horizonte de la humanidad, y nos damos cuenta del valor que tiene el dar
testimonio en nuestras sociedades de la originaria apertura a la trascendencia, ínsita en el
corazón humano. En esto, sentimos cercanos también a todos esos hombres y mujeres que,
aun sin reconocerse en ninguna tradición religiosa, se sienten sin embargo en búsqueda de
la verdad, la bondad y la belleza, esta verdad, bondad y belleza de Dios, y que son nuestros
valiosos aliados en el compromiso de defender la dignidad del hombre, de construir una
convivencia pacífica entre los pueblos y de salvaguardar cuidadosamente la creación. (20
de mayo de 2013)
Nosotros los cristianos llevamos la paz y la gracia como un tesoro para dar al mundo, pero
estos dones pueden dar frutos solamente cuando los cristianos viven y trabajan juntos en
armonía. De esta manera será más fácil contribuir en la construcción de relaciones de
respeto y pacífica convivencia con quienes pertenecen a otras tradiciones religiosas y
también con los no creyentes. (14 de junio de 2013)
Refiriéndome ahora al respeto mutuo en las relaciones interreligiosas, especialmente entre
cristianos y musulmanes, estamos llamados a respetar la religión del otro, sus enseñanzas,
símbolos y valores. Un respeto especial se debe a los líderes religiosos y a los lugares de
culto. ¡Cuánto dolor acarrean los ataques a uno u otro de ellos! (10 de julio de 2013)
El mundo globalizado en el que vivimos exige de nosotros un testimonio común de la
dignidad donada por Dios a cada ser humano y la promoción eficaz de las condiciones
culturales, sociales y legales que permiten a las personas y a las comunidades crecer en
libertad, y sostienen la misión de la familia como piedra fundamental de la sociedad,
aseguran una educación sólida e integral de los jóvenes y garantizan a todos el ejercicio
incondicional de la libertad religiosa. En la fidelidad al Evangelio, y en respuesta a las
necesidades urgentes del presente, estamos llamados a ir al encuentro de aquellos que están
en las periferias existenciales de nuestras sociedades y a mostrar especial solidaridad con
nuestros hermanos y hermanas más vulnerables: los pobres, los discapacitados, los
nascituros y los enfermos, los inmigrantes y los refugiados, los ancianos y los jóvenes sin
trabajo. (4 de octubre de 2013, CEI)
Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo
tanto es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas. Este
diálogo es, en primer lugar, una conversación sobre la vida humana o simplemente, como
proponen los Obispos de la India, “estar abiertos a ellos, compartiendo sus alegrías y
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penas”. Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de
expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz,
que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se
busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un
compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales. (24 de noviembre de 2013, no.
250)
Por tanto, afirmamos nuevamente que el diálogo teológico no pretende un mínimo común
denominador para alcanzar un acuerdo, sino más bien profundizar en la visión que cada uno
tiene de la verdad completa que Cristo ha dado a su Iglesia, una verdad que se comprende
cada vez más cuando seguimos las inspiraciones del Espíritu santo. Por eso, afirmamos
conjuntamente que nuestra fidelidad al Señor nos exige encuentros fraternos y diálogo
sincero. Esta búsqueda común no nos aparta de la verdad; sino que más bien, mediante el
intercambio de dones, mediante la guía del Espíritu Santo, nos lleva a la verdad completa
(cf. Jn 16,13). (25 de mayo de 2014, Declaración conjunta)
Y no nos olvidamos en nuestras intenciones de tantos hombres y mujeres que, en diversas
partes del mundo, sufren a causa de la guerra, de la pobreza, del hambre; así como de los
numerosos cristianos perseguidos por su fe en el Señor Resucitado. Cuando cristianos de
diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los
otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el
ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto
se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia. (25
de mayo de 2014, Celebración ecuménica)
Queridos hermanos, queridos amigos, desde este lugar santo lanzo un vehemente
llamamiento a todas las personas y comunidades que se reconocen en Abrahán:
Respetémonos y amémonos los unos a los otros como hermanos y hermanas. Aprendamos
a comprender el dolor del otro. Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la
violencia. Trabajemos juntos por la justicia y por la paz. ¡Salam! (26 de mayo de 2014)
Una vez más, como lo hicieron los Papas anteriores, yo pido perdón por lo que nosotros
hemos hecho para favorecer esta división, y pido al Espíritu Santo que nos ayude a sanar
las heridas que hemos causado a los demás hermanos. Todos somos hermanos en Cristo y
con el patriarca Bartolomé somos amigos, hermanos, y hemos compartido la voluntad de
caminar juntos, hacer todo lo que desde hoy podamos realizar: rezar juntos, trabajar juntos
por el rebaño de Dios, buscar la paz, custodiar la creación, muchas cosas que tenemos en
común. Y como hermanos debemos seguir adelante. (28 de mayo de 2014, Audiencia)
Ha llegado el momento de que los líderes de las religiones cooperen eficazmente para curar
las heridas, resolver los conflictos y buscar la paz. La paz es la señal clara del compromiso
por la causa de Dios. Los líderes de las religiones están llamados a ser hombres y mujeres
de paz. Son capaces de promover una cultura del encuentro y de la paz, cuando otras
opciones fracasan o vacilan. Tenemos que ser constructores de paz y nuestras comunidades
tienen que ser escuelas de respeto y de diálogo con las de otros grupos étnicos o religiosos,
lugares en los que se aprenda a superar las tensiones, a promover relaciones justas y
pacíficas entre los pueblos y los grupos sociales y a construir un futuro mejor para las
generaciones venideras. (26 de agosto de 2014)
88
Un auténtico diálogo requiere también capacidad de empatía. Para que haya diálogo tiene
que darse esta empatía. Se trata de escuchar no sólo las palabras que pronuncia el otro, sino
también la comunicación no verbal de sus experiencias, de sus esperanzas, de sus
aspiraciones, de sus dificultades y de lo que realmente le importa. Esta empatía debe ser
fruto de nuestro discernimiento espiritual y de nuestra experiencia personal, que nos hacen
ver a los otros como hermanos y hermanas, y “escuchar”, en sus palabras y sus obras, y más
allá de ellas, lo que sus corazones quieren decir. En este sentido, el diálogo requiere por
nuestra parte un auténtico espíritu “contemplativo”: espíritu contemplativo de apertura y
acogida del otro. No puedo dialogar si estoy cerrado al otro. ¿Apertura? Más: ¡Acogida!
Ven a mi casa, tú, a mi corazón. Mi corazón te acoge. Quiere escucharte. Esta capacidad de
empatía posibilita un verdadero diálogo humano, en el que las palabras, ideas y preguntas
surgen de una experiencia de fraternidad y de humanidad compartida. … Esta capacidad de
empatía lleva a un auténtico encuentro, —tenemos que caminar hacia esta cultura del
encuentro—, en que se habla de corazón a corazón. Nos enriquece con la sabiduría del otro
y nos dispone a recorrer juntos el camino de un mayor conocimiento, amistad y solidaridad.
(17 de agosto de 2014, Obispos)
Es fundamental que los ciudadanos musulmanes, judíos y cristianos, gocen —tanto en las
disposiciones de la ley como en su aplicación efectiva— de los mismos derechos y respeten
las mismas obligaciones. De este modo, se reconocerán más fácilmente como hermanos y
compañeros de camino, alejándose cada vez más de las incomprensiones y fomentando la
colaboración y el entendimiento. La libertad religiosa y la libertad de expresión,
efectivamente garantizadas para todos, impulsarán el florecimiento de la amistad,
convirtiéndose en un signo elocuente de paz. (28 de noviembre de 2014, Ankara)
Para llegar a una meta tan alta y urgente, una aportación importante puede provenir del
diálogo interreligioso e intercultural, con el fin de apartar toda forma de fundamentalismo y
de terrorismo, que humilla gravemente la dignidad de todos los hombres e instrumentaliza
la religión. (28 de noviembre de 2014, Ankara)
Tenemos la obligación de denunciar todas las violaciones de la dignidad y de los derechos
humanos. La vida humana, don de Dios Creador, tiene un carácter sagrado. Por tanto, la
violencia que busca una justificación religiosa merece la más enérgica condena, porque el
Todopoderoso es Dios de la vida y de la paz. El mundo espera de todos aquellos que dicen
adorarlo, que sean hombres y mujeres de paz, capaces de vivir como hermanos y hermanas,
no obstante la diversidad étnica, religiosa, cultural o ideológica. (28 de noviembre de 2014,
Diyanet)
Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas
espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según
las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca
Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero,
pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los
hombres. Reconocer y desarrollar esto que nos acomuna espiritualmente —mediante el
diálogo interreligioso— nos ayuda también a promover y defender en la sociedad los
valores morales, la paz y la libertad (cf. Juan Pablo II, A la comunidad católica de Ankara,
29 noviembre 1979). (28 de noviembre de 2014, Diyanet)
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El ecumenismo no sólo es una contribución a la unidad de la Iglesia, sino también a la
unidad de la familia humana (cf. Evangelii gaudium, 245). Favorece una convivencia
fecunda, pacífica y fraternal. (1 de diciembre de 2014)
El primer día del viaje apostólico saludé a las autoridades del país, de grandísima mayoría
musulmana, pero en su Constitución se afirma la laicidad del Estado. Y con las autoridades
hemos hablado de la violencia. Es precisamente el olvido de Dios, y no su glorificación, lo
que origina la violencia. Por ello insistí en la importancia de que cristianos y musulmanes
se comprometan juntos en favor de la solidaridad, la paz y la justicia, afirmando que cada
Estado debe asegurar a los ciudadanos y a las comunidades religiosas una real libertad de
culto. (3 de diciembre de 2014)
El diálogo interreligioso es tanto más necesario cuanto más difícil es la situación. No hay
otro camino. El diálogo basado en una actitud de apertura, en la verdad y el amor, es
también el mejor antídoto contra la tentación del fundamentalismo religioso, que es una
amenaza para los creyentes de todas las religiones. El diálogo es a la vez un servicio a la
justicia y una condición necesaria para la tan deseada paz. (21 de diciembre de 2014)
Espero que la cooperación interreligiosa y ecuménica demuestre que los hombres y las
mujeres no tienen que renunciar a su identidad, ya sea étnica o religiosa, para vivir en
armonía con sus hermanos y hermanas. (13 de enero de 2015)
En viaje desde Judea a Galilea, Jesús pasó por Samaría. Él no tiene ninguna dificultad en
encontrarse con los samaritanos, considerados herejes, cismáticos, separados de los judíos.
Su actitud nos da a entender que confrontarse con los que son diferentes de nosotros puede
hacernos crecer… Debemos reconocer que, para llegar a las profundidades del misterio de
Dios, nos necesitamos unos a otros, necesitamos encontrarnos y confrontarnos bajo la guía
del Espíritu Santo, que armoniza la diversidad y supera los conflictos, reconcilia las
diversidades. (25 de enero de 2015)
El diálogo interreligioso, tanto aquí como en cualquier parte del mundo, es una condición
indispensable para la paz, y por eso es un deber para todos los creyentes (cf. Exhort. ap.
Evangelii gaudium, 250) (6 de junio de 2015, Ecuménico)
El diálogo interreligioso, antes incluso de ser una discusión sobre los grandes temas de la
fe, es una “conversación sobre la vida humana”. En él se comparte el día a día de la vida
concreta, en sus gozos y sus tristezas, con sus angustias y sus esperanzas; se asumen
responsabilidades comunes; se proyecta un futuro mejor para todos. Se aprende a vivir
juntos, a conocerse y aceptarse con las propias diferencias, libremente, por lo que cada uno
es. En el diálogo se reconoce y se desarrolla una convergencia espiritual, que unifica y
ayuda a promover los valores morales, los grandes valores morales, la justicia, la libertad y
la paz. El diálogo es una escuela de humanidad y un factor de unidad, que ayuda a construir
una sociedad fundada en la tolerancia y el respeto mutuo. (6 de junio de 2015, Ecuménico)
El mundo nos mira a nosotros los creyentes, nos exhorta a colaborar entre nosotros y con
los hombres y las mujeres de buena voluntad que no profesan ninguna religión, nos pide
respuestas efectivas sobre numerosos temas: la paz, el hambre, la miseria que aflige a
millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, en particular la cometida en nombre
90
de la religión, la corrupción, la degradación moral, la crisis de la familia, de la economía,
de las finanzas y sobre todo de la esperanza. Nosotros creyentes no tenemos recetas para
estos problemas, pero tenemos un gran recurso: la oración. Y nosotros creyentes rezamos.
Tenemos que rezar. La oración es nuestro tesoro, a la que nos acercamos según nuestras
respectivas tradiciones, para pedir los dones que anhela la humanidad. (28 de octubre de
2015)
El diálogo basado en el respeto lleno de confianza puede traer semillas de bien que se
transforman en brotes de amistad y de colaboración en muchos campos, y sobre todo en el
servicio a los pobres, a los pequeños, a los ancianos, en la acogida de los migrantes, en la
atención a quien está excluido. Podemos caminar juntos cuidando los unos de los otros y de
la creación. Todos los creyentes de cada religión. Juntos podemos alabar al Creador por
habernos dado el jardín del mundo para cultivar y cuidar como un bien común, y podemos
realizar proyectos compartidos para combatir la pobreza y asegurar a cada hombre y mujer
condiciones de vida dignas. (28 de octubre de 2015)
Queridos hermanos y hermanas, en lo referente al futuro del diálogo interreligioso, la
primera cosa que debemos hacer es rezar. Y rezar los unos por los otros: ¡somos hermanos!
Sin el Señor, nada es posible; con Él, ¡todo se vuelve posible! Que nuestra oración —cada
uno según la propia tradición— pueda adherirse plenamente a la voluntad de Dios, quien
desea que todos los hombres se reconozcan hermanos y vivan como tal, formando la gran
familia humana en la armonía de la diversidad. (28 de octubre de 2015)
El diálogo ecuménico e interreligioso no es un lujo. No es algo añadido u opcional sino
fundamental; algo que nuestro mundo, herido por conflictos y divisiones, necesita cada vez
más. (26 de noviembre de 2015, Ecuménico)
Cuidando el crecimiento espiritual de nuestras comunidades, mediante la formación de la
inteligencia y el corazón en las verdades y en los valores que nuestras tradiciones religiosas
custodian, nos convertimos en una bendición para las comunidades en las que viven
nuestros pueblos. En las sociedades democráticas y pluralistas como la keniata, la
cooperación entre los líderes religiosos y sus comunidades se convierte en un importante
servicio al bien común. (26 de noviembre de 2015, Ecuménico)
En un mundo cada vez más interdependiente, vemos siempre con mayor claridad la
necesidad de una mutua comprensión interreligiosa, de amistad y colaboración para la
defensa de la dignidad otorgada por Dios a cada persona y a cada pueblo, y el derecho que
tienen de vivir en libertad y felicidad. (26 de noviembre de 2015, Ecuménico)
Queridos hermanos, la división de los cristianos es un escándalo, porque es ante todo
contraria a la voluntad del Señor. Es también un escándalo frente al odio y la violencia que
desgarra a la humanidad, frente a las numerosas contradicciones que se alzan contra el
Evangelio de Cristo. Por eso, y apreciando el espíritu de respeto mutuo y de colaboración
que existe entre los cristianos en su país, los animo a proseguir por este camino, sirviendo
juntos con caridad. Es un testimonio de Cristo, que construye la unidad. (29 de noviembre
de 2015, Comunidades evangélicas)
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Cristianos y musulmanes somos hermanos. Tenemos que considerarnos así, comportarnos
como tales. Sabemos bien que los últimos sucesos y la violencia que ha golpeado su país no
tenían un fundamento precisamente religioso. Quien dice que cree en Dios ha de ser
también un hombre o una mujer de paz. Cristianos, musulmanes y seguidores de las
religiones tradicionales, han vivido juntos pacíficamente durante muchos años. Tenemos
que permanecer unidos para que cese toda acción que, venga de donde venga, desfigura el
Rostro de Dios y, en el fondo, tiene como objetivo la defensa a ultranza de intereses
particulares, en perjuicio del bien común. Juntos digamos “no” al odio, “no” a la venganza,
“no” a la violencia, en particular a la que se comete en nombre de una religión o de Dios.
Dios es paz, Dios salam. (30 de noviembre de 2015)
Todos nosotros cristianos, por la gracia del Bautismo, hemos obtenido misericordia de Dios
y hemos sido recibidos en su pueblo. Todos, católicos, ortodoxos y protestantes, formamos
un sacerdocio real y una nación santa. Esto significa que tenemos una misión común, que
es aquella de transmitir la misericordia recibida a los otros, comenzando por los más pobres
y abandonados. (20 de enero de 2016)
La vuestra ha sido una Iglesia de mártires desde el principio, y aún hoy dan testimonio de
una violencia devastadora contra los cristianos y contra otras minorías en Oriente Medio y
en algunas partes de África. No podemos dejar de solicitar una vez más, a quienes dirigen
los destinos políticos y económicos del mundo, que promuevan una coexistencia pacífica
basada en el respeto recíproco y en la reconciliación, en el perdón mutuo y la solidaridad.
(29 de febrero de 2016)
Se necesita urgentemente un ecumenismo que, junto con el esfuerzo teológico que busca
recomponer las disputas doctrinales entre los cristianos, promueva una misión común de
evangelización y de servicio. (10 de junio de 2016)
La Iglesia Católica desea cooperar activamente con todos los que se preocupan por el
destino de la humanidad y el respeto de los derechos humanos, para que en el mundo
prevalezcan los valores espirituales, desenmascarando a todos los que desfiguran su sentido
y su belleza. A este respecto, es vital que todos los que confiesan su fe en Dios unan sus
fuerzas para aislar a quien se sirva de la religión para llevar a cabo proyectos de guerra, de
opresión y de persecución violenta, instrumentalizando y manipulando el santo nombre de
Dios. (24 de junio de 2016, Autoridades)
El espíritu ecuménico adquiere un valor ejemplar, incluso fuera de los límites visibles de la
comunidad eclesial, y representa para todos una fuerte llamada a componer las divergencias
mediante el diálogo y la valorización de lo que une. Esto impide también la
instrumentalización y la manipulación de la fe, porque obliga a redescubrir las genuinas
raíces, a comunicar, defender y propagar la verdad en el respeto de la dignidad de todo ser
humano y con modos que trasparenten la presencia de ese amor y de aquella salvación, que
se quiere difundir. (24 de junio de 2016, Visita)
Me alegro además particularmente de las cordiales relaciones que la comunidad católica
tiene con la musulmana, la ortodoxa y la judía, y espero que se incrementen los signos de
amistad y de colaboración. Estas buenas relaciones tienen un alto significado para la
pacífica convivencia y para la paz del mundo, y muestran que entre los fieles de distintas
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confesiones religiosas son posibles las relaciones cordiales, el respeto y la cooperación con
vistas al bien común. (2 de octubre de 2016, Autoridades)
Honramos, sin embargo, la providente misericordia divina sobre nosotros con la oración
asidua y con el diálogo concreto, “condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo
tanto deber para los cristianos, así como para las otras comunidades religiosas” (Exhort. ap.
Evangelii gaudium, 250). La oración y el diálogo están profundamente relacionados entre
sí: nacen de la apertura del corazón y se inclinan hacia el bien de los otros, enriqueciéndose
así y reforzándose mutuamente. La Iglesia Católica, en continuidad con el Concilio
Vaticano II, con convicción, “exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante
el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y
vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así
como los valores socioculturales que en ellos existen” (Decl. Nostra aetate, 2). (2 de
octubre de 2016, Encuentro interreligioso)
No nos pongamos a discutir las cuestiones de doctrina, esto dejadlo a los teólogos, ellos
saben hacerlo mejor que nosotros. Debaten y son competentes, son buenos; los teólogos de
una parte y de la otra tienen buena voluntad. ¿Qué tenemos que hacer nosotros, el pueblo?
Rezar los unos por los otros. Esto es importantísimo: la oración. Y segundo, hacer cosas
juntos: están los pobres, trabajemos juntos con los pobres; está esto y este problema,
¿podemos afrontarlo juntos?, lo hacemos juntos; están los inmigrantes, hagamos algo
juntos… Hagamos algo bueno por los demás, juntos, esto podemos hacerlo. Y este es el
camino del ecumenismo. No sólo el camino de la doctrina, esta es la última cosa, a la que
se llegará al final. Comencemos a caminar juntos. Con buena voluntad, esto se puede hacer.
Se debe hacer. Hoy el ecumenismo se debe construir caminando juntos, rezando los unos
por los otros. Y que los teólogos sigan hablando entre ellos, estudiando entre ellos. (2 de
octubre de 2016, Conferencia durante el vuelo)
Las diferencias mencionadas no pueden impedirnos de reconocernos recíprocamente
hermanos y hermanas en Cristo a causa de nuestro bautismo común. Tampoco debemos
impedirnos descubrir y regocijarnos en la profunda fe cristiana y en la santidad que
encontramos en las tradiciones de otras personas. Estas diferencias no deben llevarnos a
disminuir nuestros esfuerzos ecuménicos. La oración de Cristo durante la última cena de
que todos sean uno (Juan 17.20 a 23) es una citación para sus discípulos hoy en día como lo
era entonces, en el momento inminente a su pasión, muerte y resurrección y dando como
resultado el nacimiento de su Iglesia. Ni siquiera nuestras diferencias deberían impedir
nuestra oración común: no sólo podemos rezar juntos, sino que tenemos que rezar juntos,
dando voz a la fe y la alegría que compartimos en el Evangelio de Cristo, en las antiguas
profesiones de fe y en el poder del amor de Dios, que hace presente del Espíritu Santo, para
vencer todo pecado y la división. (5 de octubre de 2016)
Jesús está con nosotros, y Jesús está en camino con nosotros. Ambas me hacen reflexionar
y me plantean dos preguntas: ¿Yo soy capaz de creer que Jesús está con nosotros? ¿Yo soy
capaz de caminar con todos, juntos, también con Jesús? Muchas veces pensamos que la
tarea ecuménica es solamente la de los teólogos. Por eso es importante que los teólogos
estudien, se pongan de acuerdo y expresen desacuerdo; sí, es muy importante. Pero,
mientras tanto, el ecumenismo se hace en camino. Y es camino con Jesús, no con mi Jesús
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contra tu Jesús, sino con nuestro Jesús. El camino es fácil, se hace con la oración y con la
ayuda a los demás. Rezar juntos: el ecumenismo de la oración, unos por los otros y todos
por la unidad. Y luego, el ecumenismo del trabajo para tantos necesitados, para tantos
hombres y mujeres que hoy en día sufren injusticias, guerras, cosas terribles. Todos juntos
tenemos que ayudar. La caridad hacia el prójimo. Esto es ecumenismo. Esta ya es unidad.
Unidad en camino con Jesús. (12 de octubre de 2016, Conferencia de Secretarios)
El apóstol Pablo nos dice que, en virtud de nuestro bautismo, todos formamos un solo
Cuerpo de Cristo. Los diferentes miembros, de hecho, forman un solo cuerpo. Esta es la
razón por la que pertenecemos el uno al otro y cuando uno sufre, todos sufren, cuando uno
se regocija, todos se regocijan (cf. 1 Co 12,12-26). Podemos continuar con confianza en
nuestro camino ecuménico, porque sabemos que, más allá de las tantas preguntas abiertas
que aún nos separan, ya estamos unidos. ¡Lo que nos une es mucho más que lo que nos
divide! (13 de octubre de 2016)
Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte
del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a
nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para
animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que
nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy. (31 de octubre
de 2016, Oración)
Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa,
como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su
vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la
Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al
hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que
sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos
ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro
compromiso en el diálogo teológico. (31 de octubre de 2016, Oración)
Pedimos a Dios que católicos y luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio
de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción
redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos
seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad,
especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de
violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia,
paz y reconciliación. (31 de octubre de 2016, Oración)
Elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a
muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros,
luteranos y católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para
socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la
persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo. (31
de octubre de 2016, Oración)
Doy gracias a Dios por esta conmemoración conjunta de los 500 años de la Reforma, que
estamos viviendo con espíritu renovado y siendo conscientes que la unidad entre los
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cristianos es una prioridad, porque reconocemos que entre nosotros es mucho más lo que
nos une que lo que nos separa. El camino emprendido para lograrla es ya un gran don que
Dios nos regala, y gracias a su ayuda estamos hoy aquí reunidos, luteranos y católicos, en
espíritu de comunión, para dirigir nuestra mirada al único Señor, Jesucristo. El diálogo
entre nosotros ha permitido profundizar la comprensión recíproca, generar mutua confianza
y confirmar el deseo de caminar hacia la comunión plena. (31 de octubre de 2016,
Discurso)
Los aliento a ser sal y luz en medio de las circunstancias que les toca vivir, con su modo de
ser y actuar, al estilo de Jesús, y con gran respeto y solidaridad con los hermanos y
hermanas de las otras iglesias y comunidades cristianas y con todas las personas de buena
voluntad. (1 de noviembre de 2016, Ángelus)
Sed artesanos de paz y de reconciliación entre los pueblos, entre las comunidades, entre los
creyentes. Poned en juego todas vuestras energías, vuestro compromiso, para trabajar en
sinergia con las otras comunidades de fe que, como vosotros, ponen a la dignidad de la
persona en el centro de su atención. (17 de noviembre de 2016, Caritas Internationalis)
Hago por tanto un llamamiento a todas las autoridades religiosas para que unidos reafirmen
con fuerza que nunca se puede matar en nombre de Dios. El terrorismo fundamentalista es
fruto de una grave miseria espiritual, vinculada también a menudo a una considerable
pobreza social. Sólo podrá ser plenamente vencido con la acción común de los líderes
religiosos y políticos. A los primeros les corresponde la tarea de transmitir aquellos valores
religiosos que no admiten una contraposición entre el temor de Dios y el amor por el
prójimo. A los segundos les corresponde garantizar en el espacio público el derecho a la
libertad religiosa, reconociendo la aportación positiva y constructiva que ésta comporta
para la edificación de la sociedad civil, en donde la pertenencia social, sancionada por el
principio de ciudadanía, y la dimensión espiritual de la vida no pueden ser concebidas
como contrarias. A quien gobierna le corresponde, además, la responsabilidad de evitar que
se den las condiciones favorables para la propagación de los fundamentalismos. Eso
requiere adecuadas políticas sociales que combatan la pobreza, y que requieren de una
sincera valorización de la familia, como lugar privilegiado de la maduración humana, y de
abundantes esfuerzos en el ámbito educativo y cultural. (9 de enero de 2017)
Ningún pueblo es criminal y ninguna religión es terrorista. No existe el terrorismo cristiano,
no existe el terrorismo judío y no existe el terrorismo islámico. No existe. Ningún pueblo es
criminal o narcotraficante o violento. “Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos
pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra
encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión”[5]. Hay
personas fundamentalistas y violentas en todos los Pueblos y religiones que, además, se
fortalecen con las generalizaciones intolerantes, se alimentan del odio y la xenofobia.
Enfrentando el terror con amor trabajamos por la paz. (10 de febrero de 2017)
Nuestro camino ecuménico crece de manera misteriosa y sin duda actual, gracias a un
verdadero y propio ecumenismo de la sangre. San Juan escribe que Jesús vino “con agua y
sangre” (1 Jn 5,6); quien cree en él, “vence al mundo” (1 Jn 5,5). Con agua y sangre:
viviendo una vida nueva en nuestro mismo Bautismo, una vida de amor, siempre y por
todos, también a costa de derramar la sangre… Querido Hermano, igual que la Jerusalén
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celeste es una, así también nuestro martirologio es uno, y vuestros sufrimientos son también
nuestros sufrimientos. Fortalecidos por vuestro testimonio, esforcémonos en oponernos a la
violencia predicando y sembrando el bien, haciendo crecer la concordia y manteniendo la
unidad, rezando para que los muchos sacrificios abran el camino a un futuro de comunión
plena entre nosotros y de paz para todos. (28 de abril de 2017, Tawadros)
Mientras caminamos hacia el día bendito en que finalmente podamos reunirnos en torno a
la misma mesa Eucarística, podemos cooperar en muchas áreas y demostrar de manera
tangible lo mucho que ya nos une. Podemos dar juntos un testimonio de los valores
fundamentales como la santidad y la dignidad de la vida humana, la santidad del
matrimonio y de la familia, y el respeto por toda la creación, que Dios nos ha confiado.
Frente a muchos desafíos actuales como la secularización y la globalización de la
indiferencia, estamos llamados a ofrecer una respuesta común cimentada en los valores del
Evangelio y en los tesoros de nuestras respectivas tradiciones. (28 de abril de 2017,
Tawadros)
Puesto que creemos que todos los seres humanos son creados a imagen de Dios, nos
afanamos para que la tranquilidad y la concordia sean una realidad de la coexistencia
pacífica entre cristianos y musulmanes, dando así testimonio de lo mucho que Dios desea la
unidad y armonía de toda la familia humana y la igual dignidad de todo ser humano.
Compartimos también la misma preocupación por el bienestar y el futuro de Egipto. Todos
los miembros de la sociedad tienen el derecho y el deber de participar plenamente en la
vida de la nación, pudiendo disfrutar de una ciudadanía plena y equitativa, y colaborar en la
construcción de su país. La libertad religiosa, incluida la libertad de conciencia, arraigada
en la dignidad de la persona, es la piedra angular de todas las demás libertades. Es un
derecho sagrado e inalienable. (28 de abril de 2017, Tawadros)
No hay un ecumenismo estático. Es verdad que los teólogos tienen que estudiar y ponerse
de acuerdo, pero esto no llegará a buen puerto si no se camina. “¿Qué podemos hacer
ahora?”. Hagamos lo que podemos hacer: orar juntos, trabajar juntos, hacer obras de
caridad juntos… pero juntos. Y esto es ir adelante. (29 de abril de 2017, Entrevista)
Nunca debemos pararnos, ir siempre adelante. Rezar juntos, dar testimonio juntos, hacer
obras de misericordia juntos, que es anunciar la caridad de Jesucristo, anunciar que
Jesucristo es el Señor, el único Salvador, y que la gracia sólo viene de él… Y en este
camino los teólogos continuarán estudiando, pero hay que recorrer el camino. Con el
corazón abierto a las sorpresas… (13 de mayo de 2017, Conferencia de prensa)
Muchas personas inocentes son duramente sometidas, tanto cristianas como musulmanas, o
pertenecientes a minorías como los yazidíes, los cuales padecen trágicas violencias y
discriminaciones. A mi solidaridad se acompaña el recuerdo en la oración, mientras doy las
gracias a todos los que se esfuerzan en subvenir a las necesidades humanitarias. Animo a
las diversas comunidades a recorrer el camino del diálogo y de la amistad social para
construir un futuro de respeto, de seguridad y de paz, lejos de todo tipo de guerra. (14 de
mayo de 2017)
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Estructuras del pecado
Benedicto XVI nos recordó que toda actividad humana, incluso aquella económica,
precisamente porque es humana, debe estar articulada e institucionalizada éticamente (cf.
Carta enc. Caritas in veritate, 36). Debemos volver a la centralidad del hombre, a una
visión más ética de la actividad y de las relaciones humanas, sin el temor de perder algo.
(25 de mayo de 2013)
La pobreza es la carne de Jesús pobre, en ese niño que tiene hambre, en quien está enfermo,
en esas estructuras sociales que son injustas. (7 de junio de 2013, Escuelas jesuitas—
Preguntas y respuestas)
Nuestro cometido consiste en proponer de nuevo, en el contexto internacional actual, la
persona y la dignidad humana no como un simple reclamo, sino más bien como los pilares
sobre los cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo o
el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las diferencias
existentes. En este sentido, es necesario contraponerse a los intereses económicos miopes y
a la lógica del poder de unos pocos, que excluyen a la mayoría de la población mundial y
generan pobreza y marginación, causando disgregación en la sociedad, así como combatir
esa corrupción que produce privilegios para algunos e injusticias para muchos. (20 de junio
de 2013)
La sola acogida no basta. No basta con dar un bocadillo si no se acompaña de la posibilidad
de aprender a caminar con las propias piernas. La caridad que deja al pobre así como es, no
es suficiente. La misericordia verdadera, la que Dios nos dona y nos enseña, pide la justicia,
pide que el pobre encuentre el camino para ya no ser tal. Pide —y lo pide a nosotros,
Iglesia, a nosotros, ciudad de Roma, a las instituciones—, pide que nadie deba tener ya
necesidad de un comedor, de un alojamiento de emergencia, de un servicio de asistencia
legal para ver reconocido el propio derecho a vivir y a trabajar, a ser plenamente persona.
(10 de septiembre de 2013)
Para toda la Iglesia es importante que la acogida del pobre y la promoción de la justicia no
se encomienden sólo a los “especialistas”, sino que sean una atención de toda la pastoral, de
la formación de los futuros sacerdotes y religiosos, del empeño normal de todas las
parroquias, los movimientos y las agregaciones eclesiales. (10 de septiembre de 2013)
Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a
expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema
político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal
enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de
muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede
esperarse un futuro mejor. (24 de noviembre de 2013, no. 59)
En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: “¡Dadles vosotros de
comer!” (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas
estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los
gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que
encontramos. (24 de noviembre de 2013, no. 188)
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La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que
sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de
devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad,
cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven
posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará
lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e
ineficaces. (24 de noviembre de 2013, no. 189)
La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo
por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para
sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas
crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como
respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres,
renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y
atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo
y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales. (24 de
noviembre de 2013, no. 202)
El crecimiento de las desigualdades y las pobrezas ponen en riesgo la democracia inclusiva
y participativa, la cual presupone siempre una economía y un mercado que no excluyen y
que son justos. Se trata, entonces, de vencer las causas estructurales de las desigualdades y
de la pobreza. En la exhortación apostólica Evangelii gaudium he querido señalar tres
instrumentos fundamentales para la inclusión social de los más necesitados, como la
educación, el acceso a la asistencia sanitaria y el trabajo para todos (cf. n. 192). (2 de
octubre de 2014)
Solidaridad es… luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta
de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es
enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero: los desplazamientos forzados, las
emigraciones dolorosas, la trata de personas, la droga, la guerra, la violencia y todas esas
realidades que muchos de ustedes sufren y que todos estamos llamados a transformar. La
solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia. (28 de
octubre de 2014)
Algunos de ustedes expresaron: Este sistema ya no se aguanta. Tenemos que cambiarlo,
tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se
construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos. Hay que hacerlo con
coraje, pero también con inteligencia. Con tenacidad, pero sin fanatismo. Con pasión, pero
sin violencia. Y entre todos, enfrentando los conflictos sin quedar atrapados en ellos,
buscando siempre resolver las tensiones para alcanzar un plano superior de unidad, de paz y
de justicia. Los cristianos tenemos algo muy lindo, una guía de acción, un programa,
podríamos decir, revolucionario. Les recomiendo vivamente que lo lean, que lean las
bienaventuranzas que están en el capítulo 5 de San Mateo y 6 de San Lucas (cfr. Mt 5, 3 y
Lc 6, 20) y que lean el pasaje de Mateo 25. Se lo dije a los jóvenes en Río de Janeiro, con
esas dos cosas tienen el programa de acción. (28 de octubre de 2014)
Solidaridad con los pobres es pensar y obrar en términos de comunidad, de prioridad de la
vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Es también luchar
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contra las causas estructurales de la pobreza: la desigualdad, la falta de un trabajo y de una
casa, la negación de los derechos sociales y laborales. La solidaridad es un modo de hacer
la historia con los pobres, huyendo de presuntas obras altruistas que reducen al otro a la
pasividad. (4 de diciembre de 2014)
La gran tradición bíblica prescribe a todos los pueblos el deber de escuchar la voz de los
pobres y de romper las cadenas de la injusticia y la opresión que dan lugar a flagrantes e
incluso escandalosas desigualdades sociales. La reforma de las estructuras sociales que
perpetúan la pobreza y la exclusión de los pobres requiere en primer lugar la conversión de
la mente y el corazón. (16 de enero de 2015, Cuerpo Diplomático)
Ser embajador de Cristo significa, en primer lugar, invitar a todos a un renovado encuentro
personal con el Señor Jesús (Evangelii Gaudium, 3)… Pero el Evangelio es también una
llamada a la conversión, a examinar nuestra conciencia, como personas y como pueblo.
Como los obispos de Filipinas han enseñado justamente, la Iglesia en Filipinas está llamada
a reconocer y combatir las causas de la desigualdad y la injusticia, profundamente
arraigadas, que deforman el rostro de la sociedad filipina, contradiciendo claramente las
enseñanzas de Cristo. El Evangelio llama a cada cristiano a vivir una vida de honestidad,
integridad e interés por el bien común. Pero también llama a las comunidades cristianas a
crear “ambientes de integridad”, redes de solidaridad que se extienden hasta abrazar y
transformar la sociedad mediante su testimonio profético. (16 de enero de 2015)
Sólo si somos pobres, sólo si somos pobres nosotros mismos, y eliminamos nuestra
complacencia, seremos capaces de identificarnos con los últimos de nuestros hermanos y
hermanas. Veremos las cosas desde una perspectiva nueva, y así responderemos con
honestidad e integridad al desafío de anunciar la radicalidad del Evangelio en una sociedad
acostumbrada a la exclusión social, a la polarización y a la desigualdad escandalosa. (16 de
enero de 2015)
Dios nos ha escogido y bendecido con un propósito: “Para que fuésemos santos e
irreprochables en su presencia” (Ef 1,4). Nos eligió a cada uno de nosotros para ser testigos
de su verdad y su justicia en este mundo. Creó el mundo como un hermoso jardín y nos
pidió que cuidáramos de él. Pero, con el pecado, el hombre desfiguró aquella belleza
natural; destruyó también la unidad y la belleza de nuestra familia humana, dando lugar a
estructuras sociales que perpetúan la pobreza, la falta de educación y la corrupción. (18 de
enero de 2015)
La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no
deje a ninguno indiferente. … No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida
depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. … La
misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción.
Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina
desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con
esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y
oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego
en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende
sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder (11 de abril de 2015, no. 19)
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Mi predecesor Benedicto XVI renovó la invitación a “eliminar las causas estructurales de
las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen
incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente”. Recordó que el mundo no puede
ser analizado sólo aislando uno de sus aspectos, porque “el libro de la naturaleza es uno e
indivisible”, e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la familia, las relaciones sociales,
etc. Por consiguiente, “la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura
que modela la convivencia humana”. El Papa Benedicto nos propuso reconocer que el
ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento
irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el
fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen
nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. (24 de mayo de 2015,
Laudato Si’, no. 6)
Estamos llamados a decir “no” a la corrupción, muy difundida que parece ser una actitud,
un comportamiento normal. Pero no con palabras, con hechos. “No” a las colusiones
mafiosas, a las estafas, a los sobornos, y cosas del estilo. (21 de junio de 2015, Trabajo)
Primero de todo, empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. … ¿Reconocemos,
en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra,
tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su
dignidad? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin
sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las
cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están
bajo permanente amenaza? Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo:
necesitamos y queremos un cambio. Ustedes… me han relatado las múltiples exclusiones e
injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son
tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo,
un hilo invisible que une cada una de las exclusiones. No están aisladas, están unidas por un
hilo invisible. ¿Podemos reconocerlo? Porque no se trata de esas cuestiones aisladas. Me
pregunto si somos capaces de reconocer que esas realidades destructoras responden a un
sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las
ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la
naturaleza? (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de
estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan
los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos… Y tampoco
lo aguanta la Tierra, la hermana madre tierra, como decía san Francisco. Queremos un
cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más
cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia
planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la
esperanza, que nace de los pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir a esta
globalización de la exclusión y de la indiferencia. (9 de julio de 2015, Movimientos
Populares)
Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los pueblos y
organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente.
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Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, les dé alegría, les dé
perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano
vamos a ver los frutos. A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a
lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas
intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero, si ustedes construyen sobre bases sólidas,
sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e
indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a
equivocar. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y
los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de “todos los
hombres y de todo el hombre” (Pablo VI, Enc. Popolorum progressio). El problema, en
cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar
irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la
industria y la agricultura que dañan a la madre tierra en aras de la “productividad”, sigue
negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos,
sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús, contra la Buena
Noticia que trajo Jesús. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
También en el mundo desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones injustas
aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir
las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las
personas y de los pueblos. (24 de septiembre de 2015, Congreso)
La corrupción es algo que se nos mete adentro; es como el azúcar, es dulce, nos gusta, es
fácil, y después terminamos mal. De tanta azúcar fácil terminamos diabéticos o nuestro país
termina diabético. (27 de noviembre de 2015, Jóvenes)
Cada vez que aceptamos una coima, y la metemos en el bolsillo, destruimos nuestro
corazón, destruimos nuestra personalidad y destruimos nuestra patria. Por favor, no le
tomen el gusto a ese “azúcar” que se llama corrupción. “Padre, pero yo veo que todos
corrompen, yo veo tanta gente que se vende por un poco de plata, sin preocuparse de la
vida de los demás”. Como en todas las cosas, hay que empezar. Si no querés corrupción en
tu corazón, en tu vida, en tu patria, empezá vos. Si no empezás vos tampoco va a empezar
el vecino. La corrupción además nos roba la alegría, nos roba la paz. La persona corrupta
no vive en paz. (27 de noviembre de 2015, Jóvenes)
Lo que vos robás con la corrupción va a quedar acá y lo va a usar otro. Pero también va a
quedar —y esto grabémoslo en el corazón— en el corazón de tantos hombres y mujeres que
quedaron heridos por tu ejemplo de corrupción. Va a quedar en la falta de bien que pudiste
hacer y no hiciste. Va a quedar en los chicos enfermos, con hambre, porque el dinero que
era para ellos, por tu corrupción, te lo guardaste para vos. Chicos y chicas, la corrupción no
es un camino de vida, es un camino de muerte. (27 de noviembre de 2015, Jóvenes)
El Evangelio nos impulsa a salir hacia las periferias de la sociedad y encontrar a Cristo en
el que sufre y pasa necesidad. El Señor nos dice con palabras claras que nos juzgará de
esto. Da tristeza ver cómo nuestras sociedades permiten que los ancianos sean descartados
u olvidados. No es admisible que los jóvenes sean explotados por la esclavitud actual del
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tráfico de seres humanos. Si nos fijamos bien en lo que pasa en el mundo que nos rodea, da
la impresión de que el egoísmo y la indiferencia se va extendiendo por muchas partes.
Cuántos hermanos y hermanas nuestros son víctimas de la cultura actual del “usar y tirar”,
que lleva a despreciar sobre todo a los niños no nacidos, a los jóvenes y a los ancianos. (28
de noviembre de 2015, Casa de la Caridad)
Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus
derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al
hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir
amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas
políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con
vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los
proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o
mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias
fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos
elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten
tentadas a tomárselos por la fuerza. (8 de diciembre de 2015, Paz)
Las tres tentaciones de Cristo… Primera, la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido
dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o “para los míos”. Es tener el “pan” a base
del sudor del otro, o hasta de su propia vida… Segunda tentación, la vanidad, esa búsqueda
de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que “no son como
uno”… [Tercera tentación], la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del
tipo que fuese… Tres tentaciones que… nos encierran en un círculo de destrucción y de
pecado. (14 de febrero de 2016, Homilía)
Precisamente esto es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot. Jezabel, la reina, sin
ningún escrúpulo, decide eliminar a Nabot y ejecuta su plan… Y esta no es una historia de
otro tiempo, es también la historia de hoy, los poderosos que para tener más dinero
explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo
esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro y con el salario mínimo para enriquecer a
los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren ¡más y más y más! Es
por esto que he dicho que haremos bien en leer ese libro de San Ambrosio sobre Nabot,
porque es un libro de actualidad. He aquí donde lleva el ejercicio de una autoridad sin
respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia. Y a qué lleva la sed de poder: se convierte
en codicia que quiere poseerlo todo. (24 de febrero de 2016)
“Otra manera para amar a tu enemigo es esta: cuando se presenta la oportunidad para que
derrotes a tu enemigo, ese es el momento en que debes decidir no hacerlo […] Cuando te
elevas al nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas derrotar es los
sistemas malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero tratas de
derrotar ese sistema […] La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del
odio, la cadena del mal […] Alguien debe tener suficiente religión y moral para cortarla e
inyectar dentro de la propia estructura del universo ese elemento fuerte y poderoso del
amor”. (19 de marzo de 2016, no. 118)
Para ser realmente solidarios con quien se ve obligado a huir de su propia tierra, hay que
esforzarse en eliminar las causas de esta dramática realidad: no basta con limitarse a salir al
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paso de la emergencia del momento, sino que hay que desarrollar políticas de gran alcance,
no unilaterales. En primer lugar, es necesario construir la paz allí donde la guerra ha traído
muerte y destrucción, e impedir que este cáncer se propague a otras partes. Para ello, hay
que oponerse firmemente a la proliferación y al tráfico de armas, y sus tramas a menudo
ocultas; hay que dejar sin apoyos a todos los que conciben proyectos de odio y de violencia.
Por el contrario, se debe promover sin descanso la colaboración entre los países, las
organizaciones internacionales y las instituciones humanitarias, no aislando sino
sosteniendo a los que afrontan la emergencia. (16 de abril de 2016, Migraciones)
Usted ve este mundo enfermo de injusticia, de falta de amor, de corrupción. Esto es verdad,
es verdad. Hoy, en el avión, hablando de ese sacerdote octogenario que fue asesinado en
Francia, señalaba cómo desde hace tiempo estoy diciendo que el mundo está en guerra, que
estamos viviendo la tercera guerra mundial a trozos. Pensemos en Nigeria… Ideologías sí,
pero, ¿cuál es la ideología de hoy, la que está justo en el centro y es madre de las
corrupciones, de las guerras? La idolatría del dinero. El hombre y la mujer ya no están en la
cima de la creación, allí se ha puesto el ídolo dinero; todo se compra y se vende por dinero.
En el centro, el dinero. Se explota a la gente. ¿Y la trata de personas hoy? Ha sido siempre
así, la crueldad. (27 de julio de 2016, Obispos)
Nuestra sociedad, por desgracia, está contaminada por la cultura del “descarte”, que es lo
contrario de la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son
precisamente las personas más débiles, más frágiles; esto es una crueldad. Sin embargo es
hermoso ver que, en este hospital, los más pequeños y necesitados son acogidos y cuidados.
Gracias por este signo de amor que nos ofrecéis. Esto es el signo de la verdadera
civilización, humana y cristiana: poner en el centro de la atención social y política las
personas más desfavorecidas. (29 de julio de 2016, Hospital Pediátrico)
Estas palabras de Jesús responden a la pregunta que a menudo resuena en nuestra mente y
en nuestro corazón: “¿Dónde está Dios?”. ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal,
si hay gente que pasa hambre o sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio?
¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el
terrorismo, las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos
de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren
graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen
el alma afligida? Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos
mirar a Jesús, y preguntarle a él. Y la respuesta de Jesús es esta: “Dios está en ellos”, Jesús
está en ellos, sufre en ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a
ellos, que forma casi como “un solo cuerpo”. (29 de julio de 2016, Vía Crucis)
He estado en Auschwitz, en Birkenau, para recordar los dolores de hace 70 años. ¡Cuánto
dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de
Dios, seamos capaces de hacer estas cosas? Se han cometido estas. No quisiera
entristeceros, pero debo decir la verdad. La crueldad no ha terminado en Auschwitz, en
Birkenau: también hoy, hoy se tortura a la gente; tantos presos son torturados,
inmediatamente, para hacerlos hablar. Es terrible. Hoy, hombres y mujeres están en las
cárceles superpobladas; viven ―perdonadme― como animales. Hoy se da esta crueldad.
Nosotros decimos: Sí, hemos visto la crueldad de hace 70 años, como morían fusilados, o
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ahorcados, o con el gas. Pero hoy, en tantos lugares del mundo, donde hay guerra, sucede lo
mismo. (29 de julio de 2016, Saludos)
Construir la paz requiere también que “se desarraiguen las causas de discordia entre los
hombres, que son las que alimentan las guerras”[10], empezando por las injusticias. Existe,
de hecho, una íntima relación entre la justicia y la paz. (9 de enero de 2017)
Es necesario ir hacia el cambio de las reglas del juego del sistema económico-social. Imitar
al buen samaritano del Evangelio no es suficiente. Cierto, cuando el empresario o una
persona cualquiera se tropieza con una víctima, está llamado a cuidarla, y quizá, como el
buen samaritano, asociar también al mercado (el posadero) a su acción de fraternidad. Sé
que vosotros tratáis de hacerlo desde hace 25 años. Pero es necesario actuar sobre todo
antes de que el hombre se encuentre con los ladrones, combatiendo las estructuras de
pecado que producen ladrones y víctimas. Un empresario que es sólo buen samaritano hace
la mitad de su deber: cura a las víctimas de hoy, pero no reduce las de mañana. (4 de
febrero de 2017)
Hace tiempo enfrentamos la crisis del paradigma imperante, un sistema que causa enormes
sufrimientos a la familia humana, atacando al mismo tiempo la dignidad de las personas y
nuestra Casa Común para sostener la tiranía invisible del Dinero que sólo garantiza los
privilegios de unos pocos. “La humanidad vive un giro histórico”[1]. (10 de febrero de
2017)
El samaritano se comporta con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre,
lo lleva a un albergue, lo cuida personalmente, provee a su asistencia. Todo esto nos enseña
que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino significa cuidar al otro hasta
pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para
“acercarse” al otro hasta identificarse con él: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este
es el mandamiento del Señor[3]. Las heridas que provoca el sistema económico que tiene al
centro al dios dinero y que en ocasiones actúa con la brutalidad de los ladrones de la
parábola, han sido criminalmente desatendidas. En la sociedad globalizada, existe un estilo
elegante de mirar para otro lado que se practica recurrentemente: bajo el ropaje de lo
políticamente correcto o las modas ideológicas, se mira al que sufre sin tocarlo, se lo
televisa en directo, incluso se adopta un discurso en apariencia tolerante y repleto de
eufemismos, pero no se hace nada sistemático para sanar las heridas sociales ni enfrentar
las estructuras que dejan a tantos hermanos tirados en el camino. (10 de febrero de 2017)
Se trata de una estafa moral que, tarde o temprano, queda al descubierto, como un
espejismo que se disipa. Los heridos están ahí, son una realidad. El desempleo es real, la
violencia es real, la corrupción es real, la crisis de identidad es real, el vaciamiento de las
democracias es real. La gangrena de un sistema no se puede maquillar eternamente porque
tarde o temprano el hedor se siente y, cuando ya no puede negarse, surge del mismo poder
que ha generado este estado de cosas la manipulación del miedo, la inseguridad, la bronca,
incluso la justa indignación de la gente, transfiriendo la responsabilidad de todos los males
a un “no prójimo”. No estoy hablando de personas en particular, estoy hablando de un
proceso social que se desarrolla en muchas partes del mundo y entraña un grave peligro
para la humanidad. (10 de febrero de 2017)
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Cuando los lazos entre el poder tecnológico y el poder económico se hacen más estrechos,
los intereses pueden condicionar los estilos de vida y las tendencias sociales para beneficiar
a ciertos grupos industriales y comerciales, en detrimento de las poblaciones y los países
más pobres. No es fácil llegar a una composición armoniosa de las diferentes instancias
científicas, productivas, éticas, sociales, económicas y políticas, promoviendo un desarrollo
sostenible que respete la “casa común”. Esta composición armoniosa requiere humildad,
coraje y apertura a la confrontación entre las diferentes posiciones, con la certeza de que el
testimonio dado por los hombres de ciencia a la verdad y el bien común, contribuye a la
maduración de la conciencia civil. (10 de abril de 2017)
Tenemos el deber de afirmar juntos que la historia no perdona a los que proclaman la
justicia y en cambio practican la injusticia; no perdona a los que hablan de igualdad y
desechan a los diferentes. Tenemos el deber de quitar la máscara a los vendedores de
ilusiones sobre el más allá, que predican el odio para robar a los sencillos su vida y su
derecho a vivir con dignidad, transformándolos en leña para el fuego y privándolos de la
capacidad de elegir con libertad y de creer con responsabilidad. Señor Presidente, hace
algunos minutos, usted me ha dicho que Dios es el Dios de la libertad, y esto es verdad.
Tenemos el deber de desmontar las ideas homicidas y las ideologías extremistas, afirmando
la incompatibilidad entre la verdadera fe y la violencia, entre Dios y los actos de muerte.
(28 de abril de 2017, Autoridades)
La realidad… es la que Jesús tiene presente y la que guía sus pasos. La realidad es la cruz,
es el pecado del mundo que él ha venido a tomar consigo y arrancar de la tierra de los
hombres y de las mujeres. La realidad son los inocentes que sufren y mueren a causa de las
guerras y el terrorismo; es la esclavitud que no cesa de pisar la dignidad también en la
época de los derechos humanos; la realidad es la de los campos de prófugos que a veces se
asemejan más a un infierno que a un purgatorio; la realidad es el descarte sistemático de
todo lo que ya no sirve, incluidas las personas. (28 de junio de 2017, Homilía)
El mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en varias maneras de egoísmo y de
injusticia; quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. (28 de junio de 2017,
Audiencia)
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Familia/Comunidad
Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego,
como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en
cuidadores de sus padres. (19 de marzo de 2013)
…[el trabajo nos] da la capacidad de mantenerse a sí mismo, a la propia familia, y
contribuir al crecimiento de la propia nación. (1 de abril de 2013)
La “casa” … representa la riqueza humana más preciosa, la del encuentro, la de las
relaciones entre las personas, distintas por edad, por cultura y por historia, pero que viven
juntas y que juntas se ayudan a crecer. Precisamente por esto la “casa” es un lugar decisivo
en la vida, donde la vida crece y se puede realizar, porque es un lugar donde cada persona
aprende a recibir amor y a donar amor. (21 de mayo de 2013)
¿Cuál es el proyecto de Dios? Es hacer de todos nosotros una única familia de sus hijos, en
la que cada uno le sienta cercano y se sienta amado por Él, como en la parábola evangélica;
sienta el calor de ser familia de Dios. En este gran proyecto encuentra su raíz la Iglesia. …
La Iglesia nace del deseo de Dios de llamar a todos los hombres a la comunión con Él, a su
amistad, es más, a participar como sus hijos en su propia vida divina. La palabra misma
“Iglesia”, del griego ekklesia, significa “convocación”: Dios nos convoca, nos impulsa a
salir del individualismo, de la tendencia a encerrarse en uno mismo, y nos llama a formar
parte de su familia. Y esta llamada tiene su origen en la creación misma. Dios nos ha
creado para que vivamos en una relación de profunda amistad con Él, y aun cuando el
pecado ha roto esta relación con Él, con los demás y con la creación, Dios no nos ha
abandonado. (29 de mayo de 2013)
Se ha de reforzar la convicción de que la familia es el lugar principal del crecimiento de
cada uno, pues a través de ella el ser humano se abre a la vida y a esa exigencia natural de
relacionarse con los otros. Podemos constatar tantas veces cómo los lazos familiares son
esenciales para la estabilidad de las relaciones sociales, para la función educativa y para un
desarrollo integral, puesto que están animados por el amor, la solidaridad responsable entre
generaciones y la confianza recíproca. Estos son los elementos capaces de hacer menos
gravosas… hasta las situaciones más negativas, y llevar a una verdadera fraternidad a toda
la humanidad, haciendo que se sienta una sola familia, en la que la mayor atención se pone
en los más débiles. (20 de junio de 2013)
El acto de fe individual se inserta en una comunidad, en el “nosotros” común del pueblo
que, en la fe, es como un solo hombre, “mi hijo primogénito”, como llama Dios a Israel (Ex
4,22). La mediación no representa aquí un obstáculo, sino una apertura: en el encuentro con
los demás, la mirada se extiende a una verdad más grande que nosotros mismos. (29 de
junio de 2013, no. 14)
La imagen del cuerpo no pretende reducir al creyente a una simple parte de un todo
anónimo, a mera pieza de un gran engranaje, sino que subraya más bien la unión vital de
Cristo con los creyentes y de todos los creyentes entre sí (cf. Rm 12,4-5). Los cristianos son
“uno” (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno
alcanza hasta el fondo su propio ser. (29 de junio de 2013, no. 22).
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Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual
que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el “yo” del fiel
y el “Tú” divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al
“nosotros”, se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma
dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal. El creer se expresa como respuesta a
una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso
forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo. Es
posible responder en primera persona, “creo”, sólo porque se forma parte de una gran
comunión, porque también se dice “creemos”. Esta apertura al “nosotros” eclesial refleja la
apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el
“yo” y el “tú”, sino que en el Espíritu, es también un “nosotros”, na comunión de personas.
Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría
con otros. Quien recibe la fe descubre que las dimensiones de su “yo” se ensanchan, y
entabla nuevas relaciones que enriquecen la vida. Tertuliano lo ha expresado incisivamente,
diciendo que el catecúmeno, “tras el nacimiento nuevo por el bautismo”, es recibido en la
casa de la Madre para alzar las manos y rezar, junto a los hermanos, el Padrenuestro, como
signo de su pertenencia a una nueva familia. (29 de junio de 2013, no. 39)
El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. (29 de junio
de 2013, no. 52)
En la misión, también en la continental, es muy importante reforzar la familia, que sigue
siendo la célula esencial para la sociedad y para la Iglesia; los jóvenes, que son el rostro
futuro de la Iglesia; las mujeres, que tienen un papel fundamental en la transmisión de la fe
y constituyen esa fuerza cotidiana que lleva adelante la sociedad y la renueva. No
reduzcamos el compromiso de las mujeres en la Iglesia, sino que promovamos su
participación activa en la comunidad eclesial. Si la Iglesia pierde a las mujeres en su total y
real dimensión, la Iglesia se expone a la esterilidad. Aparecida destaca también la vocación
y misión del varón en la familia, la Iglesia y la sociedad, como padres, trabajadores y
ciudadanos. ¡Ténganlo en cuenta! (27 de julio de 2013, Episcopado de Brasil)
Allí donde vamos, hasta en la más pequeña parroquia, en el ángulo más perdido de esta
tierra, está la única Iglesia; nosotros estamos en casa, estamos en familia, estamos entre
hermanos y hermanas. Y esto es un gran don de Dios. La Iglesia es una sola para todos. No
existe una Iglesia para los europeos, una para los africanos, una para los americanos, una
para los asiáticos, una para quien vive en Oceanía, no; es la misma en todo lugar. Es como
en una familia: se puede estar lejos, distribuidos por el mundo, pero los vínculos profundos
que unen a todos los miembros de la familia permanecen sólidos cualquiera que sea la
distancia. (25 de septiembre de 2013)
Preguntémonos todos: yo, como católico, ¿siento esta unidad? Yo, como católico, ¿vivo
esta unidad de la Iglesia? ¿O bien no me interesa, porque estoy cerrado en mi pequeño
grupo o en mí mismo? ¿Soy de los que “privatizan” la Iglesia para el propio grupo, la
propia nación, los propios amigos? Es triste encontrar una Iglesia “privatizada” por este
egoísmo y esta falta de fe. ¡Es triste! Cuando oigo que muchos cristianos en el mundo
sufren, ¿soy indiferente o es como si sufriera uno de la familia? Cuando pienso u oigo decir
que muchos cristianos son perseguidos y dan hasta la vida por la propia fe, ¿esto toca mi
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corazón o no me llega? ¿Estoy abierto a ese hermano o a esa hermana de la familia que está
dando la vida por Jesucristo? ¿Oramos los unos por los otros? Os hago una pegunta, pero
no respondáis en voz alta, sólo en el corazón: ¿cuántos de vosotros rezan por los cristianos
que son perseguidos? ¿Cuántos? Que cada uno responda en el corazón. ¿Rezo por ese
hermano, por esa hermana que está en dificultad por confesar y defender su fe? Es
importante mirar fuera del propio recinto, sentirse Iglesia, única familia de Dios. (25 de
septiembre de 2013)
De la familia. . ., que es la primera comunidad educativa, se aprende a cuidar del otro, del
bien del otro, a amar la armonía de la creación y a disfrutar y compartir sus frutos,
favoreciendo un consumo racional, equilibrado y sostenible. Apoyar y proteger a la familia
para que eduque a la solidaridad y al respeto es un paso decisivo para caminar hacia una
sociedad más equitativa y humana. (16 de octubre de 2013)
Como escribió el beato Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio, la
familia no es la suma de las personas que la constituyen, sino una “comunidad de personas”
(cf. nn. 17-18). Y una comunidad es más que la suma de las personas. Es el lugar donde se
aprende a amar, el centro natural de la vida humana. Está hecha de rostros, de personas que
aman, dialogan, se sacrifican por los demás y defienden la vida, sobre todo la más frágil,
más débil. (25 de octubre de 2013)
En la familia la persona toma conciencia de la propia dignidad y, especialmente si la
educación es cristiana, reconoce la dignidad de cada persona, de modo particular de la
enferma, débil, marginada. (25 de octubre de 2013)
La fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva
conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una
verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una
sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la
fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo gracias a las
responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en particular del padre y
de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es también el fundamento
y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería contagiar al mundo con su
amor. (8 de diciembre de 2013)
En la Caritas in veritate, mi Predecesor recordaba al mundo entero que la falta de
fraternidad entre los pueblos y entre los hombres es una causa importante de la pobreza. En
muchas sociedades experimentamos una profundapobreza relacional debida a la carencia
de sólidas relaciones familiares y comunitarias. Asistimos con preocupación al crecimiento
de distintos tipos de descontento, de marginación, de soledad y a variadas formas de
dependencia patológica. Una pobreza como ésta sólo puede ser superada redescubriendo y
valorando las relaciones fraternas en el seno de las familias y de las comunidades,
compartiendo las alegrías y los sufrimientos, las dificultades y los logros que forman parte
de la vida de las personas. (8 de diciembre de 2013)
Y hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro,
en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de
los refugiados, marcada por miedo, incertidumbre, incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23).
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Lamentablemente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste
realidad. Casi cada día la televisión y los periódicos dan noticias de refugiados que huyen
del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida
digna para sí mismos y para sus familias. (29 de diciembre de 2013)
Se entienden así las palabras de mi amado predecesor Benedicto XVI, quien subrayaba
cómo “la gramática familiar es una gramática de paz”. Por desgracia, esto no sucede con
frecuencia, porque aumenta el número de las familias divididas y desgarradas, no sólo por
la frágil conciencia de pertenencia que caracteriza el mundo actual, sino también por las
difíciles condiciones en las que muchas de ellas se ven obligadas a vivir, hasta el punto de
faltarles los mismos medios de subsistencia. Se necesitan, por tanto, políticas adecuadas
que sostengan, favorezcan y consoliden la familia. (13 de enero de 2014)
La familia sigue siendo la célula básica de la sociedad y la primera escuela en la que los
niños aprenden los valores humanos, espirituales y morales que los hacen capaces de ser
faros de bondad, de integridad y de justicia en nuestras comunidades. (16 de agosto de
2014, Laico)
La madre Iglesia nos enseña a dar de comer y de beber a quien tiene hambre y sed, a vestir
a quien está desnudo… con el ejemplo de muchos santos y santas que hicieron esto de modo
ejemplar; pero lo hace con el ejemplo de muchísimos padres y madres, que enseñan a sus
hijos que lo que nos sobra a nosotros es para quien le falta lo necesario. Es importante saber
esto. En las familias cristianas más sencillas ha sido siempre sagrada la regla de la
hospitalidad: no falta nunca un plato y una cama para quien lo necesita. Una vez una mamá
me contaba —en la otra diócesis— que quería enseñar esto a sus hijos y les decía que
ayudaran a dar de comer a quien tiene hambre. Y tenía tres hijos. Y un día a la hora del
almuerzo —el papá estaba en el trabajo, estaba ella con los tres hijos, pequeños, de 7, 5 y 4
años más o menos— y llamaron a la puerta: era un señor que pedía de comer. Y la mamá le
dijo: “Espera un momento”. Volvió a entrar y dijo a los hijos: “Hay un señor allí y pide de
comer, ¿qué hacemos?”. “Le damos, mamá, le damos”. Cada uno tenía en el plato un bistec
con patatas fritas. “Muy bien —dice la mamá—, tomemos la mitad de cada uno de
vosotros, y le damos la mitad del bistec de cada uno de vosotros”. “Ah no, mamá, así no
está bien”. “Es así, tú debes dar de lo tuyo”. Y así esta mamá enseñó a los hijos a dar de
comer de lo propio. (10 de septiembre de 2014)
Lo dije y lo repito: una casa para cada familia. Nunca hay que olvidarse que Jesús nació en
un establo porque en el hospedaje no había lugar, que su familia tuvo que abandonar su
hogar y escapar a Egipto, perseguida por Herodes. Hoy hay tantas familias sin vivienda, o
bien porque nunca la han tenido o bien porque la han perdido por diferentes motivos.
Familia y vivienda van de la mano. (28 de octubre de 2014)
Sigamos trabajando para que todas las familias tengan una vivienda y para que todos los
barrios tengan una infraestructura adecuada (cloacas, luz, gas, asfalto, y sigo: escuelas,
hospitales o salas de primeros auxilios, club deportivo y todas las cosas que crean vínculos
y que unen, acceso a la salud —lo dije— y a la educación y a la seguridad en la tenencia).
(28 de octubre de 2014)
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Para la mayor parte de nosotros, la familia constituye el sitio principal donde comenzamos
a “respirar” valores e ideales, así como a realizar nuestro potencial de virtud y de caridad.
(17 de noviembre de 2014, Coloquio)
Estoy convencido de que “la fragilidad de los vínculos [familiares] se vuelve especialmente
grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir
en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos”
(Evangelii gaudium, 66). (17 de noviembre de 2014, Zambia)
Los valores y las virtudes de la familia, sus verdades esenciales, son el fundamento en el
que se apoya el núcleo familiar, y no admiten discusión. (10 de diciembre de 2014)
Esta luz que viene de la Sagrada Familia nos alienta a ofrecer calor humano en esas
situaciones familiares en las que, por diversos motivos, falta la paz, falta la armonía y falta
el perdón. Que no disminuya nuestra solidaridad concreta especialmente en relación con las
familias que están viviendo situaciones más difíciles por las enfermedades, la falta de
trabajo, las discriminaciones, la necesidad de emigrar… Y aquí nos detenemos un poco y en
silencio rezamos por todas esas familias en dificultad, tanto dificultades de enfermedad,
falta de trabajo, discriminación, necesidad de emigrar, como dificultades para
comprenderse e incluso de desunión. En silencio rezamos por todas esas familias… (28 de
diciembre de 2014)
Las familias tienen una misión indispensable en la sociedad. Es en la familia donde los
niños aprenden valores sólidos, altos ideales y sincera preocupación por los demás. (16 de
enero de 2015, Cuerpo Diplomático)
Hay que ayudar y alentar a las familias y las comunidades locales en su tarea de transmitir a
nuestros jóvenes los valores y la visión que permita lograr una cultura de la integridad:
aquella que promueve la bondad, la veracidad, la fidelidad y la solidaridad como base firme
y aglutinante moral para mantener unida a la sociedad. (16 de enero de 2015, Cuerpo
Diplomático)
En la familia aprendemos a amar, a perdonar, a ser generosos y abiertos, no cerrados y
egoístas. Aprendemos a ir más allá de nuestras propias necesidades, para encontrar a los
demás y compartir nuestras vidas con ellos. Por eso es tan importante rezar en familia. Muy
importante. Por eso las familias son tan importantes en el plan de Dios sobre la Iglesia. (16
de enero de 2015, Familias)
Toda amenaza para la familia es una amenaza para la propia sociedad. Como afirmaba a
menudo san Juan Pablo II, el futuro de la humanidad pasa por la familia (cf. Familiaris
Consortio, 86). El futuro pasa a través de la familia. Así pues, ¡custodiad vuestras familias!
¡proteged vuestras familias! Ved en ellas el mayor tesoro de vuestro país y sustentarlas
siempre con la oración y la gracia de los sacramentos. (16 de enero de 2015, Familias)
La familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en
una escuela de perdón. El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que
se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede
reanudar y acrecentar. Un niño que aprende en la familia a escuchar a los demás, a hablar
110
de modo respetuoso, expresando su propio punto de vista sin negar el de los demás, será un
constructor de diálogo y reconciliación en la sociedad. (23 de enero de 2015)
Debemos estar más atentos: la ausencia de la figura paterna en la vida de los pequeños y de
los jóvenes produce lagunas y heridas que pueden ser incluso muy graves. Y, en efecto, las
desviaciones de los niños y adolescentes pueden darse, en buena parte, por esta ausencia,
por la carencia de ejemplos y de guías autorizados en su vida de todos los días, por la
carencia de cercanía, la carencia de amor por parte de los padres. El sentimiento de
orfandad que viven hoy muchos jóvenes es más profundo de lo que pensamos. … Y este
problema lo vemos también en la comunidad civil. La comunidad civil, con sus
instituciones, tiene una cierta responsabilidad —podemos decir paternal— hacia los
jóvenes, una responsabilidad que a veces descuida o ejerce mal. También ella a menudo los
deja huérfanos y no les propone una perspectiva verdadera. Los jóvenes se quedan, de este
modo, huérfanos de caminos seguros que recorrer, huérfanos de maestros de quien fiarse,
huérfanos de ideales que caldeen el corazón, huérfanos de valores y de esperanzas que los
sostengan cada día. Los llenan, en cambio, de ídolos pero les roban el corazón; les impulsan
a soñar con diversiones y placeres, pero no se les da trabajo; se les ilusiona con el dios
dinero, negándoles la verdadera riqueza. (28 de enero de 2015)
La fraternidad en la familia resplandece de modo especial cuando vemos el cuidado, la
paciencia, el afecto con los cuales se rodea al hermanito o a la hermanita más débiles,
enfermos, o con discapacidad… Los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben
enternecernos: tienen “derecho” de llenarnos el alma y el corazón. Sí, ellos son nuestros
hermanos y como tales tenemos que amarlos y tratarlos. Cuando esto se da, cuando los
pobres son como de casa, nuestra fraternidad cristiana misma cobra de nuevo vida. Los
cristianos, en efecto, van al encuentro de los pobres y de los débiles no para obedecer a un
programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dicen que todos
somos hermanos. (18 de febrero de 2015)
Que todos nosotros ayudemos a formar familias que puedan ofrecer paz en el mundo;
puesto que “la familia es ciertamente el lugar propicio para aprender y practicar la cultura
del perdón, de la paz y la reconciliación” (ibídem, n. 43). (24 de abril de 2015)
Pero no hay que descorazonarse, sino perseverar sin pausa, puesto que la familia que la
Iglesia católica defiende es una realidad querida por Dios; es un don de Dios que aporta, a
las personas así como a la sociedad, alegría, paz, estabilidad y felicidad. La puesta en juego
es importante, dado que, siendo la familia la célula básica tanto de la sociedad como de la
Iglesia, dentro de ella se transmiten los valores humanos y evangélicos auténticos: “La
misión educativa de la familia cristiana [es]… un verdadero ministerio, por medio del cual
se transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida de familia se hace
itinerario de fe y… escuela de los seguidores de Cristo” (Familiaris consortio, 39). (27 de
abril de 2015)
Se vuelve actual la necesidad imperiosa del humanismo, que de por sí convoca a los
distintos saberes, también al económico, hacia una mirada más integral e integradora. Hoy
el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos
humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma,
que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el ambiente. Hay una
111
interacción entre los ecosistemas y entre los diversos mundos de referencia social, y así se
muestra una vez más que “el todo es superior a la parte”. (24 de mayo de 2015, Laudato
Si’, no. 141)
La instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor
responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado y una
creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra. (24 de mayo de 2015,
Laudato Si’, no. 179)
Todas las comunidades cristianas tienen un rol importante que cumplir en esta educación
[ecológica]. (24 de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 214)
A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes
individuales. … La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de
cambio duradero es también una conversión comunitaria. (24 de mayo de 2015, Laudato
Si’, no. 219)
La familia tiene muchos problemas que la ponen a prueba. Una de estas pruebas es la
pobreza. Pensemos en las numerosas familias que viven en las periferias de las grandes
ciudades, pero también en las zonas rurales… ¡Cuánta miseria, cuánta degradación! Y
luego, para agravar la situación, en algunos lugares llega también la guerra. La guerra es
siempre algo terrible. Además, la guerra golpea especialmente a las poblaciones civiles, a
las familias. Ciertamente la guerra es la “madre de todas las pobrezas”, la guerra empobrece
a la familia, es una gran saqueadora de vidas, de almas, y de los afectos más sagrados y más
queridos. (3 de junio de 2015)
Hay muchas familias pobres que buscan vivir con dignidad su vida diaria, a menudo
confiando abiertamente en la bendición de Dios. Esta lección, sin embargo, no debe
justificar nuestra indiferencia, sino aumentar nuestra vergüenza por el hecho de que exista
tanta pobreza. Es casi un milagro que, en medio de la pobreza, la familia siga formándose, e
incluso siga conservando —como puede— la especial humanidad de sus relaciones. (3 de
junio de 2015)
La economía actual a menudo se ha especializado en gozar del bienestar individual, pero
practica ampliamente la explotación de los vínculos familiares. … Sin embargo, la
formación interior de la persona y la circulación social de los afectos tienen precisamente
allí su propio fundamento. (3 de junio de 2015)
Nosotros cristianos deberíamos estar cada vez más cerca de las familias que la pobreza
pone a prueba. (3 de junio de 2015)
Entre las iniciativas que es necesario consolidar cada vez más está la pastoral familiar, ante
los graves problemas sociales que la aquejan: la difícil situación económica, la emigración,
la violencia doméstica, la desocupación, el narcotráfico, la corrupción. Son realidades que
generan preocupación. Permítanme llamar su atención sobre el valor y la belleza del
matrimonio. La complementariedad del hombre y la mujer, vértice de la creación divina,
está siendo cuestionada por la llamada ideología de género, en nombre de una sociedad
más libre y más justa. Las diferencias entre hombre y mujer no son para la contraposición o
112
subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a “imagen y semejanza” de
Dios. Sin la mutua entrega, ninguno de los dos puede siquiera comprenderse en
profundidad (cf. Audiencia general, 15 abril 2015). El sacramento del matrimonio es signo
del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su Esposa, la Iglesia.
Cuiden este tesoro, uno de los “más importantes de los pueblos latinoamericanos y
caribeños” (Aparecida, 433). (8 de junio de 2015)
La familia es una escuela donde la oración también nos recuerda que hay un nosotros, que
hay un prójimo cercano, patente: que vive bajo el mismo techo, que comparte la vida y está
necesitado. (6 de julio de 2015)
El servicio es el criterio del verdadero amor. El que ama sirve, se pone al servicio de los
demás. Y esto se aprende especialmente en la familia, donde nos hacemos por amor
servidores unos de otros. En el seno de la familia, nadie es descartado; todos valen lo
mismo. (6 de julio de 2015)
La familia constituye la gran “riqueza social”, que otras instituciones no pueden sustituir,
que debe ser ayudada y potenciada, para no perder nunca el justo sentido de los servicios
que la sociedad presta a sus ciudadanos. En efecto, estos servicios que la sociedad presta a
los ciudadanos no son una forma de limosna, sino una verdadera “deuda social” respecto a
la institución familiar, que es la base y la que tanto aporta al bien común de todos. (6 de
julio de 2015)
Cuando Jesús afirma el primado de la fe en Dios, no encuentra una comparación más
significativa que los afectos familiares. Y, por otro lado, estos mismos vínculos familiares,
en el seno de la experiencia de la fe y del amor de Dios, se transforman, se “llenan” de un
sentido más grande y llegan a ser capaces de ir más allá de sí mismos, para crear una
paternidad y una maternidad más amplias, y para acoger como hermanos y hermanas
también a los que están al margen de todo vínculo. Un día, en respuesta a quien le dijo que
fuera estaban su madre y sus hermanos que lo buscaban, Jesús indicó a sus discípulos:
“Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi
hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3:34-35). (2 de septiembre de 2015)
El paso actual de la civilización parece marcado por los efectos a largo plazo de una
sociedad administrada por la tecnocracia económica. La subordinación de la ética a la
lógica del provecho dispone de medios ingentes y de enorme apoyo mediático. En este
escenario, una nueva alianza del hombre y de la mujer no solo es necesaria, sino también
estratégica para la emancipación de los pueblos de la colonización del dinero. Esta alianza
debe volver a orientar la política, la economía y la convivencia civil. Decide la
habitabilidad de la tierra, la transmisión del sentimiento de la vida, los vínculos de la
memoria y de la esperanza. (16 de septiembre de 2015)
Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue
siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que
está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. … De modo
particular quisiera llamar su atención sobre aquellos componentes de la familia que parecen
ser los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de
innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y sin sentido, prisioneros
113
en un laberinto de violencia, de abuso y desesperación. Sus problemas son nuestros
problemas. No nos es posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar
soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las cuestiones. Aun a riesgo de
simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no
poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. (24 de
septiembre de 2015, Congreso)
Pero lo más lindo que hizo Dios —dice la Biblia— fue la familia. Creó al hombre y a la
mujer; y les entregó todo; les entregó el mundo: “Crezcan, multiplíquense, cultiven la
tierra, háganla producir, háganla crecer”. Todo el amor que hizo en esa Creación
maravillosa se lo entregó a una familia. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de oración)
¿Y a Su Hijo dónde lo mandó? ¿A un palacio, a una ciudad, a hacer una empresa? Lo
mandó a una familia. Dios entró al mundo en una familia. Y pudo hacerlo porque esa
familia era una familia que tenía el corazón abierto al amor, que tenía las puertas abiertas…
Dios siempre golpea las puertas de los corazones. Le gusta hacerlo. Le sale de adentro.
¿Pero saben qué es lo que más le gusta? Golpear las puertas de las familias. Y encontrar las
familias unidas, encontrar las familias que se quieren, encontrar las familias que hacen
crecer a sus hijos y los educan, y que los llevan adelante, y que crean una sociedad de
bondad, de verdad y de belleza. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de oración)
La familia tiene carta de ciudadanía divina. ¿Está claro? La carta de ciudadanía que tiene la
familia se la dio Dios, para que en su seno creciera cada vez más la verdad, el amor y la
belleza. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de oración)
Tenemos que tener un especial cuidado. Los niños y los abuelos. Los niños y los jóvenes
son el futuro, son la fuerza, los que llevan adelante. Son aquellos en los que ponemos
esperanza. Los abuelos son la memoria de la familia. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de
oración)
Los cristianos admiramos la belleza y cada momento familiar como el lugar donde de
manera gradual aprendemos el significado y el valor de las relaciones humanas. (26 de
septiembre de 2015, Vigilia de oración)
Jugársela por amor, no es algo de por sí fácil. … Pienso en tantos padres, en tantas familias,
a las que les falta el trabajo o poseen un trabajo sin derechos que se vuelve un verdadero
calvario. Cuánto sacrificio para poder conseguir el pan cotidiano. Lógicamente, estos
padres, al llegar a su hogar, no pueden darles lo mejor de sí a sus hijos por el cansancio que
llevan sobre sus hombros. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de oración)
Pienso en tantas familias que no poseen un techo sobre el que cobijarse o viven en
situaciones de hacinamiento. Que no poseen el mínimo para poder construir vínculos de
intimidad, de seguridad, de protección frente a tanto tipo de inclemencias. (26 de
septiembre de 2015, Vigilia de oración)
Pienso en tantas familias que no pueden acceder a los servicios sanitarios mínimos. Que,
frente a problemas de salud, especialmente de los hijos o de los ancianos, dependen de un
sistema que no logra tomarlos con seriedad, postergando el dolor y sometiendo a estas
114
familias a grandes sacrificios para poder responder a sus problemas sanitarios. (26 de
septiembre de 2015, Vigilia de oración)
No podemos pensar en una sociedad sana que no le dé espacio concreto a la vida familiar.
No podemos pensar en una sociedad con futuro que no encuentre una legislación capaz de
defender y asegurar las condiciones mínimas y necesarias para que las familias,
especialmente las que están comenzando, puedan desarrollarse. Cuántos problemas se
revertirían si nuestras sociedades protegieran y aseguraran que el espacio familiar, sobre
todo el de los jóvenes esposos, encontrara la posibilidad de tener un trabajo digno, un techo
seguro, un servicio de salud que acompañe la gestación familiar en todas las etapas de la
vida. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de oración)
El sueño de Dios sigue irrevocable, sigue intacto y nos invita a nosotros a trabajar, a
comprometernos en una sociedad pro familia. Una sociedad, donde “el pan, fruto de la
tierra y el trabajo de los hombres” (Misal Romano), siga siendo ofrecido en todo techo
alimentando la esperanza de sus hijos. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de oración)
Ayudémonos a que este “jugársela por amor” siga siendo posible. Ayudémonos los unos a
los otros, en los momentos de dificultad, a aliviar las cargas. Seamos los unos apoyo de los
otros, seamos las familias apoyo de otras familias. (26 de septiembre de 2015, Vigilia de
oración)
El pastor ha de mostrar que el “Evangelio de la familia” es verdaderamente “buena noticia”
para un mundo en que la preocupación por uno mismo reina por encima de todo. No se trata
de fantasía romántica: la tenacidad para formar una familia y sacarla adelante transforma el
mundo y la historia. Son las familias las que transforman el mundo y la historia. (27 de
septiembre de 2015, Obispos)
Si somos capaces de este rigor de los afectos de Dios, cultivando infinita paciencia y sin
resentimiento en los surcos a menudo desviados en que debemos sembrar —pues realmente
tenemos que sembrar tantas veces en surcos desviados— también una mujer samaritana con
cinco “no maridos” será capaz de dar testimonio. Y frente a un joven rico, que siente
tristemente que se lo ha de pensar todavía con calma, habrá un publicano maduro que se
apurará para bajar del árbol y se desvivirá por los pobres en los que hasta ese momento no
había pensado nunca. (27 de septiembre de 2015, Obispos)
¿Cómo estamos trabajando para vivir esta lógica en nuestros hogares, en nuestras
sociedades? ¿Qué tipo de mundo queremos dejarle a nuestros hijos? (cf. Laudato si’, 160).
Pregunta que no podemos responder sólo nosotros. Es el Espíritu que nos invita y desafía a
responderla con la gran familia humana. Nuestra casa común no tolera más divisiones
estériles. El desafío urgente de proteger nuestra casa incluye la preocupación de unir a toda
la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, porque sabemos
que las cosas pueden cambiar (cf. ibid., 13). Que nuestros hijos encuentren en nosotros
referentes de comunión, no de división. Que nuestros hijos encuentren en nosotros hombres
y mujeres capaces de unirse a los demás para hacer germinar todo lo bueno que el Padre
sembró. (27 de septiembre de 2015, Homilía)
115
Que el Señor nos ayude a participar de la profecía de la paz, de la ternura y del cariño
familiar. (27 de septiembre de 2015, Homilía)
Cada familia es siempre una luz, por más débil que sea, en medio de la oscuridad del
mundo. (3 de octubre de 2015, Asamblea)
Para entender hoy a la familia, entremos también nosotros —como Charles de Foucauld—
en el misterio de la Familia de Nazaret, en su vida escondida, cotidiana y ordinaria, como
es la vida de la mayor parte de nuestras familias, con sus penas y sus sencillas alegrías; vida
entretejida de paciencia serena en las contrariedades, de respeto por la situación de cada
uno, de esa humildad que libera y florece en el servicio; vida de fraternidad que brota del
sentirse parte de un único cuerpo. (3 de octubre de 2015, Asamblea)
La familia es lugar de santidad evangélica, llevada a cabo en las condiciones más
ordinarias. En ella se respira la memoria de las generaciones y se ahondan las raíces que
permiten ir más lejos. Es el lugar de discernimiento, donde se nos educa para descubrir el
plan de Dios para nuestra vida y saber acogerlo con confianza. La familia es lugar de
gratuidad, de presencia discreta, fraterna, solidaria, que nos enseña a salir de nosotros
mismos para acoger al otro, para perdonar y sentirse perdonados. (3 de octubre de 2015,
Asamblea)
En la “Galilea de los gentiles” de nuestro tiempo encontraremos de nuevo la consistencia de
una Iglesia que es madre, capaz de engendrar la vida y atenta a comunicar continuamente la
vida, a acompañar con dedicación, ternura y fuerza moral. Porque si no somos capaces de
unir la compasión a la justicia, terminamos siendo seres inútilmente severos y
profundamente injustos. Una Iglesia que es familia sabe presentarse con la proximidad y el
amor de un padre, que vive la responsabilidad del custodio, que protege sin reemplazar,
que corrige sin humillar, que educa con el ejemplo y la paciencia. A veces, con el simple
silencio de una espera orante y abierta. Y una Iglesia sobre todo de hijos, que se reconocen
hermanos, nunca llega a considerar al otro sólo como un peso, un problema, un coste, una
preocupación o un riesgo: el otro es esencialmente un don, que sigue siéndolo aunque
recorra caminos diferentes. (3 de octubre de 2015, Asamblea)
Es crucial prestar una atención especial a la calidad de la vida laboral de los empleados, que
son el recurso más valioso de una empresa; en particular para promover la armonización
entre el trabajo y la familia. Pienso de modo particular en las trabajadoras: el desafío es
proteger al mismo tiempo su derecho a un trabajo plenamente reconocido y su vocación a la
maternidad y la presencia en la familia. Cuántas veces, cuántas veces hemos oído que una
mujer va al jefe y dice: “Debo decirle que estoy embarazada” — “A fin de mes ya no
trabaja”. La mujer debe ser protegida, ayudada en esta doble labor: el derecho al trabajo y
el derecho a la maternidad. Es esencial también la responsabilidad de la empresa en la
defensa y el cuidado de la creación y el logro de un “progreso más sano, más humano, más
social, más integral” (Laudato Si’, n. 112). (31 de octubre de 2015)
Hoy quisiera destacar este aspecto: que la familia es un gran gimnasio de entrenamiento en
el don y en el perdón recíproco sin el cual ningún amor puede ser duradero. … Si
aprendemos a vivir así en la familia, lo hacemos también fuera, donde sea que nos
encontremos. (4 de noviembre de 2015)
116
¡Cuántas familias son vulnerables debido a la pobreza, la enfermedad, la falta de trabajo y
de una casa! ¡Cuántos ancianos cargan el peso del sufrimiento y la soledad! ¡Cuántos
jóvenes están perdidos, amenazados por las adicciones y otras formas de esclavitud, y
esperando recuperar la confianza en la vida! Estas personas, heridas en cuerpo y espíritu,
son iconos de aquel hombre del Evangelio que, yendo por el camino de Jerusalén a Jericó,
cayó en manos de ladrones que lo despojaron y lo golpearon. (6 de noviembre de 2015)
Os agradezco los esfuerzos constantes que vuestra comunidad realiza para integrar a cada
persona, contrastando la cultura de la indiferencia y del descarte. En tiempos marcados por
incertezas y miedos, son encomiables vuestras iniciativas que sostienen a los más débiles y
a las familias, que os comprometéis también a “adoptar”. (10 de noviembre de 2015,
Mundo del trabajo)
La Eucaristía y las familias que se nutren de ella pueden vencer las cerrazones y construir
puentes de acogida y caridad. Sí, la Eucaristía de una Iglesia de familias, capaces de
restituir a la comunidad la levadura dinámica de la convivialidad y la hospitalidad
recíproca, ¡es una escuela de inclusión humana que no teme confrontaciones! … Miremos
el misterio del banquete eucarístico. El Señor entrega su cuerpo y derrama su sangre por
todos. De verdad no existe división que pueda resistir a este sacrificio de comunión; sólo la
actitud de falsedad, de complicidad con el mal puede excluir de él. Cualquier otra distancia
no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y de este vino derramado,
sacramento del único cuerpo del Señor. La alianza viva y vital de las familias cristianas,
que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías
cotidianas, coopera con la gracia de la Eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre
nueva con su fuerza que incluye y que salva. La familia cristiana mostrará precisamente de
este modo, la amplitud de su verdadero horizonte, que es el horizonte de la Iglesia Madre
de todos los hombres, de todos los abandonados y de los excluidos, en todos los pueblos.
(11 de noviembre de 2015)
En todas partes hay chicos abandonados, o porque los abandonaron cuando nacieron o
porque la vida los abandonó —o la familia, o los padres—, y no sienten el afecto de la
familia. Por eso la familia es tan importante. Defiendan la familia, defiéndanla siempre. En
todas partes, no sólo hay chicos abandonados sino también ancianos abandonados, que
están sin que nadie los visite, sin que nadie los quiera. ¿Cómo salir de esa experiencia
negativa, de abandono, de lejanía de amor? Hay un solo remedio para salir de esas
experiencias: hacer aquello que yo no recibí. Si vos no recibiste comprensión, sé
comprensivo con los demás; si vos no recibiste amor, amá a los demás; si vos sentiste el
dolor de la soledad, acercáte a aquellos que están solos. La carne se cura con la carne, y
Dios se hizo carne para curarnos a nosotros. Hagamos lo mismo nosotros con los demás.
(27 de noviembre de 2015, Jóvenes)
Como cristianos, no podemos permanecer impasibles, mirando a ver qué pasa, sin hacer
nada. Algo tiene que cambiar. Nuestras familias han de ser signos cada vez más evidentes
del amor paciente y misericordioso de Dios, no sólo hacia nuestros hijos y ancianos, sino
hacia todos los que pasan necesidad. Nuestras parroquias no han de cerrar sus puertas y sus
oídos al grito de los pobres. Se trata de la vía maestra del discipulado cristiano. Es así como
damos testimonio del Señor, que no vino para ser servido sino para servir. Así ponemos de
117
manifiesto que las personas cuentan más que las cosas y que lo que somos es más
importante que lo que tenemos. En efecto, Cristo, precisamente en aquellos que servimos,
se revela cada día y prepara la acogida que esperamos recibir un día en su Reino eterno. (28
de noviembre de 2015, Casa de la Caridad)
A través del trabajo ustedes pueden mejorar la vida de sus familias. San Pablo dijo: “No
corresponde a los hijos ahorrar para los padres, sino a los padres para los hijos” (2 Co
12,14). El esfuerzo de los padres pone de manifiesto su amor por los hijos. (28 de
noviembre de 2015, Clase dirigente)
La solidaridad como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el
compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas. En
primer lugar me dirijo a las familias, llamadas a una misión educativa primaria e
imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los
valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del
cuidado del otro. (8 de diciembre de 2015, Paz)
Encomiendo a vosotras, queridas familias, esta cotidiana peregrinación doméstica, esta
misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca. (27
de diciembre de 2015, Familias)
El núcleo familiar de Jesús, María y José es para todo creyente, y en especial para las
familias, una auténtica escuela del Evangelio. Aquí admiramos el cumplimiento del plan
divino de hacer de la familia una especial comunidad de vida y amor. Aquí aprendemos que
todo núcleo familiar cristiano está llamado a ser “iglesia doméstica”, para hacer
resplandecer las virtudes evangélicas y llegar a ser fermento de bien en la sociedad. Los
rasgos típicos de la Sagrada Familia son: recogimiento y oración, mutua comprensión y
respeto, espíritu de sacrificio, trabajo y solidaridad. (27 de diciembre de 2015, Ángelus)
Que Jesús, María y José bendigan y protejan a todas las familias del mundo, para que en
ellas reinen la serenidad y la alegría, la justicia y la paz, que ha traído Cristo al nacer como
don para la humanidad. (27 de diciembre de 2015, Ángelus)
El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones,
especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas,
riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El
santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder
construirse y levantarse. El santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros
caminos… (13 de febrero de 2016, Homilía)
Sólo comenzando por las familias; acercándonos y abrazando a la periferia humana y
existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando las comunidades
parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, la comunidades políticas, las
estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales
lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la vida de quien muere como víctima, sea la de
quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los
bolsillos llenos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada. (13 de febrero de 2016,
Obispos)
118
La comunidad, la familia, el sentirnos ciudadanos, es uno de los principales antídotos
contra todo lo que nos amenaza, porque nos hace sentir parte de esta gran familia de Dios.
No para refugiarnos, para encerrarnos, para escaparnos de las amenazas de la vida o de los
desafíos, al contrario, para salir a invitar a otros; para salir a anunciar a otros que ser joven
en México es la mayor riqueza y, por lo tanto, no puede ser sacrificada. Y porque la riqueza
es capaz de tener esperanza y nos da dignidad. Otra vez las tres palabras: riqueza, esperanza
y dignidad. Pero riqueza, esa que Dios nos dio y que tenemos que hacer crecer. (16 de
febrero de 2016)
En la familia… se aprende solidaridad, se aprende a compartir, a discernir, a llevar adelante
los problemas unos de otros, a pelearse y a arreglarse, a discutir y a abrazarse, y a besarse.
La familia es la primera escuela de la Nación, y en la familia está esa riqueza que tienen
ustedes. La familia es como quien custodia esa riqueza, en la familia van a encontrar
esperanza, porque está Jesús, y en la familia van a tener dignidad. Nunca, nunca dejen de
lado la familia; la familia es la piedra de base de la construcción de una gran Nación. (16 de
febrero de 2016)
Ante cada familia se presenta el icono de la familia de Nazaret, con su cotidianeidad hecha
de cansancios y hasta de pesadillas, como cuando tuvo que sufrir la incomprensible
violencia de Herodes, experiencia que se repite trágicamente todavía hoy en tantas familias
de prófugos desechados e inermes. Como los magos, las familias son invitadas a
contemplar al Niño y a la Madre, a postrarse y a adorarlo (cf. Mt 2,11). Como María, son
exhortadas a vivir con coraje y serenidad sus desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y
a custodiar y meditar en el corazón las maravillas de Dios (cf. Lc 2,19.51). En el tesoro del
corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias,
que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para reconocer
en la historia familiar el mensaje de Dios. (19 de marzo de 2016, no. 30)
El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia. (19 de marzo de
2016, no. 31)
Los Padres afirmaron que… “Con frecuencia, las familias se sienten abandonadas por el
desinterés y la poca atención de las instituciones. Las consecuencias negativas desde el
punto de vista de la organización social son evidentes: de la crisis demográfica a las
dificultades educativas, de la fatiga a la hora de acoger la vida naciente a sentir la presencia
de los ancianos como un peso, hasta el difundirse de un malestar afectivo que a veces llega
a la violencia. El Estado tiene la responsabilidad de crear las condiciones legislativas y
laborales para garantizar el futuro de los jóvenes y ayudarlos a realizar su proyecto de
formar una familia” (Relatio Synodi 2014, 6). (19 de marzo de 2016, no. 43)
La falta de una vivienda digna o adecuada suele llevar a postergar la formalización de una
relación. Hay que recordar que “la familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para
la vida familiar y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente
sano, que ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad”. Una
familia y un hogar son dos cosas que se reclaman mutuamente. Este ejemplo muestra que
tenemos que insistir en los derechos de la familia, y no sólo en los derechos individuales.
(19 de marzo de 2016, no. 44)
119
Las familias tienen, entre otros derechos, el de “poder contar con una adecuada política
familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y
fiscal”. A veces son dramáticas las angustias de las familias cuando, frente a la enfermedad
de un ser querido, no tienen acceso a servicios adecuados de salud, o cuando se prolonga el
tiempo sin acceder a un empleo digno. “Las coerciones económicas excluyen el acceso de
la familia a la educación, la vida cultural y la vida social activa. El actual sistema
económico produce diversas formas de exclusión social. Las familias sufren en particular
los problemas relativos al trabajo. Las posibilidades para los jóvenes son pocas y la oferta
de trabajo es muy selectiva y precaria. Las jornadas de trabajo son largas y, a menudo,
agravadas por largos tiempos de desplazamiento. Esto no ayuda a los miembros de la
familia a encontrarse entre ellos y con los hijos, a fin de alimentar cotidianamente sus
relaciones”. (19 de marzo de 2016, no. 44)
En la familia, ‘que se podría llamar iglesia doméstica’ (Lumen gentium, 11), madura la
primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja, por gracia,
el misterio de la Santa Trinidad. ‘Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el
amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio
de la oración y la ofrenda de la propia vida’ (Catecismo de la Iglesia Católica, 1657)”. (19
de marzo de 2016, no. 86)
Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos “no” a la violencia
interior. (19 de marzo de 2016, no. 104)
No olviden las familias cristianas que “la fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce
más profundamente en él… Cada uno de nosotros tiene un papel especial que desempeñar
en la preparación de la venida del Reino de Dios”. La familia no debe pensar a sí misma
como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale
de sí en la búsqueda solidaria. Así se convierte en un nexo de integración de la persona con
la sociedad y en un punto de unión entre lo público y lo privado. Los matrimonios necesitan
adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales. Cuando esto sucede,
el afecto que los une no disminuye, sino que se llena de nueva luz. (19 de marzo de 2016,
no. 181)
Ninguna familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado diferente o “separada”.
(19 de marzo de 2016, no. 182)
En cambio, las familias abiertas y solidarias hacen espacio a los pobres, son capaces de
tejer una amistad con quienes lo están pasando peor que ellas. Si realmente les importa el
Evangelio, no pueden olvidar lo que dice Jesús: “Que cada vez que lo hicisteis con uno de
éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). En definitiva, viven
lo que se nos pide con tanta elocuencia en este texto: “Cuando des una comida o una cena,
no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos. Porque
si luego ellos te invitan a ti, esa será tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los
pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso” (Lc 14,12-14). ¡Serás
dichoso! He aquí el secreto de una familia feliz. (19 de marzo de 2016, no. 183)
Con el testimonio, y también con la palabra, las familias hablan de Jesús a los demás… Así,
los matrimonios cristianos pintan el gris del espacio público llenándolo del color de la
120
fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa, de la
esperanza activa. Su fecundidad se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer
presente el amor de Dios en la sociedad. (19 de marzo de 2016, no. 184)
El pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los
padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. En esa familia grande puede haber
algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber
grandes sufrimientos que necesitan un consuelo. El individualismo de estos tiempos a veces
lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro
molesto. Sin embargo, ese aislamiento no brinda más paz y felicidad, sino que cierra el
corazón de la familia y la priva de la amplitud de la existencia. (19 de marzo de 2016, no.
187)
La relación entre los hermanos se profundiza con el paso del tiempo, y “el vínculo de
fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, si se da en un clima de educación
abierto a los demás, es una gran escuela de libertad y de paz. En la familia, entre hermanos,
se aprende la convivencia humana. (19 de marzo de 2016, no. 194)
“Es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo. A partir de esta
primera experiencia de hermandad, nutrida por los afectos y por la educación familiar, el
estilo de la fraternidad se irradia como una promesa sobre toda la sociedad”. (19 de marzo
de 2016, no. 194)
Crecer entre hermanos brinda la hermosa experiencia de cuidarnos, de ayudar y de ser
ayudados. Por eso, “la fraternidad en la familia resplandece de modo especial cuando
vemos el cuidado, la paciencia, el afecto con los cuales se rodea al hermanito o a la
hermanita más débiles, enfermos, o con discapacidad”. Hay que reconocer que “tener un
hermano, una hermana que te quiere, es una experiencia fuerte, impagable, insustituible”,
pero hay que enseñar con paciencia a los hijos a tratarse como hermanos. Ese aprendizaje, a
veces costoso, es una verdadera escuela de sociabilidad. (19 de marzo de 2016, no. 195)
Porque “el amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más
amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e hijos, entre
hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e impulsado por un
dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez más
profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar”. (19 de marzo
de 2016, no. 196)
Esta familia grande debería integrar con mucho amor a las madres adolescentes, a los niños
sin padres, a las mujeres solas que deben llevar adelante la educación de sus hijos, a las
personas con alguna discapacidad que requieren mucho afecto y cercanía, a los jóvenes que
luchan contra una adicción, a los solteros, separados o viudos que sufren la soledad, a los
ancianos y enfermos que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno tienen cabida
“incluso los más desastrosos en las conductas de su vida”. (19 de marzo de 2016, no. 197)
La familia es la primera escuela de los valores humanos, en la que se aprende el buen uso
de la libertad. (19 de marzo de 2016, no. 274)
121
La familia es el ámbito de la socialización primaria, porque es el primer lugar donde se
aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a
convivir. La tarea educativa tiene que despertar el sentimiento del mundo y de la sociedad
como hogar, es una educación para saber “habitar”, más allá de los límites de la propia
casa. En el contexto familiar se enseña a recuperar la vecindad, el cuidado, el saludo. Allí
se rompe el primer cerco del mortal egoísmo para reconocer que vivimos junto a otros, con
otros, que son dignos de nuestra atención, de nuestra amabilidad, de nuestro afecto. No hay
lazo social sin esta primera dimensión cotidiana, casi microscópica: el estar juntos en la
vecindad, cruzándonos en distintos momentos del día, preocupándonos por lo que a todos
nos afecta, socorriéndonos mutuamente en las pequeñas cosas cotidianas. La familia tiene
que inventar todos los días nuevas formas de promover el reconocimiento mutuo. (19 de
marzo de 2016, no. 276)
En el hogar también se pueden replantear los hábitos de consumo para cuidar juntos la casa
común: “La familia es el sujeto protagonista de una ecología integral, porque es el sujeto
social primario, que contiene en su seno los dos principios-base de la civilización humana
sobre la tierra: el principio de comunión y el principio de fecundidad”. (19 de marzo de
2016, no. 277)
El hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura
de la fe, a rezar y a servir al prójimo. (19 de marzo de 2016, no. 287)
“La familia se convierte en sujeto de la acción pastoral mediante el anuncio explícito del
Evangelio y el legado de múltiples formas de testimonio, entre las cuales: la solidaridad con
los pobres, la apertura a la diversidad de las personas, la custodia de la creación, la
solidaridad moral y material hacia las otras familias, sobre todo hacia las más necesitadas,
el compromiso con la promoción del bien común, incluso mediante la transformación de las
estructuras sociales injustas, a partir del territorio en el cual la familia vive, practicando las
obras de misericordia corporal y espiritual”. (19 de marzo de 2016, no. 290)
Las exigencias fraternas y comunitarias de la vida en familia son una ocasión para abrir
más y más el corazón, y eso hace posible un encuentro con el Señor cada vez más pleno.
Dice la Palabra de Dios que “quien aborrece a su hermano está en las tinieblas” (1 Jn 2,11),
“permanece en la muerte” (1 Jn 3,14) y “no ha conocido a Dios” (1 Jn 4,8). Mi predecesor
Benedicto XVI ha dicho que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en
ciegos ante Dios”, y que el amor es en el fondo la única luz que “ilumina constantemente a
un mundo oscuro”. Sólo “si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su
amor ha llegado en nosotros a su plenitud” (1 Jn 4,12). Puesto que “la persona humana
tiene una innata y estructural dimensión social”, y “la expresión primera y originaria de la
dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia”, la espiritualidad se encarna
en la comunión familiar. (19 de marzo de 2016, no. 316)
Bajo el impulso del Espíritu, el núcleo familiar no sólo acoge la vida generándola en su
propio seno, sino que se abre, sale de sí para derramar su bien en otros, para cuidarlos y
buscar su felicidad. Esta apertura se expresa particularmente en la hospitalidad, alentada
por la Palabra de Dios de un modo sugestivo: “no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos,
sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Hb 13,2). Cuando la familia acoge y sale hacia los
demás, especialmente hacia los pobres y abandonados, es “símbolo, testimonio y
122
participación de la maternidad de la Iglesia”. El amor social, reflejo de la Trinidad, es en
realidad lo que unifica el sentido espiritual de la familia y su misión fuera de sí, porque
hace presente el kerygma con todas sus exigencias comunitarias. La familia vive su
espiritualidad propia siendo al mismo tiempo una iglesia doméstica y una célula vital para
transformar el mundo. (19 de marzo de 2016, no. 324)
Les doy una tarea para hacer “en la casa”: miren un día las caras de la gente cuando van por
la calle: están preocupados, cada uno encerrado en sí mismo, falta la sonrisa, falta la
ternura, en otras palabras la amistad social, nos falta esta amistad social. Donde no hay
amistad social, siempre está el odio, la guerra. Nosotros estamos viviendo en una “tercera
guerra mundial de a trozos”, por todas partes. Miren el mapa del mundo y verán esto. (24
de abril de 2016)
Dios es una “familia” de tres Personas que se aman tanto que forman una sola cosa. Esta
“familia divina” no está cerrada en sí misma, sino que está abierta, se comunica en la
creación y en la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para llamar a todos a
formar parte de ella. El horizonte trinitario de comunión nos envuelve a todos y nos anima
a vivir en el amor y la fraternidad, seguros de que ahí donde hay amor, ahí está Dios. (22 de
mayo de 2016)
No debo catalogar a los demás para decidir quién es mi prójimo y quién no lo es. Depende
de mí ser o no ser prójimo —la decisión es mía—, depende de mí ser o no ser prójimo de la
persona que encuentro y que tiene necesidad de ayuda, incluso si es extraña o incluso
hostil. (10 de julio de 2016)
De este modo, serán aún más eficaces las políticas sociales en favor de la familia, el primer
y fundamental núcleo de la sociedad, para apoyar a las más débiles y las más pobres, y
ayudarlas en la acogida responsable de la vida. La vida siempre ha de ser acogida y
protegida —ambas cosas juntas: acogida y protegida— desde la concepción hasta la muerte
natural, y todos estamos llamados a respetarla y cuidarla. Por otro lado, es responsabilidad
del Estado, de la Iglesia y de la sociedad acompañar y ayudar concretamente a quienquiera
que se encuentre en situación de grave dificultad, para que nunca sienta a un hijo como una
carga, sino como un don, y no se abandone a las personas más vulnerables y más pobres.
(27 de julio de 2016, Autoridades)
Nosotros no vamos a gritar ahora contra nadie, no vamos a pelear, no queremos destruir, no
queremos insultar. Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia
con más violencia, vencer el terror con más terror. Nosotros hoy estamos aquí porque el
Señor nos ha convocado. Y nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se
llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia. Celebramos el
venir de culturas diferentes y nos unimos para rezar. Que nuestra mejor palabra, que
nuestro mejor discurso, sea unirnos en oración. (30 de julio de 2016, Vigilia de oración)
Reservad un acompañamiento especial a todas las familias, regocijándoos con su amor
generoso e impulsando el inmenso bien que otorgan a este mundo. Seguid sobre todo a las
más heridas. No paséis de largo ante su fragilidad… Poned ante sus ojos la alegría del amor
verdadero y de la gracia con que Dios lo eleva a la participación de su amor. Tantos
necesitan volver a descubrirla, otros nunca la han conocido, otros esperan rescatarla, no
123
pocos tendrán que llevar el peso de haberla perdido irremediablemente. Por favor, hacedles
compañía en el discernimiento y con empatía. (16 de septiembre de 2016)
Si el origen del que brota la violencia está en el corazón de los hombres, entonces es
fundamental recorrer el sendero de la no violencia en primer lugar en el seno de la familia.
Es parte de aquella alegría que presenté, en marzo pasado, en la Exhortación apostólica
Amoris laetitia, como conclusión de los dos años de reflexión de la Iglesia sobre el
matrimonio y la familia. La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges,
padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de
modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados
no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la
misericordia y el perdón[16]. Desde el seno de la familia, la alegría se propaga al mundo y
se irradia a toda la sociedad[17]. (8 de diciembre de 2016, Paz)
Las políticas de no violencia deben comenzar dentro de los muros de casa para después
extenderse a toda la familia humana. “El ejemplo de santa Teresa de Lisieux nos invita a la
práctica del pequeño camino del amor, a no perder la oportunidad de una palabra amable,
de una sonrisa, de cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad. Una ecología
integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la
violencia, del aprovechamiento, del egoísmo”[19]. (8 de diciembre de 2016, Paz)
El amor de Dios es su “sí” a toda la creación y al corazón de la misma, que es el hombre.
Es el “sí” de Dios a la unión entre el hombre y la mujer, en apertura y servicio a la vida en
todas sus fases; es el “sí” al compromiso de Dios por una humanidad herida muy a menudo,
maltratada y dominada por la falta de amor. La familia, por lo tanto, es el “sí” del Dios
amor. Solo a partir del amor la familia puede manifestar, difundir y regenerar el amor de
Dios en el mundo. Sin el amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges,
padres y hermanos. (25 de marzo de 2017)
124
Gobierno y líderes
Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito
económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos
“custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del
otro, del medio ambiente. (19 de marzo de 2013)
Deseo dirigir a todos la invitación a la solidaridad, y a los responsables de la cuestión
pública el aliento a esforzarse por dar nuevo empuje a la ocupación; esto significa
preocuparse por la dignidad de la persona; pero sobre todo quiero decir que no se pierda la
esperanza… (1 de mayo de 2013)
Mientras las ganancias de unos pocos van creciendo exponencialmente, las de la mayoría
disminuyen. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta
de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados,
encargados de velar por el bien común. (16 de mayo de 2013)
Somos responsables de la formación de las nuevas generaciones, ayudarlas a ser capaces en
la economía y la política, y firmes en los valores éticos. El futuro exige hoy la tarea de
rehabilitar la política, rehabilitar la política, que es una de las formas más altas de la
caridad. El futuro nos exige también una visión humanista de la economía y una política
que logre cada vez más y mejor la participación de las personas, evite el elitismo y
erradique la pobreza. Que a nadie le falte lo necesario y que se asegure a todos dignidad,
fraternidad y solidaridad: éste es el camino propuesto. Ya en la época del profeta Amós era
muy frecuente la admonición de Dios: “Venden al justo por dinero, al pobre por un par de
sandalias. Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros y tuercen el camino de los
indigentes” (Am 2,6-7). Los gritos que piden justicia continúan todavía hoy. (27 de julio de
2013, Clase dirigente)
Es propio de la dirigencia elegir la más justa de las opciones después de haberlas
considerado, a partir de la propia responsabilidad y el interés del bien común. … Quien
actúa responsablemente pone la propia actividad ante los derechos de los demás y ante el
juicio de Dios. Este sentido ético aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes,
tenemos que buscarlo, tenemos que inserirlo en la misma sociedad. Además de la
racionalidad científica y técnica, en la situación actual se impone la vinculación moral con
una responsabilidad social y profundamente solidaria. (27 de julio de 2013, Clase dirigente)
Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta siempre es
la misma: Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una
sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del
encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos
pueden recibir algo bueno en cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando
sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Esta actitud abierta,
disponible y sin prejuicios, yo la definiría como humildad social, que es la que favorece el
diálogo. Sólo así puede prosperar un buen entendimiento entre las culturas y las religiones,
la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas y en clima de respeto de los
derechos de cada una. Hoy, o se apuesta por el diálogo, o se apuesta por la cultura del
125
encuentro, o todos perdemos, todos perdemos. Por aquí va el camino fecundo. (27 de julio
de 2013, Clase dirigente)
Roguemos por los gobernantes para que nos gobiernen bien. Para que lleven a nuestra
patria, a nuestra nación, adelante, y también al mundo; y que exista la paz y el bien común.
Que esta Palabra de Dios nos ayude a participar mejor en la vida común de un pueblo: los
que gobiernan, con el servicio de la humildad y con el amor; los gobernados, con la
participación y sobre todo con la oración. (16 de septiembre de 2013)
La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de
la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad “no
es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño
grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y
políticas”. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la
sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes
financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo
digno, educación y cuidado de la salud. (24 de noviembre de 2013, no. 205)
Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base
de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político
y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en
la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales,
exige una profunda humildad social. (24 de noviembre de 2013, no. 240)
Tanto a nivel nacional como a nivel internacional, la responsabilidad por los pobres y los
marginados debe ser, por lo tanto, elemento esencial de toda decisión política. (6 de
noviembre de 2014, Carta)
Necesitamos una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo
integral, incorporando en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis. (24
de mayo de 2015, Laudato Si’, no. 197)
Los responsables políticos están llamados a la noble tarea de ser los primeros servidores de
sus comunidades con una actividad que proteja en primer lugar los derechos fundamentales
de la persona humana, entre los que destaca el de la libertad religiosa. De ese modo, será
posible construir, con un compromiso concreto, una sociedad más pacífica y justa, para que
con la ayuda de todos se encuentre solución a los múltiples problemas de la vida cotidiana
del pueblo. (6 de junio de 2015, Autoridades)
Cada uno a su manera, todos los aquí presentes compartimos la vocación de trabajar por el
bien común. Ya hace 50 años, el Concilio Vaticano II definía el bien común como “el
conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de
sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección”. … Que este esfuerzo
ayude siempre a crecer en un mayor respeto a la persona humana en cuanto tal, con
derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral, a la paz social, es decir,
la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular
a la justicia distributiva (cf. Enc. Laudato si’, 157). Que la riqueza se distribuya, dicho
sencillamente. (8 de julio de 2015)
126
He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas
y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras
de la economía idolátrica. … Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la
economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento,
coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria.
Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar
plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y
organizaciones sociales asumen juntos la misión de las “tres T”, se activan los principios de
solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena
y participativa. (9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver
sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de
envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos,
ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello,
ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente
queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia,
es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no
es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y
viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo
barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de
la mano… precisamente porque, al poner la periferia en función del centro, les niega el
derecho a un desarrollo integral. Y eso, hermanos, es inequidad y la inequidad genera
violencia, que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.
(9 de julio de 2015, Movimientos Populares)
Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social. La de
ustedes como Miembros del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en
hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de su pueblo, sus
representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos
en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la
política. (24 de septiembre de 2015, Congreso)
La sociedad política perdura si se plantea, como vocación, satisfacer las necesidades
comunes favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente de los que
están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo. La actividad legislativa siempre está
basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las
urnas. (24 de septiembre de 2015, Congreso)
Ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley, la imagen y semejanza plasmada
por Dios en cada rostro. (24 de septiembre de 2015, Congreso)
El presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, ha trabajado incansablemente
para que “esta Nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad”. Construir
un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de
subsidiaridad y solidaridad. (24 de septiembre de 2015, Congreso)
Toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar
127
fundada en el respeto de su dignidad. “Sostenemos como evidentes estas verdades: que
todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos
derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la
felicidad” (Declaración de Independencia, 4 julio 1776). (24 de septiembre de 2015,
Congreso)
Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, se sigue que no puede ser
esclava de la economía y de las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de
convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna
intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su
vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero los aliento en este esfuerzo.
(24 de septiembre de 2015, Congreso)
En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los
últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos
episodios del pasado. Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los
hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el
camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren
nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no
significa falta de responsabilidad. Un buen político es aquel que, teniendo en mente los
intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político
opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios (cf. Evangelii gaudium,
222-223). (24 de septiembre de 2015, Congreso)
El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de
pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y
vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes
consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos,
explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de
drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. (25 de septiembre de
2015, Naciones Unidas)
Antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los
gobernantes, que viven, luchan y sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir
miserablemente, privados de cualquier derecho. (25 de septiembre de 2015, Naciones
Unidas)
Los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima
base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia,
que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Este mínimo absoluto tiene en lo
material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad de
espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos los otros
derechos cívicos. (25 de septiembre de 2015, Naciones Unidas)
Pido a Dios que las autoridades asuman junto a ustedes el camino de la inclusión social, la
educación, el deporte, la acción comunitaria y la protección de las familias, porque es esta
la única garantía de una paz justa, verdadera y duradera. (27 de noviembre de 2015,
Suburbio)
128
También nos recuerdan que, a pesar de nuestros diferentes credos y convicciones, todos
estamos llamados a buscar la verdad, a trabajar por la justicia y la reconciliación, y a
respetarnos, protegernos y ayudarnos unos a otros como miembros de una única familia
humana. Estos altos ideales son especialmente importantes en hombres y mujeres, como
ustedes, que han de garantizar una buena y transparente gestión pública, un desarrollo
humano integral, una amplia participación en la vida nacional, así como una distribución
racional y justa de los bienes que el Creador ha otorgado con abundancia a estas tierras. (27
de noviembre de 2015, Autoridades)
Me gustaría llamar la atención de todos, ciudadanos, autoridades del país, socios
internacionales y empresas multinacionales, acerca de la grave responsabilidad que les
corresponde en la explotación de los recursos medioambientales, en las opciones y
proyectos de desarrollo, que de una u otra manera afectan a todo el planeta. (28 de
noviembre de 2015, Clase dirigente)
Es indispensable, por tanto, que los responsables del destino de las naciones pongan en
marcha, con valor y sin demora, iniciativas dirigidas a poner fin a este sufrimiento, y que
tengan como objetivo primario la búsqueda de la paz, la defensa y la acogida de los que son
objeto de ataques y persecuciones, la promoción de la justicia y de un desarrollo sostenible.
(24 de junio de 2016, Autoridades)
Exhortamos a los responsables de las naciones a que escuchen la súplica de millones de
seres humanos que anhelan la paz y la justicia en el mundo, que exigen respeto a sus
derechos dados por Dios, que tienen urgente necesidad de pan, no de armas. Por desgracia,
asistimos a una presentación de la religión y de los valores religiosos en modo
fundamentalista, que se utiliza para justificar la propagación del odio, la discriminación y la
violencia. La justificación de este tipo de crímenes sirviéndose de motivaciones religiosas
es inaceptable, porque “Dios no es autor de confusión, sino de paz” (1 Co 14,33). Por otra
parte, el respeto de la diferencia religiosa es condición necesaria para la convivencia
pacífica de las diferentes comunidades étnicas y religiosas. (26 de junio de 2016)
Deseo que los responsables públicos continúen preocupándose por la situación de estas
personas, afanándose en la búsqueda de soluciones concretas más allá de las cuestiones
políticas no resueltas. Se requieren altas miras y valor para reconocer el bien auténtico de
los pueblos y perseguirlo con determinación y prudencia, y es indispensable tener siempre
presentes los sufrimientos de las personas para continuar con convicción el camino,
paciente y laborioso pero apasionante y liberador, de la construcción de la paz. (30 de
septiembre de 2016, Autoridades)
En particular, aquellos que ocupan cargos institucionales a nivel nacional o internacional
están llamados a asumir en la propia conciencia y en el ejercicio de sus funciones un estilo
no violento, que no es de ninguna manera sinónimo de debilidad o pasividad sino, al
contrario, presupone fuerza de ánimo, coraje y capacidad para enfrentar las cuestiones y
conflictos con honestidad intelectual, buscando realmente el bien común antes y por encima
de cualquier interés de parte ya sea ideológico, económico o político. En el último siglo,
devastado por guerras y genocidios de proporciones inauditas, podemos sin embargo
recordar también ejemplos luminosos de cómo la no violencia, propugnada con convicción
y practicada con coherencia, puede lograr importantes resultados también en el plano social
129
y político. Algunas poblaciones, e incluso naciones enteras, gracias a los esfuerzos de
líderes no violentos, han conquistado metas de libertad y justicia de manera pacífica. Este
es el camino a seguir en el presente y en el futuro. Este es el camino de la paz, no la que se
proclama de palabra pero de hecho negada persiguiendo estrategias de dominación,
apoyadas por gastos escandalosos en armamentos, mientras tantas personas están privadas
de lo necesario para vivir. (15 de diciembre de 2016)
Deseo expresar la convicción de que la autoridad política no sólo debe garantizar la
seguridad de sus propios ciudadanos ―concepto que puede ser fácilmente reducido al de
un simple “vivir tranquilo”―, sino que también está llamada a ser verdadera promotora y
constructora de paz. La paz es una “virtud activa”, que requiere el compromiso y la
cooperación de cada persona y de todo el cuerpo social en su conjunto. Como advertía el
Concilio Vaticano II, “la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo
quehacer”[8], salvaguardando el bien de las personas y respetando su dignidad. Construirla
requiere en primer lugar renunciar a la violencia en la reivindicación de los propios
derechos[9]. Precisamente a este principio he dedicado el Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz de 2017, titulado: “La no violencia: un estilo de política para la paz”, para
recordar sobre todo cómo la no violencia es un estilo político basado en la primacía del
derecho y de la dignidad de toda persona. (9 de enero de 2017)
Todos tenemos el deber de enseñar a las nuevas generaciones que Dios, el Creador del cielo
y de la tierra, no necesita ser protegido por los hombres, sino que es él quien protege a los
hombres; él no quiere nunca la muerte de sus hijos, sino que vivan y sean felices; él no
puede ni pide ni justifica la violencia, sino que la rechaza y la desaprueba. El verdadero
Dios llama al amor sin condiciones, al perdón gratuito, a la misericordia, al respeto
absoluto a cada vida, a la fraternidad entre sus hijos, creyentes y no creyentes. Tenemos el
deber de afirmar juntos que la historia no perdona a los que proclaman la justicia y en
cambio practican la injusticia; no perdona a los que hablan de igualdad y desechan a los
diferentes. Tenemos el deber de quitar la máscara a los vendedores de ilusiones sobre el
más allá, que predican el odio para robar a los sencillos su vida y su derecho a vivir con
dignidad, transformándolos en leña para el fuego y privándolos de la capacidad de elegir
con libertad y de creer con responsabilidad. (28 de abril de 2017, Autoridades)
En los corazones y las mentes de los gobernantes y en cada una de las fases de aplicación
de las medidas políticas es necesario dar prioridad absoluta a los pobres, los refugiados, los
que sufren, los desplazados y excluidos, sin distinción de nación, raza, religión o cultura, y
rechazar los conflictos armados. (29 de junio de 2017)
El objetivo del G20 y de otras reuniones anuales similares es resolver pacíficamente las
diferencias económicas y encontrar reglas financieras y comerciales comunes que permitan
el desarrollo integral de todos… Sin embargo, esto no será posible si todas las partes no se
comprometen a reducir sustancialmente los niveles de conflicto, a detener la carrera de
armamentos y a renunciar a involucrarse directa o indirectamente en los conflictos, así
como no aceptando discutir de manera sincera y transparente de todas las divergencias. Es
una contradicción trágica e incoherente la unidad aparente en los foros comunes con fines
económicos o sociales y la persistencia deseada o aceptada de enfrentamientos bélicos. (29
de junio de 2017)
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Aquellos —Estados y personas— cuya voz tiene menos fuerza en la escena política
mundial son precisamente los que más sufren los efectos perniciosos de las crisis
económicas de las que tienen poca o ninguna responsabilidad. Al mismo tiempo, esta gran
mayoría que en términos económicos representa sólo el 10% del total, es la parte de la
humanidad que tendría el mayor potencial para contribuir al progreso de todos. (29 de junio
de 2017)
131
Jóvenes
Cristo tiene confianza en los jóvenes y les confía el futuro de su propia misión: “Vayan y
hagan discípulos”; vayan más allá de las fronteras de lo humanamente posible, y creen un
mundo de hermanos. (22 de julio de 2013, Jardines)
Nuestra generación se mostrará a la altura de la promesa que hay en cada joven cuando
sepa ofrecerle espacio. Esto significa tutelar las condiciones materiales y espirituales para
su pleno desarrollo; darle una base sólida sobre la que pueda construir su vida; garantizarle
seguridad y educación para que llegue a ser lo que puede ser; transmitirle valores duraderos
por los que valga la pena vivir; asegurarle un horizonte trascendente para su sed de
auténtica felicidad y su creatividad en el bien; dejarle en herencia un mundo que
corresponda a la medida de la vida humana; despertar en él las mejores potencialidades
para ser protagonista de su propio porvenir, y corresponsable del destino de todos. Con
estas actitudes, anticipamos hoy el futuro que entra por el ventanal de los jóvenes. (22 de
julio de 2013, Jardines)
Sin embargo, lo que prevalece con frecuencia en nuestra sociedad es el egoísmo. ¡Cuántos
“mercaderes de muerte” que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa! La plaga
del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de
valor de toda la sociedad. No es la liberalización del consumo de drogas, como se está
discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la
influencia de la dependencia química. Es preciso afrontar los problemas que están a la base
de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que
construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro.
Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a
abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor. (24 de julio
de 2013, Providencia)
Jóvenes, queridos jóvenes, ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a
menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las personas que, en lugar
de buscar el bien común, persiguen su propio interés. A ustedes y a todos les repito: nunca
se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad
puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de
no habituarse al mal, sino a vencerlo con el bien. La Iglesia los acompaña ofreciéndoles el
don precioso de la fe, de Jesucristo, que ha “venido para que tengan vida y la tengan
abundante” (Jn 10,10). (25 de julio de 2013, Varginha)
Estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida
que son las promesas de los pueblos. Exclusión de los ancianos, por supuesto, porque uno
podría pensar que podría haber una especie de eutanasia escondida; es decir, no se cuida a
los ancianos; pero también está la eutanasia cultural: no se les deja hablar, no se les deja
actuar. Y exclusión de los jóvenes. El porcentaje que hay de jóvenes sin trabajo, sin
empleo, es muy alto, y es una generación que no tiene la experiencia de la dignidad ganada
por el trabajo. O sea, esta civilización nos ha llevado a excluir las dos puntas, que son el
futuro nuestro. Entonces, los jóvenes: tienen que salir, tienen que hacerse valer; los jóvenes
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tienen que salir a luchar por los valores, a luchar por esos valores; y los viejos abran la
boca, los ancianos abran la boca y enséñennos. (25 de julio de 2013, Argentina)
Pero sepan, sepan que, en este momento, ustedes, los jóvenes, y los ancianos, están
condenados al mismo destino: exclusión; no se dejen excluir. ¿Está claro? Por eso, creo que
tienen que trabajar. Y la fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio. Es un escándalo
que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros; es un escándalo, y que haya muerto en la
Cruz, es un escándalo: El escándalo de la Cruz. La Cruz sigue siendo escándalo. …
Entonces: Hagan lío; cuiden los extremos del pueblo, que son los ancianos y los jóvenes;
no se dejen excluir, y que no excluyan a los ancianos. (25 de julio de 2013, Argentina)
Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser
protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia
y para la sociedad. (24 de julio de 2013, Aparecida)
Sean protagonistas. Jueguen para adelante. Pateen adelante, construyan un mundo mejor.
Un mundo de hermanos, un mundo de justicia, de amor, de paz, de fraternidad, de
solidaridad. (27 de julio de 2013, Vigilia)
Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y
políticas que se van planteando en diversas partes del mundo. Les pido que sean
constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes,
por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió;
no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús. (27 de julio de 2013, Vigilia)
Con su testimonio de alegría y de servicio, ustedes hacen florecer la civilización del amor.
Demuestran con la vida que vale la pena gastarse por grandes ideales, valorar la dignidad
de cada ser humano, y apostar por Cristo y su Evangelio. (28 de julio de 2013, Despedida)
Niños y ancianos representan los dos polos de la vida y también los más vulnerables,
frecuentemente los más olvidados. (25 de octubre de 2013)
Ocuparse de los pequeños y de los ancianos es una elección de civilización. Y es también el
futuro, porque los pequeños, los niños, los jóvenes llevarán adelante esa sociedad con su
fuerza, su juventud, y los ancianos la llevarán adelante con su sabiduría, su memoria, que
nos deben dar a todos nosotros. (25 de octubre de 2013)
También hoy los niños son un signo. Signo de esperanza, signo de vida, pero también signo
“diagnóstico” para entender el estado de salud de una familia, de una sociedad, de todo el
mundo. Cuando los niños son recibidos, amados, custodiados, tutelados, la familia está
sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano. (25 de mayo de 2014, Pesebre)
El Niño de Belén es frágil, como todos los recién nacidos. No sabe hablar y, sin embargo,
es la Palabra que se ha hecho carne, que ha venido a cambiar el corazón y la vida de los
hombres. Este Niño, como todo niño, es débil y necesita ayuda y protección. También hoy
los niños necesitan ser acogidos y defendidos desde el seno materno. (25 de mayo de 2014,
Pesebre)
133
En una época que proclama la tutela de los menores, se venden armas que terminan en las
manos de niños soldados; se comercian productos confeccionados por pequeños
trabajadores esclavos. Su llanto es acallado. ¡El llanto de estos niños es acallado! Deben
combatir, deben trabajar, no pueden llorar. Pero lloran por ellos sus madres, Raqueles de
hoy: lloran por sus hijos, y no quieren ser consoladas (cf. Mt 2, 18). (25 de mayo de 2014,
Pesebre)
Os exhorto a estar cerca de vuestros jóvenes, tratando de determinar y articular su propia
identidad en una edad que desorienta. Ayudadlos a encontrar su objetivo en el desafío y en
la alegría de la co-creación con Dios, que es la vocación a la vida conyugal, realizada en la
bendición de los hijos; o también en la vocación al celibato del sacerdocio sagrado o de la
vida consagrada, que la Iglesia ha recibido para la salvación de las almas. (17 de noviembre
de 2014, Zambia)
El camino más eficaz para superar la tentación de ceder a estos estilos de vida tan
peligrosos es invertir en el campo de la educación. La misma también será útil para
contrastar la difundida mentalidad de vejación y violencia, así como las divisiones sociales,
étnicas o religiosas. Hay que preocuparse, sobre todo, por ofrecer una propuesta educativa
que enseñe a los jóvenes a pensar críticamente y les indique un itinerario de maduración en
los valores (cf. Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 64). (7 de febrero de 2015,
África)
A los jóvenes no se les puede impedir esperar. Los jóvenes necesitan esperar. A quienes
viven la experiencia del dolor y del sufrimiento hay que ofrecer signos concretos de
esperanza. Las realidades sociales y asociativas, así como cada persona que se dedica a la
acogida y al compartir, son generadores de esperanza. Por lo tanto, exhorto a vuestras
comunidades cristianas a ser protagonistas de solidaridad, a no detenerse ante quien, por
mero interés personal, siembra egoísmo, violencia e injusticia. Oponeos a la cultura de la
muerte y sed testigos del Evangelio de la vida. Que la luz de la Palabra de Dios y el apoyo
del Espíritu Santo os ayuden a contemplar con ojos nuevos y disponibles a las numerosas
formas nuevas de pobreza que arrojan en la desesperación a muchos jóvenes y muchas
familias. (21 de febrero de 2015)
Precisamente como el testimonio de los primeros cristianos nos invita a ser solícitos unos
con otros, así también nuestros jóvenes nos desafían a escucharnos unos a otros… Cuando
hablamos con los jóvenes, ellos nos desafían a compartir la verdad de Jesucristo con
claridad y de un modo que puedan comprender. (12 de marzo de 2015, Corea)
Mientras reflexionáis sobre la vida de vuestras diócesis, mientras formuláis y revéis
vuestros planes pastorales, os exhorto a tener presentes a los jóvenes a quienes servís.
Vedlos como interlocutores para “edificar una Iglesia más santa, más misionera y
humilde…, una Iglesia que ama y adora a Dios, que intenta servir a los pobres, a los que
están solos, a los enfermos y a los marginados” (Homilía en el castillo de Haemi, 17 de
agosto de 2014). (12 de marzo de 2015, Corea)
A través de vuestro servicio a los jóvenes, la Iglesia llegará a ser esa levadura en el mundo
que el Señor nos llama a ser (cf. Mt 13, 33). (12 de marzo de 2015, Corea)
134
El itinerario de esperanza para los niños —los que están aquí y para todos— es ante todo la
educación, pero una educación auténtica, el itinerario de educar para un futuro: esto
previene y ayuda a seguir adelante. (21 de marzo de 2015, Scampia)
Quienes tienen la tarea de gobernar, de educar, pero diría todos los adultos, somos
responsables de los niños y de hacer cada uno lo que puede para cambiar esta situación. Me
refiero a la “pasión” de los niños. Cada niño marginado, abandonado, que vive en la calle
mendigando y con todo tipo de expedientes, sin escuela, sin atenciones médicas, es un grito
que se eleva a Dios y que acusa al sistema que nosotros adultos hemos construido. Y,
lamentablemente, estos niños son presa de los delincuentes, que los explotan para
vergonzosos tráficos o comercios, o adiestrándolos para la guerra y la violencia. Pero
también en los países así llamados ricos muchos niños viven dramas que los marcan de
modo significativo, a causa de la crisis de la familia, de los vacíos educativos y de
condiciones de vida a veces inhumanas. En cada caso son infancias violadas en el cuerpo y
en el alma. ¡Pero a ninguno de estos niños los olvida el Padre que está en los cielos!
¡Ninguna de sus lágrimas se pierde! Como tampoco se pierde nuestra responsabilidad, la
responsabilidad social de las personas, de cada uno de nosotros, y de los países. (8 de abril
de 2015)
Con demasiada frecuencia caen sobre los niños las consecuencias de vidas desgastadas por
un trabajo precario y mal pagado, por horarios insostenibles, por transportes ineficientes…
Pero los niños pagan también el precio de uniones inmaduras y de separaciones
irresponsables: ellos son las primeras víctimas, sufren los resultados de la cultura de los
derechos subjetivos agudizados, y se convierten luego en los hijos más precoces. A menudo
absorben violencias que no son capaces de “digerir”, y ante los ojos de los grandes se ven
obligados a acostumbrarse a la degradación. (8 de abril de 2015)
Hay que tratar de encontrar cosas para los jóvenes, puestos de trabajo, cosas pequeñas,
porque, vosotros sabéis, el trabajo te da dignidad. Pensad, un joven que no encuentra
trabajo, no siente esa dignidad y sufre. Os aliento a buscar, a rezar y buscar cosas pequeñas,
cosas pequeñas sobre todo para los jóvenes. (2 de mayo de 2015, Peregrinación)
Tenéis una gran vocación. Una gran vocación: no construir nunca muros, sólo puentes. Y
esta es la alegría que encuentro en vosotros. (6 de junio de 2015, Jóvenes)
También vosotros, jóvenes, tenéis que desempeñar un papel decisivo a la hora de afrontar
los desafíos de nuestro tiempo, que son ciertamente retos materiales, pero que, antes aún, se
refieren a la visión del hombre… Vosotros, jóvenes, junto con Cristo, sois la fuerza de la
Iglesia y de la sociedad. Si os dejáis plasmar por él, si entabláis un diálogo con él en la
oración, con la lectura y la meditación del Evangelio, os convertiréis en profetas y testigos
de la esperanza. (6 de junio de 2015, Jóvenes)
Queridos jóvenes, vuestra presencia festiva, vuestra sed de verdad y de altos ideales son
signos de esperanza. La juventud no es pasividad, sino esfuerzo tenaz por alcanzar metas
importantes, aunque cueste; no es un cerrar los ojos ante las dificultades, sino rechazar las
componendas y la mediocridad; no es evasión o fuga, sino el compromiso de solidaridad
con todos, especialmente con los más débiles. La Iglesia cuenta y quiere contar con
135
vosotros, que sois generosos y capaces de los mejores impulsos y de los sacrificios más
nobles. (6 de junio de 2015, Jóvenes)
Evangelizar a los jóvenes, educar a tiempo completo a los jóvenes, empezando por los más
frágiles y abandonados, proponiendo un estilo educativo basado en la razón, la religión y el
afecto, apreciado universalmente como “sistema preventivo”. (21 de junio de 2015,
Salesianos)
Lo que hace que un joven no se jubile es el deseo de amar, el deseo de dar lo más hermoso
que tiene el hombre, lo más hermoso que tiene Dios, porque la definición de Dios que da
san Juan es “Dios es amor”. Y cuando el joven ama, vive, crece, no se jubila. Crece, crece,
crece y da. (21 de junio de 2015, Jóvenes)
El amor tiene dos ejes sobre los que se mueve, y si una persona, un joven, no tiene estos
dos ejes, estas dos dimensiones del amor, no es amor. Ante todo, el amor está más en las
obras que en las palabras: el amor es concreto… El amor es concreto, está más en las
obras que en las palabras… El amor se da… Y la segunda dimensión, el segundo eje sobre
el que gira el amor, es que el amor siempre se comunica, es decir, el amor escucha y
responde, el amor se manifiesta en el diálogo, en la comunicación: se comunica. (21 de
junio de 2015, Jóvenes)
Si el amor es respetuoso, si el amor está en las obras, si el amor está en la comunicación, el
amor se sacrifica por los demás… El amor es servicio. Es servir a los demás. Cuando
Jesús, después del lavatorio de los pies, explicó el gesto a los Apóstoles, enseñó que hemos
sido creados para servirnos unos a otros, y si digo que amo pero no sirvo al otro, no ayudo
al otro, no le permito ir adelante, no me sacrifico por el otro, esto no es amor. Habéis
llevado la cruz [la cruz de la Jornada mundial de la juventud]: allí está el signo del amor. La
historia de amor de Dios comprometido en las obras y en el diálogo, con respeto, con
perdón, con paciencia durante tantos siglos de historia con su pueblo, termina allí: su Hijo
en la cruz, el servicio más grande, que es dar la vida, sacrificarse, ayudar a los demás. No
es fácil hablar de amor, no es fácil vivir el amor. (21 de junio de 2015, Jóvenes)
No jubilarme muy pronto: hacer. Hacer. Y diré una palabra: hacer a contracorriente. Hacer
a contracorriente. Para vosotros, jóvenes que vivís esta situación económica, también
cultural, hedonista, consumista, con los valores de “burbujas de jabón”, con estos valores
no se va adelante. Hacer cosas constructivas, aunque pequeñas, pero que nos reúnan, nos
unan entre nosotros, con nuestros ideales: este es el mejor antídoto contra esta desconfianza
en la vida, contra esta cultura que solamente te ofrece el placer: pasarlo bien, tener dinero y
no pensar en otras cosas. (21 de junio de 2015, Jóvenes)
Quiero repetir las palabras de Pier Giorgio Frassati: Si queréis hacer algo bueno en la vida,
vivid, no vayáis tirando. ¡Vivid! (21 de junio de 2015, Jóvenes)
En este contexto universitario sería bueno preguntarnos sobre nuestra educación de frente a
esta tierra que clama al cielo. (7 de julio de 2015, Mundo de la enseñanza)
Me pregunto con ustedes educadores: ¿Velan por sus alumnos, ayudándolos a desarrollar
un espíritu crítico, un espíritu libre, capaz de cuidar el mundo de hoy? ¿Un espíritu que sea
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capaz de buscar nuevas respuestas a los múltiples desafíos que la sociedad hoy plantea a la
humanidad? ¿Son capaces de estimularlos a no desentenderse de la realidad que los
circunda, no desentenderse de lo que pasa alrededor? ¿Son capaces de estimularlos a eso?
Para eso hay que sacarlos del aula, su mente tiene que salir del aula, su corazón tiene que
salir del aula. ¿Cómo entra en la currícula universitaria o en las distintas áreas del quehacer
educativo, la vida que nos rodea, con sus preguntas, sus interrogantes, sus
cuestionamientos? ¿Cómo generamos y acompañamos el debate constructor, que nace del
diálogo en pos de un mundo más humano? El diálogo, esa palabra puente, esa palabra que
crea puentes. (7 de julio de 2015, Mundo de la enseñanza)
¿Cómo ayudamos a nuestros jóvenes a no identificar un grado universitario como sinónimo
de mayor status, sinónimo de mayor dinero o prestigio social? No son sinónimos. ¿Cómo
ayudamos a identificar esta preparación como signo de mayor responsabilidad frente a los
problemas de hoy en día, frente al cuidado del más pobre, frente al cuidado del ambiente?
(7 de julio de 2015, Mundo de la enseñanza)
Cuidar a los niños, hacer que la juventud se comprometa en nobles ideales, es garantía de
futuro para una sociedad; y la Iglesia quiere una sociedad que encuentra su reaseguro
cuando valora, admira y custodia también a sus mayores, que son los que nos traen la
sabiduría de los pueblos; custodiar a los que hoy son descartados por tantos intereses que
ponen al centro de la vida económica al dios dinero; son descartados los niños y los jóvenes
que son el futuro de un país, y los ancianos que son la memoria del pueblo; por eso hay que
cuidarlos, hay que protegerlos, son nuestro futuro. (8 de julio de 2015, Aeropuerto)
Qué importante es que ustedes los jóvenes — y ¡vaya que hay jóvenes acá en Paraguay!—,
que ustedes los jóvenes vayan intuyendo que la verdadera felicidad pasa por la lucha de un
país fraterno. (11 de julio de 2015)
Ningún niño elige por cuenta suya vivir en la calle. Por desgracia, también en el mundo
moderno y globalizado, muchos niños son arrancados de su infancia, de sus derechos, de su
futuro. La carencia de leyes y estructuras adecuadas contribuyen a agravar su estado de
privación: la falta de una verdadera familia, la falta de la educación y la asistencia sanitaria.
Cada niño abandonado o forzado a vivir en la calle, convirtiéndose en presa de las
organizaciones criminales, es un grito que se eleva a Dios, el cual ha creado al hombre y a
la mujer a su imagen; es un grito de acusación a un sistema social que criticamos desde
hace décadas, pero nos resulta difícil cambiar según los criterios de justicia. (17 de
septiembre de 2015, Calle)
La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas
seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales
que hacen la vida más bella y digna. Yo le preguntaría a cada uno de ustedes: ¿Qué es lo
que mueve tu vida? ¿Qué hay en tu corazón, dónde están tus aspiraciones? … Cuidado con
caer en la tentación de la desilusión, que paraliza la inteligencia y la voluntad, ni dejarnos
llevar por la resignación, que es un pesimismo radical frente a toda posibilidad de alcanzar
lo soñado. Estas actitudes al final acaban o en una huida de la realidad hacia paraísos
artificiales o en un encerrarse en el egoísmo personal, en una especie de cinismo, que no
quiere escuchar el grito de justicia, de verdad y de humanidad que se alza a nuestro
alrededor y en nuestro interior. (20 de septiembre de 2015, Jóvenes)
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La esperanza, un camino acompañado. Dice un proverbio africano: “Si quieres ir deprisa,
ve solo; si quieres ir lejos, ve acompañado”. El aislamiento o la clausura en uno mismo
nunca generan esperanza, en cambio, la cercanía y el encuentro con el otro, sí. Solos no
llegamos a ninguna parte. Tampoco con la exclusión se construye un futuro para nadie, ni
siquiera para uno mismo. Un camino de esperanza requiere una cultura del encuentro, del
diálogo, que supere los contrastes y el enfrentamiento estéril. Para ello, es fundamental
considerar las diferencias en el modo de pensar no como un riesgo, sino como una riqueza
y un factor de crecimiento. El mundo necesita esta cultura del encuentro, necesita de
jóvenes que quieran conocerse, que quieran amarse, que quieran caminar juntos y construir
un país como lo soñaba José Martí: “Con todos y para el bien de todos”. (20 de septiembre
de 2015, Jóvenes)
Evidentemente, que un pueblo que no se preocupa por dar trabajo a los jóvenes, un pueblo
—y cuando digo pueblo, no digo gobiernos— todo el pueblo, la preocupación de la gente,
de que ¿estos jóvenes trabajan?, ese pueblo no tiene futuro. Los jóvenes entran a formar
parte de la cultura del descarte. Y todos sabemos que hoy, en este imperio del dios dinero,
se descartan las cosas y se descartan las personas. Se descartan los chicos porque no se los
quiere o porque se los mata antes de nacer. Se descartan los ancianos —estoy hablando del
mundo, en general—, se descartan los ancianos porque ya no producen. En algunos países
hay ley de eutanasia, pero en tantos otros hay una eutanasia escondida, encubierta. Se
descartan los jóvenes porque no les dan trabajo. Entonces, ¿qué le queda a un joven sin
trabajo? Un país que no inventa, un pueblo que no inventa posibilidades laborales para sus
jóvenes, a ese joven le queda o las adicciones, o el suicidio, o irse por ahí buscando
ejércitos de destrucción para crear guerras. (20 de septiembre de 2015, Jóvenes)
La esperanza, un camino solidario. La cultura del encuentro debe conducir naturalmente a
una cultura de la solidaridad. Aprecio mucho lo que ha dicho Leonardo al comienzo cuando
ha hablado de la solidaridad como fuerza que ayuda a superar cualquier obstáculo.
Efectivamente, si no hay solidaridad no hay futuro para ningún país. Por encima de
cualquier otra consideración o interés, tiene que estar la preocupación concreta y real por el
ser humano, que puede ser mi amigo, mi compañero, o también alguien que piensa distinto,
que tiene sus ideas, pero que es tan ser humano y tan cubano como yo mismo. No basta la
simple tolerancia, hay que ir más allá y pasar de una actitud recelosa y defensiva a otra de
acogida, de colaboración, de servicio concreto y ayuda eficaz. No tengan miedo a la
solidaridad, al servicio, al dar la mano al otro para que nadie se quede fuera del camino. (20
de septiembre de 2015, Jóvenes)
¡Piensen en los jóvenes, pero sean creativos en la creación de oportunidades de empleo que
vayan adelante y den trabajo, porque una persona sin trabajo no sólo no lleva el pan a casa
sino que pierde la dignidad! Y para trazar este camino también contribuyen las iniciativas
de compartición y de estudio que ustedes crean en el territorio. (31 de octubre de 2015)
¡Cuántos jóvenes de hoy son víctimas del desempleo! ¡Y cuando no hay trabajo está en
riesgo la dignidad, porque la falta de trabajo no sólo impide que una persona lleve el pan a
casa, sino que la hace no sentirse digna de ganarse el sustento! Hoy los jóvenes son
víctimas de esto. Cuántos de ellos han renunciado a buscar trabajo y se han resignado al
continuo rechazo o a la indiferencia de una sociedad que premia solamente a los
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privilegiados —incluso si son corruptos— e impide a quien lo merece afirmarse. El premio
parece ir a los que están seguros de sí mismos, aunque esta seguridad se haya adquirido en
la corrupción. ¡El trabajo no es un don gentilmente concedido a unos pocos recomendados:
es un derecho para todos! (14 de diciembre de 2015)
Así, los jóvenes redescubren la “vocación” para trabajar —la vocación al trabajo, que es
uno de los rasgos de la dignidad humana; no hay vocación a la pereza, sino al trabajo—, el
alto sentido de compromiso que va más allá de su resultado económico, con el fin de
edificar el mundo, la sociedad y la vida. (14 de diciembre de 2015)
Vuestro trabajo lo tengo en el corazón, porque me duele ver a tantos jóvenes sin trabajo,
desocupados. ¡Y pensar que aquí en Italia, desde hace 25 años casi el 40% de los jóvenes
han estado desempleados! ¿Qué hace un joven, sin trabajo? Se enferma y tiene que ir al
psiquiatra, o cae en adicciones o se suicida —las estadísticas de suicidios de jóvenes no se
publican, se recurre a encubrimientos para no publicarlas— o busca algo que le dé un ideal
y se hace guerrillero. Pensad: estos jóvenes son nuestra carne, son la carne de Cristo y por
lo tanto nuestro trabajo debe continuar para acompañarlos y sufrir en nosotros ese
sufrimiento oculto, silencioso que angustia tanto su corazón. (14 de diciembre de 2015)
Uno de los flagelos más grandes a los que se ven expuestos los jóvenes es la falta de
oportunidades de estudio y de trabajo sostenible y redituable que les permita proyectarse; y
esto genera en tantos casos —tantos casos— situaciones de pobreza y marginación. Y esta
pobreza y marginación es el mejor caldo de cultivo para que caigan en el círculo del
narcotráfico y de la violencia. Es un lujo que hoy no nos podemos dar; no se puede dejar
solo y abandonado el presente y el futuro de México, y, para eso, diálogo, confrontación,
fuentes de trabajo que vayan creando este sendero constructivo. (17 de febrero de 2016,
Mundo del trabajo).
También puede suceder que Jesús llame para seguirlo más de cerca, para entregar la vida
por él y por los hermanos: cuando os invite, especialmente a vosotros jóvenes, no tengáis
miedo, dadle vuestro “sí”. Él nos conoce, nos ama de verdad, y desea liberar nuestro
corazón del peso del miedo y del orgullo. Dejándole entrar, seremos capaces de irradiar
amor. De esta manera, podréis dar continuación a vuestra gran historia de evangelización,
que la Iglesia y el mundo necesitan en esta época difícil, pero que es también tiempo de
misericordia. (25 de junio de 2016, Homilía)
Queridos jóvenes, este futuro os pertenece, pero sabiendo aprovechar la gran sabiduría de
vuestros ancianos. Desead ser constructores de paz: no notarios del status quo, sino
promotores activos de una cultura del encuentro y de la reconciliación. (25 de junio de
2016, Oración por la paz)
Y quien acoge a Jesús, aprende a amar como Jesús. Entonces él nos pregunta si queremos
una vida plena. Y yo en su nombre les pregunto: ustedes, ¿ustedes quieren una vida plena?
Empieza desde este momento por dejarte conmover. Porque la felicidad germina y aflora en
la misericordia: esa es su respuesta, esa es su invitación, su desafío, su aventura: la
misericordia. La misericordia tiene siempre rostro joven. (28 de julio de 2016, Discurso)
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Todos juntos, le pedimos al Señor —cada uno repita en silencio en su corazón—: Señor,
lánzanos a la aventura de la misericordia. Lánzanos a la aventura de construir puentes y
derribar muros (cercos y alambradas), lánzanos a la aventura de socorrer al pobre, al que se
siente solo y abandonado, al que ya no le encuentra sentido a su vida. Lánzanos a
acompañar a aquellos que no te conocen y a decirles lentamente y con mucho respeto tu
Nombre, el porqué de mi fe. (28 de julio de 2016, Discurso)
Queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a “vegetar”, a pasarla cómodamente, a hacer de
la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una
huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la
comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy,
pero que muy caro: perdemos la libertad. No somos libres de dejar una huella. Perdemos la
libertad. Este es el precio. Y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres;
tanta gente que no os quiere bien, que os quiere atontados, embobados, adormecidos, pero
nunca libres. No, ¡esto no! Debemos defender nuestra libertad. (30 de julio de 2016, Vigilia
de oración)
Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá
por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos
pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa
alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud
de misericordia. Ir por los caminos siguiendo la “locura” de nuestro Dios que nos enseña a
encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo
caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está
solo. Ir por los caminos de nuestro Dios que nos invita a ser actores políticos, pensadores,
movilizadores sociales. Que nos incita a pensar en una economía más solidaria que esta. En
todos los ámbitos en los que nos encontremos, ese amor de Dios nos invita llevar la Buena
Nueva, haciendo de la propia vida una entrega a él y a los demás. Esto significa ser
valerosos, esto significa ser libres. (30 de julio de 2016, Vigilia de oración)
El mundo de hoy pide que seáis protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre
y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. La historia nos
pide hoy que defendamos nuestra dignidad y no dejemos que sean otros los que decidan
nuestro futuro. ¡No! Nosotros debemos decidir nuestro futuro; vosotros, vuestro futuro. El
Señor, al igual que en Pentecostés, quiere realizar uno de los mayores milagros que
podamos experimentar: hacer que tus manos, mis manos, nuestras manos se transformen en
signos de reconciliación, de comunión, de creación. Él quiere tus manos para seguir
construyendo el mundo de hoy. Él quiere construirlo contigo. Y tú, ¿qué respondes? ¿Qué
respondes tú? ¿Sí o no? [“Sí”] (30 de julio de 2016, Vigilia de oración)
Queridos jóvenes, los aliento a ser testimonios de misericordia. Mientras los teólogos
llevan adelante el diálogo en el campo doctrinal, ustedes sigan buscando con insistencia
ocasiones para encontrarse, conocerse mejor, rezar juntos y ofrecer su ayuda los unos a los
otros y a todos los que están en la necesidad. Así, libres de todo prejuicio y confiando sólo
en el Evangelio de Jesucristo, que anuncia la paz y la reconciliación, serán verdaderos
protagonistas de una nueva estación de este camino, que con la ayuda de Dios, conducirá a
la comunión plena. (13 de octubre de 2016)
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Pensemos, por ejemplo, en cuántos niños sufren todavía el analfabetismo. Esto no se puede
entender: ¡que en un mundo en el cual el progreso técnico científico ha llegado tan lejos,
haya niños analfabetos! Es una injusticia. Cuántos niños sufren la falta de instrucción. Es
una condición muy injusta que afecta a la misma dignidad de la persona. Sin educación
además se convierte fácilmente en presa de la explotación y de varias formas de malestar
social. La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha sentido la exigencia de esforzarse en el ámbito
de la instrucción porque su misión de evangelización conlleva el compromiso de devolver
la dignidad a los más pobres. (23 de noviembre de 2016)
Exhorto a ustedes maestros y agentes de pastoral a inculcar en los jóvenes el amor por el
Evangelio, el deseo de vivirlo concretamente y anunciarlo a los demás. Es importante que
el periodo transcurrido en el extranjero se convierta en una oportunidad de crecimiento
humano y cultural de los estudiantes y sea para ellos un punto de partida para volver al país
de origen para dar su contribución calificada y también con el impulso interior para
transmitir la alegría de la Buena Nueva. Es necesaria una educación que enseñe a pensar
críticamente y que ofrezca un proceso de maduración en los valores (cf. ibíd., 64). De esta
manera se forman jóvenes con sed de verdad y no de poder, listos para defender los valores
y vivir la misericordia y la caridad, pilares fundamentales para una sociedad más sana. (1
de diciembre de 2016)
Las escuelas y las universidades son un ámbito privilegiado para la consolidación de la
conciencia sensible hacia un desarrollo más solidario y para fomentar un “empeño
evangelizador de un modo interdisciplinario e integrador” (cf. Exhortación evangélica
Evangelii gaudium, 134). (1 de diciembre de 2016)
De hecho, ustedes estudiantes, que pasan tiempo lejos de su país, en familias y contextos
diferentes, pueden desarrollar una notable capacidad para adaptarse, aprendiendo a ser
guardianes de los demás como hermanos y de la creación como casa común, y esto es
decisivo para hacer el mundo más humano. (1 de diciembre de 2016)
Qué difícil es presumir de la sociedad del bienestar cuando vemos que nuestro querido
continente americano se ha acostumbrado a ver a miles y miles de niños y jóvenes en
situación de calle que mendigan y duermen en las estaciones de trenes, del subte o donde
encuentren lugar. Niños y jóvenes explotados en trabajos clandestinos u obligados a
conseguir alguna moneda en el cruce de las avenidas limpiando los parabrisas de nuestros
autos…, y sienten que en el “tren de la vida” no hay lugar para ellos. Cuántas familias van
quedando marcadas por el dolor al ver a sus hijos víctimas de los mercaderes de la muerte.
Qué duro es ver cómo hemos normalizado la exclusión de nuestros ancianos obligándolos a
vivir en la soledad, simplemente porque no generan productividad; o ver —como bien
supieron decir los Obispos en Aparecida—, “la situación precaria que afecta la dignidad
de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas
de violencia dentro y fuera de casa”[2]. Son situaciones que nos pueden paralizar, que
pueden poner en duda nuestra fe y especialmente nuestra esperanza, nuestra manera de
mirar y encarar el futuro. (12 de diciembre de 2016)
Hoy en nuestros pueblos, lamentablemente —y lo escribo con profundo dolor—, se sigue
escuchando el gemido y el llanto de tantas madres, de tantas familias, por la muerte de sus
hijos, de sus hijos inocentes. Contemplar el pesebre es también contemplar este llanto, es
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también aprender a escuchar lo que acontece a su alrededor y tener un corazón sensible y
abierto al dolor del prójimo, más especialmente cuando se trata de niños, y también es tener
la capacidad de asumir que hoy se sigue escribiendo ese triste capítulo de la historia.
Contemplar el pesebre aislándolo de la vida que lo circunda sería hacer de la Navidad una
linda fábula que nos generaría buenos sentimientos pero nos privaría de la fuerza creadora
de la Buena Noticia que el Verbo Encarnado nos quiere regalar. (28 de diciembre de 2016)
Hoy, teniendo como modelo a san José, estamos invitados a no dejar que nos roben la
alegría. Estamos invitados a custodiarla de los Herodes de nuestros días. Y al igual que san
José, necesitamos coraje para asumir esta realidad, para levantarnos y tomarla entre las
manos (cf. Mt 2,20). El coraje de protegerla de los nuevos Herodes de nuestros días, que
fagocitan la inocencia de nuestros niños. Una inocencia desgarrada bajo el peso del trabajo
clandestino y esclavo, bajo el peso de la prostitución y la explotación. Inocencia destruida
por las guerras y la emigración forzada, con la pérdida de todo lo que esto conlleva. Miles
de nuestros niños han caído en manos de pandilleros, de mafias, de mercaderes de la muerte
que lo único que hacen es fagocitar y explotar su necesidad. (28 de diciembre de 2016)
Escuchemos el llanto y el gemir de estos niños; escuchemos el llanto y el gemir también de
nuestra madre Iglesia, que llora no sólo frente al dolor causado en sus hijos más pequeños,
sino también porque conoce el pecado de algunos de sus miembros: el sufrimiento, la
historia y el dolor de los menores que fueron abusados sexualmente por sacerdotes. Pecado
que nos avergüenza. Personas que tenían a su cargo el cuidado de esos pequeños han
destrozado su dignidad. Esto lo lamentamos profundamente y pedimos perdón. Nos unimos
al dolor de las víctimas y a su vez lloramos el pecado. (28 de diciembre de 2016)
Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna
pero, paradójicamente, hemos condenando a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real
inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a
emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un
mañana. Hemos privilegiado la especulación en lugar de trabajos dignos y genuinos que les
permitan ser protagonistas activos en la vida de nuestra sociedad. Esperamos y les exigimos
que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y “condenamos” a golpear puertas que
en su gran mayoría están cerradas. Somos invitados a no ser como el posadero de Belén que
frente a la joven pareja decía: aquí no hay lugar. No había lugar para la vida, no había lugar
para el futuro. Se nos pide asumir el compromiso que cada uno tiene, por poco que parezca,
de ayudar a nuestros jóvenes a recuperar, aquí en su tierra, en su patria, horizontes
concretos de un futuro a construir. No nos privemos de la fuerza de sus manos, de sus
mentes, de su capacidad de profetizar los sueños de sus mayores (cf. Jl 3, 1). Si queremos
apuntar a un futuro que sea digno para ellos, podremos lograrlo sólo apostando por una
verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario (cf.
Discurso en ocasión de la entrega del Premio Carlomagno, 6 de mayo de 2016). (31 de
diciembre de 2016)
En Cracovia, durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, les pregunté
varias veces: “Las cosas, ¿se pueden cambiar?”. Y ustedes exclamaron juntos a gran voz
“¡sí!”. Esa es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no
puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia.
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¡Escuchen ese grito que viene de lo más íntimo! También cuando adviertan, como el
profeta Jeremías, la inexperiencia propia de la joven edad, Dios los estimula a ir donde Él
los envía: “No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte” (Jer 1,8). Un mundo
mejor se construye también gracias a ustedes, que siempre desean cambiar y ser generosos.
No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan
tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro. También la Iglesia
desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como
también de las dudas y las críticas. Hagan sentir a todos el grito de ustedes, déjenlo resonar
en las comunidades y háganlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades
consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque “muchas veces el
Señor revela al más joven lo que es mejor” (Regla de San Benito III, 3). (13 de enero de
2017)
Esta es una tragedia, los niños soldado. Aseguro mi cercanía y mi oración, también al
personal religioso y humanitario que trabaja en esa difícil región; y renuevo un sentido
llamamiento a la conciencia y a la responsabilidad de las autoridades nacionales y de la
Comunidad internacional, para que se tomen decisiones adecuadas y tempestivas para
ayudar a estos hermanos y hermanas nuestros. (19 de febrero de 2017)
Los derechos humanos, la protección de los menores, los derechos de la infancia y de la
adolescencia, la protección del trabajo infantil, la prevención de la explotación y de la trata
de personas, son temas que deben ser abordados a través de la fuerza liberadora del
Evangelio y, al mismo tiempo, con adecuadas herramientas operativas y competencias
profesionales. (30 de marzo de 2017)
Los jóvenes son los protagonistas. “¿Pero también los jóvenes que se declaran agnósticos?”
Sí. “¿También los jóvenes que tienen una fe tibia?” Sí. “¿También para los jóvenes que se
han alejado de la Iglesia?” Sí. “¿También para los jóvenes ―no sé si habrá alguno, a lo
mejor hay alguno―, los jóvenes que se dicen ateos?” Sí. Este es el Sínodo de los jóvenes, y
todos nosotros queremos escucharos. Cada joven tiene algo que decir a los otros, tiene algo
que decir a los adultos, tiene algo que decir a los sacerdotes, a las religiosas, a los obispos y
al Papa. Todos tenemos necesidad de escucharos. (8 de abril de 2017)
Hemos escuchado el Evangelio (cf. Lc 1,39-45). Cuando María recibe aquel don, aquella
vocación tan grande de traernos el don de Dios, dice el Evangelio que, habiendo recibido la
noticia de que su prima de edad avanzada esperaba un niño y tendría necesidad de ayuda, se
fue “deprisa”. Deprisa: el mundo de hoy tiene necesidad de jóvenes que vayan “deprisa”,
que no se cansen de caminar deprisa; de jóvenes que tengan la vocación de sentir que la
vida les ofrece una misión. Y, como dijo tantas veces María Lisa [joven religiosa] en su
testimonio, jóvenes en camino. Ella ha relatado su experiencia: ha sido una experiencia en
camino. Tenemos necesidad de jóvenes en camino. El mundo puede cambiar solamente si
los jóvenes están en camino. (8 de abril de 2017)
Pero este es el drama de este mundo: que los jóvenes ―y este es el drama de la juventud de
hoy― que los jóvenes son a menudo descartados. No tienen trabajo, no tienen un ideal que
seguir, falta la instrucción, falta la integración… Tantos jóvenes deben huir, emigrar a otras
tierras… Los jóvenes hoy, es duro decirlo, a menudo son material de descarte. Y esto no
podemos tolerarlo. Tenemos que hacer este Sínodo para decir: “Nosotros jóvenes estamos
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aquí”. Y nosotros vamos a Panamá para decir: “Nosotros jóvenes estamos aquí, en camino.
No queremos ser material de descarte. Nosotros tenemos algo valioso que dar”. (8 de abril
de 2017)
Quisiera invitaros a hacer este camino, este camino hacia el Sínodo y hacia Panamá, con
alegría; a recorrerlo con vuestras aspiraciones, sin miedo, sin vergüenza, con valentía. Se
necesita mucho ánimo. E intentar percibir la belleza de las pequeñas cosas, como ha dicho
Pompeo, esa belleza de cada día: percibirla, no perdáis esto. Y dar gracias por lo que eres:
“Yo soy así, gracias”. Muchas veces, en la vida, perdemos tiempo preguntándonos: “Pero,
¿quién soy yo?”. Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién
eres. Pero pregúntate: “¿Para quién soy yo?”. Como la Virgen, que fue capaz de
preguntarse: “¿Para quién, para qué persona soy yo, en este momento? Para mi prima”, y
fue. Para quién soy yo, no quién soy yo: esto viene después, sí, es una pregunta que se
tiene que hacer, pero antes de nada por qué hacer un trabajo, un trabajo de toda una vida,
un trabajo que te haga pensar, que te haga sentir, que te haga trabajar. Los tres lenguajes:
el lenguaje de la mente, el lenguaje del corazón y el lenguaje de las manos. E ir siempre
adelante. (8 de abril de 2017)
Habrá momentos en los que no entenderéis nada, momentos oscuros, feos, momentos
bonitos, momentos oscuros, momentos luminosos… pero hay una cosa que yo quisiera
subrayar. Nosotros estamos en el presente. A mi edad, estamos para irnos… ¿no? ¿Quién
garantiza la vida? Nadie. Vuestra edad tiene el futuro por delante. A los jóvenes, hoy%2